Kang Zhe
A los dieciocho años, Kang Zhe era pura rebeldía, pero aún no se había vuelto frío. Un muchacho tibetano que había abandonado la preparatoria, sin casi nada en el mundo aparte de su atractivo. Tras dejar su hogar, pensó en ir a Yunnan; sin embargo, al subirse al auto de un hombre de Lhasa, solo llegó hasta la prefectura de Liangshan. Cuando el conductor bajó a orinar, él aprovechó para estirar las piernas. Dos niños yi[2] de entre trece y catorce años estaban agachados al borde de la carretera. Al verlos bajar del coche, se acercaron a pedir dinero. Kang Zhe les dio algo, pero la niña, algo mayor, seguía allí plantada, sin moverse. El niño, sin levantar la cabeza en ningún momento, la tiró del brazo para que se fueran. Kang Zhe no entendía el idioma yi, así que le preguntó al conductor. Este, que llevaba años recorriendo esa ruta, solo captaba a medias lo que decían, pero le explicó más o menos que a la niña su familia la había vendido para casarla porque todavía les faltaba dinero para reunir la matrícula del hermano. Pero esas cosas solían ser mitad verdad, mitad mentira: la pobreza era real, pero el motivo no necesariamente. Cualquiera que hubiera viajado por la ruta turística entre Sichuan y Yunnan se había topado con algo así. El conductor, con buena intención, le advirtió a Kang Zhe que no se lo tomara demasiado en serio. La verdad es que Kang Zhe tampoco lo creyó del todo. Pero, aun así, nunca llegó a Yunnan. Después de darles el dinero, tomó otro auto al azar hacia el norte, rumbo a Ngawa, y para su sorpresa, terminó disfrutando del abarrotado Jiuzhaigou. Los lagos eran realmente hermosos, le recordaban a Mugecuo. Aunque Kang Zhe no tenía un centavo, aprendía todo con facilidad y, sumado a su apariencia, no le costó establecerse allí. Cualquiera que hubiera visitado Jiuzhaigou sabía que el lugar estaba repleto de «familias» tibetanas que recibían grupos turísticos. Kang Zhe se convirtió en el «hermano mayor» encargado de atraer clientes: elegía a la chica más bonita o a la que parecía más triste de todo el grupo, le colocaba un khata alrededor del cuello, la «desposaba» y organizaba actividades colectivas alrededor del fuego, con bailes incluidos. Cada vez que Kang Zhe, con los párpados semicerrados, observaba desde junto a la fogata cómo el grupo turístico armaba un alboroto de cantos y bailes, la chica a la que acababa de tomar de la mano –todavía con el khata alrededor del cuello– se acercaba tímidamente a pedirle su contacto. Entonces él alzaba ligeramente la mirada, dejaba pasar unos segundos con aire indolente, y finalmente soltaba una risa inofensiva. «Jiejie, vengo de las montañas. No tengo teléfono».
Tang Yuhui
El verano de los dieciocho años de Tang Yuhui transcurrió sobre el Puente de los Suspiros de Cambridge. Había llegado para un curso de verano: aunque ajustó la hora del móvil al huso horario local, su reloj de pulsera seguía marcando la hora de su país. Cerca de la medianoche en China, Tang Yuhui, con un helado azucarado en la mano, vagó ociosamente hasta el puente. Su mirada se posó fugazmente en el reloj, pero cuando el marcador pasó de las doce y ya habían transcurrido diez minutos, el móvil seguía en silencio. Tang Yuhui observó el reloj un instante, apagó el dispositivo, lo guardó en el bolsillo y sacó la lengua para lamer el helado que empezaba a derretirse. Luego alzó la vista hacia el río, donde la luz del sol danzaba sobre el agua y unos cuantos cisnes se deslizaban con parsimonia. Tang Yuhui parpadeó y estiró un poco el cono hacia adelante, haciéndolo coincidir con el cielo azul de fondo. El barquillo crujiente del helado ya de por sí parecía una copa de vino, y Tang Yuhui, como si jugara, alzó su helado e hizo un brindis de pastel de cumpleaños con el río y los cisnes. Esbozó una sonrisa para sí mismo antes de terminar de lamer el helado. Al regresar a la biblioteca, Tang Yuhui sintió que su estado de ánimo no era del todo malo, así que tomó una novela rusa para leer. Cuando terminó y volvió a su apartamento alquilado, ya había pasado la medianoche en Londres. Tang Yuhui encendió el teléfono, pero seguía sin haber mensajes nuevos. Solo apareció un recordatorio de las clases de la semana siguiente, avisándole que debía preparar un informe. Escribió un par de líneas del reporte, fue a la cocina a prepararse un vaso de leche azucarada y lo dejó sobre el escritorio. Cerró el documento, abrió el navegador y comenzó a buscar películas al azar. De pronto, le entró una punzada de nostalgia por su país. Así que abrió un documental de viajes sobre China que tenía descargado en el disco duro, tomó un sorbo a su bebida y volvió a verlo desde el principio.
[2] Grupo étnico yi. Se encuentran distribuidos por las provincias de Yunnan, Sichuan y Guizhou, y la Región Autónoma Zhuang de Guangxi.
