La tercera banda interpretó Monje falso[1] de Cui Jian. La vocalista era una rara mezzosoprano; vestía un vestido negro parecido a una túnica, y su voz, ligeramente áspera, tenía una sensación muy particular.
Los tres jueces quedaron muy complacidos con ellos y dedicaron alrededor de quince minutos a comentar su actuación.
La cuarta banda interpretó una canción en inglés que Tang Heng nunca había escuchado. Más tarde supo que se trataba de No More Songs[2], escrita por Phil Ochs en 1970; seis años después, aquel cantante genial se suicidó ahorcándose.
Cuando la cuarta banda abandonó el escenario, ya eran las 20:27 p.m.
Un miembro del personal llegó rápidamente tras bambalinas.
—El señor Kevin dice que habrá un descanso de diez minutos. Vendré a avisarles.
—Joder, esto se está haciendo eterno —murmuró Jiang Ya entre dientes.
Mientras tanto, Tang Heng solo se encogía de hombros sentado en un rincón. No había aire acondicionado tras bambalinas y hacía demasiado frío.
Le envió un mensaje de texto a Li Yuechi:
[¿Ya estás aquí? Nos quedan diez minutos para salir al escenario.]
Li Yuechi respondió:
[Estoy aquí.]
Diez minutos después, Tang Heng apagó su teléfono y lo guardó en la caja fuerte detrás de las bambalinas.
Jiang Ya se giró las muñecas y dijo emocionado:
—¡Vayamos a comer olla caliente después de cantar!
El Bar LIL abrió a finales del año pasado. Era espacioso y todo el equipamiento era nuevo. Incluso contaba con diferentes tipos de luces. Quizás debido a que la canción anterior había sido demasiado triste, las luces del escenario proyectaron un tono azul oscuro y deprimente cuando el grupo de Tang Heng subió al escenario. El azul se movía suavemente, como olas en el mar profundo.
Tang Heng no podía distinguir claramente al público. Solo veía siluetas vagas.
Probó el micrófono e hizo el gesto de «OK» al personal.
En el momento en que comenzó a rasguear la guitarra, su visión se iluminó.
—Vivo en el norte y estos días ha llovido tanto que resulta extraño. —Las luces pasaron de un tono azul oscuro a una mezcla de amarillo y verde. El tiempo pareció acelerarse y de repente pasaron del invierno al corazón de la primavera y el verano. Wuhan en ese momento estaba lleno de abejas y mariposas revoloteando, árboles verdes y flores rojas, y el río iba creciendo gradualmente.
—Por las noches, cuando escucho la lluvia golpeando contra las ventanas, pienso en el sur… —Tang Heng vio a la única mujer jueza cerrar los ojos; sus labios se curvaron levemente y parecía embriagada por la canción. El juez masculino a su lado se quitó las gafas de sol y cruzó la mirada con Tang Heng por un segundo.
—Pienso en cuando solía vivir allí, en los tantos olores de ese lugar… —El público también estaba completamente absorto. El sonido del bajo de An Yi se entrelazaba con el de su guitarra, y la batería de Jiang Ya sonaba nítida y constante. Parecía que todo volvía a ser sereno y cálido, estaban de pie junto al lago inundado de agua primaveral, y su voz era una brisa melodiosa.
Tang Heng sabía que su actuación había sido un éxito. Era como si hubieran destilado esos cuatro minutos y treinta y un segundos. Todos habían olvidado sus problemas y estaban inmersos en la música.
Excepto él.
Las luces eran muy brillantes. No vio a Li Yuechi.
—Muy bien, muy bien… —Tras su actuación, la jurado fue la primera en aplaudir—. ¿Todavía son estudiantes?
—Sí, mi compañero y yo estamos en cuarto año, ella está en su primer año de maestría —respondió Tang Heng con calma.
—¡Qué jóvenes! Me gustó mucho cómo interpretaron la canción, porque ya saben, el timbre del intérprete original es difícil de imitar. Pero ustedes la interpretaron con… bueno, con un poco de tristeza, un tipo de tristeza un poco más profunda que la melancolía. Me encantó.
—A-Nuo, lo que pasa es que crees que está bueno —bromeó el juez taiwanes con un marcado acento.
—Sí, ¿a quién no le gustan los chicos guapos? —dijo la jueza—. ¿Cómo encontraste la emoción correcta? ¿Pensaste en tu exnovia al cantarla?
Tang Heng escuchó la risa de Jiang Ya detrás de él.
—No tengo exnovia —contestó Tang Heng.
—Guau. —El juez taiwanés hizo una mueca—. Un niño pequeño, de verdad.
Tang Heng se aferró a su micrófono y no respondió.
Luego, los jueces comentaron sobre An Yun y Jiang Ya. Elogiaron la batería de Jiang Ya, pero dijeron que el bajo de An Yun estaba un poco desordenado. Tang Heng no tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Solo contaba sus frases: sumando las respuestas de Jiang Ya y An Yun, fueron veintitrés oraciones.
