Capítulo 11. Un beso

El 16 de julio, Zhang Chen apareció puntualmente al pie del edificio donde vivía la abuela de Cheng Sheng.

Cheng Sheng bajó solo, con una maleta negra en la mano. Le gustaba vestirse de blanco: mientras más fácil de ensuciar, mejor. Ese día llevaba unos pantalones cortos sencillos y una camiseta blanca, de esas de tela suave tan comunes en los años noventa, que no daban ninguna forma al cuerpo y colgaban holgadamente sobre su delgada estructura ósea.

En cuanto llegaba el verano, Cheng Sheng perdía el apetito. Con una sola comida al día ya se sentía revuelto. Últimamente, había bajado mucho de peso; con su metro ochenta apenas rozaba los cincuenta y siete kilos y medio. Los huesos de sus codos y rodillas sobresalían de forma tan evidente que casi herían la vista.

Vio a Zhang Chen apoyado en la puerta esperándolo y le hizo un gesto a modo de saludo. Pero en cuanto habló, sus palabras fueron punzantes:

—Pensé que no ibas a venir.

A Zhang Chen no le afectó el tono; simplemente respondió:

—Cumplo con mi palabra. Si prometí que vendría a despedirte, tenía que hacerlo.

Cheng Sheng esbozó una sonrisa forzada. Estando a punto de irse, se atrevió a hacer cualquier petición y le pasó el asa de su maleta a Zhang Chen.

—¿Puedes llevarla?

Zhang Chen no tuvo objeción, tomó la maleta sin más y caminó junto a Cheng Sheng en dirección a la estación de tren.

Andaron durante casi una hora, charlando de manera intermitente. Cheng Sheng parecía haberse adaptado al ambiente de la pequeña ciudad. Sorprendentemente, no mencionó ni una sola vez aquellos temas de los que solía presumir pero que los demás encontraban oscuros y difíciles de entender. En su lugar, conversó con Zhang Chen sobre los exámenes de ingreso a la universidad del próximo año, e incluso le habló amablemente sobre varias universidades de Pekín.

Sin embargo, Zhang Chen parecía ausente. Mientras conversaban, sacó un cigarrillo del bolsillo y lo encendió. Con una mano sostenía el equipaje de Cheng Sheng, y con la otra fumaba, dando caladas una tras otra.

A lo largo del camino, Cheng Sheng lo miró varias veces. Los gestos de Zhang Chen lo obligaban a asociarlos con la idea de no querer soltar algo. Sentía que lo que Zhang Chen hacía en ese momento era justo como si estuviera aferrándose a algo, pero no se atrevía a ser tan osado como para pensar que ese «algo» pudiera ser él mismo. Así que, como de costumbre, le siguió hablando de cualquier cosa, sin rumbo fijo.

En 1997, aún se podía acompañar a los pasajeros hasta el andén en la estación de tren. Zhang Chen entró con Cheng Sheng y lo siguió hasta la plataforma. Era la primera vez que pisaba el interior de una estación, pero sus ojos permanecían fijos al frente, guiando a Cheng Sheng por el camino, sin mostrar ni un atisbo de curiosidad.

El tren de regreso a Pekín era un «vagón verde», varios coches enlazados por enganches de hierro. Al primer silbido, arrastraría un vagón entero de forasteros rumbo a la capital.

El vagón en el que viajaba Cheng Sheng estaba casi vacío, y su asiento quedaba junto a la ventana. Con esfuerzo, levantó él solo la maleta y la arrojó al portaequipajes. Cerca de allí, una joven pareja quería sentarse junta. Apenas Cheng Sheng terminó de acomodar su maleta, el hombre aprovechó el momento, señaló un asiento central del lado opuesto y le preguntó si estaría dispuesto a cambiar. Cheng Sheng alzó la mirada hacia la pareja y vaciló un instante.

Fuera, en el andén, estaba Zhang Chen. A través del cristal sucio de la ventana, miraba con atención a Cheng Sheng. Sabía perfectamente que esta sería la última vez que se verían, así que, en un gesto inusual, alzó la mano y se despidió de él.

