Capítulo 2. La alarma humana

Pekín y Yuncheng tenían climas bastante similares; ambas eran ciudades del norte y sus veranos eran excepcionalmente calurosos. A las diez de la mañana, el sol ya era lo suficientemente intenso como para marear. Yuncheng, sin embargo, experimentaba algo más de lluvia que Pekín; cada pocos días caía un chaparrón, como si intentara enjuagarle el estómago a la ciudad, repleta de humo negro.

Cheng Sheng no era muy fan del verano en Pekín: el asfalto brillante, las hojas verdes brillantes de los árboles, las frentes brillantes de la gente en la calle, y esos cabellos negros endurecidos con gel. En un verano así de caluroso y deslumbrante, también se sentía agitado por dentro, con las hormonas corriéndole por todo el cuerpo sin un lugar donde descargarse. Ni los helados ni los refrescos podían salvarlo; necesitaba hacer algo, lo que fuera, para descargar ese fuego.

Y así fue como terminó canalizando ese calor sin nombre, que ya no cabía en su cuerpo, en la música.

En aquellos años, las bandas de rock estaban en pleno auge. Tras el concierto de 1994 en Hung Hom[1], Dou Wei, He Yong y Tang Dynasty salieron en todos y cada uno de los periódicos. Los medios no escatimaron en elogios: que si un concierto para diez mil personas, que si los Cuatro Reyes Celestiales del Cantopop[2] sentados en primera fila, que si Anthony Wong arrancándose la camisa de la emoción. Cuanto más exagerado, mejor. Cheng Sheng lo vio y pensó: «Caray, ¿tocar unos instrumentos y cantar unas canciones puede volver así de loca a la gente?». En su primer año de universidad, impulsado por un arrebato, se juntó con sus dos amigos de toda la vida, formaron una banda y se dedicaron a escribir música punk llena de energía y rebeldía.

Los dos amigos de la infancia eran un chico y una chica: la vocalista, Chang Xin, acompañaba la guitarra de Qin Xiao. A Cheng Sheng, con su aire de descarado sin remedio, lo mandaron directo a la batería. Y él estaba encantado: toda esa avalancha de hormonas juveniles se le iba en sudor sobre el instrumento. Pero la verdad, tocaba regular. Su sentido del ritmo era pésimo, y cuando levantaba las baquetas, los golpes salían dispersos, caóticos, como si lo persiguieran diez hombres de negro. Acelerado, torpe y tan desastroso como él mismo.

Pero con la guitarra era un caso aún peor: ni siquiera podía apretar bien los acordes, y lo que salía sonaba como un burro viejo girando un molino. Al principio había fantaseado con ser guitarrista, pero cada vez que pulsaba una cuerda, por dentro gritaba: «¡Dios, esto duele tanto!». Tras varios intentos, decidió dejar de torturarse y no volvió a mencionar eso de ser guitarrista. Incluso intentó lavarles el cerebro a sus dos amigos: «La batería es el esqueleto de la música», decía, mientras se hundía en una práctica obsesiva de batería que no le salía mucho mejor que la guitarra.

En el primer verano de la universidad, Cheng Sheng y sus dos amigos alquilaron un pequeño bungaló como sala de ensayo, justo en el barrio donde vivían. Cada día iban para allá con un helado en la boca, ensayaban por horas y salían empapados de sudor. Luego se sentaban juntos, fumaban un par de cigarrillos, se compraban tres botellas de Beibingyang bien frías, las vaciaban de un trago y se volvían a casa.

Cheng Sheng pasaba los días agitando las baquetas, inmerso entre tambores, bombos y platillos, pero esa inquietud que llevaba dentro no lograba salir. Al contrario, con el clima cada vez más caluroso, se sentía aún más incómodo. Estaba un poco perdido, y empezaba a resentir el lugar donde estaba. No veía la hora de largarse a cualquier otro sitio. Al sur, donde el aire es más húmedo; al norte, donde refresca. Sentía que cualquier parte era cien veces mejor que donde estaba ahora.

