El pasillo estaba oscuro como boca de lobo. Cuando Zhang Chen y Cheng Sheng caminaban por él, de repente se asustaron por una mujer desconocida que estaba parada en la entrada.
La mujer parecía tener unos treinta y cuatro años, pero el pasillo estaba demasiado oscuro para distinguir su atuendo. Solo se podía ver que llevaba puesto mucho maquillaje y un lápiz labial muy rojo. Cargaba un bolso de cuero de hombro que parecía caro. Su estado mental no parecía muy bueno.
No se sabía cuánto tiempo había estado parada en la entrada del pasillo, ni si había visto lo que los dos acababan de hacer bajo el árbol. En cuanto vio a los dos entrar juntos, se apresuró a salir, pero a mitad de camino, miró casualmente la cara de Zhang Chen y se quedó atónita por un momento. Sin embargo, rápidamente volvió en sí y se marchó con el sonido de sus tacones altos resonando.
Cheng Sheng se asustó tanto por esta mujer que apareció de repente que rompió en un sudor frío. Su cuerpo, que se había calentado por el apasionado beso de hace un momento, se enfrió a la mitad. Hoy estaba particularmente sensible a las emociones de las personas a su alrededor, así que le preguntó nerviosamente a Zhang Chen:
—¿Conoces a esa persona? Te miró fijamente durante mucho tiempo.
—No la conozco.
—¿Crees que nos vio…?
—Si nos vio, pues nos vio.
Aunque Zhang Chen dijo esto, no pudo evitar volverse para mirar la silueta de la mujer que se alejaba. Su forma de vestir desentonaba completamente con la gente de por aquí. La observó durante mucho tiempo, y de repente tuvo un mal presentimiento.
La extraña mujer que acababa de irse no se había alejado mucho. Después de ver a los dos entrar en el pasillo, se agachó en el lugar donde estaba y empezó a respirar profundamente, como si hubiera sufrido un gran susto.
Le tomó un buen rato recuperarse antes de ponerse de pie, agarrando su bolso de marca. Lentamente, se dirigió al quiosco junto al complejo residencial, donde compró un periódico local de Yuncheng y una botella de agua mineral fría.
El dueño de la tienda era un hombre amigable, llevaba gafas colgadas de un cordón fino y vestía una camiseta blanca holgada. Viendo la forma de vestir de la mujer y su acento al hablar, que no parecían locales, mientras organizaba los periódicos, le preguntó casualmente:
—¿No eres de nuestra Yuncheng, verdad?
La mujer estaba bebiendo el agua fría a grandes sorbos. Al escuchar esto, primero lo miró con cautela y luego respondió despacio:
—No, llegué en tren hace un par de días. Soy del sur.
—¿Qué te trae de tan lejos? ¿Tienes parientes por aquí?
La mujer bajó la botella de agua y miró distraídamente las portadas de los libros desordenados en la tienda. Después de un largo rato, respondió:
—Vine a buscar a mi marido. Él tiene una fábrica privada por aquí.
Hoy no había nadie en casa. Zhang Chen nunca preguntaba por el paradero de sus padres. Él iba delante y Cheng Sheng lo seguía. Cheng Sheng no sabía por qué Zhang Chen lo había traído a casa en este momento, pero se sentía avergonzado de hacer más preguntas tontas, así que simplemente lo siguió en silencio.
Ya en la habitación, Zhang Chen cerró la puerta con llave. Se volvió para mirar a Cheng Sheng, que tenía cara de querer decir algo pero sin atreverse. Su mirada descendió un poco más, y entonces comentó:
—¿Todavía no se te ha bajado?
La cara de Cheng Sheng se puso roja de golpe. Dio media vuelta para salir, y mientras caminaba se justificó, como tratando de disimular:
—No me mires así, voy al baño a echarme un poco de agua fría en la cara, solo necesito calmarme. Es culpa de este calor infernal…
A mitad de camino, una mano le sujetó la muñeca. Cheng Sheng se detuvo. No intentó seguir caminando, pero tampoco tuvo valor para girarse.
A la persona detrás de él parecía no importarle en absoluto su vergüenza y solo dijo:
—Ambos somos hombres, no pasa nada.
Cheng Sheng se dio vuelta poco a poco, con la cabeza gacha, sin atreverse a mirarlo.
Zhang Chen le echó un vistazo y soltó:
—No pareces para nada un estudiante universitario.
Con la cabeza aún baja, Cheng Sheng preguntó en voz baja:
—¿Entonces parezco qué?
—Un niño de primaria.
Estas palabras hicieron que Cheng Sheng se sintiera humillado. No pudo evitar levantar la cabeza para mirar a Zhang Chen, y descubrió que este lo estaba examinando de arriba a abajo con una expresión normal.
La reacción de Zhang Chen hizo que Cheng Sheng se sintiera humillado de nuevo. Hubiera preferido que la otra persona mostrara una expresión de disgusto en lugar de parecer indiferente. En ese momento, Cheng Sheng sintió un fuerte deseo de pisar los límites de Zhang Chen, de provocarlo para que se avergonzara. ¿Por qué siempre era él quien hacía el ridículo en un espectáculo unipersonal?
