14 de julio, la primera tormenta fuerte en Yuncheng.
Cheng Sheng llevaba dos días enclaustrado en casa. Sobre la mesilla de noche se apilaban varios ejemplares de la revista Software de 1997, cada uno con el exorbitante precio de 22 yuanes: apenas unas cuantas hojas de papel que equivalían a tres o cuatro trabajos de Zhang Chen.
A finales de los 90, los sistemas financieros estaban en auge. Muchas empresas buscaban técnicos para desarrollar programas de contabilidad que facilitaran el trabajo de los jefes. Cheng Sheng también estaba inmerso en esto últimamente, escribiendo un sistema financiero en lenguaje C. En estos días, había estado leyendo varias veces unas revistas de software costosas y resuelto todos los ejercicios de comunicación que había traído. Lamentablemente, en un lugar tan pequeño como Yuncheng ni siquiera había un cibercafé. Aunque le picaban las manos por usar una computadora, no tenía acceso a una, así que se resignó a escribir a mano en papel. Llenó varios cuadernos con códigos extraños, sin saber si funcionarían cuando regresara.
Pero antes de que pudiera terminar su sistema financiero, una llamada telefónica inesperada lo obligó a volver urgentemente a Pekín.
La llamada era de Qin Xiao, quien comenzó a hablar rápidamente tan pronto como contestó, gritándole a Cheng Sheng a través de cientos de kilómetros:
—¡Empaca rápido y vuelve, hay una entrevista!
Cheng Sheng estaba completamente confundido. Solo después de preguntar se enteró de que Qin Xiao, ese granuja, había tomado la iniciativa de enviar el demo que su banda había grabado anteriormente a una discográfica que había ganado mucha fama en los últimos dos años. El logo de esa compañía eran dos grandes aves marinas, y se negaban a firmar música pop, pues se especializaban en bandas de rock. Habían escuchado su demo y les pareció interesante, por lo que querían ver una actuación en vivo.
Qin Xiao llevaba un buen rato discutiendo con él cuando, de pronto, una voz femenina surgió al otro lado de la línea: era Chang Xin.
—Xiao Cheng, ¿cuándo piensas volver? La discográfica no para de presionarnos.
Aunque Cheng Sheng no tenía ni un solo asunto urgente que atender, vaciló unos segundos antes de responder:
—Pasado mañana. Volveré pasado mañana.
Al decirlo, recordó de golpe que lo suyo con Lao Cheng aún no estaba resuelto. Con visible reticencia, añadió dirigiéndose a Qin Xiao:
—No puedo volver a mi casa. ¿Puedo quedarme en la tuya?
Qin Xiao no tuvo tiempo de abrir la boca. Chang Xin se apresuró a intervenir:
—¡Quédate en la mía! Mis padres están fuera por trabajo. La casa está vacía.
Al otro lado del teléfono, Qin Xiao inmediatamente la regañó:
—¡Chica, ¿no tienes vergüenza?!
—¿Estás promoviendo la discriminación de género y creando divisiones? ¿Xiao Cheng puede quedarse en tu casa pero no en la mía?
Al oír esto, a Cheng Sheng le empezó a doler la cabeza, así que rápidamente los interrumpió:
—Tengo que hacer cosas importantes. Los llamaré cuando haya comprado el boleto de tren.
Colgó el teléfono y, después de un rato, se dio cuenta de que no tenía nada realmente importante que hacer durante las vacaciones. Lo único memorable fue un encuentro inesperado: el reparador apellidado Zhang, que siempre vestía camisetas y pantalones de trabajo y nunca le mostraba una buena cara.
Estos dos días, Cheng Sheng no había ido a buscar a Zhang Chen. Por un lado, temía que el otro estuviera harto de él; aquel día había sido demasiado intenso y ahora, al recordarlo, parecía un sueño. Por otro lado, había hecho cosas de las que le daba vergüenza hablar, y solo pensar en verlo le hacía sonrojarse. Así que decidió esperar unos días antes de volver a molestarlo.