Ese día ensayaron sin problemas. Después de tirarse pullas un rato en la sala de ensayos, los tres recogieron antes de tiempo y se fueron a la tienda de la esquina. Compraron tres botellas de Beibingyang, y caminaron de regreso a casa, cada uno con su popote en la boca, sorbiendo ruidosamente.

Iban así, dos chicos y una chica, caminando sin preocupación alguna hacia el complejo residencial. Al verlos, el guardia de pronto le hizo una seña a Cheng Sheng y lo llamó por su nombre.

Cheng Sheng se giró, confundido.

—¿Qué pasa, hermano?

—Tu papá te está esperando, ten cuidado —le advirtió el guardia, manteniéndose erguido y frunciendo los labios.

—¿Eh? —Cheng Sheng se tragó el sorbo de refresco que acababa de tomar con el popote y luego se volvió hacia Qin Xiao—. ¿He causado problemas últimamente?

Qin Xiao le dio un golpecito en el hombro y negó con la cabeza.

Los tres no le dieron importancia. Se despidieron del guardia con un gesto y cada quien tomó su camino de regreso a casa. Sin embargo, el guardia estaba más preocupado que Cheng Sheng, y mientras se alejaban, le gritó:

—¡Tu papá acaba de pedirme la escoba de la caseta! ¡No te lo tomes a la ligera!

Cheng Sheng agitó la mano con desdén mientras caminaba, sin darle mayor importancia.

—No pasa nada, hermano. Mi viejo solo sabe asustar a lo pobre.

Estaban ya por llegar a la puerta de su casa cuando Chang Xin detuvo de pronto a Cheng Sheng. Sacó una cajetilla de cigarrillos de su bolso cruzado, extrajo tres, y se los repartió con soltura a Qin Xiao y a él.

—Fuma uno antes de entrar.

Ella trataba de manera distinta a Cheng Sheng y a Qin Xiao. A Cheng Sheng no solo le entregó el cigarro en la mano: se lo colocó ella misma entre los labios y, después, con el que ya tenía encendido en la boca, se inclinó poco a poco hasta encenderle el suyo.

Qin Xiao, al ver la escena, exclamó con exageración:

—Oye, oye, oye, la vocalista de nuestra banda no debería mostrar favoritismo, ¿por qué yo no recibo este trato?

Chang Xin se volvió sonriendo, con el cigarro humeante colgándole de los labios, y se acercó a él. Justo cuando sus frentes estaban a punto de rozarse, de pronto se le transformó la expresión, abrió los ojos de par en par y le soltó un zape seco, sonoro y sin misericordia.

—¡Mírate nada más, con esa pinta y todo ese sebo encima, y todavía te atreves a compararte con Cheng Sheng! Si estuvieras la mitad de lo flaco y guapo que es él, ¡esta noche me iba a dormir a tu casa!

Cheng Sheng ya estaba más que acostumbrado a ese tipo de bromas por parte de ella y su oído filtraba automáticamente cualquier insinuación ambigua. Se agachó para apagar el cigarro, que apenas había fumado, restregándolo contra el borde de piedra de la escalinata. Luego recogió la botella de refresco que había dejado en el suelo, mordió la pajilla y, mientras se despedía, les dijo a los dos:

—Voy a ver si mi viejo me da la recompensa. ¡Nos vemos mañana en la sala de ensayo!

Después de decir eso, se alejó sin mirar atrás, dejando a Qin Xiao y Chang Xin parados allí con el cigarrillo aún a medio fumar en sus bocas.

Qin Xiao aprovechó para pasarle un brazo por los hombros a Chang Xin y, meneando la cabeza, dijo:

—Tsk, los hombres no valen la pena. Hace unos días todavía andaba coqueteando con esa estudiante de último año de Literatura de tu universidad, una estudiante de su mamá. Mejor valora a quien tienes delante, ¿no? Mírame a mí. Desde tiempos antiguos, los guitarristas siempre han sido los más populares. ¿Por qué te empeñas en ojear a un simple baterista?