Esta fue la escena que Cheng Sheng vió cuando giró la cabeza. Aunque Zhang Chen seguía sin mostrar mucha expresión, ese gesto de despedida fue suficiente para reconfortarlo. Miró al hombre a su lado, luego a Zhang Chen otra vez en el andén, y con cierto pesar rechazó amablemente la petición de la joven pareja.

Dentro del tren reinaba el caos: el ruido de la gente yendo y viniendo, el llanto de los niños, las voces de los revisores. Pero para Cheng Sheng, todos estos sonidos parecieron desaparecer de repente. Miraba por la ventana a Zhang Chen, que se quedaba solo en el andén, y sintió una inexplicable punzada de dolor en su corazón.

Zhang Chen se destacaba entre el ir y venir de la gente en la plataforma. Era alto, y a diferencia de Cheng Sheng, que solía adoptar posturas descuidadas al estar de pie o sentado, siempre parecía serio en todo lo que hacía. Incluso ahora, simplemente de pie fuera de la ventana despidiéndose con la mano, Cheng Sheng tenía la ilusión de que Zhang Chen realmente lamentaba su partida.

El agudo silbido del tren lo arrancó de sus expectativas. Cuando el convoy empezó a avanzar con lentitud y vio a las personas de afuera retroceder poco a poco, por fin sintió de veras que se marchaba.

Sacó la mitad superior de su cuerpo por la ventana de cristal, esforzándose por despedirse de él. En los momentos del adiós, las personas se vuelven más tolerantes y los que se quedan atrás parecen olvidar los rencores. Zhang Chen pareció haber olvidado todas sus travesuras y le dedicó una sonrisa sin reservas.

Esa sonrisa lo entristeció mucho Mientras veía el paisaje retroceder constantemente, tuvo el presentimiento de que estaba por perder algo importante. Antes de que su mente pudiera procesar qué hacer, su cuerpo ya había reaccionado: corrió hacia un lado y agarró a un revisor al azar para decirle que quería bajarse.

El revisor dio un respingo y, al mirar al joven que tenía delante –aparentemente educado–, le dijo

—El tren ya ha arrancado, es imposible que se baje ahora.

Cheng Sheng, desesperado, intentó dirigirse hacia donde estaba el jefe de tren, pero el revisor lo detuvo a tiempo y trató de calmarlo con buenas palabras:

—Este viaje solo dura unas siete horas. Si realmente no quiere irse, mañana puede comprar un boleto de regreso, ¿no?

Aunque eso fue lo que se le dijo, la distancia entre Pekín y Yuncheng no era algo que se pudiera recorrer en solo siete horas. ¿Podría realmente regresar una vez que llegara a Pekín?

Así que Cheng Sheng volvió a su asiento, desanimado. Cuando volvió a mirar por la ventana, ya no podía ver a nadie; todo lo que alcanzaba su vista era un mar de montañas de un verde oscuro.

Pronto, el tren entró en un túnel. No era un túnel corto; tardaron varios minutos en atravesarlo de principio a fin. Cheng Sheng se quedó dormido durante ese largo periodo de oscuridad. Cuando despertó, aturdido y somnoliento, tanto él como el viejo tren verde ya habían llegado a Pekín.

Cheng Sheng fue arrastrado por la multitud al bajar del tren. Después de mucho tiempo, volvió a respirar el aire de su ciudad natal, la capital, mucho más fresco que el de Yuncheng. La gente allí también era más amable; quienes pasaban empujando su equipaje se disculpaban con un «perdón» al rozarlo.

A recibirlo llegaron Qin Xiao y Chang Xin. Ambos lo abrazaron con fuerza y enseguida empezaron a disputarse quién cargaría con su maleta.

Qin Xiao, de vista aguda, notó que solo traía una maleta negra, por lo que le preguntó:

—¿De verdad no te trajiste la batería?

—¿No tienes tú también un set en tu casa? Es muy molesto andar moviendo algo tan grande de un lado a otro —contestó Cheng Sheng.

Qin Xiao lo miró de nuevo y sonrió.

