104. Indomable

Li Yuechi no responde, simplemente camina en silencio al lado de Tang Heng, sumido en sus pensamientos. Los dos dejan atrás las bulliciosas calles del mercado y siguen por la acera, pasando por la Taipa Pequena hasta llegar al inicio del Puente Gobernador Nobre de Carvalho.

Al otro lado del puente se encuentra la isla principal de Macao, con sus deslumbrantes rascacielos y casinos dispuestos en una disposición escalonada, presentando una escena impresionante. Li Yuechi camina por delante, mientras la brisa marina hincha la parte trasera de su camisa como si fuera una vela.

El Puente Gobernador Nobre de Carvalho es el único de los tres puentes que conectan la isla principal con Taipa que permite el paso de peatones. Tang Heng duda por unos segundos antes de preguntarle a Li Yuechi:

—¿Subimos al puente a echar un vistazo?

Li Yuechi asiente.

—Vamos.

Pasadas las nueve de la noche, el puente sigue lleno de tráfico, y de vez en cuando, algún corredor nocturno pasa por la acera. En realidad, esta es también la primera vez que Tang Heng camina por el puente. Mirando más allá de la oscura superficie del mar, se puede ver el Puente de la Bahía Occidental a lo lejos. Tang Heng piensa para sí mismo que incluso los puentes son diferentes entre sí. El gran puente marítimo de Macao es de un blanco puro, con líneas fluidas como una elegante cinta de seda blanca. Mientras que el puente Yangtzé en Wuhan, en su memoria, siempre es de un color gris verdoso, hecho de ladrillos y piedras. Cuando los trenes pasan por el nivel inferior, retumba pesadamente, como una escena de una película de época.

Tang Heng se acerca a Li Yuechi y le pregunta:

—¿En qué estás pensando?

—Estoy pensando en Macao —responde Li Yuechi.

—¿Macao?

—¿Hay mendigos aquí?

—Supongo que sí. —Tang Heng sonríe apenas—. Pero yo no he visto ninguno.

La voz de Li Yuechi suena apagada:

—Es la primera vez que vengo… Macao es aún mejor de lo que imaginaba.

—¿En qué sentido es mejor?

—Es limpio, seguro, próspero… Seguramente tú lo conoces mejor que yo, Tang Heng.

—Supongo que sí —dice Tang Heng, mirando de lado a Li Yuechi—. Y entonces, ¿qué?

—Si no nos hubiéramos vuelto a ver, te habrías quedado aquí para siempre, ¿verdad?

—No lo sé.

Li Yuechi parece suspirar, pero con el fuerte viento, Tang Heng no está seguro. Luego lo ve sonreírle. Es una sonrisa cargada de culpa.

—No te voy a decir cosas como «mejor lo dejamos» o «es mejor que te quedes en Macao en lugar de volver conmigo a Guizhou» —dice él, volviéndose hacia Tang Heng con seriedad—. Solo puedo decirte… que haré todo lo posible para que no te arrepientas.

Tang Heng se queda perplejo por un momento, luego sonríe  y dice:

—Aunque no dijeras eso, igual me iría contigo.

—Hablo en serio —insiste Li Yuechi.

—Tú…

—Ahora mismo todavía no tengo mucho dinero, pero en máximo cinco años… no, tres años, tendré mucho más que ahora. Cuando volvamos, primero nos mudaremos a Guiyang. Ahora no tengo dinero para comprar una casa, pero definitivamente compraré una en Guiyang en tres años —hace una pausa y añade con seriedad—: Probablemente tendré que pedir un préstamo.

Tang Heng se queda atónito al escuchar que él ya ha planeado tanto en secreto.

Li Yuechi continua:

—En cuanto a mi madre… Hace unos días la llamé y le dije que nunca me casaré. Sobre lo nuestro, quiero decírselo en persona. Puede que tome algo de tiempo… ¿Está bien?

Tang Heng sigue aturdido.

—Sí, está bien —balbucea.

Li Yuechi asiente solemnemente.