Chang Xin miró la silueta de Cheng Sheng desaparecer tras la esquina, y sin pensarlo le dio otro buen zape a Qin Xiao, que se había acercado de nuevo.

—¡A casa, a casa! ¿De dónde sacas tantas tonterías?


Mientras tanto, Cheng Sheng apenas había cruzado el umbral de su casa cuando su padre, Lao Cheng, con el rostro serio y una escoba tosca en la mano, lo recibió con una tunda.

Lao Cheng, cuyo nombre completo era Cheng Ruchun, parecía, al menos en apariencia, tan apacible y refinado como la primavera[3] que evocaba su nombre. Pero en realidad, lo que más le gustaba era manosear a las mujeres por sorpresa. Hace unos años lo trasladaron al Tíbet, en un trabajo tan confidencial que ni siquiera su familia pudo saber de qué se trataba. Apenas hacía un año que había vuelto, y frente a un hijo que había crecido torcido, se mostraba completamente impotente: lo regañaba sin mucha convicción y, resignado, lo dejaba seguir por su camino. A fin de cuentas, era un hombre de letras. Por mucho que Cheng Sheng se hubiera desmandado en el pasado, Lao Cheng no hacía sino fingir severidad, como un gato que se hace pasar por tigre. Que hoy realmente hubiera agarrado algo para golpearlo demostraba que, esta vez, estaba furioso de verdad.

El habitualmente educado y refinado Lao Cheng, vestido con una camiseta gris con blanco, estaba blandiendo una escoba y persiguiendo a su hijo por todo el patio, golpeándole la espalda. Mientras lo hacía, le reprochaba con indignación:

—Siempre he cerrado los ojos ante tu afición por ese maldito rock, pero, ¡¿cómo se te ocurre engañar a una chica?! ¡Y encima te vas a buscar a una de las alumnas de tu madre! ¡Esa muchacha vino a buscarte esta tarde! ¡Yo, Lao Cheng, he mantenido mi honor intacto durante cuarenta y cinco años, y vienes tú y me haces perder toda la cara!

—¿Qué? ¿Cómo?

Cheng Sheng corría por todo el patio mientras trataba de entender de qué estaba hablando su padre. Después de un buen rato, finalmente recordó el asunto y, protegiéndose la espalda, se defendió:

—Lao Cheng, golpearme por esto no es para nada justo. La culpa la tienen Qin Xiao y Chang Xin. Hicieron una apuesta y como perdí me obligaron a declararme a una estudiante mayor de la escuela de al lado. ¡¿Cómo iba a saber yo que era alumna de mamá?! ¡Y de todas formas, después se lo aclaré a la chica! ¡¿Dónde está el engaño en eso?!

Lao Cheng ya estaba furioso, y las palabras de su hijo solo echaron más leña al fuego. Sus golpes se volvieron más violentos, apuntando especialmente al tatuaje azulado que asomaba en la nuca de Cheng Sheng.

—¿Y si tus amigos se tiran de un puente, tú también te tiras? ¡Lo que hiciste fue engañar a una camarada! Si hubieras nacido unas décadas antes, ¡tu mala conducta te habría arruinado la vida! ¿Y qué son esos garabatos que tienes en todo el cuerpo? ¡Pareces un maldito delincuente!

Lao Cheng no se contenía: el palo del escobón hecho con tallos de sorgo caía sobre la espalda de Cheng Sheng como lluvia, y pronto le dejó varias marcas sangrantes.