—¿Eso significa que planeas regresar a casa de tu abuela?

Cheng Sheng no respondió, pero Chang Xin intervino:

—Eso no puede ser, ¿y si conseguimos firmar un contrato? Tendrías que quedarte aquí.

Cheng Sheng había estado desanimado durante todo el viaje y parecía como si no hubiera despertado del todo. Su cerebro no podía procesar toda esta información de golpe, de modo que solo dijo:

—Aún no es seguro. Primero vamos a la entrevista y después ya veremos.

***

Cuando salió de la estación de tren, caía una llovizna ligera. Zhang Chen no llevaba paraguas, así que simplemente caminó solo, despacio, bajo la lluvia. La distancia entre la estación y su casa no era ni poca ni mucha, a pie se tardaba un poco más de media hora. En esos más de treinta minutos, no pensó en nada, solo caminaba lento, muy lento.

Al llegar a la puerta de su domicilio, se encontró con Li Xiaoyun. Ella estaba agachada en la oscura entrada, casi haciéndolo tropezar cuando iba a entrar.

Zhang Chen usó su linterna para ayudar a su madre a levantarse. Cuando ella estuvo de pie, se dio cuenta de que su rostro estaba lleno de moretones y rojeces.

—¿Dónde has estado? —le preguntó Zhang Chen.

Li Xiaoyun parecía aturdida. Incluso después de que su hijo la ayudara a ponerse de pie, tardó un momento en reaccionar.

—Me caí por el camino —dijo al final.

Zhang Chen, por supuesto, no le creyó y le hizo otra pregunta:

—¿Una simple caída te dejó así?

Esta vez, Li Xiaoyun se quedó completamente callada, igual que Zhang Chen cuando se enfadaba: con la boca apretada. Caminó hacia el baño con pasos torpes e irregulares.

Zhang Chen no sabía qué hacer con ella. Era plenamente consciente de que, muy probablemente, ese carácter lo había heredado de Li Xiaoyun. Madre e hijo no solo se parecían en lo físico, sino que sus personalidades también eran muy similares: ambos tan inflexibles como el acero fundido de una fábrica, imposibles de persuadir o detener una vez que se empecinaban en algo.

En el cajón de la sala siempre había medicinas para emergencias. Zhang Chen revolvió en su interior, tomó algunas y las dejó en la habitación de Li Xiaoyun. Al salir, la oyó llorar en el baño, un llanto contenido, un sonido reprimido, como si los sollozos se le quedaran atascados en su garganta, sin poder subir ni bajar, incapaz siquiera de llorar con desahogo.

Cada vez que se encontraba en una situación así, Zhang Chen se volvía aún más callado. No sabía cómo manejar ningún tipo de emoción humana, ya fuera buena o mala. En esos momentos, simplemente regresaba en silencio a su habitación, se apoyaba en el alféizar de la ventana y miraba hacia afuera, como solía hacer cuando era niño, intentando no escuchar los sonidos fuera de su puerta.

Desde esta ventana, justo enfrente, se veía la enorme chimenea de la fábrica de acero. Durante más de una década, el objeto de contemplación de Zhang Chen había sido aquella gigantesca chimenea y el humo negro que salía de ella sin cesar. Pero hoy, solo la miró por un breve momento, quizás cinco minutos, tal vez diez. Luego, giró la cabeza hacia otra dirección, donde podía ver el letrero que decía «Estación de tren» en grandes caracteres. Zhang Chen lo observó durante mucho tiempo y, de repente, comenzó a dolerle el estómago…

Encogido sobre sí mismo, avanzó con lentitud hasta la mesita de noche para alcanzar la medicina. Se tragó dos pastillas en seco y solo entonces cayó en la cuenta de que había olvidado tomar agua. No tuvo más remedio que volver a enfrentarse al mundo más allá de su dormitorio y, casi con el corazón en un puño, se dirigió a la sala para servirse un vaso de agua.

