100. He esperado demasiado tiempo

No logran llegar a Hunan para el aniversario de Tian Xiaoqin.

El reportaje del Diario Matutino de Hanyang actúa como una mecha: detona de pronto y saca a la luz muchas cosas que ni siquiera ellos habían previsto. No es hasta que Tang Guomu y Fu Liling son llevados simultáneamente a declarar, y los rumores sobre los delitos económicos de Tang Guomu se propagan por todas partes, cuando Tang Heng comprende de golpe que, en cierto sentido, el caso de Tian Xiaoqin ha sido convertido en un arma por terceros.

Tal como era de esperar, no tarda en reunirse con miembros del departamento de disciplina e inspección de la Universidad de Hanyang y con un alto cargo de una determinada dependencia económica de Wuhan.

—Profesor Tang, tenga la seguridad de que investigaremos este asunto a fondo —dice el funcionario sentado frente a él, con un tono afable—. Eso sí, esperamos que nos proporcione todas las pistas posibles.

Tang Heng responde con calma:

—Ya hemos hecho público todo lo que sabemos sobre la violación de Tian Xiaoqin.

—¿Y no hay nada más? —insiste el funcionario—. ¿Algún indicio de sobornos, ya sean entregados o recibidos, o quizá de transferencias sospechosas de bienes…?

—No lo sé realmente.

—Profesor Tang, por favor, piénselo de nuevo. Cada pista que pueda proporcionar ahora es crucial.

Al ver que Tang Heng permanece en silencio, el alto cargo de la dependencia económica hace un gesto para despedir al resto y, a solas, le asegura:

—Nuestro objetivo es únicamente Tang Guomu. Usted ha contribuido en este asunto, y por respeto hacia usted, no le daremos problemas a su madre.

Tang Heng hace una breve pausa y luego niega con la cabeza.

—Llevo seis años sin volver y, por mis problemas de salud, apenas he tenido contacto con él.

Este tipo de conversaciones se repite cuatro veces, cada una de más de dos horas. Tang Heng no consigue localizar a Fu Liling. Al final, es el profesor An quien lo pone al tanto: en los últimos años, Tang Guomu se ha acercado mucho a cierto dirigente; justo el año pasado, ese dirigente se enzarzó en una feroz «lucha de poder» con otro grupo. Así que esta vez Tang Guomu, por decirlo de algún modo, ha quedado atrapado en medio del fuego cruzado.

La última conversación de Tang Heng con ellos tiene lugar a principios de mayo, exactamente seis años después del día en que Li Yuechi apuñaló a Tang Guomu.

—Ve —dice Li Yuechi mientras acaricia el brazo de Tang Heng—. Te estaré esperando aquí.

—De acuerdo —responde Tang Heng; da un par de pasos y luego se vuelve para mirarlo—. Regreso enseguida.

Li Yuechi sonríe.

—De acuerdo.

El contenido de esta última charla no difiere demasiado de las tres anteriores. La única diferencia llega al final, cuando el interlocutor comenta de pronto:

—¿El que vino contigo es Li Yuechi, verdad?

Tang Heng se pone de inmediato en guardia.

—¿Por qué lo pregunta?

—Por nada —responde el otro, haciendo un gesto despreocupado con la mano y sonriendo—. Solo lo vi por casualidad… Fue alumno de Tang Guomu en su día, ¿no es así?

Tang Heng no responde; se limita a mirar al funcionario con el ceño fruncido.

—Es una lástima desperdiciar a un joven con tanto potencial —añade el otro tras una breve pausa, bajando la voz—. ¿No le gustaría volver a estudiar? Si le queda algún remordimiento, quizá podríamos…

—Eso es asunto suyo. Ya se verá —lo corta Tang Heng.

—Bien, como quiera. Pero si cambia de opinión, no dude en contactarme.

Cuando la charla termina, Tang Heng se levanta y sale del despacho. Aunque la distancia del tercer piso a la planta baja no es grande, se toma su tiempo y alarga el trayecto casi dos minutos. Al llegar al vestíbulo, ve una figura erguida junto a la puerta, con un vaso de té con leche en la mano.

Tang Heng exhala un largo suspiro de alivio.

Mientras bajaba las escaleras momentos antes, el pánico lo invadió por un instante: ¿Y si Li Yuechi hubiera vuelto a desaparecer?

Como aquella vez, hace seis años, cuando despertó y nunca volvió a verlo.

Por suerte, esta vez Li Yuechi sigue allí, a su lado. Le tiende el té con leche y sonríe:

—Vi a los estudiantes haciendo cola y fui a comprar uno también.

Es un té con leche de caramelo bien cargado. Tang Heng da un par de sorbos y se lo devuelve:

—Pruébalo tú también.

Es poco después de las seis de la tarde, la hora en que los estudiantes se dirigen en masa a la cafetería. Con su camiseta blanca, sus vaqueros y el vaso en la mano, Li Yuechi se mezcla sin esfuerzo entre ellos. Tang Heng lo observa unos segundos, recordando las palabras del funcionario.

Aquel hombre incluso le ha dado su tarjeta de presentación.