Entonces, Cheng Sheng –con un temblor apenas contenido– tocó la mano de Zhang Chen, como si repitiera el gesto previo al beso que se habían dado abajo. Fue subiendo lentamente por su brazo hasta que su mano se deslizó dentro de la manga de la camisa y quedó atrapada allí, sin poder avanzar más. Cheng Sheng respiró hondo, reunió valor y rodeó con sus brazos la cintura de Zhang Chen. A través de la tela, empezó a acariciarle suavemente la espalda.
Zhang Chen no rechazó el movimiento tentativo de Cheng Sheng. Cerró los ojos, apoyó la mano en la mejilla de este y comenzó a recorrer lentamente los contornos de su rostro, explorando cada rasgo. A Zhang Chen le gustaba ver a Cheng Sheng perderse en el deseo por él. No lo admitía, mucho menos dejaba traslucir la más mínima señal, pero en esos momentos era cuando sentía que el mundo se volvía verdaderamente equitativo: él también podía ser de esos que, más allá de la mera supervivencia, tenían margen para buscar placer en los sentidos. En el ardor del deseo, no había la menor diferencia entre ellos: ambos eran animales impulsados por el instinto. Dos mundos completamente distintos se fundían en uno gracias a ese hilo de lujuria, y Zhang Chen no quería perder, ni por un instante, ese único canal.
Cuando Zhang Chen se paraba frente a la ventana sintiendo la brisa, a menudo se preguntaba si Yang Mingming y Wang Li habrían sentido algo así. Con mezquindad, asumía que no, y eso lo llevaba a entregarse con aún más abandono a aquello que, en el fondo, creía que no merecía.
Recorrió con cuidado el rostro de Cheng Sheng, hasta que sus dedos llegaron a sus orejas, donde tocaron una fila de piercings metálicos y una cadena. Con voz seria, le susurró al oído:
—Esta es la primera vez que toco el rostro de alguien.
Cheng Sheng sintió el cálido aliento en su oído, sus piernas temblaron, pero insistió en preguntar:
—¿Nunca tocaste el rostro de tu madre cuando eras niño?
—No lo recuerdo, pero probablemente no.
Cheng Sheng respondió con un suave «bien» y movió su mano hacia abajo, deteniéndose en el borde de la camisa. Pero solo se detuvo por unos segundos antes de deslizar su mano bajo la ropa. Había hecho lo mismo la primera vez que se besaron, pero en aquella ocasión todo había sido demasiado confuso, como si hubiera sido arrastrado al centro de un tornado, con la mente nublada, y ya no recordaba la sensación en sus manos. Por eso, esta vez apreciaba especialmente cada sensación. Zhang Chen también cooperó, moviendo lentamente su mano desde la cara de Cheng Sheng hasta su cuello, luego desabrochando los botones de su camisa, tal como Cheng Sheng lo estaba haciendo con él.
Ambos respiraban cada vez más entrecortadamente. Cheng Sheng, sin poder contenerse, le preguntó:
—¿Alguna vez has estado enamorado?
Pero Zhang Chen no respondió. En lugar de eso, le devolvió la pregunta:
—¿Y tú?
Cheng Sheng fue más honesto que él. Respondió directamente y sin rodeos:
—No, el día que llegué a Yuncheng le dije al conductor que probablemente nunca me enamoraría ni me casaría en mi vida.
Zhang Chen dijo:
—Para muchas personas, su primer amor es el matrimonio.
—Lo sé —respondió Cheng Sheng.
Y volvió a preguntarle:
—¿Entonces tú te casarás en el futuro?
—No lo sé.
Otra vez esa misma respuesta. Cheng Sheng se rio por dentro, pero en voz alta lo insultó:
—Eres un desgraciado.
Zhang Chen también se rio un poco.
—Tú tampoco eres ningún santo. Entraste por la ventana de alguien que apenas conocías. Eso es allanamiento de morada.
Cheng Sheng tenía un fuerte espíritu competitivo, en todo. No quería perder la iniciativa así como así. Con determinación, se pegó más a Zhang Chen, como diciendo: «¡No te tengo miedo, apúrate ya!».
Al segundo siguiente, Zhang Chen deslizó la mano dentro de su ropa interior. El cuerpo de Cheng Sheng se estremeció sin poder evitarlo, pero aun así se empeñó en hacerse el fuerte, rompiendo a propósito la tensión del momento al preguntarle:
—¿Cómo es que sabes hacer estas cosas?
Zhang Chen lo mantenía completamente encerrado entre sus brazos, con la barbilla del otro apoyada en su hombro. Una mano se movía arriba y abajo dándole placer, mientras con la otra alcanzaba el paquete de cigarrillos en la mesilla de noche, sacaba uno, lo encendía y empezaba a fumar con calma.
Cheng Sheng ladeó la cabeza para mirarlo. Desde ahí podía ver su mandíbula y la nuez de Adán, la mitad inferior de su rostro envuelta en una bruma tenue de humo gris blanquecino. No pasó mucho antes de que un anillo de humo se formara frente a sus ojos. Fascinado, Cheng Sheng lo observó y luego se inclinó hacia él, inhalando con fuerza el humo que Zhang Chen acababa de exhalar.
