Al día siguiente, solo lloviznaba. Compraron dos paraguas negros junto al hotel y se dirigieron primero a la comisaría más cercana para presentar la denuncia. Zhang Chen se mostró de una calma absoluta: a cada pregunta del policía de guardia respondía de manera ordenada y con una lógica clara, sin titubear ni una vez. El periodista de gafas oscuras lo miró varias veces, visiblemente sorprendido. No fue hasta que ambos salieron de la comisaría cuando chasqueó la lengua y le dijo a Zhang Chen:
—Parecías bastante convincente. ¿Hoy ya no tienes miedo?
Zhang Chen le lanzó una mirada de reojo.
—¿De qué sirve tener miedo?
El periodista sonrió al ver su actitud.
—Mejor que realmente no tengas miedo. Cuando lleguemos a la mina, tendremos que improvisar. ¿Recuerdas cómo te enseñé a usar la cámara de video y la grabadora ayer? Si me rodean, te lanzaré el equipo. Asegúrate de grabar todo con claridad.
Zhang Chen tomó la cámara que le pasó el periodista y la examinó, revisando cada botón uno por uno. Luego, le aseguró con determinación:
—Ya me lo aprendí todo.
El cordón policial seguía rodeando la mina, pero los familiares que el día anterior habían acudido en masa en busca de los suyos ya no estaban. En el centro del lugar solo se distinguía a un hombre con aire de mando conversando con otra persona.
Caminaron junto a la barandilla mientras el periodista observaba atentamente a su alrededor. Con la mano libre, dio un leve toque en el brazo a Zhang Chen y le susurró:
—El de la camiseta negra de manga corta es el dueño de la mina. Dentro de un rato vamos a grabarlo y a entrevistarlo. Compró la licencia de explotación al antiguo propietario, todo de forma ilegal, y encima el muy cabrón se pavonea. No le quedan muchos días de buena vida.
El enorme paraguas negro bloqueaba gran parte de la visión de Zhang Chen. Solo cuando se acercó pudo distinguir claramente el aspecto de las personas que conversaban en la mina.
Un hombre, como un perro faldero, le encendía el cigarrillo al que parecía ser el jefe. El humo gris y blanco salía de su boca que se abría y cerraba, para luego dispersarse en la lluvia. Zhang Chen logró ver claramente el rostro de este hombre y, de repente, se detuvo en seco.
El hombre que parecía ser el jefe tenía un rostro familiar para Zhang Chen: era el mismo hombre de las fotografías que llevaba la mujer de gafas de sol aquel día.
Al ver que se acercaba gente, varios guardias de seguridad de la mina se apresuraron a ahuyentarlos. Eran sorprendentemente sensibles a la mirada inquisitiva del periodista, y en cuanto Zhang Ning empezó a sacar la cámara de su bolso, corrieron hacia ellos gritando:
—¡Prohibido filmar! ¡Váyanse a casa, no interfieran con nuestro trabajo!
Durante este intervalo, Zhang Chen alcanzó a escuchar fragmentos de una conversación entre dos personas cercanas.
—Esa zorra es muy astuta. Le envié un montón de regalos, pero se hizo la tonta y no quiso acostarse conmigo. ¿A qué viene hacerse la inocente a su edad? Vaya pérdida de dinero.
El hombre que le encendió el cigarrillo se rio.
—Tú también, a tu edad cayendo por una mujer. He oído que tu esposa vino a buscarte, ¿qué vas a hacer?
—¡Mierda, ni me lo menciones! —El hombre le dio una calada al cigarrillo—. Fue a armar un escándalo a casa de ella. Anoche, cuando volvió, hasta tuvo la osadía de cuestionarme. Le rompí las piernas para que aprenda a no avergonzarme en público.
»Hablando de eso. —El hombre cambió a una expresión de disgusto mientras fumaba, y comenzó a contar como si fuera un chisme—: Esa mujer me juró haber visto con sus propios ojos cómo el hijo de Li Xiaoyun se besaba con otro chico. Vaya familia de fenómenos, qué mala suerte.
El otro dio una calada y chasqueó la lengua.
—¿Y con todo eso su marido no hace nada?
—¡Qué va a hacer! Li Xiaoyun tiene la peor suerte del mundo. —El hombre escupió al suelo—. Su marido también va de putas. La última vez, según me contó su compañero de cartas, no pagó después de estar con una. La chica armó un escándalo en su casa y al final tuvo que ser su hijo quien sacara el dinero para echarla.
El campo minero era un desastre bajo la lluvia. Montones de escombros que no habían sido limpiados se apilaban como montañas. El suelo estaba cubierto de trozos de carbón negro y piedras, y había filas de barras de acero apiladas, brillando con un tono plateado.
A Zhang Chen le zumbaba la cabeza. Se quedó inmóvil y, al cabo de un momento, se agachó lentamente para recoger una de las barras de acero del suelo.