—Li Yuechi —dice Tang Heng, tirando de su manga—, tengo algo que preguntarte.

Li Yuechi gira la cabeza.

—¿Qué cosa?

—¿Te gustaría… volver a estudiar?

—¿A qué viene eso?

—Nada, curiosidad. ¿Te gustaría o no?

—¿Hacer un máster contigo, dices? —Li Yuechi le pasa el té con leche. Su voz adquiere un toque de diversión—. He leído en internet que en las universidades extranjeras no distinguen entre asesores de doctorado y de máster. Hasta los profesores asistentes pueden tener alumnos de posgrado, ¿no?

—¿Eh? —Tang Heng se queda perplejo—. Pues sí, es verdad.

—¿Has dirigido alguna tesis?

—Una… aunque no era exactamente mi estudiante. Estaba a punto de graduarse y su asesor tuvo un imprevisto, así que me la pasaron a última hora.

—Oh. ¿Y qué tal?

—No soy muy bueno en eso —responde Tang Heng con franqueza. —Su tesis era un desastre, pero ella se sentía bien con su trabajo, así que la regañé varias veces.

—¿Era una chica?

—Sí.

—¿Y aun así tuviste el corazón para regañarla?

—Si no la regañaba, no podría graduarse.

—La verdad es que me cuesta imaginar… —dice Li Yuechi mientras alisa el mechón de cabello que se levanta en la nuca de Tang Heng— cómo es el profesor Tang cuando regaña a alguien.

—Muy estricto —responde Tang Heng con seriedad.

—¿Qué tan estricto?

—Tanto que los estudiantes ni siquiera se atreven a llorar.

—¿En serio? —dice Li Yuechi—. Qué miedo.

Mientras habla, una leve sonrisa se dibuja en las comisuras de sus labios y su voz se alarga, como si estuviera actuando para Tang Heng. Este percibe de inmediato que Li Yuechi se burla de él y piensa que solo se permite ese tono porque sabe que es su favorito; si de verdad fuera su alumno, Tang Heng ya lo habría reprendido tanto que andaría con la cola entre las patas.

Si Li Yuechi fuera realmente su estudiante… la imagen resulta un poco extraña, pero en esa extrañeza hay un matiz de emoción. Si el Li Yuechi de antes fuera ahora su alumno, al menos no tendría que vivir con tantas penurias; como tutor, Tang Heng podría pagarle un salario de manera legítima. Sin embargo, eso plantea otro dilema: ¿qué pasaría si aun así se enamorara de Li Yuechi? Siendo él el tutor y Li Yuechi el estudiante, tendría que atenerse a sus principios como profesor…

—¡Cuidado! —Li Yuechi agarra de pronto a Tang Heng y tira de él con fuerza hasta hacerlo apoyar contra su pecho. Tang Heng vuelve en sí y ve un charco de crema en el suelo.

—¿En qué estabas pensando?

Tang Heng se siente ligeramente culpable.

—En nada.

—¿Ellos te dijeron algo? —pregunta Li Yuechi con perspicacia.

—Ellos… sí. Dijeron que si quieres volver a estudiar en la Universidad de Hanyang, deberías contactarlos.

—Seguro que hay condiciones.

—Quieren que presente pruebas de las actividades ilegales de Tang Guomu.

Tang Heng cree que Li Yuechi lo está considerando de verdad.

—La verdad es que yo no tengo pruebas. Mi madre seguramente sí, pero creo que es mejor no meternos en eso… Pero si de verdad quieres estudiar, puedo intentarlo.

—¿Y cómo lo harías?

—Puedo investigar las empresas de mi madre. Tengo la autoridad para hacerlo.

Li Yuechi pone de pronto una mano sobre el hombro de Tang Heng.

—Tang Heng, esto no es algo que me debas.

—Lo sé, pero siento que si es lo que quieres, debería hacer todo lo posible por complacerte… —Tang Heng recuerda aquel día en el edificio de la facultad, cuando Li Yuechi escuchaba atentamente a aquella profesora a través de la pared. Le había preguntado a Li Yuechi si quería ir a saludarla, y cuando Li Yuechi dijo que no, sintió como si le clavaran un cuchillo en el corazón.

—Yo no quiero —dice Li Yuechi con ligereza, pero con firmeza—. Ya no estoy para esas cosas. ¿Sabes qué es lo que quiero ahora de verdad?

—¿Qué es lo que quieres?

—Ver a Tang Guomu condenado cuanto antes y luego llevarte conmigo.

El corazón de Tang Heng da un vuelco.

—¿Llevarme contigo…?

—A donde sea. Volver a Guizhou o pasar unos días en Pekín. Es algo que te prometí hace tiempo y aún no he cumplido —dice Li Yuechi sonriendo—. Incluso podría ir contigo a Macao y escuchar tus clases, si quieres.

—Sí —dice Tang Heng en voz baja—, yo también quiero eso.

—He esperado demasiado tiempo —susurra Li Yuechi. Al ver que no hay nadie cerca, besa con suavidad la comisura de los labios de Tang Heng—. Quiero recuperar todo ese tiempo perdido.

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