Cheng Sheng, harto de la paliza, acabó por enfadarse también. Después de recibir decenas de golpes, ya ni siquiera intentó esquivar. Se quedó quieto, plantado, dejando que su padre lo azotara mientras soltaba con fervor su declaración heroica:

—¡Me voy a casa de mi abuela! ¡No volveré a Pekín nunca más! ¿No está contento de que ya no lo moleste más?

Lao Cheng, cegado por la rabia, tiró la escoba al suelo y le apuntó con el dedo a la cara.

—¡Y te llevas esos malditos trastos también! ¡Aquí no hay sitio para esas porquerías! ¡Fuera ya!

Cheng Sheng, lleno del vigor de la juventud, había dicho que se iba, y realmente se fue. Sin más preámbulos, les avisó a Qin Xiao y Chang Xin de que la banda tendría que posponer los ensayos, y luego se escapó sigilosamente de casa con todos sus instrumentos.

Encontró un camión de carga en alguna parte y, aprovechando que Lao Cheng estaba en el trabajo un lunes, engañó al guardia diciendo que era un vehículo para recoger sus instrumentos musicales, logrando así que lo dejaran entrar.

Junto con el conductor, Cheng Sheng cargó todas esos trastos de los que su padre se quejaba –una batería, una guitarra y un bajo–, en el camión de carga. Siempre había sido de los que avanzan sin mirar atrás. En lugar de sentir nostalgia, se sintió liberado, como un pájaro recién salido del nido. Tarareando una melodía, huyó de casa en el camión rumbo a Yuncheng.

Viajaban hacia el norte por la carretera nacional, mientras enormes camiones cargados de madera y carbón los adelantaban uno tras otro. Cheng Sheng se asomó con curiosidad por la ventana, observando cómo el cielo se griseaba poco a poco. El viento fresco a lo largo del camino le levantó los pocos mechones de su flequillo que le cubrían los ojos. De repente, el fuego inquieto que lo había consumido pareció calmarse en esa ligera y suave brisa. Cerró los ojos y pensó: «Qué agradable es estar en la carretera. Sería genial poder vivir así toda la vida, rodeado de viento».

El conductor también era un tipo joven, no mucho mayor que él, pero ya tenía ese aire de quien se ha movido por todos los rincones de la calle. Mirando fijamente la carretera sin distraerse, le preguntó a Cheng Sheng, que iba asomado a la ventana:

—¿Y tú qué haces yéndote a Yuncheng, pudiendo quedarte tranquilo en Pekín?

—Mi viejo me echó de casa. Me voy con mi abuela.

El conductor ya había visto las marcas moradas en la nuca de Cheng Sheng mientras lo ayudaba a cargar las cosas, pero no había dicho nada en su momento. Ahora, en cambio, soltó una carcajada y se puso a hablar como si fuera un maestro de la vida:

—Si yo fuera como tú, mi padre me habría matado a palos cuando tenía diez años. Esa batería y guitarra tuyos, si estuvieran en mi casa, ya las habrían hecho pedazos. Caros y para nada útiles.

Cheng Sheng seguía asomado a la ventana, pensando: «Tú, transportista palurdo, ¿qué sabes?». Aprovechó una ráfaga de viento cargada de polvo para soltar:

—Los objetos caros e inútiles son las cosas más valiosas en este mundo. Ese es el preciado espíritu del liberalismo. ¿Entiendes?

—¿Hablas de libertad? Primero hay que asegurarse de llenar el estómago. Ya verás cuando llegues a Yuncheng: cerraron un montón de fábricas, y hay gente que ni siquiera tiene qué comer. Todos andan yéndose al sur en busca de oportunidades. Solo ustedes, los niñitos mimados de la capital, tienen tiempo para andar jugando.

Cheng Sheng no soportaba que le soltaran sermones. Con el viento soplando ligeramente, replicó:

—¿Y si no tienes qué comer, ya no puedes ser libre? ¿No se supone que la libertad es como el amor? La gente se casa igual, aunque pase hambre.

El joven conductor soltó una risita desdeñosa.