Él sigue siendo el mismo, sin cambios, justo como hace seis años cuando se sentaba en un pequeño apartamento alquilado comiendo un plato de fideos fritos de cinco yuanes. Incluso frente a esos fideos de cinco yuanes, su expresión era igual de seria. Nunca ha sido alguien que viviera despreocupadamente; se toma todo con seriedad y solemnidad, quizás porque sabe que todo tiene un costo.

El sonido de la sirena del barco de vapor llega intermitente, mientras a lo lejos las luces brillan espléndidas y la luna creciente, suspendida en el cielo, juega silenciosamente con las mareas.

Tang Heng se acerca a él y le surra:

—¿Recuerdas lo que te dije antes?

—¿Qué cosa? —pregunta Li Yuechi.

Tang Heng guarda silencio por unos segundos, y solo dice:

—Mi amor por ti es gratis.

Tal vez debido a la edad, o quizás por el bullicio de la ciudad a sus espaldas, esas tres palabras se han vuelto algo vergonzosas de pronunciar. Tang Heng guarda silencio por unos segundos y solo dice:

—Es gratis.

Los ojos de Li Yuechi brillan por un instante, y Tang Heng piensa que esos ojos tan claramente definidos en blanco y negro son más brillantes que todas las luces resplandecientes a sus espaldas.

—Hace seis años que quería responderte —dice Li Yuechi—. El mío también.

Baja ligeramente la cabeza y toca los labios de Tang Heng.

La brisa marina susurra, como en un sueño.

Van al supermercado a comprar algo de comida y luego regresan a la escuela. Ya son pasadas las once cuando vuelven, y en el autobús solo están ellos dos, el conductor y un chico sentado en la parte delantera. Tang Heng abre ligeramente la ventana, dejando que la fresca brisa nocturna entre. Saca su teléfono y marca el número del director Xu.

A pesar de que no se debería hablar de trabajo en días de descanso.

—Presentaré mi renuncia esta semana —le dice Tang Heng al director Xu—. Se lo digo con anticipación para que puedan agilizar los trámites cuando llegue el momento.

—¡No hay tanta prisa! ¿Por qué te apresuras? —El director Xu cambia de tono y luego suspira—. ¿Sabes que Sun Jihao también está tramitando su renuncia? Xiao Tang, en realidad… podrías quedarte si quieres…

Tang Heng se ríe.

—¿Aún se atreve a pedirme que me quede?

—Al principio no me atrevía, pero pensándolo bien, comparado con el lío que armaste en Wuhan, has sido bastante considerado con nosotros, ¡ay!

—Gracias por su amabilidad —dice Tang Heng perezosamente, agarrando la mano de Li Yuechi—. Mi amigo también ha venido a Macao, el señor Li, a quien usted ya conoce. Su visa de turista solo le permite quedarse siete días, así que tengo que apurarme con los trámites.

El director Xu refunfuña:

—Vaya, vaya… Todos ustedes me están dejando colgado, ¿no es así? Con toda la gente marchándose, ¿cómo vamos a organizar las clases del próximo semestre?

Tang Heng cuelga el teléfono, voltea la cabeza y ve a Li Yuechi con los ojos cerrados y una sonrisa apenas perceptible en sus labios. La brisa nocturna echa su cabello hacia atrás, revelando una frente despejada. Muy raramente muestra una expresión tan relajada y cómoda, y con su camisa blanca, casi parece un estudiante universitario que regresa de divertirse.

El autobús se detiene en una parada, el interior se vuelve un poco más silencioso, y de repente Tang Heng escucha… un canto muy suave proveniente de su lado.

Se inclina más cerca y escucha a Li Yuechi tarareando suavemente.

Es Brisa de la noche de verano.

El lunes, Tang Heng habla con los responsables de los departamentos pertinentes de la escuela y redacta un informe sobre lo sucedido en Guizhou. El martes por la tarde, se reúne con Sun Jihao y Lu Yue.

No esperaba ver a estos dos sentados juntos tan tranquilamente. Sun Jihao sigue igual que siempre; incluso sus mejillas parecen más rellenas.

—Bien hecho, shidi —dice Sun Jihao con una sonrisa—. He oído que has puesto patas arriba la Universidad de Han y que el antiguo decano ya ha sido detenido.