El periodista seguía forcejeando con los guardias de seguridad que habían acudido a echarlos. Varios intentaban arrebatarle la cámara, entre gritos e insultos que se mezclaban en el tumulto. En medio de la confusión, nadie reparó en lo que Zhang Chen estaba haciendo.
Zhang Chen sopesó la barra de acero en la mano, arrojó el paraguas negro al suelo y, expuesto a la lluvia, se acercó despacio por detrás al hombre de aspecto adinerado.
Entonces escuchó en los oídos un zumbido violento, igual que tantas veces antes. Surgía siempre que sus padres se peleaban, o cuando oía a los vecinos insultar a su madre. Era como un enjambre de insectos alados, de patas ganchudas, perforándole los tímpanos sin cesar.
El hombre pareció percibir algo. Se volvió. La persona que le había encendido el cigarrillo también lanzó una mirada de soslayo y, al ver la barra de acero en manos de Zhang Chen, abrió los ojos de par en par y gritó:
—¿Qué diablos estás haciendo…?
No llegó a terminar la frase. Zhang Chen alzó el brazo con la barra de acero y, empleando casi toda su fuerza, descargó el golpe con un impacto seco y brutal.
El hombre, con el cigarrillo todavía en la boca y a punto de decir algo, cayó de rodillas bajo el golpe inesperado.
Los cantos de los pájaros se extinguieron de pronto, mientras el humo negro seguía elevándose en oleadas. En la mina suburbana resonó el estruendo del acero contra el hueso.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, un segundo golpe de la barra volvió a estallar en el aire.
Zhang Chen aferraba la barra de acero como si fuera su única salvación. Golpeó tres veces en total, cada una con toda la fuerza que tenía. Supuso que habría fracturado las costillas del hombre, quizá incluso dañado el corazón o el bazo. Pero no se arrepentía; sabía que, de tener que hacerlo otra vez, lo haría sin la menor vacilación.
Necesitaba desesperadamente desahogarse. Si no hubiera descargado así su furia, habría sido él mismo quien habría terminado sangrando en el suelo.
Todos quedaron paralizados por el impacto. Incluso quienes instantes antes forcejeaban se detuvieron, volviendo la mirada hacia el lugar de donde había brotado el estruendo.
El periodista reaccionó con rapidez. Tras un brevísimo instante de estupor, soltó el paraguas y corrió hacia Zhang Chen, lo sujetó del brazo y tiró de él con fuerza para sacarlo de la mina.
Los demás terminaron por volver en sí, pero se quedaron inmóviles, sin saber qué hacer. Alternaban la mirada entre los dos que huían y el jefe tendido en el suelo, con el rostro contraído por una expresión feroz. Tras un instante de vacilación, corrieron hacia él: unos haciendo llamadas, otros sosteniendo paraguas, todos sumidos en un caos de movimientos.
Zhang Chen y el periodista corrían bajo la fina llovizna. Zhang Chen aún empuñaba la barra de acero manchada de sangre, mientras el periodista cargaba la cámara negra. Avanzaban bajo la lluvia como dos fugitivos desesperados.
Zhang Chen corría. En su mejilla derecha aún quedaban algunas gotas de sangre, y en la palma de su mano había manchas de sangre ya coagulada, pero ya no sentía dolor. De repente, el mundo se volvió tranquilo. El humo negro que nublaba su mente se volvió transparente, el zumbido desapareció, y hasta el persistente olor a carbón y smog se desvaneció por completo. Zhang Chen se sentía ligero como una pluma, como si se hubiera disuelto completamente en la lluvia y el viento.
La fina lluvia acariciaba su cabello mientras corría. Pensó que, si pudiera, ya no querría ser humano. Los seres humanos son demasiado complejos; cada gota de sangre en sus venas lleva la marca de otros. Si fuera posible, desearía ser la más común de las gotas de lluvia en la naturaleza, sin piernas ni cuerpo, solo una ligera esencia que sigue al viento, con la vida y la muerte a merced del destino.
Mientras Zhang Chen reflexionaba así, de repente sonrió. Esta sonrisa abrió por completo las compuertas de sus emociones. Ya no pudo contenerse más y, mientras corría, empezó a reír. Nunca antes había reído con tanta alegría.
El periodista, jadeando mientras tiraba de él bajo la lluvia, miró de reojo a Zhang Chen que seguía riendo y le increpó:
—¿Por qué demonios golpeaste a ese tipo, mocoso?
Zhang Chen, aún riendo, se limpió el agua de lluvia de la cara con la mano.
—Lo hice porque quise. No hay tantos porqués.
El periodista soltó un «Mierda» y se lamentó:
—Si hubiera sabido que eras un pequeño loco, no te habría traído de vuelta.
