88. Gomitas de fruta

Temprano a la mañana siguiente, Tang Heng y Li Yuechi dejan la aldea de Banxi. Aunque el jefe de la aldea les ofrece llevarlos en su coche, Li Yuechi rechaza la propuesta. En su lugar, encuentra a dos aldeanos con motocicletas que también van rumbo a la ciudad y les pide que los lleven hasta Shijiang.

Después del alboroto que Tang Heng ha provocado, los aldeanos, como es natural, sienten una viva curiosidad por lo ocurrido. Los dos motoristas saludan a Tang Heng; quizá perciben que no es un funcionario altivo. Antes de partir, preguntan con cautela:

—Señor, ¿ya ha terminado su trabajo?

—Sí, está todo listo —responde Tang Heng.

—¿Y adónde van usted y Xiao Li?

—A Wuhan.

—Oh, ya veo. Xiao Li estudió en Wuhan antes —comenta el hombre; se detiene un instante y muestra todavía más curiosidad—. He oído que usted y Xiao Li tienen una relación cercana.

—Fuimos compañeros de universidad —interviene Li Yuechi mientras se acerca y pregunta con serenidad—. Tío Lin, ¿podemos irnos?

Las motocicletas avanzan a gran velocidad y el viento de la montaña ruge en los oídos, de modo que nadie continúa hablando. La moto en la que va Li Yuechi es aún más rápida. Tang Heng solo puede ver su espalda. El trayecto desde Banxi hasta Shijiang dura casi dos horas, y Li Yuechi no se vuelve ni una sola vez.

Tang Heng sabe que, ante los demás, él y Li Yuechi siguen siendo únicamente antiguos compañeros de universidad, simples conocidos. Anoche, había querido tener sexo, pero Li Yuechi lo había rechazado. Quizá no desea que su relación se vuelva demasiado ambigua.

Al fin y al cabo, realmente solo son compañeros de universidad.

Pasadas las ocho, las motocicletas llegan a Shijiang. Tang Heng agradece a los dos aldeanos y se dirige al hotel para recoger su equipaje. A causa de lo ocurrido la noche anterior, ahora todo el personal lo conoce.

—Todas sus cosas han sido empacadas —dice la recepcionista con nerviosismo—. ¿Quiere abrirlas y revisarlas?

—No es necesario —responde Tang Heng. Tras una breve pausa, añade—: ¿Ese gerente de ustedes todavía está aquí?

—Él… él se está tomando unos días libres… ¿necesita algo de él?

Tang Heng niega con la cabeza.

—No es nada.

Los demás ya han regresado a Macao. El gran hotel parece desierto sin el bullicio de los estudiantes parloteando. Cuando llegaron, nadie esperaba que tantos cambios ocurrieran en tan pocos días, ni siquiera el propio Tang Heng.

Tang Heng sale del hotel y ve a Li Yuechi de pie, erguido junto a la puerta, con una bolsa de lona colgada del hombro.

Sus miradas se cruzan y Li Yuechi avanza para tomar la maleta de Tang Heng.

—Tenemos que tomar un coche hasta la ciudad.

—Oh —dice Tang Heng—. Vamos.

—Espera.

Li Yuechi saca del bolsillo de su chaqueta gris un parche para el mareo.

—Póntelo.

—Gracias. Se me olvidó.

Li Yuechi observa cómo Tang Heng se coloca el parche detrás de la oreja.

—No hay problema —murmura. Luego se da la vuelta y camina hacia el taxi estacionado al borde de la carretera.

Tang Heng se sorprende.

—¿No íbamos a tomar el autobús de larga distancia? —pregunta. Antes de salir, consultó al comité de la aldea; sabe que cada día salen varios autobuses de Shijiang rumbo a la ciudad de Tong’ren.

Li Yuechi no responde. Se inclina y discute algo con el conductor del taxi. Poco después, el maletero se abre y Li Yuechi coloca dentro la maleta de Tang Heng.

—Los autobuses en un lugar pequeño como este suelen ser sucios. Este es más limpio.

Tang Heng se acomoda en el asiento y le pregunta al conductor:

—¿Cuánto cuesta llegar a la Estación Sur de Tong’ren?

—Vamos por el taxímetro —dice el conductor. Al notar que Tang Heng no es de la zona, se apresura a explicar—. ¡No te estoy estafando! ¡Solo pagarás lo que marque el taxímetro!

—¿Más o menos cuánto será?

—Probablemente unos seiscientos.

—Entonces te daré…

—No hace falta —lo interrumpe Li Yuechi—. Ya veremos eso cuando lleguemos.

—Déjame pagar —susurra Tang Heng.

Li Yuechi se detiene en seco, como si la frase lo tomara por sorpresa.

Tang Heng también se queda inmóvil después de decirlo.