—El amor y el matrimonio no son lo mismo.

—Desde mi punto de vista, lo son. ¿Un matrimonio sin amor no está destinado al divorcio?

El conductor negó con la cabeza y aceptó:

—Está bien, si piensas que es así, entonces lo es.

A ambos lados de la carretera se extendían filas de álamos verdes. Cheng Sheng observaba el exuberante verdor y sintió un palpitar en el corazón. De repente, retomó con la conversación:

—Creo que nunca me casaré en mi vida. Tengo dieciocho años y ni siquiera entiendo qué es el amor. ¿Tú sí?

¿A los dieciocho años no se es joven todavía? El conductor se rio ante el tono serio de Cheng Sheng, y giró el volante mientras respondía:

—Yo ya estoy casado, ¿crees que lo entiendo o no?

—¡No me refiero a eso! —exclamó Cheng Sheng, aún apoyado en la ventanilla del auto. Soltando un suspiro, comenzó a explicar en un flujo de pensamientos—: ¡Hablo de ese tipo de sentimiento, ese que con solo pensarlo te deja sin fuerzas, como si estuvieras al borde de la muerte, con el corazón hecho pedazos!

El conductor, entre divertido y perplejo, respondió:

—Vaya, suena intenso. ¿De verdad existe algo así?

—Sí, pero parece que la mayoría de la gente nunca lo encuentra. Con lo mala que es mi suerte, seguramente yo tampoco.

»Eso suena a un problema de probabilidades, pero la verdad es que soy un desastre en estadística. No sabría ni por dónde empezar a calcularlo.

El conductor no había entendido ni una palabra. Respondió con algunas palabras superficiales para concluir:

—Ustedes, los intelectuales, siempre con sus cosas abstractas. Has hablado un montón y sigo sin entender nada.

Esta vez, Cheng Sheng no respondió. Metió la cabeza de vuelta al auto, se cubrió con su chaqueta de mezclilla para bloquear la luz, y apoyó la cabeza de lado contra el respaldo del asiento. Poco a poco, se fue quedando dormido. 

El conductor lo miró de reojo, cerró la ventanilla y encendió el ventilador del vehículo.

El camión llevaba ya casi cinco horas recorriendo la carretera nacional. En medio del trayecto, Cheng Sheng se despertó una vez por los baches del camino. Medio dormido, sacó del bolsillo de su chaqueta un viejo Nokia y llamó a casa de su abuela. Para su sorpresa, nada más contestar, su abuela le soltó una buena reprimenda. Después de pasar todo el día viajando, sacudido hasta quedar con la espalda molida y la cabeza dándole vueltas, la sensación de agravio le rebosaba por dentro. Murmuró un apagado «voy a colgar» y se dispuso a cortar la llamada.

Pero justo en ese momento, su abuela pareció recordar algo y se apresuró a decir, antes de que él colgara:

—Hoy hay alguien en tu cuarto. Es un muchacho que vino a arreglarme la radio. Como se hizo tarde, no lo dejé volver solo. ¿Te las puedes arreglar con él esta noche cuando llegues?

—No —respondió Cheng Sheng tajantemente, y esta vez sí colgó el teléfono.

Habían salido de Pekín muy temprano por la mañana y no llegaron a Yuncheng hasta que el cielo estaba completamente oscuro.

Cheng Sheng le entregó al conductor varios billetes de diez yuanes, tal como habían acordado. El conductor, visiblemente contento, se guardó el dinero en el bolsillo de su camisa y se ofreció a ayudarle a descargar los trastos de la parte trasera del camión, uno por uno.

—No puedo mover todo esto yo solo —dijo Cheng Sheng con preocupación, mirando los preciados instrumentos musicales en el suelo. Le preguntó al conductor—: ¿Podrías ayudarme a llevarlos hasta la puerta? Está en el segundo piso.

