Por la noche, nadie cocinó. En la casa solo estaban Zhang Chen y Li Xiaoyun.
Li Xiaoyun estaba cubierta de moretones y marcas que le había dejado aquella mujer de gafas de sol por la mañana, además de rasguños y otros cardenales de cuando se había golpeado contra los escalones. Se encerró en su habitación, embadurnándose torpemente con un frasco de merbromina. Las heridas de la espalda, al no poder verlas, las untaba a tientas. Cuando terminó a duras penas, se quedó sentada en la cama, absorta, mirando al vacío.
Durante este tiempo, Zhang Chen fue a tocar su puerta varias veces, pero ella no abrió.
Cerca de las nueve, Li Xiaoyun finalmente estuvo dispuesta a salir. Para entonces, Zhang Chen estaba sentado en el sofá de la sala de estar, con la cabeza baja, acariciando con una mano las marcas de sangre en su palma que Li Xiaoyun había dejado al pellizcarlo, perdido en sus pensamientos.
La noche había caído por completo. La sala permanecía a oscuras, con las ventanas abiertas de par en par. Las cortinas se mecían al compás del viento, y Zhang Chen, sentado en el sofá, tenía su figura difuminada en la brisa nocturna, como un pájaro que no encuentra su hogar. Li Xiaoyun no encendió la luz. Avanzó lentamente hacia su hijo, guiada por el tacto, sin decir palabra.
Zhang Chen sintió que su madre se acercaba. Reaccionó, se puso en pie e iba a preguntar algo cuando, de pronto, una bofetada lo dejó aturdido.
El golpe no fue fuerte –Li Xiaoyun ya apenas tenía fuerzas–, pero desde que Zhang Chen era niño no había recibido una bofetada de su madre. Ni siquiera cuando los profesores la llamaban a la oficina y la humillaban como a una niña desobediente, ella jamás había alzado la mano contra él, limitándose a suspirar una y otra vez. Aquella inesperada bofetada lo tomó completamente por sorpresa. La cabeza se le ladeó con el impacto, y mientras se obligaba a mantener los párpados abiertos, parpadeando con sus ojos resecos, dijo:
—Lo siento.
Afortunadamente, ambos estaban en la oscuridad y ninguno podía ver claramente la expresión del otro.
Después de abofetearlo, Li Xiaoyun se calmó más y le preguntó a Zhang Chen:
—¿Dónde está ese chico?
Zhang Chen respondió honestamente:
—Se fue a casa de su abuela.
Li Xiaoyun preguntó de nuevo:
—¿Qué día es hoy?
Zhang Chen respondió:
—Treinta de julio.
Li Xiaoyun no se sentó, sino que permaneció de pie como una estatua de piedra. Dijo «Oh» y luego, lentamente, palabra por palabra, añadió:
—En un mes comenzarán las clases.
Pero de pronto perdió el control, se abalanzó sobre él, le agarró con fuerza la camisa por el cuello y le dio otra bofetada, esta vez aún más fuerte que la anterior. Zhang Chen ladeó el rostro y sintió que la mano que lo había golpeado temblaba ligeramente, como si todas las frustraciones acumuladas durante más de diez años hubieran encontrado por fin salida en aquel golpe.
Esta vez, Zhang Chen estaba preparado. Recibió la bofetada con calma, sin mostrar sorpresa ni hacer ningún otro movimiento, y repitió: «Lo siento».
Esas dos disculpas seguidas fueron la gota que colmó el vaso para Li Xiaoyun. Aquel día, madre e hijo parecían haber intercambiado sus roles. Nunca antes había ella levantado la mano contra él, ni él había pronunciado un «lo siento». Y, sin embargo, ese día, ambos habían hecho, sin ponerse de acuerdo, algo que jamás habrían hecho en circunstancias normales.
Li Xiaoyun lo agarró de la manga y, de pronto, comenzó a golpearle el pecho sin control, con todas sus fuerzas, con esa rabia de quien ve cómo el hierro se resiste a convertirse en acero. Un sollozo ahogado le brotó de la garganta, como el gemido de un animal moribundo.
—¿Cómo puedes ser tan ingenuo? ¿Acaso no escuchaste lo que tu padre te dijo? ¿Qué clase de persona es él y de qué familia viene? ¿Y tú? ¿Quién eres y de qué familia vienes? Ellos pueden hacer lo que les plazca, divertirse como quieran, y cuando se aburran, largarse sin más, sin perder un céntimo. ¿Pero tú? ¿Cómo la pasarás este año? ¿Sabes cómo hablan a tus espaldas? Dicen que estás tan desesperado por escalar socialmente que ni siquiera te importa acostarte con hombres…
La ropa de Zhang Chen estaba completamente arrugada por el agarre de Li Xiaoyun. Hacía mucho que no bebía agua y su garganta estaba muy seca. Después de un largo momento, finalmente habló:
—Ya he hablado con él. No volverá a buscarme.
