1997, Yuncheng.
El complejo residencial para familiares de la Acería N.º 3 fue construido en los años sesenta. Una docena de hileras de edificios se alzaban rodeadas por un denso bosque de pinos de Manchuria. Estos árboles, que en su día lucieron un verde brillante y lustroso, habían perdido su esplendor; la cercanía de la acería y la proliferación de minas de carbón privadas a pocos kilómetros habían cobrado su precio. El complejo vivía envuelto en una nube constante de humo negro y escorias de carbón provenientes de las enormes chimeneas de la fábrica. Las hojas de los árboles estaban cubiertas todo el año por una capa de polvo grisáceo, y la corteza áspera había sido ahumada hasta quedar completamente negra.
Pero esa negrura era símbolo de orgullo.
En aquella época, trabajar en la acería era un honor: los obreros caminaban con la barbilla en alto incluso al cruzarse con comerciantes o funcionarios públicos. El padre de Zhang Chen, Zhang Licheng, formó parte de la primera generación de empleados de la Acería N.º 3; durante varios años seguidos recibió el título de trabajador ejemplar y, año tras año, subía al estrado para dar el discurso en representación de todos los trabajadores.
La acería era increíblemente próspera, y su salón de actos, sorprendentemente grande. Cuando Zhang Licheng se plantaba en el estrado, le bastaba un leve carraspeo frente al micrófono para que la multitud de obreros comenzara a silbar y a armar jaleo.
Zhang Licheng tenía un aspecto común: cara ancha, pómulos prominentes y rasgos toscos, el típico hombre del norte. Y, sin embargo, se había casado con una mujer de extraordinaria belleza, Li Xiaoyun, la flor de la fábrica textil.
En aquellos años, las obreras del textil, tanto al entrar como al salir del trabajo, vestían siempre de gris apagado; solo Li Xiaoyun, cada fin de semana al terminar el turno, se arreglaba a conciencia: vestido rojo intenso, zapatos de tacón alto, y luego sacaba un lápiz labial de un rojo tan chillón que rozaba lo vulgar y se lo aplicaba con cuidado; con un giro de cintura, se dirigía al salón de baile a bailar danza social.
Al sur de la acería había un gran salón de baile; fue allí donde Zhang Licheng y Li Xiaoyun se conocieron. En la oscuridad total de la pista, se convirtieron en pareja de baile casi por azar. Al terminar la canción, bajo el vaivén de las luces de colores, Zhang Licheng aprovechó ese embriagador destello para contemplar el rostro de Li Xiaoyun: una cara de facciones finas y barbilla marcada, con una nariz de puente recto y unos ojos grandes que parpadeaban mientras lo miraban.
Justo en ese momento empezaron a sonar los primeros acordes de Tian Mi Mi[1] de Teresa Teng. Zhang Licheng, el trabajador ejemplar de la acería, sintió que la cabeza le daba vueltas al percibir, después de tanto tiempo, el aroma del amor.
Li Xiaoyun había tenido un pretendiente en su juventud: un hombre de rasgos finos que se ganaba la vida recorriendo las carreteras nacionales con su camión. Ella apenas tenía entre dieciséis y diecisiete años, y su mayor alegría era esperarlo en el cruce de caminos a que él volviera de su ruta para que la llevara a comer caramelos de azúcar y azufaifas silvestres en los puestos callejeros. Por aquel entonces, su corazón albergaba esa cosa misteriosa y bella llamada amor. Pero el destino, a menudo, no soporta tanta belleza sin romperla. La última vez que lo vio fue en 1975. Un camión de carga salió a la carretera y nunca más volvió. Li Xiaoyun esperó con ansias en aquel cruce; día tras día, mes tras mes, hasta que la cifra de su edad empezó por el dos, pero él nunca regresó.
Más tarde, entró a trabajar en la fábrica textil. Durante un almuerzo, escuchó por casualidad a otras trabajadoras comentar lo difícil que se había vuelto el transporte. Mientras removían los fideos en sus cuencos, hablaban con tono de curiosidad morbosa del auge del bandolerismo en las carreteras nacionales durante los últimos años: robos y asesinatos sin escrúpulos, con especial predilección por los camioneros. A estos los mataban y arrojaban los cuerpos en montañas remotas y bosques cerrados, donde acababan desapareciendo sin dejar rastro.