Cheng Sheng era de esos que actúan por puro impulso, siguiendo el capricho del nervio que le vibrara en el cerebro en el último instante. Era alguien completamente guiado por sus emociones. Ahora, al reflexionar sobre sus actos impulsivos anteriores, sentía que se había excedido. La pasión puede ser ardiente, pero no puede arder constantemente. Un poco de calor puede resultar atractivo, pero demasiada intensidad podría quemar y consumir a alguien por completo.
Al pensar en esto, Cheng Sheng volvió a sumirse en una incertidumbre. ¿Debería uno arder hasta consumirse por completo? Era un dilema gigantesco.
Todo dependía de la persona. Alguien como él no solo no debía arder, más bien necesitaba un buen chorro de agua fría para aplacar sus llamas. En cambio, alguien como Zhang Chen requería que le echaran más leña, y luego encenderlo de nuevo para que al menos empezara a desprender algo de calor.
Esta llamada telefónica había desbaratado completamente sus planes. Cheng Sheng no pudo evitar preguntarse: si volvía a Pekín, ¿regresaría después?
Qin Xiao y él habían crecido juntos desde pequeños. No sería un problema quedarse en su casa todo el verano para evitar a su padre. Además, en Pekín tendría acceso a computadoras, nuevas revistas cada mes, y la banda podría seguir ensayando normalmente.
¿Volvería? ¿Regresaría? Cheng Sheng se lo preguntaba a sí mismo, sin saber qué hacer.
Afuera, la lluvia había amainado un poco. Ya no parecía un tsunami a punto de arrasar toda la ciudad como la noche anterior. Cheng Sheng se acercó a la ventana y apoyó su rostro contra el cristal. Escuchó por un momento el suave repiqueteo de la lluvia y finalmente decidió que al menos debía decirle a Zhang Chen que se iba.
Esta vez no trepó por la ventana, sino que usó la entrada principal.
Caminó bajo la lluvia con un gran paraguas negro, desde el instituto de diseño hasta el complejo residencial de la Acería N.º 3. El trayecto le llevó más de media hora. Durante este tiempo, no pensó en nada. El olor penetrante de la lluvia embotaba sus sentidos, impidiéndole reflexionar. Solo podía hacer lo más simple: observar a los transeúntes.
En la entrada del complejo residencial se había formado un mar de paraguas negros. Si el humo negro de la acería se solidificara, probablemente se vería así.
Varios hombres de mediana edad, vestidos con impermeables, se agrupaban bajo sus paraguas, fumando el tabaco más barato que podían permitirse.
Cheng Sheng pasó entre ellos sin desviar la mirada, pero de manera involuntaria captó fragmentos de su conversación.
—Escribamos una carta de denuncia. Es como si no nos consideraran personas en absoluto.
Otra voz se apresuró a secundarlo:
—¡Hagámoslo! ¿Cómo es posible que no me haya enterado de que nos vendieron a un jefe privado hace tanto tiempo? ¿Es que ya no existe la justicia?
De pronto, Cheng Sheng recordó que, con toda probabilidad, los residentes de aquel complejo eran antiguos colegas del padre de Zhang Chen. Ralentizó el paso, con la intención de escuchar qué estaban tramando aquellos hombres.
Esa gente no era precisamente astuta y ni se molestaron en fijarse en el chico desconocido que acababa de pasar junto a ellos. Seguían discutiendo en voz alta sus planes.
—Yo digo que lo mejor sería amarrarse una carga de explosivos y meterse directo en la oficina del jefe, a ver si así suelta el dinero. Y si no suelta nada, me llevo por delante a ese cabrón.
Los de alrededor soltaron una carcajada al escucharlo y empezaron a hablar uno tras otro:
—¿Pero cuál jefe? ¡Yo ni siquiera sé quién es el jefe ahora!
—¡Pues el tal Hu, quién más va a ser!
Y otro, riéndose también, añadió:
—¿Y crees que ese tipo te va a tener miedo? ¡Tendríamos que ir todos con bombas encima para que ese hijo de puta se asuste de verdad!
