40. Quince centavos

En ese momento, Tang Heng comprendió finalmente por qué las polillas se sienten atraídas por la llama. No se trata del dolor, sino del calor. En la Pagoda Baotong no había iluminación. Las paredes blanquecinas desprendían un frío aroma a lima y ni siquiera la luz del sol penetraba en este rincón. Todo estaba gélido y oscuro. Se lanzó hacia Li Yuechi como quien se arroja contra una bola de fuego ardiente. El cuerpo de Li Yuechi olía a la luz del sol que entraba desde el exterior de la pagoda, al aroma seco del tabaco y a un agradable rastro de sudor. Irradiaba calor.

Tang Heng sostuvo la cabeza de Li Yuechi con la mano derecha, temiendo que la pared pudiera lastimarlo. Nunca se había sentido así. Su mano derecha solía reservarse para escribir y tocar la guitarra. ¿Muy valiosa, verdad? Pero en ese instante no importaba. Podía entumecerse, doler, ensuciarse, con tal de que la persona frente a él no sufriera ningún daño.

Tang Heng se entregó a un beso desenfrenado y ardiente con Li Yuechi, anhelando poder encapsularse en un suspiro y ofrecérselo.

Al final, fue Li Yuechi quien lo agarró por el hombro, y con una risa, dijo:

—Tómate un respiro.

Se separaron. Tang Heng frunció sus labios húmedos, pero antes de que pudiera decir algo, su teléfono volvió a vibrar.

Era An Yun. La primera reacción de Tang Heng fue colgar, pero sintió que eso lo haría parecer demasiado ansioso. Dudó por un par de segundos antes de responder la llamada.

—¿Hola?

—¿Qué estás haciendo?! —La voz de An Yun resonó de manera cristalina en la tranquila pagoda—. ¡Te he llamado un montón de veces! ¡¿No las viste?!

Tang Heng se sintió ligeramente culpable.

—¿Qué pasa?

—¡Buenas noticias! —bufó An Yun—. ¡Te lo digo, Li Yuechi te está buscando! ¡Le mentí diciéndole que te vas a Tokio hoy y me colgó! ¡Ya sabes qué tipo de persona es él ahora, ¿verdad?! ¡Te lo digo, olvídalo y evítalo estos días!

—Hablamos luego —dijo Tang Heng, sintiéndose incómodo.

—¡No le des más vueltas! —dijo An Yun; de tanto juntarse con Jiang Ya se le había pegado un deje del noreste—. ¿Te crees que me apetece meterme en este lío de mierda por ti? ¡Encima tener que mentir! De verdad que lo hago por tu bien…

—An Yun, espera… —Tang Heng, nervioso, cruzó la mirada con Li Yuechi. El otro estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados y una leve sonrisa en los ojos.

—¿Esperar qué? ¿No te das cuenta? ¡Solo está jugando contigo!

—Li Yuechi está justo a mi lado —murmuró Tang Heng.

Silencio.

—An Yun —dijo Li Yuechi inclinándose hacia adelante—. Gracias.

Más silencio.

—Pero no estoy jugando con Tang Heng. Ahora estamos saliendo —dijo, mirándolo a él, con una alegría despreocupada—. ¿Verdad?

—Sí… —Al verse mirado así, a Tang Heng volvió a agitarsele el corazón—. Eh, bueno, yo… voy a colgar, ¿sí?

Pero no llegó a colgar: del otro lado de la línea solo quedó el pitido de ocupado.

Un pitido que parecía rechinar de rabia.

Li Yuechi sonrió, como si no le importara en absoluto.

—¿Seguimos?

Tang Heng primero asintió y luego negó con la cabeza; de pronto se dio cuenta de lo tonto que estaba siendo.

—No te lo tomes personal —le explicó en un susurro—. An Yun no está contra ti. Ella solo…

—Tiene miedo de que te engañen. Lo entiendo.

Tang Heng lo miró y asintió sin saber qué más decir.

—¿Tú también tienes miedo de que te engañe? —Li Yuechi dejó de sonreír.

—No. Es solo que todo esto es demasiado repentino. Realmente pensé… —La imagen de esa mujer apoyándose en los brazos de Li Yuechi volvió a aparecer ante sus ojos. Después de una pausa, Tang Heng continuó—: Realmente pensé que tenías novia.

—Lo siento —dijo Li Yuechi.

—¿Eh?

—No debería haberte mentido. —Frunció ligeramente el ceño—. Si pudiera retroceder en el tiempo…

—Aunque pudieras retroceder en el tiempo, volverías a mentirme.

—Sabes por qué.

—Aunque sepa el motivo.

—Aunque lo sepas.

Li Yuechi sonrió al terminar de hablar; en su expresión pasó fugazmente una disculpa impotente, llena de resignación.

Tang Heng recordó haber visto antes esa expresión en el rostro de Li Yuechi. Fue en… sí, ahora lo recordaba. Aquella noche. Esa noche, Li Yuechi había peleado por él; quiso acompañarlo a casa, él se negó, Li Yuechi insistió, y ambos quedaron atrapados en un punto muerto. Al final terminó yendo, pero antes de eso Li Yuechi le había dicho: «Mi casa está sucia».

Sí, era esa misma expresión, como si supiera que aquello que deseaba ocultar jamás podría permanecer oculto. Tang Heng recordó un dicho: «Solo hay tres cosas en el mundo que nunca pueden esconderse: una tos, la pobreza y el amor».

El corazón de Tang Heng nunca se había sentido tan suave, tan suave que se arrugaba como una hoja, siendo sostenido en la palma de su mano, temblando al compás de su pulso.

—Tengo que volver al hospital más tarde —dijo Li Yuechi, suavemente—. La señorita Zhao todavía no ha despertado. Tengo que quedarme a cuidarla.

—Oh. Entonces… ¿no puedes ir después de almorzar?

—No hay tiempo. El doctor vendrá a las dos.

—¿Podré verte de nuevo esta noche?

—Probablemente no. Salir conmigo es realmente aburrido —dijo Li Yuechi con una mezcla de frustración y autodesprecio.

Tang Heng sacudió la cabeza con determinación.

—Entonces, ¿puedo enviarte un mensaje de texto? —preguntó.

—Sí.

—¿Puedo pagar tu factura del teléfono?

—No es necesario.

—No tengo en qué gastar mi dinero.

Los labios de Li Yuechi se curvaron en una sonrisa mientras preguntaba:

—¿Sabes cuánto cuesta enviar un mensaje de texto?

—¿Eh? —dijo Tang Heng con confusión—. ¿Cuánto?

—Quince centavos por mensaje. En un paquete mensual.

—Oh.

—Un paquete de Huangguoshu cuesta cinco cincuenta, suficiente para treinta y seis mensajes. —Li Yuechi sacó un paquete de cigarrillos arrugado de su bolsillo y lo metió en la mano de Tang Heng—. No fumaré este mes ni el próximo. Envíame tantos mensajes como quieras.


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