Li Xiaoyun dejó caer los palillos y corrió al lavabo, tapándose la boca mientras vomitaba violentamente.
Después, se encontró con Zhang Licheng por casualidad. En cuanto al amor, no tenía grandes expectativas. Solo sabía que Zhang Licheng era un trabajador destacado de la Acería N.º 3, vivía en su complejo residencial, ganaba tres veces más que ella al mes, tenía un televisor Sony Trinitron en casa y una gran motocicleta. Evaluó con cuidado el valor de otros pretendientes y su propia edad una y otra vez. Finalmente, con determinación, empacó sus pocas pertenencias: una radio, algunas cintas de casete, una decena de sus prendas favoritas y un estuche de maquillaje. Así fue como se casó con Zhang Licheng.
En el segundo año de matrimonio de Zhang Licheng y Li Xiaoyun nació Zhang Chen. Zhang Chen había heredado los bellos rasgos de Li Xiaoyun; había crecido como un muchacho de tez blanca y aspecto adorable, con grandes ojos y nariz perfilada, y pestañas aún más largas que las de su madre. A Li Xiaoyun le encantaba llevarlo en brazos para pasear por el patio residencial de la unidad. Cada vez que las abuelas y tías que tomaban el fresco afuera se topaban con madre e hijo, los paraban para mirarlos durante largo rato; y cuando distinguían bien los rasgos del pequeño Zhang Chen, casi idénticos a los de Li Xiaoyun, se les dibujaba en el rostro una expresión a la vez sorprendida y envidiosa, y exclamaban exagerando:
—¡Tu niño parece salido del mismo molde que tú, qué bonito es!
Pero a medida que Zhang Chen crecía y comenzaba a asistir al jardín de niños y luego a la escuela primaria, Li Xiaoyun empezó a notar algo extraño. Zhang Chen parecía vivir en su propio mundo, ajeno a los sonidos del exterior. Sus emociones oscilaban entre la calma de un mar en reposo y la inminente erupción de un volcán. La mayor parte del tiempo se comportaba como cualquier otro niño, solo que no hablaba mucho. Sin embargo, en ciertas ocasiones, como cuando Li Xiaoyun y Zhang Licheng discutían, Zhang Chen se acurrucaba solo en el escritorio de su habitación. Mientras los gritos resonaban en la sala, él apretaba los labios y rechinaba los dientes, rascando con fuerza los bordes del escritorio y los libros con sus uñas hasta que sus dedos casi se agarrotaban, como si guardara un rencor profundo e inexplicable.
Desde que Zhang Chen empezó la escuela, Li Xiaoyun era llamada repetidamente por la maestra a reuniones individuales en su oficina durante las juntas de padres. La maestra parecía estar más preocupada por su hijo que ella misma. Cada vez, frunciendo el ceño mientras sostenía el reporte de calificaciones, la maestra le recordaba a Li Xiaoyun:
—Las calificaciones de Zhang Chen no son el problema principal, pero los padres deben prestar más atención a su salud mental. Este niño es frío como el hielo. Cada vez que lo elijo para responder en clase, no dice nada. No participa en actividades grupales y, en cuanto suena el timbre del recreo, corre hacia la ventana y se queda mirando fijamente afuera. Cuando le pregunto qué está viendo, solo responde: «El mundo». A su edad, los niños suelen ser traviesos, ¿cómo es posible que él sea así?
Al escuchar esto, a Li Xiaoyun le dio un vuelco el corazón. Al llegar a casa, interrogó a su hijo sin descanso, pero no consiguió sacarle nada. Madre e hijo se quedaron mirándose, con los ojos bien abiertos, hasta que Zhang Licheng gritó desde la sala:
—¡A cenar! Lo que sea, lo hablan después de comer.
Li Xiaoyun suspiró con resignación y dejó el tema por el momento.
Pero el hábito de Zhang Chen de mirar por la ventana no desapareció. Lo hacía en la escuela, lo hacía en casa y, con el tiempo, su obsesión se volvió aún más profunda.
