Capítulo 22. Viejas fotografías

El complejo residencial de la Acería N.º 3 constaba apenas de unas cuantas hileras de edificios. Años atrás había estado lleno de gente, pero con el paso del tiempo los vecinos se marcharon como agua que se desborda al abrirse una presa, fluyendo hacia otros lugares. Cada vez quedaban menos personas, y los edificios se volvían progresivamente más sombríos. De cuando en cuando, en las paredes aparecían frases groseras pintadas a brocha.

Muchos años antes, una noche en que regresaba a casa, Li Xiaoyun se cruzó con un hombre flaco y de aspecto sospechoso. Llevaba un balde de pintura negra y, con un pincel, escribía en la pared del edificio de enfrente: «Me acosté con Huang Li». Li Xiaoyun conocía a Huang Li: era una mujer que sufría palizas a diario de su marido alcohólico por haber dado a luz a una niña. Pero el esposo de Huang Li no era aquel desconocido que estaba pintando la pared.

Aquel incidente provocó en su momento un enorme revuelo. No pasó mucho tiempo antes de que Huang Li, incapaz de soportar los rumores y las habladurías, se suicidara arrojándose a las vías del tren. Dejó atrás a una hija que apenas acababa de empezar la escuela primaria, condenada a continuar sufriendo.

Desde entonces, pintar con aerosol en las paredes se puso de moda como método de humillación. Era comprensible: cuando nadie tiene trabajo, se necesitan formas violentas de matar el tiempo sobrante, ya sea lastimándose a uno mismo y a su familia, o vilipendeando a los demás por pura diversión.

Lo curioso era que en aquellas paredes jamás aparecía el nombre de ningún hombre. Esos que bebían, jugaban y frecuentaban prostitutas nunca eran criticados, sin importar cuánto mal hicieran. Incluso se reunían sin vergüenza alguna para bromear sobre sus fechorías. Li Xiaoyun se dio cuenta de esto y comprendió que era mucho más fácil hacer que una mujer muriera que un hombre. Por eso, cada vez que pasaba frente a aquellas hileras de edificios, se le encogía el corazón, temiendo que algún día su propio nombre apareciera escrito en ellas.

Ese día había sido citada por la abuela de Cheng Sheng en un restaurante para conversar. De regreso a casa, vio en la pared derecha de su edificio unas letras grandes y rojas, al parecer pintadas con aerosol. Su mente aún estaba dándole vueltas a la propuesta que la abuela de Cheng Sheng le había hecho media hora antes, y por un instante quedó paralizada por el impacto del color chillón en la pared. Cuando por fin consiguió concentrarse y leer con detenimiento, se dio cuenta que decía: «El hijo de Li Xiaoyun es homosexual. Qué asco».

Esas palabras habían cruzado la mente de Li Xiaoyun cientos de veces, adoptando distintas formas, a lo largo de los últimos días; pero al verlas allí, escritas en un rojo intenso y clavándosele en los ojos, sintió la misma vergüenza que si la hubieran desnudado y arrojado a una plaza pública.

Sin embargo, había algo por lo que estar agradecida: aquellas palabras ardientes apenas habían aparecido hoy, así que su hijo, que se había escapado de casa hace unos días, no había tenido la oportunidad de verlas. Esto hizo que Li Xiaoyun se sintiera muy aliviada. Regresó lentamente a casa, se sirvió agua y se quedó pensativa. Después de un rato, volvió a marcar el número de la abuela de Cheng Sheng. Cuando escuchó la voz de la anciana al otro lado, le dijo con voz tranquila:

—Sobre el asunto del que hablamos hace un rato, ¿cuándo podemos empezar a gestionarlo?

No hablaron mucho tiempo. La mayor parte de la conversación, Li Xiaoyun se dedicó a confirmar repetidamente si la abuela de Cheng Sheng podría cumplir lo que le había prometido. Preguntaba cosas como «¿Cuándo es lo más pronto que Zhang Chen podría irse?», «¿La gente de la gran ciudad mirará con desprecio a un estudiante transferido?», «¿Qué pasará si no se puede conseguir el permiso de residencia?». La abuela Li le aseguraba que todo saldría bien, que era un plan infalible y que una vez que Zhang Chen se fuera, los dos chicos no se volverían a ver en toda la vida.

Esta llamada tranquilizó mucho a Li Xiaoyun. En realidad, no le importaba si Cheng Sheng y Zhang Chen se encontrarían de nuevo en el futuro. Ella solo albergaba un deseo egoísta: hacer todo lo posible para sacar a su hijo de esta pequeña ciudad sin esperanza, para que nunca más tuviera que volver.