Esta frase pareció hacer sentir mal a Zhang Chen. Después de decirla, levantó la mano para tocarse la mejilla derecha, donde Li Xiaoyun lo había abofeteado momentos antes. Estaba un poco caliente, probablemente hinchada. A Zhang Chen no le importaba si su cara estaba hinchada o no. Continuó con lo que estaba diciendo:
—Que la gente diga lo que quiera. No me importa.
Li Xiaoyun exhaló profundamente, sus hombros se desplomaron como un puente derrumbándose. De repente, se sentó, tirando del borde de la camisa de Zhang Chen para que él también se sentara.
La noche estaba muy tranquila, y la ausencia de Zhang Licheng hacía que el silencio entre madre e hijo fuera aún más profundo. La ventana seguía abierta de par en par; nadie se había ocupado de cerrarla. Afuera, el viento empezaba a arreciar, hinchándose en la calurosa noche de verano, provocando un susurro de hojas. Madre e hijo se sentaron en silencio, rodeados por este sonido de la naturaleza.
Li Xiaoyun agarró la mano de su hijo. En medio de la brisa nocturna, algo pareció despertar en sus recuerdos. Sus ojos se enrojecieron rápidamente. Sorbió suavemente por la nariz y comenzó a hablar, aunque ya no mencionó el asunto anterior. Hablaba del pasado:
—Antes de casarme con tu padre, también tuve un noviazgo, solo uno.
Zhang Chen no dijo nada, simplemente escuchó en silencio.
—¿Fue en el 74 o el 75? En ese entonces yo tenía tu edad, también diescisiete años. Todos mis hermanos y hermanas mayores habían sido enviados al campo, y solo yo me quedé aquí. En esa época éramos pobres y nadie iba a la escuela. Yo solía ayudar a tu abuela en la tienda.
»Había un hombre alto que venía a menudo a comprar. A veces compraba periódicos o bebidas, otras veces destornilladores o alicates. Más tarde me enteré de que transportaba mercancías por la carretera nacional y ganaba bastante bien.
»Venía con frecuencia y, aunque era evidente que me reconocía, nunca me hablaba directamente. Pero siempre me miraba. Me miraba fijamente cuando entraba y cuando se iba. Yo sabía lo que eso significaba.
»Una vez, por fin no pude contenerme y le hablé. Parecía que llevaba mucho tiempo esperando a que yo diera el primer paso. Un hombre hecho y derecho, y tan tímido que tenía que ser la mujer quien tomara la iniciativa.
En este punto, Li Xiaoyun se echó a reír de repente. Sin embargo, su garganta estaba tan ronca que su risa sonaba extraña, como una pieza vieja y oxidada traqueteando dentro de una máquina. Al oír reír a su madre, Zhang Chen también se rio y dijo:
—Los hombres que no toman la iniciativa son realmente patéticos.
Li Xiaoyun seguía agarrando la mano de Zhang Chen, acariciando su palma. Allí había algunas marcas de sangre coagulada, que ella misma había provocado esa mañana. Mientras tocaba esas costras, continuó:
—Sí, son realmente patéticos. Lo esperé durante muchos años. Él se iba a transportar mercancías y tardaba mucho en volver, a menudo pasaba meses sin verlo. Y yo seguía esperando, siempre esperando.
Zhang Chen acarició el dorso de la mano de su madre con su otra mano y le preguntó suavemente:
—¿Y qué pasó después?
—No hubo un después. Pocas historias de amor tienen un después.
Ambos permanecieron en silencio por un momento. De repente, Li Xiaoyun preguntó:
—¿Y tú y él?
Zhang Chen sostenía la mano de su madre, la única mano en el mundo en la que podía confiar plenamente. Se sintió como si volviera a su infancia, cuando la familia aún prosperaba y sus padres rara vez discutían. Li Xiaoyun lo abrazaba y le preguntaba qué quería ser de mayor. Él respondía que quería ser científico, que quería cambiar el mundo. Li Xiaoyun se reía y le decía que seguramente lo lograría. Zhang Chen no sabía por qué recordaba todo esto ahora. Cerró los ojos en la oscuridad de la noche y comenzó a hablar lentamente:
—Él también me miraba todo el tiempo, podía sentirlo. La primera vez fue cuando lo ayudé a cargar su batería; se la pasó todo el camino mirándome. Esa noche dormimos en la misma cama. Él creyó que yo ya estaba dormido y me miró a escondidas, pero yo me di cuenta.
Li Xiaoyun seguía sosteniendo la mano de su hijo, acariciándole la palma y el dorso, escuchando en silencio mientras él continuaba.