Desde el complejo residencial de la Acería N.º 3, tenía una vista clara de la enorme chimenea de la acería. Un denso humo negro, como el aliento turbio de una bestia marina en las profundidades, se elevaba sin cesar hacia fuera. Zhang Chen se quedaba absorto mirando aquella densa humareda. Bajo su mirada, los obreros regresaban a casa tras la jornada de trabajo. Entre ellos estaba Zhang Licheng, cargando un pollo asado recién comprado y una botella de licor blanco. Pero Zhang Chen nunca lograba distinguir a su padre entre la multitud. En esos momentos, su vista de repente se volvía borrosa, y ante sus ojos solo quedaba un mar de negro. Las cabezas en movimiento de los trabajadores parecían olas oscuras que avanzaban en oleadas, fluyendo apretadas desde la fábrica hasta sus hogares.
Tras mucho tiempo apoyado en el alféizar, Zhang Chen sintió los brazos entumecidos. Miraba el humo y el mar negro, y una sensación de desesperanza le invadió el pecho. Mantuvo los ojos bien abiertos. Las fábricas oscuras y la espesa humareda se le clavaban en la mirada como cuchillos romos arrastrados por el viento.
De pronto, su cuerpo se sintió extraño, un dolor sordo comenzó a extenderse por todo su ser. Con la voz áspera, llamó a su madre:
—Mamá, me duele el estómago.
Li Xiaoyun lo llevó a varios médicos, incluso al mejor hospital de la ciudad, pero no encontraron nada. En la última visita, el viejo doctor suspiró profundamente, se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz y le sugirió a Li Xiaoyun:
—Quizás debería consultar con un psiquiatra.
Li Xiaoyun estaba tan furiosa que estuvo a punto de armar un escándalo en todo el hospital. No podía aceptarlo. ¿Cómo era posible que su hijo, tan guapo y brillante, necesitara ver a un psiquiatra?
Pero, por más indignada que estuviera, después de varios días de dudas, terminó llevándolo a la consulta de salud mental. Sin embargo, tras una revisión minuciosa, el médico no encontró absolutamente nada fuera de lo normal. El peso que llevaba en el pecho se disipó de golpe, pero en su lugar quedó una sensación sofocante, como una bola de algodón blando atascada en su interior, llenándola de inquietud. Si hubiera una enfermedad, al menos habría una cura. Pero si no había nada, ¿significaba eso que no había absolutamente ninguna solución?
Pero Li Xiaoyun pronto quedó abrumada por el humo negro, incesante, que salía de la ciudad, sin tiempo para pensar demasiado. La acería no iba bien y los trabajadores llevaban meses sin recibir sueldo. En casa había dos bocas que alimentar, por lo que Zhang Licheng, quien alguna vez fue un obrero ejemplar, no tuvo más remedio que dejar el orgullo a un lado y retomar el oficio que había aprendido de su padre. Siempre que podía, buscaba trabajos extra reparando electrodomésticos, instalaciones eléctricas, tuberías y motocicletas para ganar algo de dinero.
Cómo en la mayoría de los hogares los hombres sabían hacer al menos algunas reparaciones, Zhang Licheng se enfocó en ofrecer sus servicios a ancianos que vivían solos y no tenían hijos ni familiares que los ayudaran. Pegaba pequeños anuncios de reparación en los postes de luz y, sorprendentemente, el negocio empezó a moverse. Cada pocos días, algún anciano llamaba a su casa pidiendo ayuda.
Li Xiaoyun, que había sido despedida hacía tiempo, terminaba cada día empapada en sudor tras hacer sus quehaceres, solo para encontrarse sin nada más que hacer. Al principio pensó en unirse a las otras mujeres del complejo residencial para charlar y comer semillas de girasol, pero pronto se dio cuenta de que no les agradaba y la evitaban a propósito.
Cada vez que su nombre salía a relucir, se juntaban en corros con gestos desdeñosos, abanicándose con abanicos de bambú y hablando en un tono amargo.