El conductor, bastante dispuesto, se arremangó y junto con Cheng Sheng comenzaron por llevar la batería, que era lo que más espacio ocupaba, al interior del edificio. Les tomó varios viajes transportar todas las piezas grandes hasta la puerta del apartamento de la abuela de Cheng Sheng.

La noche era fresca, pero Cheng Sheng acabó sudando por el esfuerzo. Mientras se abanicaba con la mano, sacó un billete de diez yuanes del bolsillo de sus vaqueros y, sin decir palabra, lo metió directamente en el bolsillo de la camisa del conductor.

El conductor, sorprendido por el gesto repentino, dio un paso atrás y se sacó el billete del bolsillo. Al ver que era una propina, sonrió y negó con la cabeza, como pensando: «¿Propina? ¿Será algo que aprendió de los extranjeros?». Sin decir nada, se volvió a meter el billete en el bolsillo de la camisa, se despidió de Cheng Sheng con un gesto de la mano y se dirigió hacia su camión.

Poco después, Cheng Sheng escuchó el rugido del motor del gran vehículo arrancando. Acompañado por el canto nocturno de algún pájaro desconocido, el sonido le recordó a una manada de elefantes migrando por la sabana. En la quietud de la noche, el estruendo anunciaba su partida hacia un nuevo destino.

Cheng Sheng dio una patada a la pared y murmuró:

—Vaya, qué tipo más raro. Se hace el difícil cuando le dan dinero.

El pasillo estaba lleno de tambores, guitarras y otros instrumentos. Cheng Sheng, de puntillas, encontró un hueco donde pisar y llamó a la vieja puerta de hierro del apartamento de su abuela. Ya era medianoche y ella probablemente estaría dormida, pero él no podía quedarse fuera toda la noche. Mientras se quejaba para sus adentros del conductor del camión por haber conducido tan despacio y obligar a su abuela a levantarse a estas horas para abrirle, fue aflojando poco a poco la fuerza con la que llamaba.

Se había olvidado por completo del chico que su abuela mencionó que vino a arreglar la radio esa noche. No tenía ni idea de que en ese momento su habitación ya estaba ocupada.

El sudor que había empapado su cuerpo se había evaporado casi por completo, dejándole una sensación fría y pegajosa. Una corriente de aire atravesó el pasillo, recorriéndolo como una serpiente sacando la lengua. Cheng Sheng se estremeció y empezó a considerar la idea de buscar un hotel barato cerca de la estación para pasar la noche, cuando de repente escuchó el susurro de pasos dentro del apartamento. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de hierro produjo un ruido estridente y se abrió de golpe.

Apenas se abrió la puerta, la luz del interior se desbordó hacia el pasillo como una riada. Los ojos de Cheng Sheng, empapados de oscuridad durante horas, se sintieron heridos al instante. Instintivamente alzó la mano para cubrirse el rostro, y tardó varios segundos antes de entreabrir los dedos y mirar a través de los huecos.

Esa fue la primera mirada que le dirigió al muchacho que había reparado la radio. Ni siquiera logró distinguirle bien el rostro: él estaba de espaldas a la luz, reducido a una silueta oscura. Pero una fragancia familiar de gel de baño flotaba a su alrededor, colándose por entre los dedos de Cheng Sheng y clavándosele en los ojos. En ese momento, su sentido del olfato pareció colapsar por completo. Una oleada de entumecimiento le recorrió el pecho mientras su corazón se encogía con violencia. Aunque no había visto nada con claridad, sus extremidades comenzaron a hormiguear, como si la electricidad le recorriera los huesos.


[1] Conocido como «El Concierto de Hung Hom», fue un concierto celebrado en el Coliseo de Hong Kong, con una duración de tres horas y media. Es un concierto legendario en la escena del rock de China. Aquí hay un vídeo sobre esto.

[2] Jacky Cheung, Aaron Kwok, Andy Lau y Leon Lai.

[3] Ruchun (如春) significa «como la primavera».

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