Porque la escena le resulta demasiado familiar y, al mismo tiempo, extraña: había sido así seis años atrás. Tang Heng sabía que Li Yuechi no tenía dinero, así que siempre intentaba pagar cuando salían a comer o a ver algún show. Pero Li Yuechi tenía un sentido del orgullo muy alto, por lo que Tang Heng tenía que encontrar diferentes excusas para invitarlo. Por ejemplo, un día habían terminado los exámenes parciales, él había comprado una nueva guitarra, estaba de buen humor… Incluso pagó las entradas de todos los chicos que llevaban camisas blancas aquella noche solo para que Li Yuechi fuera a ver el show.

Jiang Ya solía burlarse de Tang Heng con frecuencia.

—Nunca he visto a alguien esforzarse tanto por gastar dinero —decía—. Incluso perseguir a una chica no es tan difícil. ¿No estás cansado?

Y Tang Heng respondía con naturalidad:

—Soy rico y estoy feliz de hacerlo.

—Vámonos —le dice Li Yuechi al conductor.

El hombre les lanza una mirada extraña y pone el coche en marcha. Tang Heng siente una mezcla de emociones. En ese instante comprende, por fin, que con la relación que tienen ahora ya no le está permitido insistir en pagar por Li Yuechi.

El conductor enciende la radio. Es un programa de música, y la voz de Faye Wong llena el habitáculo.

—En realidad no estoy completamente quebrado —susurra de pronto Li Yuechi.

Tang Heng asiente.

Dos horas más tarde, el taxi llega a la estación de tren. Li Yuechi se inclina para pagar.

—¿Tienes hambre? —Li Yuechi lleva la maleta de Tang Heng—. Nos queda más de una hora antes del tren.

—Estoy bien, ya no tengo tanta hambre. —Se había levantado muy temprano y no había desayunado.

—¿No te marearas en el tren, verdad?

—No, no creo.

—Entonces iremos a comer fideos de cordero. —Li Yuechi da unos pasos y habla de espaldas a Tang Heng—. Estaba preocupado de que te sintieras mal, así que por eso no preparé el desayuno.

—Oh…

—No fue mi intención dejarte sin comer.

—Lo sé. —Tang Heng se apresura a alcanzarlo—. Nunca he probado los fideos con cordero.

Li Yuechi parece sonreír.

—Son deliciosos.

Cuando llegan al control de seguridad, Tang Heng cae de pronto en la cuenta de algo:

Él y Li Yuechi no tienen asientos juntos.

Cuando compró el boleto, no sabía que Li Yuechi regresaría a Wuhan con él, así que solo compró el suyo, en primera clase. Y Li Yuechi… Li Yuechi había comprado el suyo por su cuenta la noche anterior.

—¿En qué cabina estás? —pregunta Tang Heng, con una inexplicable sensación de culpa.

—La seis. ¿Y tú?

—La uno.

—Hm. —Li Yuechi sigue arrastrando la maleta de Tang Heng. Se da la vuelta y se dirige hacia la primera cabina.

—Puedo ir solo —dice Tang Heng con apuro—. Puedes ir a tu asiento.

Li Yuechi se gira y lo mira.

—Ven acá.

Tang Heng no tiene más remedio que seguirlo. Los dos entran juntos en la cabina. Li Yuechi deja la maleta y localiza el asiento de Tang Heng: está en la última fila.

—Siéntate —dice Li Yuechi.

—¿Y tú?

—Estaré por allá. —Li Yuechi señala con la barbilla hacia el portaequipajes donde se conectan las cabinas—. No me sentaré.

Tang Heng se queda paralizado.

—No tienes que…

—Tu pie está herido —lo interrumpe Li Yuechi—. Solo siéntate.

Sin esperar respuesta, camina hacia el portaequipajes y se vuelve para mirar por la ventana.

Tang Heng piensa que su pie está casi curado. A pesar de todas sus heridas, el médico de la aldea lo ha tratado bastante bien: tras aplicar la pomada, las lesiones han cicatrizado, y Li Yuechi le ha conseguido ese par de zapatos gruesos y suaves, de modo que ahora no siente dolor.

El tren comienza a moverse lentamente. Una revisora empieza a comprobar los boletos y las tarjetas de identificación. Cuando llega a Tang Heng, lo llama dos veces «señor» antes de que él reaccione.

—Por favor, muestre su tarjeta de identificación y su boleto.

—Aquí tiene. —Tang Heng se los entrega, pero sigue mirando a Li Yuechi.

Al notar su mirada, la revisora pregunta, vacilante:

—¿Y él es…?

—Está en la sexta cabina, pero está aquí… para cuidarme.

—¿Oh? —La revisora lo observa con desconcierto; la pregunta «¿por qué un hombre adulto como usted necesita que lo cuiden?» se le lee en el rostro.