El trío hizo una reverencia y se dirigió detrás del escenario.
—¡Apuesto a que somos el primer lugar! —exclamó Jiang Ya—. ¡Vamos, vayamos a comer olla caliente! ¡Me estoy congelando!
En ese momento, Tang Heng ya no sentía frío. Sacó su teléfono de la caja de seguridad y lo encendió. La pantalla estaba vacía. Tang Heng le pasó su guitarra a An Yun.
—Voy a salir un rato —dijo apresuradamente.
—¿Eh? ¿A dónde vas? —preguntó An Yun, desconcertada.
Tang Heng no respondió. Abrió la puerta de un empujón, bajó las escaleras y pasó junto al área de espera. Lin Lang le gritó: «¡Cantaste muy bien!». Un camarero lo saludó desde detrás del mostrador y algunas chicas exclamaron suavemente: «¡Es el de Hushituo!». Tang Heng pasó entre la multitud con la cabeza baja, siguiendo el suave resplandor de las luces. Abrió la puerta de LIL.
Aún llevaba puesta la camiseta de manga corta cuando abrió la puerta. La fina lluvia y el viento frío lo recibieron de golpe.
¿Debería sentirse afortunado? Nada más empujar la puerta, vio a Li Yuechi.
Li Yuechi estaba de pie bajo una farola, a varios metros de distancia. No, para ser precisos, Li Yuechi y Tian Xiaoqin estaban bajo la farola, a varios metros de distancia. Li Yuechi sostenía el viejo paraguas que usaba en su trabajo de tutoría, y la luz de la farola, de un amarillo intenso, iluminaba los hilos de lluvia que caían sobre sus cabezas. Eran tan finos que parecían aterciopelados, casi cálidos.
Esa llovizna tenue no necesitaba metáforas. Era hermosa por sí misma.
Li Yuechi y Tian Xiaoqin llevaban el mismo tipo de chaqueta negra: la chaqueta de invierno que el Departamento de Sociología había entregado a todos sus estudiantes. La tela era rígida y, en la espalda, destacaban en rojo llamativo las palabras «Departamento de Sociología de la Universidad de Hanyang». Tang Heng también tenía una, pero nunca la usaba; le parecía demasiado fea.
Sabía que no se trataba de ropa de pareja, pero aun así se arrepentía sinceramente. ¿Por qué nunca se había puesto esa chaqueta? ¿Por qué no la había usado hoy? ¿Por qué…? ¿Por qué Li Yuechi y Tian Xiaoqin llevaban la misma chaqueta al mismo tiempo y estaban bajo el mismo paraguas? ¿Era solo una coincidencia, o había algo más?
Tian Xiaoqin bajó la cabeza; sus hombros temblaban. Li Yuechi sostenía el paraguas con la mano izquierda y una bolsa de plástico con carpetas en la derecha. Tang Heng sabía que Tian Xiaoqin estaba llorando. Lloraba y, afortunadamente, Li Yuechi llevaba en la mano derecha una bolsa de plástico con carpetas.
Tang Heng los observó en silencio. Al segundo siguiente vio a Li Yuechi inclinarse y dejar la bolsa en el suelo.
Entonces alzó la mano derecha. En ese preciso instante, Tang Heng echó a correr hacia ellos. «No, no puedes hacer eso. ¡Li Yuechi!».
Pero ya era demasiado tarde.
Li Yuechi levantó la mano derecha y, con extrema suavidad, le dio una palmada en la espalda a Tian Xiaoqin.
La lluvia aterciopelada le caía sobre la piel, helada, como un pinchazo.
—Tang Heng… —Li Yuechi parecía realmente sorprendido—. ¿Por qué llevas tan poca ropa?
Tian Xiaoqin se frotó los ojos y le sonrió a Tang Heng. Su sonrisa era a la vez algo incómoda y forzada.
—Hemos terminado de cantar —dijo Tang Heng.
—Mn… Estás usando muy poca ropa. —El brazo de Li Yuechi se movió, como si quisiera acercarse a él, pero se detuvo—. Entra primero. Hace frío aquí fuera.
—Xuezhang, ¿me escuchaste cantar? —Gracias a Dios que Li Yuechi no había extendido realmente la mano, ¿acaso iba a tocarle con la misma mano que acababa de tocar a ella?
—Sí —afirmó Li Yuechi—. Se podía oír desde fuera.
—Queríamos cantar El sur, pero el director dijo que no quedaba y nos hizo cambiarla a última hora… Conoces Pequeña canción de amor[3], ¿verdad? Es muy popular.
Li Yuechi hizo una pausa.
—La conozco.
—¿Cómo canté?
—Lo hiciste genial.
Tang Heng miró a Tian Xiaoqin.
—Shijie, ¿qué piensas tú?
Tian Xiaoqin se congeló y esquivó su mirada.
