Xia Xun se acercó con lentitud y se sentó al lado de Qi Yan.
—¿De cuál hizo la prueba el profesor?
Xia Xun respondió que del Primer año de Yin Gong.
—¿Zheng Bo derrota a Duan Yuyan? —dijo Qi Yan—. A la madre del duque Zhuang de Zheng, Jiang, le disgustaba y favorecía a su hijo menor, e incluso más tarde…
Xia Xun se apresuró a hablar:
—¡Sé lo que dice! Aunque no puedo memorizarlo, puedo entenderlo. ¡No me subestimes!
—No te subestimé. No pensé que no lo entenderías. Creo que simplemente no te gusta —dijo Qi Yan con suavidad.
Xia Xun asintió una y otra vez.
—Después de leerlo, ¿qué te parece? —le preguntó Qi Yan.
Xia Xun curvó los labios.
—No quiero decirlo… Si lo digo, ¡te reirás de mí!
Qi Yan prometió repetidamente que nunca lo haría.
La voz de Xia Xun era fina como el chillido de un mosquito.
—Sólo pienso… que el Duque Zhuang de Zheng era bastante raro y lamentable…
—El Duque Zhuang de Zheng era muy talentoso y bastante capaz. ¿Cómo puedes pensar que es lamentable? —preguntó Qi Yan con asombro.
Xia Xun dio una palmada en la mesa.
—¡Mira! ¡Dije que te reirías de mí!
Qi Yan le pidió disculpas. Xia Xun agitó la mano y lo perdonó generosamente.
Qi Yan preguntó:
—Todavía no lo has dicho, ¿por qué lo ves así?
Xia Xun vaciló y tartamudeó:
—Lamentable no es del todo la palabra adecuada, es decir, es… Solo no esperaba que una madre no quisiera a su hijo biológico… Pensé que mi madre no me quería porque no era su hijo biológico…
Qi Yan no hizo ningún comentario, ni se rio de Xia Xun ni dijo que era una niñería. Acomodó el cabello de Xia Xun detrás de sus orejas, revelando la herida que había ocultado.
Xia Xun lo miró sin comprender; los ojos de Qi Yan estaban llenos de compasión.
El pecho de Xia Xun de repente se llenó de calor. Nadie lo había mirado nunca con esos ojos. Qi Yan era el único.
En ese momento, las quejas en el corazón de Xia Xun desaparecieron, y ni siquiera pudo sentir el dolor mientras Qi Yan trataba su herida.
De repente sintió que no era gran cosa ser herido y no era gran cosa ser castigado arrodillándose en el salón ancestral. Mientras Qi Yan pudiera mirarlo así, valdría la pena todo.
Además, Qi Yan era muy guapo.
Xia Xun lo miró con la respiración contenida, tratando de leer más tristeza y compasión en su rostro.
Qi Yan levantó ligeramente la mirada, la luz de sus ojos casi abrasaba a Xia Xun.
—¿Dónde estás mirando? ¿Te duele?
Xia Xun miró su lunar en el rabillo del ojo y murmuró:
—¿Te han dicho alguna vez que eres muy guapo?
Qi Yan se rio.
—¿De qué estás hablando en este momento? ¿Ya terminaste de copiar el texto cincuenta veces?
Xia Xun se rascó la cabeza, angustiado.
—¡Cómo voy a terminarlo! Aunque trabaje toda la noche de hoy, ¡quién sabe cuándo voy a acabar!
—¿Dijo el profesor de qué tratará el próximo texto? —le preguntó Qi Yan.
—Parece que acerca de la Estrategia de los Estados Combatientes, Chu Long persuade a la emperatriz viuda Zhao —recordó Xia Xun.
Qi Yan se sentó derecho y empezó a hablar:
—Los soldados de Qin abandonaron el Estado de Zhao, y la emperatriz viuda Zhao pidió ayuda a Qi. El rey Qi accedió a enviar tropas con la condición de que la emperatriz viuda Zhao permitiera a su hijo favorito, el príncipe Chang’an, entrar en el Estado de Qi como rehén. La Emperatriz viuda Zhao…
—¡Ya sé de qué se trata! —lo interrumpió Xia Xun—Ya lo he leído. Lo entiendo, pero no puedo memorizarlo. Es sólo que no tengo suficiente cabeza, ¡así que no puedo memorizar un libro ni aunque me lo coma!
Qi Yan pensó un rato, buscó un pincel y tinta, y extendió una hoja de papel delante de él.
Mojó el pincel en tinta y se lo entregó a Xia Xun.
—Escribe unas palabras.
Xia Xun estaba indignado.
—¡¿No creerás que no sé escribir, verdad?!
Qi Yan le metió el pincel en la mano e insistió:
—Escribe unas palabras, escribe lo que quieras.