Tang Heng no responde a su comentario, sino que pregunta con indiferencia:

—¿Has dejado tu trabajo?

—¿Qué otra cosa podía hacer? —Sun Jihao se encoge de hombros—. Ahora todo Macao sabe que soy gay.

Tang Heng guarda silencio.

—No tenemos nada más de qué hablar —dice Sun Jihao, levantándose. Luego se dirige a Lu Yue—: Voy a recoger a Keke de la escuela. Ustedes pueden seguir charlando.

Y así, sin más, se va. Tang Heng esperaba que le gritara o incluso que le diera una paliza.

Después de todo, ha sido él quien expuso el secreto de Sun Jihao.

—A él ya no le importa nada —explica Lu Yue en voz baja—. Sus padres se enteraron de todo aquello, armaron un gran escándalo y básicamente han cortado relaciones con él. En cuanto a la escuela, ambos hemos completado los trámites de renuncia.

Tang Heng se sorprende.

—¿Tú también has renunciado?

Lu Yue sonríe levemente.

—Ya he tenido suficiente de este ambiente. En realidad, cuando me casé con él, ya sabía que no le gustaban las mujeres… Me dijo que solo quería tener una familia, y yo también lo deseaba, así que nos juntamos.

Tang Heng pregunta, incrédulo:

—¿Entonces no se han divorciado aún?

—No —responde Lu Yue—. Keke aún es pequeña. Lo del divorcio ya lo hablaremos más adelante.

Tang Heng se queda sin palabras. No sabe cómo definir exactamente la relación entre Sun Jihao y Lu Yue. Si no pueden ser marido y mujer, ¿son amigos, familia? Y entonces, ¿por qué tuvieron una hija?

Sin embargo, las relaciones entre las personas en este mundo son muy diversas y complejas, así que no quiso indagar más.

Tang Heng sigue charlando un rato más con Lu Yue y se entera de que su familia de tres planea mudarse a Shenzhen. Un compañero de clase de Sun Jihao tiene una empresa allá y hace tiempo que lo invitó a unirse.

Como aún tiene que ir al departamento de personal para tramitar su renuncia, Tang Heng no se queda mucho más tiempo y se levanta para despedirse de Lu Yue. Esta vez no la llama «shijie».

—Me voy, Lu Yue.

Lu Yue esboza una sonrisa.

—¿No te he dicho gracias todavía?

—¿Gracias por qué?

—Por lo que hiciste en Wuhan.

—No —dice Tang Heng, dándole la espalda—, soy yo quien debería agradecerles a ustedes.

Durante el miércoles y el jueves, Tang Heng va y viene entre varios departamentos de la universidad. La eficiencia administrativa en Macao es muy baja, pero afortunadamente los procedimientos no son tan complicados. Aun así, termina bastante agotado. Mientras tanto, Li Yuechi tampoco está ocioso; se queda en casa empacando sus pertenencias.

No hay muchos muebles ni trastos en la casa, pero lo único problemático es la estantería llena de libros. Temiendo que haya confusión durante la mudanza, Li Yuechi etiqueta cada libro con un número. En total son 146, que empaca en varias cajas de cartón, cuidadosamente acolchadas con espuma y selladas firmemente.

El viernes por la tarde, Tang Heng imparte su última clase en Macao.

En realidad, la facultad ya ha encontrado a otro profesor para hacerse cargo de este curso, pero Tang Heng preparó el examen con antelación, así que, estando cerca del final del semestre, aún le corresponde a él señalar los puntos importantes para los estudiantes.

Los estudiantes, por supuesto, ya han escuchado muchos rumores. Tanto los que están inscritos en el curso como los que no lo están asisten a la clase. Todos miran fijamente a Tang Heng con ojos brillantes, sus rostros prácticamente gritando: «Profesor, ¡cuéntenos el chisme!».

