Capítulo 19. La mina

Mientras huía, Zhang Chen sintió un leve dolor punzante en los tímpanos, como si algo distate se le clavara en ellos arrastrado por el viento. No le prestó atención y continuó deambulando por las calles sin rumbo fijo.

Caminaba con la mochila colgada del hombro, la mirada fija en los escasos transeúntes. Los observaba con detenimiento y tenía la sensación de que todos eran iguales, incluso caminaban con el mismo paso vacilante.

Comenzó a lloviznar, tan débilmente que nadie se molestó en abrir un paraguas. Zhang Chen avanzaba bajo la lluvia, despacio, por una ciudad que le parecía un tumor. Mientras contemplaba a aquella multitud idéntica, lo asaltó de pronto la urgencia de hacer algo malo, gastar hasta el último centavo del dinero que llevaba en la mochila.

Zhang Chen pasó frente a una pequeña tienda. El dueño estaba comiendo su almuerzo de un cuenco. Frente a él había un televisor a color, pero no lo miraba. En su lugar, charlaba con su esposa que estaba a su lado:

—Esta mañana se derrumbó una mina en las afueras. Quién sabe si ha habido muertos.

De pronto, la silueta de alguien cruzó por la mente de Zhang Chen. Detuvo sus pasos, se volvió y se acercó al mostrador de la tienda. Pidió al dueño, que estaba comiendo, una botella de refresco de naranja bien fría.

El tendero dejó el tazón al instante y se apresuró a sacar una botella del refrigerador para entregársela. Zhang Chen pagó el depósito y se apoyó contra el marco de la ventana de la tienda para beber. Entre sorbo y sorbo, le preguntó casualmente:

—¿Qué mina se derrumbó?

—¿Que no hay sólo una mina al este? —El tendero lo miró de reojo—. ¿Conoces a Jianjun? La mina que él tenía arrendada antes, luego se la vendió a un sureño. Pues esa misma se ha hundido esta mañana. Yo estaba comprando mercancía en los suburbios del este cuando escuché un estruendo. ¡Casi me revienta los oídos y una caja de refrescos!

La mano de Zhang Chen tembló violentamente. Dejó la botella sobre el mostrador y echó a correr sin mirar atrás.

El dueño, asustado por este movimiento repentino, tardó un momento en reaccionar. Cuando lo hizo, gritó ansiosamente: 

—¡Tu depósito! ¡Tu depósito!

Zhang Chen regresó para recuperar el dinero y luego corrió apresuradamente hacia la calle principal. En ese momento, no le importaba el dinero en lo más mínimo. Por primera vez desde que comenzaron las vacaciones de verano, detuvo un taxi y, apenas subió, le dijo al conductor: 

—A los suburbios del este. Pare frente a la mina Ping’an.

El taxista, un viejo zorro con oídos en todas partes, miró a Zhang Chen por el retrovisor y le preguntó:

—¿Va para allá ahora? En este momento ese lugar está lleno de policías y equipos de rescate.

El coche arrancó y Zhang Chen no respondió.

Al conductor no le importó su silencio y volvió a preguntar:

—¿Tiene algún familiar o amigo en la mina?

Zhang Chen levantó la cabeza ligeramente, y su mirada se cruzó con la del conductor en el espejo retrovisor. La mirada inquisitiva del extraño lo incomodó. Apretó las costras en la palma de su mano y dijo:

—Mi amigo trabaja allí.

El coche quedó en completo silencio. Ambos cerraron la boca simultáneamente, sin decir una palabra más.

La lluvia arreciaba. El conductor lo dejó a varios cientos de metros de la mina, negándose rotundamente a avanzar más. Zhang Chen no tuvo más remedio que pagar y bajarse. Luego comenzó a acercarse lentamente a pie hacia la mina.

Alrededor de la mina se había establecido un cordón policial. Cuerpos cubiertos de barro eran sacados uno tras otro desde las profundidades. Con cada paso que daba Zhang Chen, veía un cadáver más. El área estaba llena de llantos y lamentos de hombres, mujeres, ancianos y jóvenes, probablemente familiares de las víctimas. Era la primera vez que Zhang Chen veía tantas fuerzas policiales. Un grupo de uniformados gritaba «No interrumpan el rescate» mientras empujaban a la multitud hacia atrás.