Por suerte, Li Xiaoyun ya se había recogido a su habitación y cerrado la puerta de madera. Zhang Chen no podía ver ni un solo rastro de su madre, ni escuchar las habituales preguntas ansiosas que solía lanzarle. Eso le hizo sentir tanto un gran alivio como una punzada de tristeza.

Bebió un sorbo de agua y, mientras se la pasaba lentamente, sintió que la garganta le ardía un poco. Cuando terminó, volvió a la ventana de su habitación y se quedó contemplando el exterior. Permaneció allí largo rato, apoyado en el alféizar; cuando quiso darse cuenta, tenía los brazos entumecidos y afuera ya estaba completamente oscuro. Zhang Chen había pasado varias horas así, sin hacer nada, sin haber probado siquiera bocado ni al mediodía ni en la cena.

Las letras rojas y brillantes de «Estación de Tren» hacía tiempo que habían sido engullidas por la negrura de la noche, sin dejar ni siquiera una sombra borrosa para Zhang Chen.

Esta situación insólita se prolongó durante tres días completos. Fuera de sus rutinas habituales –estudiar, hacer trabajos ocasionales y comer–, Zhang Chen pasaba todo el tiempo que le quedaba en aquel alféizar gris de apenas un metro de largo.

Cheng Sheng se había ido, y probablemente nunca volvería.

Zhang Chen lo tenía más claro que el agua. Sabía perfectamente que dos chicos, conocidos por circunstancias absurdas, con caracteres tan distintos y que parecían llevarse como el perro y el gato, apenas calificaban para llamarse «amigos». Su relación siempre venía acompañada de una tensión incómoda. ¿Quién en su sano juicio querría aferrarse a eso? Además, ¿quién demonios querría quedarse eternamente en este pueblo polvoriento? Tarde o temprano, cualquiera se marcharía.

Aun así, no podía evitar mirar hacia la estación de tren. 

Después de que Cheng Sheng se fuera, Zhang Chen perdió todo interés por la gran chimenea de la acería. En cambio, se obsesionó con la estación. Su mirada atravesaba el edificio hasta los andenes, donde cada día partían decenas de convoys: a veces los verdes transportando pasajeros, a veces los negros cargados de carbón.

Hace solo unos días, Cheng Sheng había abordado uno de esos viejos trenes verdes rumbo a la capital.

La capital, la ciudad natal de Cheng Sheng. Zhang Chen miraba con desconcierto hacia las vías, donde avanzaba lentamente un tren de carga negro. Se preguntaba qué buenas acciones habría realizado él en su vida pasada para nacer en la capital, en una familia de intelectuales. Pero esta pregunta, evidentemente, no tenía respuesta.

De repente, un trueno sonó. Zhang Chen sabía que pronto comenzaría a llover, así que se vio obligado a cerrar la ventana. Luego regresó a su pequeña cama y se dejó caer sobre ella.

Ese día no había nadie en casa. Li Xiaoyun había salido a quién sabe dónde y Zhang Licheng tampoco estaba. Al poco rato, afuera comenzó a caer una lluvia menuda que pronto se convirtió en un aguacero, intercalado de vez en cuando con truenos que sonaban como explosiones. A Zhang Chen no le asustaban los truenos, de modo que permaneció inmóvil en la cama, contemplando en silencio el mismo techo que lo había acompañado durante diecisiete años. Sobre aquel techo desnudo pronto aparecieron números flotantes: hoy era 19 de julio, 719, un número primo.

En ese instante, un golpeteo insistente estalló al otro lado de la puerta, como si alguien hubiese venido a reclamar un alma. Toc, toc, toc, cada vez más fuerte, como si pretendieran derribar a golpes la vieja puerta de hierro.

Zhang Chen supuso que, por fin, Zhang Licheng había terminado por ese día su batalla por cobrar el salario y, al haber olvidado las llaves, llamaba de esa forma. Pero cuando, a regañadientes, se levantó para abrir, se quedó paralizado. 

En la puerta había alguien completamente empapado, con un montón de libros y cuadernos apretados contra el pecho. Aunque la persona estaba chorreando agua, los libros estaban bien protegidos, apenas un poco húmedos.