Sin embargo, Tang Heng simplemente hojea sus notas, indicándoles metódicamente qué partes necesitan repasar con más atención. Al principio, algunos estudiantes están distraídos, pero pronto todos se desaniman y comienzan a tomar notas obedientemente. Aunque el profesor Tang ha estado ausente por más de dos meses, su estilo implacable no ha cambiado ni un ápice. Página tras página, todo parece ser importante. Al final, los estudiantes se quejan:

—Profesor, sería más fácil si nos dijera qué páginas NO son importantes…

Quedan cinco minutos para terminar la clase, justo el tiempo suficiente. Tang Heng cierra sus notas y apaga la presentación de PowerPoint.

Respira profundamente, se irgue y dice a los estudiantes:

—Este semestre, debido a varias razones, las clases se han visto afectadas. Me disculpo con todos ustedes. Estoy en proceso de formalizar mi renuncia y, en el futuro, ya no estaré en Macao.

Tan pronto como pronuncia estas palabras, un murmullo generalizado recorre el aula, seguido inmediatamente por un silencio absoluto.

Todos los estudiantes contienen la respiración, atentos.

—Permítanme hablar un poco fuera del tema, sobre mi comprensión de la sociología. Desde un punto de vista práctico, la carrera de sociología, al igual que otras carreras de humanidades, no es muy valorada. Cuando vuelvan a casa para el Año Nuevo y sus familiares les pregunten qué están estudiando, si les dicen que sociología, es posible que bromeen diciendo que después de graduarse y trabajar unos años en la sociedad, lo entenderán todo. La sociedad, ¿qué hay que estudiar sobre ella?

Tang Heng sonríe ligeramente y continua:

—Hace mucho tiempo, alguien me dijo que estudiaba sociología para sacar a su pueblo natal de la pobreza. Esa persona tenía un ideal claro. Pero yo no era así. Cuando elegí mi carrera universitaria, pensé que todas las especialidades eran más o menos lo mismo. Mi primera opción fue finanzas, pero mi puntaje no fue suficiente, así que me asignaron a sociología. No me pareció tan aburrida, así que seguí estudiándola hasta ahora. Creo que muchos de ustedes aquí presentes se identificarán con mi experiencia.

»Compañeros —continua con seriedad, haciendo una pausa—, hasta este año, de repente entendí el encanto de la sociología. Es diferente de la investigación científica, cuyo objetivo es buscar la verdad objetiva, una verdad que es constante e inmutable como la ley de la gravedad. El objeto de estudio de la sociología es la sociedad, que está en constante cambio. No existe una verdad eterna en el funcionamiento de la sociedad; la ideología en la que crees hoy podría ser completamente refutada en diez años; las reglas que son aplicables hoy podrían volverse inútiles después de un incidente repentino. Así que, en cierto sentido, hacer investigación sociológica es una tarea muy difícil. Pero, lo que es más importante, a diferencia de la búsqueda unilateral de la investigación científica, los sociólogos pueden usar los resultados de su investigación para cambiar a su objeto de estudio, es decir, cambiar esta sociedad.

»Así que la sociología se encuentra en esta situación delicada: estudiamos esta sociedad que cambia rápidamente, mientras nos esforzamos por hacer que nuestros propios resultados sean parte del «cambio». Esto está destinado a ser un juego largo y difícil, y es precisamente ahí donde radica el valor y el placer de la sociología. Sé que solo una pequeña parte de ustedes seguirá el camino de la investigación, pero en cualquier caso, sin importar lo que ustedes o yo hagamos en el futuro, seguramente nos encontraremos con todo tipo de fracasos, porque las personas y la sociedad, las personas y ellas mismas, siempre están en un juego de estrategia.

»Yo solía ser una persona frágil, y pagué el precio por ello. Así que espero que ustedes sean más fuertes… Volviendo a mi amigo, su historia es demasiado larga y el tiempo es limitado, así que solo diré lo más crucial. En él se manifiesta una cualidad necesaria para la investigación sociológica, y aprovecho esta última oportunidad para compartirla con todos ustedes.

Tang Heng se da la vuelta y escribe una palabra en elegantes letras en la pizarra:

«Indomable»[1].

El amor es indomable.


[1] La expresión que aquí se utiliza es “百折不挠”, que literalmente significa «no doblegarse ante cien adversidades».

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