Entre ellos había un joven reportero de unos veinticinco o veintiséis años con gafas. Sostenía una cámara negra bajo la lluvia y, visiblemente emocionado, gritaba mientras filmaba:

—Me encuentro ahora en la mina de carbón Ping’an, en los suburbios del este de Yuncheng. Esta mañana a las seis veinticinco se produjo aquí un derrumbe. —Corriendo, giró su cámara negra hacia una fila de cuerpos cubiertos de agua carbonosa y lodo negro, y continuó—: Hasta ahora se han confirmado quince muertos. La causa exacta del accidente aún está bajo investigación…

Antes de que pudiera terminar de hablar, de repente un hombre que parecía un guardia de seguridad se abalanzó sobre él, le arrebató la cámara de un golpe y le gritó:

—¡Prohibido filmar! ¡Lárgate!

El periodista de gafas negras cayó al suelo, rodando un trecho hasta quedar justo frente a Zhang Chen. Aferraba con fuerza su cámara, empapado de pies a cabeza, en un estado lamentable. 

Al ver al periodista completamente mojado y en tal desorden, a Zhang Chen le vino a la mente, por un instante, el recuerdo de alguien. Sin pensarlo, extendió la mano y lo ayudó a levantarse. 

Las gafas del periodista estaban embarradas; no era de los que se preocupaban por eso, así que, una vez de pie, las limpió sin cuidado contra su ropa y volvió a ponérselas. 

Le dio las gracias a Zhang Chen y, al alzar la vista, se sorprendió al ver a un joven con apariencia de estudiante.

—¿Eres familiar de alguna víctima o…? —preguntó.

Zhang Chen repitió lo que le había dicho al taxista:

—Mi amigo trabaja aquí, tengo que encontrarlo.

Dicho esto, apartó la mano del periodista, con la intención de entrar solo a buscar.

—¡Eh! ¡Espera! —El periodista, al ver que quería correr hacia la línea policial donde estaban los cuerpos, se apresuró a detenerlo—. No te dejarán pasar. Hay que esperar a que contabilicen todos los muertos y heridos. Solo entonces permitirán que los familiares vayan a identificarlos.

Zhang Chen se detuvo, frunciendo el ceño, y se volvió para decir:

—Sus padres y su hermana se fueron a trabajar a Shenzhen. Él es el único que está aquí.

—Entonces tendrás que esperar a que la policía notifique a sus padres para que regresen. Definitivamente no permitirán que un amigo venga a reclamar el cuerpo —dijo el periodista, echándose hacia atrás el cabello mojado por la lluvia. Luego añadió—: Mira por aquí fuera si ves a tu amigo. Si no lo encuentras, ve mañana a la comisaría a presentar una denuncia.

Zhang Chen observaba las filas de cadáveres al otro lado del cordón policial. Los cuerpos, recién sacados de las profundidades de la mina, estaban irreconocibles por la explosión. Algunos, los más afortunados, estaban intactos. Otros se reducían a brazos y piernas despedazados, o partes indistinguibles del torso. Todos estaban cubiertos de una mezcla de lodo negro y sangre que ni siquiera la lluvia podía lavar.

Zhang Chen examinó uno por uno los rostros de los cadáveres, todos borrosos, irreconocibles. Luego, al recorrer brazos y piernas, reparó de pronto en un brazo solitario entre el amasijo. En la muñeca llevaba un reloj que le resultaba familiar.

Zhang Chen trastabilló, a punto de caer en un lodazal.

Era el reloj que Yang Mingming le había presumido antes, diciendo que había ahorrado varios meses de salario para comprar un par idéntico, uno para él y otro para Haiyan, esperando el momento adecuado para regalárselo. Lo había mencionado justo cuando estaban a punto de ver una película juntos. Yang Mingming también le había dicho a Zhang Chen que solo le quedaba un año de contrato y que después de ese año se iría a Shenzhen con sus padres y su hermana. Planeaba volver por Haiyan una vez que hubiera ganado suficiente dinero.

Una mano lo sujetó de repente. Al mirar a su lado, Zhang Chen vio que era el reportero que acababa de caer al suelo, quien ahora lo arrastraba firmemente hacia afuera. Estaba visiblemente preocupado y su boca se abría y cerraba como una compuerta de fábrica:

—Vámonos rápido, ¿ves cómo están echando a la gente? Ya no podremos filmar nada hoy, volvamos mañana.