Al ver que Zhang Chen seguía sin moverse, la persona le dijo, molesto:

—¿Me ayudas o qué? Aquí están todos mis apuntes de la prepa. No pensé que serían tantos. Viajé siete horas en tren cargando esto, ¡me reventó la espalda!

Dicho esto, empezó a pasarle los libros a Zhang Chen, murmurando:

—Estos son los apuntes de un estudiante de primer nivel. Si los estudias bien, el próximo año serás el mejor de tu pequeña ciudad. Aprovéchalos, ¿eh? 

Zhang Chen tardó solo un instante en reaccionar. Tomó los libros y dijo:

—Aquí los exámenes no son los mismos que en Pekín. 

El otro cambió la cara al instante. «¡Mierda!» exclamó, antes de consolarse a sí mismo:

—Bueno, algo de esto será útil, ¿no? Me cansé mucho trayéndolos hasta aquí.

Esta vez, Zhang Chen no respondió y simplemente llevó la pila de libros de texto y cuadernos a su dormitorio.

La otra persona lo siguió, dirigiéndose con familiaridad al baño, donde tomó la toalla de Zhang Chen para secarse el cabello. Estaba completamente empapado de pies a cabeza. Después de secarse, le gritó a Zhang Chen que estaba afuera:

—¡Dame algo de ropa seca, toda mi ropa está empapada!

Zhang Chen sacó una camiseta grande de su armario, la arrojó a la persona en el baño antes de regresar a su dormitorio, donde se sentó al borde de la cama, perdido en sus pensamientos.

El dormitorio estaba sumido en la oscuridad, sin una sola luz encendida, y la lluvia que caía afuera lo volvía aún más lúgubre.

Pasado un rato, Zhang Chen sintió algo húmedo y vivo moviéndose a su lado. Esta «criatura» se sentó junto a él, y nada más tocar la cama con su trasero, se maldijo a sí mismo:

—¡Soy un maldito gusano!

Zhang Chen lo negó de inmediato:

—No lo eres, para nada.

La otra persona insistió:

—¿Cómo que no? Las palabras que dije con tanta convicción terminaron siendo un pedo al aire. Dije que nunca volvería, pero a los pocos días aquí estoy, corriendo de vuelta con la cola entre las patas. Y no solo eso, sino que vine pensando si te faltaba algo. Tú ni siquiera quieres hablar conmigo, y yo sigo arrastrándome para ofrecerme, ¿acaso no es eso ser un maldito gusano?

Zhang Chen guardó silencio. Al cabo de un rato, le preguntó de pronto:

—¿Por qué volviste de la nada?

La criatura empapada respondió:

—Nos rechazaron. La discográfica dijo que las canciones de nuestra banda eran demasiado superficiales, que solo teníamos eslóganes sin emociones genuinas. Nos dijeron que aprendiéramos de las bandas exitosas, que no intentáramos llegar a las estrellas con solo una chispa.

Después de decir esto, maldijo de nuevo:

—Pero se llevaron a Chang Xin. Chang Xin es una amiga de la infancia. La discográfica dijo que las vocalistas femeninas son escasas, y encima puede tocar el bajo y la guitarra. La ficharon de inmediato.

Terminó de hablar y se quedó en silencio. La habitación estaba completamente a oscuras, y cuando ambos callaron, lo único que se podía oír era el rugido constante de la lluvia afuera.

La atmósfera era extraña, como si el aguacero se hubiera colado dentro, empapando el suelo, las ventanas, el techo y hasta a ellos dos.

Después de un rato, un trueno ensordecedor retumbó. Cheng Sheng aprovechó la oportunidad para acurrucarse en los brazos de Zhang Chen, diciendo mientras lo hacía:

—Mierda, qué susto.

Sin embargo, parecía que Zhang Chen era el que realmente se había asustado. Se quedó paralizado con esa persona en sus brazos, sin saber si seguir abrazándolo o soltarlo.

Aunque Cheng Sheng se había cambiado a ropa seca, aún olía a lluvia. Zhang Chen era muy sensible a esos aromas, y enseguida percibió cómo aquel rastro, que antes flotaba a la altura de su pecho, empezaba a ascender poco a poco.