Cheng Sheng, al escuchar esto, recordó algo de lo que su abuela le había hablado hace unos días: los despidos de la Acería N.º 3. No entendía bien lo que esas personas planeaban hacer, así que, confundido, pasó entre ellos. Una vez que las voces se apagaron por completo y entró al edificio, se dio cuenta de que aún seguían hablando animadamente, conspirando sobre cómo derrocar a sus jefes.
El pasillo estaba a oscuras y, con la lluvia, el ambiente se volvía sombrío y húmedo. En los escalones se amontonaban escobas y recogedores. Cheng Sheng esquivó aquellos obstáculos y subió al segundo piso, donde llamó a la puerta de Zhang Chen.
Quien abrió fue Zhang Licheng, vestido con un impermeable y con el aspecto de alguien a punto de salir con urgencia. Al ver a Cheng Sheng, pareció sorprendido y le preguntó con voz ronca:
—¿Quién eres tú?
Cheng Sheng, asustado por la brusquedad de la pregunta y la expresión recelosa del hombre, se señaló a sí mismo y respondió:
—Soy amigo de Zhang Chen, el nieto de la abuela Li del instituto de diseño. Tengo algo que preguntarle.
Al oír mencionar a la anciana Li, la expresión de Zhang Licheng cambió de inmediato. Agarró con entusiasmo el brazo de Cheng Sheng y su tono se volvió súbitamente afable:
—Ah, ¡eres tú! Cheng… Cheng… ¿cómo era?
Sin esperar respuesta, estiró el cuello y gritó hacia el interior de la sala:
—¡Zhang Chen, tu amigo está aquí! No lo dejes plantado en la puerta; ve a buscarle algo de beber y de picar.
Aquellas palabras hicieron que Cheng Sheng se sintiera incómodo, pero aun así se apresuró a aclarar:
—Cheng Sheng. Sheng, como en «sonido».
Zhang Licheng no parecía muy interesado en saber exactamente cómo se llamaba Cheng Sheng, pero su comportamiento era exageradamente amistoso, como si lo conociera de toda la vida. Le dio una palmada en el hombro y dijo:
—El tío tiene que salir, me voy ya. Zhang Chen está en la sala viendo una película con el vecino. Si necesitas algo, solo pídeselo.
Después de decir esto, Zhang Licheng parecía reacio a irse. Mientras bajaba las escaleras, seguía mirando hacia atrás, repitiendo con nostalgia:
—Mi Zhang Chen es muy inteligente, ayúdale en lo que puedas en el futuro…
Antes de que Cheng Sheng pudiera terminar de escuchar esta frase, alguien lo jaló hacia el interior de la casa.
Zhang Chen le lanzó una toalla y dijo:
—Sécate, tienes el cabello empapado.
Junto a Zhang Chen salió un chico de altura similar, aunque quizás sería más apropiado llamarlo joven, ya que parecía claramente mayor que Cheng Sheng y Zhang Chen. Tenía pómulos y mandíbula prominentes, como el padre de Zhang Chen, y las mejillas hundidas, sin un gramo de grasa. Sin embargo, se le veía enérgico. Al ver entrar a un desconocido, lo saludó amistosamente:
—Hola, ¿eres amigo de Zhang Chen? Yo también soy su amigo, me llamo Yang Mingming. Vivo en el apartamento de enfrente. ¿Por qué no te había visto antes?
Cheng Sheng se secaba el pelo con la toalla que Zhang Chen le había lanzado, mientras alzaba la vista para observar a Yang Mingming. A simple vista, claramente era más fácil de tratar que Zhang Chen; aunque parecía mayor y más serio que ambos, no daba la impresión de ser una persona complicada. A Cheng Sheng le agradaba tratar con gente así, así que le respondió con entusiasmo:
—Cheng Sheng. Apenas nos conocemos desde hace un par de semanas. Oye, tu nombre es fácil de recordar, parece sacado de una obra de teatro.
Yang Mingming soltó una risa.
—¿Fácil de recordar? Es de lo más común. Si lo tiras en medio de una multitud, ni lo encuentras.