—¿Saben cómo se conocieron Zhang Licheng y esa mujer? ¡Nada menos que en una pista de baile! Se miraron y listo, enganchados. Con esa cara de zorra que tiene, ¿quién sabe cuántos hombres ha tenido antes? Y mira a su hijo, Zhang Chen. No se parece en nada a su padre. A saber si realmente es suyo…
En ese preciso momento, Zhang Chen, que acababa de salir de la escuela, escuchó cada palabra con claridad. Llevaba puesto el uniforme azul del colegio, con una camiseta blanca debajo cuyo cuello estaba estirado de tanto tirar de él. Su mochila negra colgaba descuidadamente de un solo hombro, y los músculos de su mandíbula estaban tensos como una cuerda tirante. Con el rostro sombrío, caminó hacia su edificio. Al pasar junto a aquel grupo de mujeres chismosas, giró la cabeza y les lanzó una mirada fulminante. Las mujeres se enderezaron al instante, callándose de golpe, asustadas. No fue hasta que la silueta de Zhang Chen desapareció por completo en la entrada del edificio que una de ellas, llevándose la mano al pecho, murmuró en voz baja:
—¿Será que nos oyó hablar de su madre…?
Zhang Chen, conteniendo la rabia, entró en casa y lanzó su mochila con fuerza sobre el sofá. El golpe fue tan brusco que Li Xiaoyun, que estaba bebiendo agua, se sobresaltó y derramó el líquido por el suelo.
Desconcertada, levantó la mirada hacia él.
—¿Qué te pasa, hijo? ¿Por qué llegas tan alterado?
—No te juntes con la gente de este complejo.
—¿Por qué? —preguntó Li Xiaoyun mientras buscaba un trapo y se arrodillaba para limpiar el agua derramada.
Zhang Chen miró la figura de Li Xiaoyun limpiando el suelo; su espalda estaba encorvada de una forma extraña, como una placa de hierro deformada por unas pinzas. No pudo soportar la imagen y se acercó para quitarle el trapo de las manos. Se arrodilló y empezó a limpiar junto a ella. Con la voz apagada, exprimió una frase desde lo más hondo del pecho:
—Si no nos valoran, no debemos esforzarnos por agradarles.
Li Xiaoyun giró la cabeza, sorprendida. Era la primera vez que su hijo mostraba ese tipo de preocupación. Se mordió el labio inferior conmovida, tratando con dificultad de contener el temblor en su voz, y respondió entrecortadamente:
—Está bien, está bien… mamá ya no se va a juntar con ellas.
Zhang Chen asintió con un «hmm», recogió el trapo del suelo, lo enjuagó varias veces en el baño, y después, sacudiéndose el agua de las manos, volvió a su cuarto a hacer los deberes.
Li Xiaoyun se acercó de puntillas hasta la puerta del dormitorio de su hijo. Al oír la voz constante que repetía palabras en inglés desde dentro, la comisura de sus labios se curvó discretamente. Pensó con orgullo: «Mi hijo es realmente increíble. Ni Zhang Licheng ni yo sabemos ni una pizca de inglés».
Pero en cuanto pensó en Zhang Licheng, su ánimo se desplomó. Desde que fue despedida de la fábrica textil, Zhang Licheng apenas le había mostrado buena cara. Además, no dejaba de gastar dinero en cosas innecesarias. Cuanto más apretados estaban, más le daban ganas de salir a divertirse.
Esa noche, pasadas las siete, Zhang Licheng volvió a casa cargando con dos botellas de baijiu. Apenas cruzó la puerta, Li Xiaoyun las notó. No pudo contener la frustración que llevaba acumulada y, frunciendo el ceño, lo reprendió:
—La situación en casa ya está bastante apretada, ¿y tú sigues gastando dinero a lo tonto?
Zhang Licheng iba tarareando una melodía mientras se dirigía a la cocina, pero al oírla, la rabia le subió de golpe. Se dio la vuelta y le gritó desde la sala:
—¿Y qué? ¡Toda la casa depende de mí para sobrevivir! ¿Tú, como mujer, qué has hecho? ¿Ni siquiera puedo comprarme dos botellas de licor? Tú te vas al salón de baile cada dos por tres, ¿te he dicho algo acaso?
¿Acaso las tareas del hogar no cuentan como trabajo? pensó Li Xiaoyun, con el cuerpo rígido y el corazón lleno de agravio. Pero no se atrevió a contradecir a su esposo, que estaba fuera de sí. Solo bajó la cabeza en silencio, sin decir una palabra.