Xia Xun tomó el pincel y escribió el nombre de Qi Yan[1] con unos pocos trazos. Una vez no fue suficiente. Escribió cinco o seis «Qi Yan» seguidos.
Qi Yan sonrió con indulgencia y le dio unas palmaditas en el dorso de la mano.
—Está bien, está bien, no tengo mucha tinta en casa, así que no escribas más.
Xia Xun se negó a rendirse.
—¡Cuál es el problema, te traeré algunas piedras de tinta mañana! Me hiciste un regalo, ¡pero yo aún no te he correspondido! Ya que el pincel y la tinta están afuera, ¡déjame que dibuje un pez dorado para ti!
Mientras Xia Xun hablaba, su mano no dejaba de moverse y pronto dibujó un regordete pececito dorado.
—No me extraña que seas bueno tallando madera. La pintura es muy vívida —lo elogió Qi Yan.
Xia Xun le preguntó, un poco esperanzado:
—¿De verdad? ¿No me desprecias por no hacer mi trabajo? ¿No crees que estas cosas sólo las hacen los pobres de baja estofa?
—¿Tu padre dijo todas esas palabras? —le preguntó retóricamente Qi Yan.
—Esas son las palabras con las que mi padre suele regañarme, y hay otras peores, pero no quiero pronunciarlas por miedo a ensuciarte los oídos… —murmuró Xia Xun.
Qi Yan apretó los labios con fuerza, las venas de su cuello visiblemente tensas.
Después de un rato, poco a poco ajustó su estado de ánimo y le dijo suavemente a Xia Xun:
—Regresa, tu padre probablemente esté enfadado y si no te encuentra, se pondrá furioso otra vez. Sé obediente los próximos días, no vuelvas a tocar la talla de madera. No lo provoques.
Xia Xun emitió un «oh» y se levantó de mala gana.
Antes de irse, Qi Yan le dijo:
—No te preocupes por el castigo, lo resolveré por ti. Mañana temprano, espérame bajo el muro de tu casa.
Xia Xun le devolvió la mirada. Había una evidente preocupación en el rostro de Qi Yan.
—Ten cuidado cuando vuelvas. Camina menos estos días. No vengas hasta que tus piernas estén mejor.
Xia Xun abrió la boca para hablar, pero Qi Yan lo detuvo, con tono de reproche:
—Tienes las rodillas hinchadas como bollos al vapor. ¿Todavía quieres saltar el muro y subir y bajar del árbol? Aplícate el aceite medicinal con cuidado en los próximos días. No tienes permiso para venir a verme hasta que la hinchazón de tus rodillas haya remitido.
Con el fin de mostrar su insatisfacción, Xia Xun planeó fingir estar enfadado y salir pisando fuerte.
Quién iba a imaginar que tan pronto como se levantara, sus rodillas de repente le dolerían ferozmente, sus piernas se ablandarían y caería de nuevo directamente en los brazos de Qi Yan.
Qi Yan lo abrazó con firmeza; su cabello rozó el rostro de Xia Xun y su cálido aliento le acarició el cuello.
El olor de Qi Yan era muy agradable, un olor que Xia Xun nunca había olido antes.
Estaba sentado en el regazo de Qi Yan, mirando su rostro de cerca, respirando su fragancia única. Sentía el rostro muy caliente; pensó que incluso las puntas de sus orejas debían de estar rojas.
Qi Yan lo sostuvo y le dijo con buen humor:
—¿No quieres levantarte?
Tan pronto como habló, la vibración de su cavidad torácica se extendió por el cuerpo de Xia Xun.
Xia Xun no respondió durante mucho tiempo.
Qi Yan le dio un toquecito en la frente.
—¿Tu alma abandonó tu cuerpo?
Xia Xun levantó la cabeza, se puso en pie abruptamente y dijo incoherentemente:
—¡Yo… yo me voy!
Ya no le dolían las rodillas ni se sentía reacio a marcharse. Salió corriendo a grandes zancadas y ni siquiera recordaba cómo había regresado a su habitación.
Al día siguiente, antes de partir hacia la academia, Xia Xun se acercó bajo el muro como había prometido.
Olvidó por completo las instrucciones de Qi Yan y trepó ágilmente.
Las flores haitang a lo largo del muro estaban en plena floración. Apartó las ramas, asomó la cabeza y saludó a Qi Yan.
Qi Yan quiso reprenderlo pero no fue capaz.
Le entregó un montón de papeles a Xia Xun.
Cuando Xia Xun tomó las hojas, descubrió que Qi Yan había copiado las cincuenta páginas por él.
Por supuesto, se sintió muy conmovido, pero al mismo tiempo pensó que Qi Yan era un poco tonto.