—No importa —dijo Tang Heng, sonriendo. Sin mirar a Li Yuechi ni a Tian Xiaoqin, dirigió su mirada hacia un punto indefinido en el vacío, más allá de sus hombros—. Xuezhang, te mentí.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Li Yuechi.
—Exactamente lo que dije.
—Tang Heng…
—No cambiamos de canción —dijo Tang Heng, haciendo una pausa tras cada palabra—. Canté El sur. No me escuchaste, ¿verdad?
Entonces pasó junto a ellos y avanzó con grandes zancadas, prácticamente echando a correr. Vagamente escuchó algo, pero no estaba claro y no supo quién lo dijo. El cielo nocturno estaba brumoso por la lluvia que caía y brillaba débilmente con un rojo oxidado. ¿Ves? Wuhan, en efecto, era rojo, pero a Tang Heng no le gustaba ese color rojo; se sentía sucio.
Tenía la cara llena de lluvia. Solo lluvia, estaba seguro de que no había llorado. Porque hacía demasiado frío y toda su cara estaba congelada. ¿Cómo iba a llorar?
Los transeúntes de la calle lo miraban fijamente como si miraran a un loco que vestía con mangas cortas en invierno.
—¡Tang Heng!
Li Yuechi lo agarró.
Él no tenía el paraguas. Se lo había dejado a Tian Xiaoqin.
—Lo siento —jadeó Li Yuechi—. No quise mentirte… Un shixiong le gritó a Tian Xiaoqin en nuestra reunión esta noche. Fueron insultos horribles, por eso la consolé.
—Qué casualidad. —Tang Heng se liberó de su agarre—. ¿Tenías que hacerlo justo ahora? Esa canción duraba cuatro minutos y treinta y un segundos. ¿No pudiste esperar ese tiempo?
—La viste. Estaba llorando.
—¿Entonces fue porque lloró? ¿Eso lo justifica? Yo también puedo llorar. ¿Puedes no consolarla de nuevo?
—Tang Heng —dijo Li Yuechi frunciendo el ceño—. Ella es solo mi compañera de clase, nada más. Además, esa noche le prometí a An Yun que la ayudaría. Tú también estabas allí.
«Sí, tienes que ayudarla. Le sostuviste el paraguas, la acompañaste en lugar de escucharme cantar, incluso le palmeaste la espalda con tanta ternura. ¿Y después qué? ¿La abrazarás? ¿La tomarás de la mano? ¿Le acariciarás el cabello? ¿La besarás? ¿Te la llevarás al Hilton?». ¡Ya basta!
En su mente, una voz casi imperceptible parecía decir: No deberías actuar así.
No deberías haberle mentido sobre el cambio de canción, no deberías haber pensado lo peor sobre él, no deberías desconfiar de él. «Pero tampoco es que no tenga pruebas, ¿verdad? Él me acaba de mentir, ¿no? Me dijo que me había escuchado cantar, ¿cómo pudo mentirme? ¿Significa eso que ya me ha mentido muchas veces? ¿Cuándo?
¿Fue sobre su relación con la profesora Zhao o sobre su romance con Wu Si?
¿Salió con la profesora Zhao?
¿Llevó a Wu Si al cine al aire libre de la Universidad Normal?».
No. Ya era suficiente.
Tang Heng retrocedió un paso, y con voz quebrada dijo:
—No puedes hacerme esto.
La expresión de Li Yuechi era de puro desamparo, de total desconcierto.
—Lo siento. —Debía ser difícil para él entender todo esto, ¿verdad? Pero aun así, con paciencia volvió a disculparse—. No debí mentirte, en realidad no te escuché. Solo no quería que te sintieras… mal. Entremos. ¿Cantarías para mí de nuevo, por favor?
«Bien… sí, no solo una vez, incluso puedo cantarla cien veces. Aún no lo sabes, ¿verdad? Desde que te conocí, siento que cada canción que canto es para ti».
—Imposible —dijo Tang Heng.
Li Yuechi bajó los ojos y guardó silencio. Tang Heng sintió que, desde las yemas de los dedos hasta la punta del cabello, la lluvia fría y húmeda lo había empapado por completo, y que incluso su corazón se iba enfriando poco a poco.
Tras un largo silencio, Li Yuechi preguntó:
—¿Qué puedo hacer para que me perdones?
Sin pensarlo dos veces, Tang Heng respondió:
—Deja ese proyecto. Yo hablaré con mi tío. Les pagan por estar en ese equipo, ¿verdad? Te pagaré tu salario, el doble, el triple, lo que sea.
La expresión de Li Yuechi se tornó desagradable; le devolvió exactamente las mismas palabras:
—Imposible.
—Oh —asintió Tang Heng—. Entonces, que sea así.
Luego volvió a dar media vuelta ysiguió caminando hacia delante. Esta vez no tan rápido, porque los pies ya se le habían quedado entumecidos por el frío.
Sin embargo, esta vez Li Yuechi no lo persiguió.