Zhang Licheng, una vez que se enfurecía, más gritaba, más se encendía. Al ver que Li Xiaoyun no decía nada, se sintió aún más frustrado por no poder descargar su rabia por completo. Así que cambió de objetivo y gritó hacia el dormitorio, donde Zhang Chen hacía sus deberes:
—¿Aquí quién manda, tu padre o tu madre?
Dentro del dormitorio, solo se oía el suave rasgueo del bolígrafo sobre el papel. Al no obtener respuesta, otra chispa encendió a Zhang Licheng. Sus pasos retumbaron en el suelo mientras se acercaba con rapidez hasta la puerta del cuarto. Golpeó con fuerza la endeble madera, y con esa voz áspera y rasposa, curtida por años de humo y polvo, rugió:
—Zhang Chen, ya estás en la preparatoria, ¡es hora de que empieces a contribuir en casa!
Dentro, todo seguía en silencio, apenas interrumpido por el suave pasar de las páginas. Ese silencio, tan liviano y tranquilo, parecía casi una provocación. Sintió que su autoridad como cabeza de familia estaba siendo desafiada: la mujer de la casa se atrevía a reprocharle, y ahora el hijo tampoco obedecía. Enfurecido, alzó el puño de repente y golpeó varias veces la puerta de madera, mientras seguía gritando hacia el interior:
—¿Así que ahora te atreves a desafiar a tu viejo, eh? ¡Mirá a Yang Mingming, el del departamento de enfrente! ¡Apenas salió de secundaria, se metió a trabajar en la mina para ganar dinero! ¿Y tú? ¿Qué sentido tiene que leas esos libritos? ¡Tu padre trabaja todo el día y todavía tiene que andar arreglándole cosas a la abuela de aquí, al abuelo de allá! ¿No puedes, al menos, aliviarle un poco la carga a tus padres?
Zhang Licheng estaba en plena arenga cuando, de repente, desde el interior del cuarto se oyó un fuerte estruendo.
Li Xiaoyun corrió hacia él con apuro, se interpuso en su camino y empezó a hablar y hablar:
—¡No le grites! Acaba de entrar a la preparatoria, es una etapa clave. Si tú, como padre, tienes que cansarte un poco más, pues te aguantás. ¡Cuando él entre a la universidad y consiga un buen trabajo en la ciudad, no vas a tener de sobra para comer y beber bien? ¡No le compliques las cosas a nuestro hijo!
Apenas terminó de hablar, la puerta frente a ellos se abrió de golpe con fuerza. Zhang Chen ya era mucho más alto que su madre; para mirarlo, tenía que levantar la cabeza con esfuerzo. Ella arrugó la nariz y entrecerró los ojos, haciéndole una señal para que no se enfrentara a su padre. Pero Zhang Chen era terco como una mula; su cuerpo parecía forjado de acero, y cuando se enfadaba se quedaba tan recto que daba miedo. A diferencia de la voz ronca y gastada de su padre, erosionada por años de alcohol y tabaco, Zhang Chen hablaba con una calma ligera, sin rastro de enojo ni prisa. Le dio una palmada tranquilizadora en el hombro a Li Xiaoyun, y luego se volvió hacia su padre:
—De ahora en adelante, después de la escuela, yo me encargaré de las reparaciones. No te preocupes.
Zhang Licheng no podía creer que su hijo, que enterraba la nariz en los libros, se ofreciera voluntariamente a encargarse de esos trabajos insignificantes. Instintivamente, buscó la mirada de Zhang Chen, pero de repente se dio cuenta de que este ya lo sobrepasaba en altura. Ahora tenía que inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para encontrarse con sus ojos.
Las pupilas de Zhang Chen eran un poco más grandes que las de la mayoría, completamente negras, y cuando miraba fijamente a alguien, daba la sensación de estar desafiando. En el instante en que la mirada de Zhang Licheng chocó con la de su hijo, sintió de pronto el peso de los años que habían pasado. En algún rincón de su corazón, algo emitió un sonido sordo y apagado: estaba envejeciendo.
Esa certeza hizo que sus hombros, antes tensos, se desplomaran de golpe. Conteniendo el aliento, dijo:
—Está bien así. Lee menos libros y termina la preparatoria como puedas. ¡Con esta economía, encontrar un trabajo para mantenerse es mejor que cualquier otra cosa!