—¡Tu letra es diferente a la mía, el profesor lo notará a simple vista!
Qi Yan lo miró con una sonrisa y le pidió que mirara más de cerca.
Xia Xun miró hacia abajo, y cada palabra del papel resultó ser exactamente como si hubiera sido escrita por él.
Estaba atónito.
Sólo escribió unas pocas palabras delante de Qi Yan la noche anterior, y Qi Yan fue capaz de repetir su letra con tanta precisión que incluso Xia Xun no podía notar la diferencia.
—Tú… tú eres demasiado bueno, ¿verdad?
—Ve rápido a la escuela. Si el profesor te vuelve a preguntar esta vez, tienes que responder con cuidado. Si tienes más ideas extraordinarias, cuéntamelas solo a mí. ¿Cómo podrían entenderte esa gente ordinaria?
Xia Xun se puso el texto copiado bajo el brazo.
—¿No quieres que lo memorice? Si me lo hubieras pedido, ¡habría intentado memorizarlo con todas mis fuerzas!
Qi Yan negó con la cabeza.
—Son sólo unos textos escritos por gente que vivió hace mucho tiempo. ¿Por qué molestarse en ponerte en una situación tan difícil? ¡No importa si no lo memorizas!
Xia Xun recordó que escuchar lo que decía Qi Yan lo hizo sonreír felizmente. El viento soplaba y los pétalos de las haitang revoloteaban, cayendo sobre los hombros de Qi Yan; uno de ellos aterrizó en sus labios.
Xia Xun recogió los pétalos mientras él no prestaba atención y los escondió en lo más profundo de su manga.
Siete años más tarde, en la posada de Binzhou, Qi Yan escribió la palabra «anegar» y Xia Xun realmente no podía recordar si alguna vez la había visto.
Los restos de agua de la mesa se secaron despacio, y Qi Yan seguía tan guapo como en ese entonces bajo los árboles en flor.
Los años no le habían quitado nada.
Estaba mucho más delgado que antes, pero eso sólo lo hacía más implacable.
Cuando guardaba silencio, todo su cuerpo estaba envuelto en un aura de indiferencia y arrogancia, sobrecogedor y lleno de una dignidad inviolable.
En este momento, a la tenue luz de las velas, su expresión, habitualmente fría, parecía mucho más suave.
Aturdido, Xia Xun pareció verlo de nuevo como solía ser.
Qi Yan continuó:
—Después de todo tipo de discordias, el duque Zhuang de Zheng y su madre se mostraron tan armoniosos como siempre. Cuando ambos se encontraron, la madre, para mostrar la alegría de su corazón, dijo entonces que «su alegría era anegada», queriendo decir que estaba muy feliz.
Xia Xun se burló:
—No me extraña que no la recuerde. No me alegra estar en la misma habitación que tú.
Qi Yan no se molestó y le dijo a Xia Xun gentilmente:
—Perdiste, vete a la cama a dormir.
Sin esperar a que Xia Xun respondiera, Qi Yan puso su ropa de cama en el suelo y se sentó.
El suelo era muy duro; al sentarse debió de sufrir un tirón en las heridas.
Al verle cerrar los ojos, Xia Xun pensó que debía de estar sufriendo.
Dejó de mirar a Qi Yan, se acostó en la cama, le dio la espalda y se cubrió la cabeza con una colcha.
Al cabo de un momento, no pudo soportarlo más. Apartó la colcha con un gesto brusco y preguntó con fiereza:
—¿Qué es lo que quieres de mí ahora, con esa actitud? Ya no me queda nada, ¡solo esta vida! Si la quieres, tómala de una vez. ¿Para qué molestarte en fingir delante de mí y jugar conmigo?
La voz de Qi Yan resonó suavemente:
—… No estoy fingiendo. Nunca te he mostrado sentimientos falsos…
Xia Xun se incorporó, lleno de ira.
—¡Basta ya! ¿Todavía intentas mentirme ahora? ¡¿De verdad te crees tus propias palabras?!
Qi Yan yacía en el suelo, cubriéndose los ojos con el antebrazo, de modo que Xia Xun no podía ver su expresión. Permanecieron en silencio durante largo rato, hasta que Qi Yan habló con dificultad:
—Han pasado demasiadas cosas… no sé por dónde empezar. Si quieres escucharme, te lo contaré todo… —aspiró hondo—. Hace mucho tiempo, yo…
Xia Xun lo interrumpió de pronto:
—¡No hables!
Qi Yan bajó el brazo y lo miró con recelo.
Él no podía verla, pero Xia Xun sí.
A pocos pasos detrás de Qi Yan, en un rincón de la habitación, una víbora de foseta, negra y dorada, asomaba la cabeza.
[1] Los caracteres de su nombre son: 祁宴.