Del televisor llegó una ráfaga de ruidos de pelea, seguida enseguida por la canción del final. Zhang Chen, que le había lanzado la toalla, fue a sacar el DVD sin siquiera preguntarle a Cheng Sheng a qué había venido.
Yang Mingming, con ojo agudo, notó enseguida que había algo raro en el ambiente entre los dos, así que no tardó en ofrecerse como mediador espontáneo para aliviar la tensión. Con toda naturalidad, le pasó un brazo por los hombros a Cheng Sheng y soltó con desenfado:
—Estábamos viendo Young and Dangerous[1]. Es que ayer por fin nos dieron un día libre en la mina, así que vine volando de vuelta para pasar el día aquí. Mañana ya toca regresar.
—¿En la mina? ¿Ya estás trabajando?
Yang Mingming aparentaba ser más maduro que los otros dos, aunque no por mucho. Para Cheng Sheng, debía estar en su tercer o cuarto año de universidad, más o menos.
Yang Mingming soltó un «ah» y sonrió.
—Me fui a la mina apenas terminé la prepa. No había de otra, las cosas en casa no daban para más. Y tampoco soy como Zhang Chen, con cabeza para los estudios. No hubo forma de entrar a la uni.
Zhang Chen seguía agachado frente al reproductor de DVD, revolviendo entre una pila de cajas en un cajón de madera. Esa colección era de Yang Mingming, que se la había comprado al peso con su propio sueldo en una tienda de videos: una mezcla de todo, de todos lados, con películas de lo más extrañas.
Yang Mingming se acercó y le gritó a la espalda:
—Veamos una romántica, justo tengo que hablarte de algo y quiero que me des tu opinión.
A los tres les pareció bien. Separaron las películas románticas del montón y las pusieron a un lado. Cheng Sheng, al ver ese montón de viejas películas –la mayoría ya las había visto–, señaló una al azar guiado por la memoria y les recomendó:
—Esa, Rouge[2], está buena.
Zhang Chen y Yang Mingming, que consideraban las obras artísticas como meras formas de matar el tiempo, no preguntaron de qué trataba la película ni si era buena. Sin más, la metieron en el reproductor de discos.
Mientras la película comenzaba, ellos empezaron a charlar, aunque no sobre la trama.
Con las imágenes del antiguo burdel de fondo, Yang Mingming le dio una palmada en el hombro a Zhang Chen y, señalando a Fleur y al Duodécimo Maestro en la pantalla, dijo:
—¡Amor a primera vista! Exactamente como en esta película. Haiyan fue a la mina a buscar a su padre y, a pesar de ser tan joven, ¡caminaba con un bastón! Qué cosa más curiosa. No pude evitar mirarla un poco más, y al hacerlo, me enamoré.
—¿Haiyan? —preguntó Zhang Chen.
Yang Mingming se dio una palmada en el muslo y exclamó:
—Es la chica de la que te hablé antes, la que me está volviendo loco.
Zhang Chen hizo un sonido de comprensión y preguntó:
—¿Es ciega? Seguro que te gustó por lo guapa que es.
Yang Mingming le dio un golpe amistoso y luego respondió con sinceridad:
—El amor a primera vista no se trata solo del aspecto físico, ¿sabes? Aunque bueno, tampoco es que sea completamente irrelevante. Lo principal es la sensación, ese momento en que todo el mundo se vuelve borroso y solo existen ustedes dos.
Al escuchar esto, Cheng Sheng, que estaba sentado junto a Zhang Chen, apartó la mirada del televisor y, discretamente, giró la cabeza para mirar a Zhang Chen.
Lo había mirado instintivamente al oír el tema y estaba a punto de apartar la vista después de unos segundos cuando, en ese momento, Zhang Chen se inclinó para alcanzar la taza de porcelana en la mesa de té. Al hacerlo, sus ojos se encontraron con los de Cheng Sheng, que lo estaban mirando fijamente.