Corrieron durante casi veinte minutos sin que nadie los persiguiera. Solo entonces el periodista, aliviado, se detuvo y arrastró a Zhang Chen frente a una tienda de ultramarinos.
El dueño de la tienda estaba leyendo el periódico. Miró de reojo a estos dos extraños individuos, dejó el periódico y les preguntó qué querían.
—Un paquete de cigarrillos, el segundo de la derecha, y dos botellas de agua fría.
El periodista pagó y recibió los cigarrillos. Se dio la vuelta, apoyándose en la pared de cemento de la tienda. Abrió el paquete, encendió uno para sí mismo y luego miró a Zhang Chen, preguntándole:
—A los diecisiete ya fumas, ¿verdad?
Zhang Chen asintió, tomó el cigarrillo que le ofreció el periodista y lo encendió con destreza.
Al ver los movimientos expertos de Zhang Chen, el periodista chasqueó la lengua dos veces.
—Vaya, eres todo un veterano. Pareces incluso más hábil que yo.
Los dos se quedaron bajo el alero de la tienda, envueltos en una nube de humo. Zhang Chen seguía sonriendo, perdido en sus pensamientos.
El periodista le lanzaba miradas de reojo entre calada y calada. Al cabo de un rato, ya no pudo contenerse y le espetó:
—¿Estás mal de la cabeza o qué? ¿De qué te ríes tú solo?
Zhang Chen dejó de reír y respondió con seriedad:
—Qué desahogo. Nunca me había sentido tan liberado.
El periodista no lo comprendía. Negó con la cabeza.
—¿Liberado? ¡Pero si tu amigo ha muerto! ¡Y yo, después de todo este follón, no he podido grabar nada! No puedo seguir contigo. Te quedaste una noche y solo me has traído problemas. Tengo que quedarme por aquí unos días más para ver cómo evoluciona todo esto.
—Me iré a casa dentro de un rato —dijo Zhang Chen con el cigarrillo entre los labios. Dio una calada, y el humo blanco rozó la punta de su nariz y sus pestañas. Como si hubiera tomado de pronto una decisión, apagó el cigarrillo, todavía a medio consumir, y añadió—: En cuanto al asunto de mi amigo, no pasa nada si no puedes ayudar. Me quedaré cerca de la comisaría y, si no hay otra opción, esperaré a que su familia regrese para el Año Nuevo.
El periodista echó la cabeza hacia atrás, mirando al cielo lluvioso. Estaba gris y no se podían ver las nubes. Se quedó así durante un buen rato antes de decir finalmente:
—Haré lo que pueda. Lo intentaré.
Antes de irse, el periodista le dio a Zhang Chen un papel con un número de teléfono. Parecía querer desligarse del asunto, pero no podía evitar preocuparse por este complicado chico de diecisiete años. Al final, le dio una palmada en el hombro y, aunque solo tenía veinticuatro o veinticinco años, habló con un tono sorprendentemente paternal:
—Si la gente de la mina te causa problemas, puedes contactarme. Te ayudaré en lo que pueda.
Zhang Chen se dio la vuelta y se despidió con la mano, sin mostrar preocupación por sí mismo.
—Preocúpate por tu trabajo, yo no les tengo miedo.
El periodista, aún fumando el cigarrillo a medio consumir, también se despidió con la mano y le dejó un último comentario en tono de broma:
—¡Qué contestón eres! ¡Pero no vayas a meterte en líos!
Zhang Chen sonrió levemente y se dio la vuelta, corriendo hacia el aguacero.
El periodista, mirando la silueta de Zhang Chen alejarse, le gritó de repente en medio de la lluvia:
—¡Cuando termine con este caso, volveré a Pekín! ¡Si vienes a estudiar a la capital, te llevaré a comer de lo bueno!
De nuevo la capital. Todas las personas a las que él envidia estaban en la capital. Zhang Chen, con su mochila al hombro y de espaldas, gritó un fuerte «¡Vale!».
La lluvia corría con el viento, y Zhang Chen corría con la lluvia. Pero mientras corría, su sonrisa se fue desvaneciendo. Las comisuras de sus labios bajaron lentamente, volviendo a su habitual expresión de descontento.
La lluvia empezaba a amainar, ¿estaría a punto de despejar el cielo? La silueta de Zhang Chen, con su mochila negra a la espalda, se fue desvaneciendo poco a poco entre los puestos callejeros a lo lejos y el humo gris que se elevaba sobre las fábricas. El periodista, aún apoyado en la pared bajo el alero de la tienda, observaba cómo la figura se perdía lentamente en la lluvia. No pudo evitar soltar un suspiro.
Nota de la autora:
Cuando Xiao Zhang corre a casa bajo la lluvia: In der Palästra de Sopor Aeternus[1].
[1] Aquí está la playlist que hice de todas las canciones mencionadas.