El rostro de Zhang Chen mantenía su habitual inexpresividad, pero sus piernas temblaban incontrolablemente.

El reportero guardó su cámara en la mochila y observó detenidamente los brazos y piernas temblorosos de Zhang Chen. Sin saber cómo consolarlo, se limitó a darle unas palmaditas en el hombro y soltó un profundo suspiro.

Los dos regresaron bajo la lluvia al hotel donde se alojaba el reportero. Por el camino, el joven de las gafas negras le contó a Zhang Chen que era periodista de «Nueva Perspectiva», se llamaba Zhang Ning y había terminado la universidad hacía solo dos años.

Zhang Chen escuchó con expresión ausente. Tras un largo silencio, finalmente dijo:

—Yo también me apellido Zhang. Zhang Chen.

La lluvia caía cada vez con más fuerza, pero ellos seguían hablando bajo el aguacero. Gotas caían una y otra vez, colándose en sus labios, salobres y metálicas. Zhang Chen probó ese sabor a hierro y sal, un regusto familiar que le trajo el recuerdo de un armario oscuro en su dormitorio, durante la última tormenta. Su cuerpo tenso se relajó levemente. 

Zhang Ning le preguntó su edad a Zhang Chen y, al enterarse de que solo tenía diecisiete años, lo miró de reojo con sorpresa.

—Ni siquiera eres mayor de edad y tampoco eres pariente. No podrás reclamar el cuerpo de tu amigo tú solo —le dijo.

La lluvia resbalaba por las mejillas de Zhang Chen, algunas gotas se colaron en sus ojos. Se pasó la mano por la cara y preguntó:

—Entonces, ¿qué puedo hacer?

—Hay que avisar a su familia cuanto antes. ¿Tienes el número de teléfono de algún familiar?

—Sus padres y su hermana trabajan en Shenzhen. No tienen teléfono celular y no sé sus números. Solo regresan una vez al año, durante el Año Nuevo.

De pronto, Zhang Chen agarró la manga empapada del periodista. Con los labios temblorosos, le preguntó:

—¿No eres periodista? ¿Podrías publicar un anuncio en el periódico?

La petición puso a Zhang Ning en un aprieto. Sin embargo, al ver la expresión obstinada del muchacho que tenía al lado, volvió a suspirar y acabó cediendo:

—Veré qué puedo hacer, aunque no es una decisión que pueda tomar yo solo. Ven conmigo; te haré algunas preguntas para una entrevista. No te preocupes, será anónima, no revelaremos ninguna información sobre el entrevistado. Si veo que hay material valioso, intentaré incluir la información de tu amigo y publicarla en el periódico.

Zhang Chen asintió y respondió con un simple:

—De acuerdo.

El hotel no estaba lejos de las afueras. Al llegar, se ducharon por turnos, aprovechando para lavar la ropa sucia de barro y ceniza. Salieron con la ropa aún mojada, pegándose a sus cuerpos.

Zhang Ning sacó una libreta de cuero de su mochila y comenzó a hacer preguntas rutinarias: «¿Cuántos años lleva abierta esa mina?», «¿Quién es el dueño?». Estas eran preguntas que Zhang Chen apenas podía contestar.

El periodista se quedó sin ideas para preguntar más. Dejó caer su cuaderno y bolígrafo, que hicieron un sonido de «paf». Entonces dijo:

—Háblame de tu amigo. ¿Cómo es que toda su familia se fue y él no?

Zhang Chen bajó la cabeza, sosteniendo el agua caliente que el periodista le había servido, y bebió a pequeños sorbos.

—Su contrato es por cinco años, y todavía le quedaba un año. No podía irse.

El bolígrafo que había sido dejado antes fue recogido de nuevo. El periodista escribió algunas frases en su cuaderno y luego le preguntó a Zhang Chen:

—Hace un momento, la gente de la mina tuvo un altercado con los familiares. Dijeron que el contrato que firmaron era de treinta yuanes al día, con riesgo de vida asumido por el trabajador. La mina no se hace responsable en caso de accidente. ¿Tu amigo te había comentado algo sobre esto?