—Él es mi amigo —dice Tang Heng, y tras una breve pausa añade—: Tengo el pie lesionado.

—Entonces, por favor, tenga cuidado. Avísenos si necesita ayuda.

En realidad, Tang Heng ha estado a punto de decir por puro reflejo «Él es mi xuezhang», pero se contiene. De pronto se da cuenta de que él y Li Yuechi hace tiempo que han dejado atrás la edad de estudiantes, y decirlo solo haría que la revisora los mirara con mayor suspicacia.

El tren avanza hacia el norte, dejando atrás Tong’ren y adentrándose con rapidez en la provincia de Hunan. La siguiente parada es Huaihua. El paisaje se compone de montañas envueltas en una bruma espesa y una llovizna fina.

A veces, cuando el tren se adentra en un túnel, la figura de Li Yuechi desaparece en la oscuridad. Pero cuando la luz regresa unos segundos después, su silueta reaparece ante los ojos de Tang Heng. Permanece junto a la ventana, a pocos pasos de distancia, mirando fijamente hacia fuera.

Las montañas están envueltas en nubes y lluvia, dejando solo contornos borrosos. Tang Heng recuerda a Tian Xiaoqin. ¿De qué parte de Hunan era ella? No logra recordarlo.

Su ánimo pesa tanto como las montañas lejanas.

El tren pasa por Huaihua, luego por Shaoyang, y la siguiente parada es Xiangtan. Afuera sigue lloviendo y la cabina permanece en un silencio casi absoluto; la mayoría de los pasajeros duerme.

De pronto, el teléfono de Tang Heng suena. Con fastidio, piensa si será el director Xu instándolo a volver a Macao.

En la pantalla aparece una sola palabra: Tío.

Y se le clava en los ojos como un clavo. La mano de Tang Heng tiembla y casi deja caer el teléfono. Sí, ha provocado un escándalo en Guizhou, y el director Xu sin duda ya se lo ha contado a Tang Guomu. Ahora, ese tono de llamada suena como la cuenta atrás de una bomba. Tang Heng quiere rechazar la llamada, pero siente que debe contestar.

Cuando llegue a Wuhan, tendrá que enfrentarse a Tang Guomu. No hay manera de evitarlo.

El corazón de Tang Heng late con violencia. Aferra el teléfono; los dedos se le ponen blancos. Sabe que debería calmarse y ordenar lo que va a decir, pero su mente es un torbellino, un caos absoluto.

¿Tian Xiaoqin murió por culpa de Tang Guomu?

Ese pensamiento hace que incluso su respiración titure.

Entonces alguien posa una mano sobre su hombro y dice en voz baja:

—Dámelo.

Tang Heng levanta la vista. Primero ve la chaqueta gris y luego el rostro de Li Yuechi.

El teléfono se le escapa de las manos. Li Yuechi lo recoge y corta la llamada.

—¿Quieres agua? —susurra—. Voy a traerte agua caliente.

—Oh, está bien.

—Quédate aquí y no pienses en nada —dice Li Yuechi.

—Mn.

Li Yuechi guarda el teléfono de Tang Heng en su bolsillo y se va. La mujer sentada a su lado se despierta y pregunta:

—Joven, ¿a dónde vas?

—A Wuhan —responde Tang Heng, un poco incómodo.

—Oh, ¡yo también voy a Wuhan! —La mujer parece querer charlar—. ¿Trabajas en Wuhan?

—No.

—Entonces, ¿qué harás allá?

—Regreso a Wuhan para resolver algunos asuntos. —Tang Heng nota lo extraño que le resulta decirle a otros que «regresa a Wuhan».

No ha vuelto en seis años.

—¡Ah, ha estado lloviendo todo el camino! ¡Mi esposo dijo que también está lloviendo en Wuhan!

—¿Sí?

Li Yuechi regresa con una taza y se la entrega.

—Bebe despacio.

Es la taza de Li Yuechi, un termo plateado que Tang Heng no ha visto antes.

—¿Ustedes dos están juntos? —pregunta la mujer, empeñada en la charla trivial.

—Sí —responde Li Yuechi. Observa a Tang Heng mientras bebe; luego toma la taza y también da un sorbo.

Tal vez la actitud de Li Yuechi es demasiado fría. La mujer agarra su iPad y deja de hablar.

—¿Te sientes mejor? —pregunta Li Yuechi en voz baja.

—Estoy bien… Quédate con mi teléfono.

—Mn.

Li Yuechi permanece de pie junto a Tang Heng sin moverse.

Tang Heng está a punto de decir: «¿Quieres sentarte un rato mientras yo me pongo de pie?», pero de pronto Li Yuechi mete la mano en el bolsillo y saca una bolsa de gomitas de fruta.

—Las acabo de comprar —dice—. Toma, xuedi.

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