Un segundo después, empezó a toser violentamente, llevándose la mano a la boca mientras su cabeza despeinada se frotaba contra la barbilla de Zhang Chen, sin que quedara claro si estaba buscando consuelo o reprochándole que fumara en la habitación.
—En secundaria, un profesor me llevó a ver una película.
La competitividad de Cheng Sheng estaba a punto de desbordarse. Acostado en brazos de Zhang Chen, con la espalda pegada a su pecho y la entrepierna atrapada en esa mano que lo acariciaba sin descanso, no tardó ni dos minutos en empezar a jadear con dificultad. Poco a poco, sus jadeos fueron cambiando de tono, convirtiéndose en gemidos contenidos.
Aun en ese estado, con la mente casi nublada, no se olvidó de la pregunta que había hecho antes y, entrecortado, murmuró:
—¿Qué profesor… qué película?
Zhang Chen dio otra calada al cigarrillo, sin detener el movimiento de su mano, que se aceleró cada vez más. Incapaz de soportarlo, Cheng Sheng se frotó con desesperación contra su cuerpo. Sin querer, bajó la vista, y de pronto la escena se le clavó en los ojos: la mano de Zhang Chen y su propia entrepierna apareciendo juntas en su campo de visión.
Los dedos de Zhang Chen eran largos, de nudillos marcados, la piel de sus palmas y yemas no del todo suave, cubierta de un ligero callo. Esa misma mano, ahora, lo sujetaba firmemente, deslizándose rápido arriba y abajo. Cheng Sheng se quedó mirando fijamente, hasta que su visión empezó a volverse difusa con cada movimiento.
Cerró los ojos y se dejó fundir en los brazos de Zhang Chen, concentrándose por completo en las sensaciones que le daban sus dedos y la palma de su mano. Podía notar que la temperatura de Zhang Chen era más baja que la suya; al principio, su tacto tenía un ligero frescor. También sentía la fina capa de callos en sus palmas, seguramente formados por años de manipular herramientas. Esa rugosidad leve se ceñía a su entrepierna con cada movimiento, deslizándose una y otra vez.
Cheng Sheng no podía dejar de temblar. Varias veces sintió el impulso de alargar la mano para atrapar la de Zhang Chen y decirle que ya no podía más, que se detuviera. Pero al girar la cabeza, vio a Zhang Chen mirando hacia la ventana. Siguió la dirección de su mirada, solo para encontrarse con un muro de oscuridad.
Ya no volvió a mirar hacia afuera. Se quedó centrado únicamente en esa mano que lo envolvía, una mano que en medio de la confusión y el deseo le despertaba también una punzada de tristeza. Aquellas manos eran perfectas tanto para tocar el piano como para programar. Ojalá pudieran estudiar y trabajar juntos. Ojalá esas manos pudieran tocar el teclado para su mediocre banda.
La mano de Zhang Chen se movía cada vez más rápido, más intensa, hasta arrancarle a Cheng Sheng unos gemidos suaves. Para entonces, ya no quedaba en él ni rastro de su espíritu competitivo ni de esa melancolía inexplicable. Solo sabía que se aferraba al pecho y al pantalón de Zhang Chen, frotándose con desesperación.
El placer se acumulaba sin tregua, hasta que en un momento dado Cheng Sheng sintió que estaba a punto de volar. Pero solo duró unos segundos antes de caer en picada. Su cuerpo se tensó de golpe y dejó escapar un gemido ahogado. Cuando volvió a mirar hacia abajo, esos dedos largos entrelazados tenían una capa de líquido blanco.
Miró su propio miembro, ya flácido, y luego la mano de Zhang Chen, aún manchada con sus restos. Con la mente todavía nublada, preguntó con la misma mirada atónita de antes:
—Aún no me has respondido… ¿Qué profesor? ¿Qué película?
Zhang Chen lo mantenía abrazado. Respondió con calma:
—El de literatura. Me llevó a ver muchas películas, algunas normales, otras no tanto. Por ejemplo, una en la que dos hombres, desnudos, se pegaban el uno al otro haciendo cosas de marido y mujer.
Cheng Sheng se quedó helado. Su cuerpo estaba tan exhausto que sentía como si lo hubieran vaciado por dentro. Tenía muchas preguntas atoradas en la garganta, pero al final solo consiguió formular una.
—¿Y qué pasó después con tu profesor?
Zhang Chen apagó el cigarrillo, ya consumido casi hasta el filtro, aplastándolo en el cenicero sobre la mesilla. Luego tomó un pañuelo del borde de la almohada y, con calma, limpió a fondo tanto a Cheng Sheng como sus propios dedos antes de responder. Su expresión era distante, como si hablara de la vida de otro.
—Después renunció. Quiso propasarse conmigo, así que le abrí la cabeza de un golpe. La sangre corrió por todo el suelo. En el hospital le dieron más de diez puntos. Desde entonces, nunca volví a verlo.