Aunque no había estudiado mucho, Li Xiaoyun había visto pasar a mucha gente y sabía que las personas y las ciudades viven en una simbiosis. El carácter de este lugar estaba grabado en cada uno de sus habitantes, y quitárselos sería como arrancarles la piel y los tendones. Sin embargo, cuando miraba a Cheng Sheng y a su abuela, ni siquiera necesitaba observarlos detenidamente; bastaba con olfatear un poco para percibir el aroma a tinta y riqueza que emanaba de ambos. Li Xiaoyun anhelaba ese aroma. En el fondo, creía que Zhang Chen no debería estar envuelto en la neblina gris de Yuncheng, sino destacar, como Cheng Sheng, y distanciarse de familias como la suya propia.

Al final, Li Xiaoyun le dijo a la abuela de Cheng Sheng al otro lado del teléfono:

—Les debemos un gran favor.

Tras terminar esta llamada, Li Xiaoyun comenzó a ordenar. Limpió la casa a fondo, y luego buscó una hoja suelta en el escritorio de Zhang Chen. Lo pensó largo y tendido y escribió unas líneas en ella, la dobló con esmero y la colocó bajo la almohada.

Hecho todo esto, Li Xiaoyun experimentó una ligereza que nunca antes había sentido. Se limpió el sudor que acababa de brotar en su frente y descansó un momento. Entonces se dio cuenta de que era hora de salir a buscar a su hijo.

***

El clima en Yuncheng había sido inusual esos días. En un momento hacía un sol abrasador, y al siguiente caía un aguacero torrencial que parecía una ducha. Cuando Cheng Sheng salió hacia los grandes almacenes, el cielo estaba despejado, pero para cuando llegó a la puerta de la casa de Zhang Chen, ya había estado briznando por un buen rato. No llevaba paraguas y tampoco era muy quisquilloso, solo cuidaba con celo el regalo que acababa de comprar mientras caminaba hacia el viejo vecindario.

Cuando llegó al edificio de Zhang Chen, se detuvo de golpe. Las pocas personas que pasaban cerca de él, que antes bromeaban y charlaban entre sí, al verlo callaron de inmediato y pasaron en silencio por su lado.

En el edificio de enfrente, unas letras rojas y brillantes llamaban la atención, pintadas con aerosol. En la pared descolorida se leía: «El hijo de Li Xiaoyun es homosexual. Qué asco».

La palabra «homosexual» estaba escrita con letras del doble de tamaño que el resto. Nadie sabía si se trataba de una venganza deliberada de la mujer de las gafas de sol o de la obra malintencionada de alguien más.

La lluvia seguía cayendo, ni fuerte ni suave, incapaz de borrar las letras ya secas en la pared. Pero, ¿qué diferencia habría si se borraran? Las brillantes letras rojas, empapadas por la lluvia, parecerían sangre, volviendo la escena todavía más vergonzosa y lamentable.

Cheng Sheng alzó la vista una sola vez antes de echar a correr, con los dientes apretados.

La gente a su alrededor se sobresaltó y lo evitó como si fuera la peste, abriéndole paso de manera instintiva. Todavía conservaban un mínimo de moral, lo suficiente para no lanzarle insultos a la cara. Sin embargo, después de aquel día, todas las familias advirtieron a sus hijos que, al verlo, debían rodearlo: que los homosexuales estaban enfermos, que tenían SIDA u otras dolencias innombrables; que quién sabía si aquella porquería se contagiaba y que, si te infectabas, cargarías con ello toda la vida, porque no tenía cura.

Cheng Sheng corrió hasta la tienda de la esquina y le pidió al dueño una lata de pintura negra en aerosol. El hombre, que escuchaba la radio, lo miró de reojo y, con sumo cuidado, utilizó un bolígrafo para recoger el dinero que Cheng Sheng había dejado sobre el mostrador, como si temiera contagiarse de algo al tocarlo directamente. En su rostro se dibujaba una cautela evidente.

Cheng Sheng no prestó atención a las acciones de aquel hombre. Tomó la lata de pintura negra y corrió de vuelta al edificio. Una vez allí, destapó el aerosol recién comprado y, como si estuviera desahogándose, comenzó a rociar la fachada con frenesí.

Bajo la lluvia, la pintura negra se convertía en un líquido del color de la tinta, deslizándose por la pared. Cheng Sheng, temblando, seguía pulverizando hacia arriba, tratando de cubrir una por una aquellas palabras sucias. Pero las letras rojas eran demasiado grandes, y la pintura se agotó cuando apenas había logrado cubrir la mitad.