Zhang Chen sostenía un vaso de papel, sus dedos temblando visiblemente.

—Sí, me lo dijo.

El periodista tomó más notas y preguntó con perplejidad:

—¿Y aun así firmaron ese tipo de contrato? ¿No es eso cambiar sus vidas por dinero?

—Por aquí, o entras a trabajar en una fábrica o bajas a la mina. Si tienes contactos y estudios, vas a la fábrica. Si no tienes ni lo uno ni lo otro, acabas en la mina.

El periodista escuchaba y seguía tomando notas. A mitad de la escritura, levantó la vista para mirar el rostro de Zhang Chen y le preguntó:

—¿Y tú? Pareces un estudiante. No tienes pinta ni de trabajar en una fábrica ni de ser minero.

—Estoy en el último año de preparatoria, pronto me presentaré a los exámenes de ingreso a la universidad —dijo Zhang Chen, su mirada fija en la cámara negra que el periodista había dejado secando sobre la mesa—. Y tú, todos los periodistas son universitarios, ¿no?

—Depende de cada caso y de las habilidades de cada uno —respondió el periodista, guardando su bolígrafo y dando un sorbo al agua caliente—. No puedo hablar por otros campos, pero en el nuestro exigimos como mínimo una licenciatura, preferiblemente en periodismo. Aunque también aceptamos a los que han estudiado literatura china o sociología.

Zhang Chen asintió, sin hacer más preguntas.

Esa noche, el cielo estaba inusualmente oscuro. Zhang Chen yacía en la cama, dura como una piedra, de aquel hotel desconocido, sin poder conciliar el sueño. Escuchaba el incesante golpeteo de la lluvia afuera y sentía que no era agua lo que caía, sino tinta. Pensó que por la mañana, toda la ciudad estaría teñida de negro puro.

Mingming, su madre y Cheng Sheng –esas tres personas tan distintas– surgieron al mismo tiempo en la mente de Zhang Chen. El brazo cubierto de lodo negro se amplificaba, como si pudiera ver el instante exacto de la explosión en la mina de carbón: el haz estrecho de la lámpara de búsqueda, arrasado de pronto por el estruendo de las detonaciones, y junto con él, los cuerpos humanos desintegrándose, como arrojados a la negra máquina de palomitas a la entrada del complejo residencial, reventando con un ¡pum! 

Ese día, Zhang Chen comprendió que la carne de la gente común no vale nada; el Cielo se la lleva cuando quiere, sin lógica de causa y efecto ni razón alguna. No sintió deseos de llorar; de hecho, su tristeza apenas duró un breve instante esa noche. Lo que Zhang Chen sintió fue un profundo desconcierto ante este mundo. Los ancianos decían que cada cual tiene su destino y que el bien y el mal tienen sus frutos. Pero, si así fuera, ¿por qué algunos nacen con la vida encumbrada en lo más alto de las nubes, donde hasta un rasguño despierta todo tipo de cuidados y atenciones, mientras otros nacen con la palabra «expiación» grabada a fuego en la frente, mueren con el cuerpo destrozado y sus familias ni siquiera pueden encontrar sus restos?

Zhang Chen pensó de nuevo en sus padres, en sí mismo y en aquella gran chimenea de la acería que escupía humo negro sin descanso. Pensó que ellos debieron de nacer cargando con una culpa; eran los seres que el Cielo más detestaba, condenados a redimirse durante toda una vida para apenas suplicar una pizca de felicidad concedida como limosna. Luego pensó en Cheng Sheng, en el «Lao Cheng» de sus relatos y en su madre profesora. Su familia, sin duda, gozaba del favor del Cielo; habían nacido con un halo de fortuna desde el primer aliento. Los temas de los que hablaban eran cientos de veces más elevados que los suyos. Unos eran tan ricos que podían romperse la crisma por sus ideales; los otros eran tan miserables que perdían hasta la dignidad por un pedazo de pan.

En la otra cama, el periodista ya roncaba estruendosamente, mientras Zhang Chen seguía con los ojos abiertos en la oscuridad, pensando. Aquella noche tomó dos decisiones: primero, encontraría el cuerpo completo de Mingming para entregarlo a su familia; y segundo, se esforzaría hasta el agotamiento por algo más allá de la mera supervivencia.

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