Cheng Sheng se dejó caer por completo contra él, con los brazos apoyados de forma lánguida alrededor de su cuello. Era un gesto claramente ambiguo, y él lo sabía de sobra. Decidió aprovechar la situación y hacer algo aún más sugerente. Así que, lentamente, pegó su frente a la de Zhang Chen.

Este gesto hizo que las puntas de sus narices se rozaran y sus labios quedaran a un suspiro de distancia.

El aire entre ellos comenzó a espesarse y sus respiraciones se volvieron cada vez más agitadas. Zhang Chen no estaba tan calmado como parecía; en cuestión de segundos se sintió mareado, sin el menor impulso de detener lo que estaba sucediendo.

Y entonces sintió en sus labios un leve sabor a lluvia, tan sutil que cualquier otra persona probablemente no lo habría notado. Cheng Sheng había acercado sus labios tentativamente, al principio con mucha suavidad, temiendo que el otro reaccionara mal y lo golpeara. Sin embargo, después de un momento, se dio cuenta de que Zhang Chen había cerrado los ojos y no mostraba ni el más mínimo signo de resistencia.

En ese momento, se escuchó el sonido de una llave girando en la cerradura de la puerta de hierro. Una voz femenina resonó desde la entrada:

—¿Zhang Chen? ¿Chenchen, estás en casa?

Era Li Xiaoyun. Zhang Chen miró a Cheng Sheng, que estaba sobre él, y su cuerpo reaccionó más rápido que su mente. Abrió de golpe la puerta del armario y se metió dentro con él.

Afuera se oyó el ruido de alguien ordenando cosas. Poco después, Li Xiaoyun abrió la puerta del dormitorio de su hijo. Después de mirar alrededor, suspiró:

—¿Dónde se habrá metido ahora? Estos chicos, no dejan de preocupar a una.

El interior del armario era tan estrecho que no tuvieron más opción que permanecer pegados. El único sonido era la respiración acelerada de ambos. Ese espacio tan reducido era el terreno perfecto para que cualquier emoción echara raíces y floreciera. Si el mundo fuera tan pequeño como aquel armario, podrían permitirse absolutamente todo.

Pronto, el simple contacto de labios dejó de ser suficiente. No está claro quién dio el primer paso, pero poco a poco empezaron a oírse sonidos húmedos entre ellos. Cheng Sheng estaba tan blando como el agua, sosteniéndose apenas con los brazos enroscados alrededor del cuello de Zhang Chen. Zhang Chen estaba un poco mejor, pero solo un poco. Lo abrazó por la cintura y, con una mano, le ayudó a acompasar la respiración, acariciándole la espalda.

Afuera, la tormenta continuaba, incluso parecía intensificarse. Li Xiaoyun se había cambiado a su pijama y estaba ocupada en la cocina, limpiando la tabla de cortar y lavando tomates. Planeaba hacer una ensalada de pepino más tarde.

Dentro del armario, los dos se besaban apasionadamente. Cheng Sheng descubrió que Zhang Chen era mucho menos contenido de lo que había imaginado. Solo al principio había parecido algo vacilante, pero una vez allí dentro, cambió completamente. Ahora mordía los labios de Cheng Sheng y se enredaba con él con iniciativa propia.

Para Zhang Chen, era como haber encontrado un paraíso perdido. Los detalles grises de una vida envuelta en neblina, el vacío de aquella pequeña ciudad y un futuro incierto parecían desvanecerse por completo dentro de ese beso.

El cabello húmedo de Cheng Sheng le hacía cosquillas a Zhang Chen en la cara. Abrazó la nuca del chico frente a él, y sin saber cómo podrían estar aún más cerca, solo pudo pegar todo su cuerpo contra el de él.

Se besaron durante largo rato. Varias veces, ambos intentaron detenerse, pensando en cómo saldrían después, pero parecían incapaces de parar. Apenas se separaban por uno o dos segundos, bastaba una mirada para que volvieran a besarse con impaciencia.

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