Antes, Zhang Chen no había observado detenidamente a Cheng Sheng. Solo sabía que era hijo de una familia adinerada, que estudiaba cosas que él ni siquiera había oído nombrar, que a pesar de no ser tan joven, era bastante inmaduro, y que sus acciones extravagantes parecían ir de la mano con su inteligencia. Pero hoy, al mirarlo bien, se dio cuenta de que era realmente atractivo y que su presencia era mucho más refinada que la de la gente de su pequeña ciudad. Zhang Chen no pretendía ofender a los habitantes de su pequeña ciudad tachándolos de ordinarios, pero así como Cheng Sheng no podía creer que la vida de ellos girara en torno a los pequeños gastos cotidianos, como el precio del arroz y el aceite, Zhang Chen tampoco podía concebir que la vida de Cheng Sheng se centrara en cosas tan abstractas como el rock y las computadoras. La diferencia entre ellos era realmente abismal.
Mientras en la película los protagonistas se derretían el uno por el otro, Cheng Sheng y Zhang Chen se miraron fijamente durante un largo rato, sin que ninguno dijera una palabra.
Cheng Sheng sabía que lo habían pillado mirando de nuevo, pero mantuvo su mirada obstinadamente. Sorprendentemente, Zhang Chen tampoco apartó la vista, sosteniendo su taza de agua con una mano mientras lo observaba.
Mirando el rostro de Cheng Sheng, Zhang Chen tuvo que admitir para sí mismo que, aunque Cheng Sheng era rebelde, tenía un aire innegable de erudición. Era un rasgo que ni sus gritos por la libertad, el rock y la rebeldía podían borrar; era algo que había crecido con él desde pequeño.
No estaba claro si era por terquedad o estaban librando una batalla, pero siguieron mirándose mutuamente, sin que ninguno de los dos apartara la mirada primero.
A su lado, Yang Mingming seguía hablando sin parar:
—Y baila, ¿sabes? Como un ángel que ha bajado del cielo. Si no fuera ciega de nacimiento, seguro que estaría en una compañía de danza. La próxima vez te la presento. Si no fuera porque no puede ver, ni loco te la presentaría. Si pudiera compararnos, seguro que se iría contigo…
Zhang Chen, pensando en algo que solo él sabía, de repente esbozó una ligera sonrisa y apartó la mirada primero.
—¿Qué consejo querías pedirme? —le preguntó a Yang Mingming.
—Enséñame a conquistar chicas, por supuesto. ¿No es que siempre les has gustado a las chicas desde pequeño? ¿Cómo te tratan tan bien? Dame algunos consejos.
Cheng Sheng, cayendo en la cuenta de la situación, rápidamente apartó la mirada también y se enderezó, esperando escuchar la sabiduría de Zhang Chen.
—Los chicos y las chicas son diferentes. No puedo ayudarte —respondió Zhang Chen.
Yang Mingming se sintió tan mareado al oír esto que exclamó:
—¡Vaya, qué egoísta eres, guardándote los secretos! —Sin otra opción, se dirigió a su nuevo amigo, Cheng Sheng—: Y tú, ¿qué me dices? Siendo tan guapo, seguro que tienes chicas persiguiéndote. Enséñame algunos trucos.
Cheng Sheng tosió levemente y alargó la mano para tomar un vaso de agua de la mesa. Solo después de beber un par de sorbos se dio cuenta de que era el mismo vaso que Zhang Chen acababa de usar. Dudó un instante, sin saber si tragar o escupir el agua, pero al final se la pasó con determinación. Entonces respondió a Yang Mingming:
—No puedes estar siempre persiguiéndola. También tienes que mantener cierta distancia.
Yang Mingming asintió con un «¡Oh!» y preguntó con ansiedad:
—¿Y luego qué? ¿Qué más?
—Luego… esa distancia tampoco puede ser demasiado grande. Hay que medir bien, porque si no, se irá con alguien más. La proporción lo es todo: hay que estar cerca, pero no demasiado; a veces quemarla como el fuego y otras congelarla como el hielo.
Yang Mingming soltó un «¡Vaya!» y dijo honestamente:
—¡Cheng Sheng, sabes mucho! ¡Pero hay tantas cosas en esto que es dificilísimo! ¡Conquistar a una chica de verdad no es nada fácil!