—La segunda vez, rompió a propósito el radiador de su casa para que yo tuviera que ir a arreglarlo. En el camino, me abrazó por la cintura y me apretó con fuerza, a propósito. De eso también me di cuenta.
»La tercera vez se metió en nuestra casa. Está loco. Trepó por la ventana y después se escondió debajo de mi cama. Apenas entré, vi parte de su ropa asomándose, pero fingí no darme cuenta.
»Más tarde, él regresó a Pekín. Cuando volvió, estaba lloviendo muy fuerte. Me dijo que había tomado un tren de siete horas para venir a verme, que había estado pensando en mí todos esos días. ¿Sabes, mamá? Llegó empapado, con el cabello pegado a la frente y la ropa tan mojada que se le transparentaba. Llevaba en sus brazos un montón de libros de texto y cuadernos que había traído de Pekín. Me sonrió, y antes otras personas también me habían sonreído, pero siempre era con burla o con malas intenciones. Él es diferente, solo me sonríe a mí de esa manera. Nunca nadie me había tratado así. Me besó una vez y no pude resistirme.
Después de decir esto, Zhang Chen no continuó. Li Xiaoyun, que había estado acariciando la palma de su mano, lo soltó. En la oscuridad, temblorosa, tocó la cara de Zhang Chen, pasando sus dedos varias veces sobre el lugar donde acababa de dejar una marca roja con su bofetada, y le preguntó suavemente:
—¿Te duele?
Dado el carácter obstinado de Zhang Chen, que normalmente se negaba a mostrar debilidad incluso en las peores circunstancias, probablemente habría dicho «no duele» aunque le hubieran cortado brazos y piernas. Pero cuando su madre le acarició la cara y tocó sus heridas, de repente sintió el deseo de acurrucarse en sus brazos. Con la voz temblorosa, finalmente dijo:
—Un poco.
Esta admisión le dio a Zhang Chen la oportunidad de ser un niño normal por un momento, y titubeando, le preguntó a Li Xiaoyun:
—Mamá, ¿la vida siempre es así de humillante?
Estas palabras entristecieron a Li Xiaoyun. Había estado sonriendo hace un momento, pero al siguiente segundo las lágrimas comenzaron a caer. Acarició suavemente la mejilla derecha de su hijo, que se había enrojecido por la bofetada que ella misma le había dado, y dijo:
—Sí, hijo mío. Sí, la vida siempre es así de humillante. Es muy difícil vivir con dignidad.
»Mamá no quiere que sufras… No me importa que me insulten a mí, pero cuando subí las escaleras y escuché cómo te insultaban a ti, no pude soportarlo.
La voz de Li Xiaoyun se volvía cada vez más ronca mientras hablaba, así que tuvo que acercarse a la mesa de café para tomar un vaso de agua. Bebió varios tragos grandes antes de continuar:
—Nuestra familia no puede permitirse enfrentarse a ese tipo de gente. ¿Qué te parece si simplemente vivimos nuestra vida común y corriente? Cuando termines tus exámenes el año que viene y te mudes a un nuevo lugar, nadie sabrá nada de lo que está pasando ahora. El amor es lo que menos vale la pena, y lo de ustedes ni siquiera llega a eso. Hazle caso a mamá y olvídate de todo esto, ¿de acuerdo?
Zhang Chen asintió y dijo suavemente:
—De acuerdo.
A la mañana siguiente, Zhang Chen salió por la ventana de su dormitorio con su mochila negra al hombro. Sentía que necesitaba escapar, aunque fuera solo por una o dos semanas. No quería seguir encerrado en la atmósfera opresiva de su casa.
Ese día amaneció nublado. Un verde marchito y el agudo canto de los pájaros envolvían todo el vecindario. Cuando Zhang Chen salió por la puerta principal del complejo residencial, el dueño de la tienda de la esquina estaba sentado entre pilas de periódicos que olían a tinta, escuchando la radio. La voz en la radio era clara y estaba informando sobre la reciente contaminación ambiental. La presentadora decía que Yuncheng estaba agotando sus recursos. En los últimos años, no solo se habían agotado casi por completo las reservas de carbón, sino que el cielo azul y las nubes blancas, ya de por sí escasos, habían desaparecido por completo. Yuncheng llevaba varios meses consecutivos con un cielo permanentemente gris.
Zhang Chen, que huía, era como una ráfaga de viento. Vestía una camisa blanca con aroma a jabón y llevaba su mochila negra al hombro. Mientras avanzaba con el viento, escuchó casualmente este informe preciso y claro de la radio. Instintivamente, levantó la mirada hacia el cielo y descubrió que, irónicamente, no había nubes en Yuncheng, la Ciudad de las Nubes.
Nota de la autora:
Background Music: La Donna Romantica de Ennio Morricone.