Zhang Chen no dijo nada, pero en su mente seguían apareciendo las herramientas de reparación de Zhang Licheng: destornilladores, alicates, soldadores eléctricos…
Zhang Licheng no podía estar más encantado de que su hijo se ofreciera voluntariamente a tomar ese trabajo extra por él. Últimamente se había aficionado a las cartas, y de vez en cuando se reunía con algunos compañeros de la acería para jugar al mahjong; una vez empezaban, podían pasarse el día entero, jugando hasta perder la noción del tiempo, con los ojos dando vueltas. Incluso cuando llamaban a casa para pedir reparaciones, no se molestaba en contestar. Que su hijo tomara el relevo sin problemas, le vino como anillo al dedo. En cuanto a cómo haría Zhang Chen para compaginarlo con los estudios, eso no le preocupaba en lo más mínimo. ¿Quién no sabía que su hijo tenía una mente brillante? De hecho, en secreto, Zhang Licheng incluso deseaba que su hijo fuera un poco tonto, para que renunciara pronto a la idea de seguir estudiando y se quedara en Yuncheng, encontrara un trabajo manual decente, se casara con una muchacha sensata y, entre los dos, cuidarlo con esmero.
Desde que Zhang Chen tomó el relevo, la vieja motocicleta que había acompañado a Zhang Licheng durante décadas pasó a ser suya. Adquirió la costumbre de forzar su caja de herramientas dentro de su mochila y cargar con su peso a la espalda mientras recorría la ciudad, dejando tras de sí el retumbar del motor.
Zhang Licheng, al verlo, no podía estar más satisfecho. ¿Los estudios? ¿Para qué? En Yuncheng, lo que realmente valía era aprender a ganarse la vida desde joven.
Con el tiempo, tras hacer tantas reparaciones, Zhang Chen empezó a conocer a varios ancianos interesantes. Entre todos ellos, la señora Li era, sin duda, la más especial. Ella vivía en el edificio residencial del instituto de diseño en el lado oeste de la ciudad. Originalmente residía en la casa grande de su hijo mayor en Pekín, pero se dice que, tras una pelea con su nuera, decidió regresar a su antiguo hogar. La anciana no sabía mucho sobre electricidad, fontanería o electrodomésticos, y como todo en su casa era viejo y se averiaba constantemente, no pasó ni unos días en Yuncheng antes de llamar a Zhang Chen, que pegaba anuncios de reparación de electrodomésticos por todas partes
Otros ancianos solo se animaban a llamar a un reparador cuando algo grande se rompía, pero la señora Li parecía tener un flujo de dinero interminable. Ni siquiera para reparar una bombilla le molestaba pedir ayuda a los vecinos, prefería pagar por un técnico. De todas las llamadas de reparación que recibían en casa, siete de cada diez eran de la señora Li, ya fuera para cambiar una bombilla, reparar una tubería obstruida, o incluso para renovar la pintura de la casa. Cualquier necesidad, grande o pequeña, la llevaba a buscar a Zhang Chen de inmediato. Con el tiempo, la anciana y el joven se hicieron muy cercanos.
La señora Li era la persona favorita de Zhang Chen y lo entendía mejor que sus propios padres. Hablaba con acento pekinés, conversaba sobre libros y películas, y le regalaba traducciones de literatura extranjera que él ni siquiera había oído nombrar. De vez en cuando también le hablaba de su nieto en Pekín –un mocoso con la cabeza brillante como un foco, apenas un año mayor que él, capaz de causar estragos allá donde fuera– que el año pasado había entrado en la Universidad de Tsinghua.
Al llegar a ese punto, la señora Li se detuvo. Miró de reojo a Zhang Chen y notó la turbulencia en su mirada al escuchar el nombre Tsinghua. Suspiró levemente, sacó del cajón de la mesita una tableta de chocolate importado, llena de letras en inglés, y se la metió en la mano.
Zhang Chen desenvolvió el chocolate y se lo metió en la boca. Se quedó mirando largo rato las palabras en el envoltorio. De pronto, sintió una punzada en el pecho: estudiaba inglés todos los días, y sin embargo, sólo reconoció la palabra «chocolate» en la envoltura.
[1] Tanto Teresa Teng como Tian Mi Mi (Dulce como la miel) son súper populares en China. Es esta canción.