Zhang Chen miraba a Cheng Sheng con diversión mientras hablaba largamente sobre el arte de conquistar a alguien, aunque su rostro permanecía inexpresivo. Tomó el vaso del que Cheng Sheng acababa de beber y, sin el menor reparo, continuó bebiendo.
La película estaba a punto de terminar. Rouge, la cinta que Cheng Sheng había elegido, resultó ser una historia trágica. A medida que avanzaba, los tres se dejaron arrastrar, en mayor o menor medida, por la trama.
Cheng Sheng ya la había visto antes con su amigo de la infancia, pero en aquel entonces no tenía demasiadas ideas ni sentimientos respecto a las relaciones humanas. Esta vez, al volver a verla, no pudo evitar sentirse triste, y comentó sin pensarlo:
—Doceavo Joven y Cheng Dieyi, los dos los interpreta Leslie Cheung. ¿Cómo puede ser que uno sea tan valiente y el otro tan cobarde?
Yang Mingming fue el primero en responder:
—Un actor no es su personaje. Claro que no son iguales.
Cheng Sheng preguntó de nuevo:
—¿Ustedes morirían junto a la persona que aman?
Otra vez fue Yang Mingming quien contestó primero:
—¡Claro que sí! Si Haiyan quisiera estar conmigo, hasta morir valdría la pena.
Pero Zhang Chen, que estaba al lado, dijo:
—Yo no. Si me muero, ¿qué harían mis papás?
Cheng Sheng giró la cabeza para mirarlo, y lo que estaba a punto de decir, se lo tragó en el silencio.
La película no había terminado hacía mucho cuando Yang Mingming se despidió y volvió a su departamento de enfrente. Antes de irse, le sonrió a Cheng Sheng con tanta fuerza que parecía que los pómulos se le iban a disparar hacia el cielo. Le dijo con entusiasmo:
—En las vacaciones del mes que viene vendré a buscarte para pasar el rato. ¡Eres mucho más divertido que Zhang Chen!
La puerta de hierro se cerró del otro lado. Cheng Sheng recogió el bolso que había traído consigo. La película lo había dejado con el ánimo por el suelo, así que no hizo nada fuera de lugar; simplemente le dijo a Zhang Chen:
—Yo también me voy.
Zhang Chen asintió.
—Adiós.
Esta vez, Cheng Sheng finalmente no pudo contenerse. Acababa de ver una película trágica, y tenía las emociones atascadas en la cabeza. Estaba triste, frustrado. Casi fuera de sí le preguntó en voz alta:
—¿Por qué nunca preguntas a los demás las razones detrás de sus acciones? No me preguntaste cuando trepé por tu ventana, ni sobre lo que pasó en los baños públicos, ni siquiera me preguntas por qué vine hoy a tu casa.
Todo el mundo hace las cosas por algún motivo. ¿Para qué preguntar?, pensó Zhang Chen.
No respondió.
Cheng Sheng lo miró a la cara y se dio cuenta de que no tenía derecho a cuestionarlo, así que soltó un largo suspiro.
—Olvídalo. Hoy vine a decirte algo. Pasado mañana me vuelvo a Pekín. ¿Me acompañas a la estación? ¿Sí?
—Está bien. Te acompaño pasado mañana —respondió Zhang Chen.
Después de decirlo, se quedó en silencio un buen rato. Al ver que Cheng Sheng no decía nada más, volvió a preguntar:
—¿No vas a volver nunca más?
A Cheng Sheng, consumido por una frustración sin cauce, se le nubló la cabeza y respondió de manera impulsiva:
—No. No voy a volver nunca más. En este lugar de porquería no hay nada.
[1] Young and Dangerous (1996) es la primera de la saga de películas hongkonesas sobre un grupo de jóvenes pandilleros de los 90s.
[2] Yin ji kau (1987) es una película icónica de Hong Kong protagonizada por Anita Mui y Leslie Cheung. Spoiler: trata sobre el fantasma de una mujer que se suicida por un pacto de muerte con su pareja. El hombre, al final, se arrepintió y no se mató.