¿Cómo reaccionaría Zhang Chen al ver esas palabras? ¿Lo culparía, lo odiaría? Cheng Sheng no se atrevía a seguir pensando: temía que Zhang Chen ni siquiera se dignara a odiarlo y optara, simplemente, por ignorarlo.

Justo en ese momento, Cheng Sheng sintió que alguien se acercaba por detrás. Esa persona, a diferencia de los demás, no lo esquivó, sino que caminó lentamente hasta detenerse a su espalda.

La camisa de Cheng Sheng estaba empapada por la lluvia, y sostenía en su mano la lata vacía de aerosol, presentando una imagen lamentable. Se estremeció ante el repentino movimiento tras él y, al darse la vuelta, descubrió que era Li Xiaoyun quien le tocaba el hombro. Su expresión era indiferente, sin rastro alguno de ese «odio a muerte» del que hablaba su abuela. Ni siquiera miró las pintadas que ahora estaban medio cubiertas en la pared; en su lugar, le preguntó con su tono de voz habitual:

—¿Qué haces aquí?

Cheng Sheng ya se había preparado para ser echado a escobazos, pero para su sorpresa, Li Xiaoyun no mostró ni un ápice de hostilidad. En su confusión, abrazó el regalo que llevaba y se lo mostró, disculpándose apresuradamente:

—Tía, la última vez hablé sin pensar. Cuando me enfado, muerdo a cualquiera. Lo siento mucho.

La única respuesta que recibió fue un inexpresivo:

—No pasa nada.

En cuestión de segundos, la lluvia se volvió violenta. Lo que antes era una llovizna fina se convirtió en un aguacero torrencial. Li Xiaoyun se limpió el agua de la cara y miró al muchacho, que era mucho más alto que ella. Su intención original de salir directamente a buscar a su hijo dio un giro, y le dijo con suavidad:

—La lluvia está empeorando. No te quedes aquí fuera. Ven conmigo a casa.

Cheng Sheng la siguió escaleras arriba, aferrándose los puños mojados y disculpándose continuamente en el camino, pero Li Xiaoyun ya no respondió.

No había nadie en casa. Li Xiaoyun le dio a Cheng Sheng una toalla seca para que se secara. Luego se giró hacia el armario y sacó una caja de álbumes de fotos de la parte superior. Con la ropa aún húmeda, se sentó en el borde de la cama e invitó a Cheng Sheng a unirse a ella.

—Espera a que pare la lluvia antes de irte. Mientras tanto, miremos algunas fotos para pasar el tiempo.

El álbum comenzaba en 1979, con fotos en blanco y negro. En una de ellas, Li Xiaoyun, vestida con un vestido, y Zhang Licheng estaban bebiendo vino entrelazando sus brazos, ambos con aspecto de estar ebrios. A su alrededor, la gente mostraba expresiones de emoción y no paraba de animarlos.

Pasando a 1980, se veía a un bebé de pocos meses mirando a la cámara con los ojos muy abiertos y sonriendo. Li Xiaoyun, señalando esta foto, le dijo a Cheng Sheng:

—Dicen que los niños se parecen a sus madres y las niñas a sus padres. Menos mal que Zhang Chen se parece a mí, si se pareciera a su padre habría sido muy feo.

Las siguientes páginas mostraban a Zhang Chen durante su infancia, con una expresión vivaz, destacando entre todos los niños. Cheng Sheng pasó sus dedos húmedos varias veces sobre las fotos, sorprendido de ver tantas expresiones en el rostro de Zhang Chen que no conocía.

—Se suponía que Zhang Chen tendría una hermana menor. —Li Xiaoyun pasaba las páginas lentamente mientras relataba eventos del pasado—. En 1985, quedé embarazada de nuevo, y la gente decía que era una niña. Qué feliz habría sido tener un niño y una niña en la familia, pero en ese entonces no estaba permitido. El jefe de planificación familiar me llevó al hospital para un aborto, y el bebé, que ya tenía varios meses, fue abortado. No sé si fue por este incidente, pero después de eso, las cosas en casa fueron empeorando, y Yuncheng también decaía día tras día. Aquellos con conexiones y valentía se fueron al sur para probar suerte en los negocios, mientras que nosotros, los tímidos que solo sabíamos nuestros oficios, nos quedamos aquí, viviendo un día a la vez.

Al decir esto, Li Xiaoyun sonrió de nuevo.

—Mi familia se consideraba afortunada. Zhang Chen siempre tuvo buenas notas desde pequeño. La Escuela Preparatoria Número 1 era la mejor de nuestra zona. Todos esperábamos que él sobresaliera, al menos teníamos esa esperanza. —Dicho esto, como si algo se le hubiera ocurrido, le preguntó a Cheng Sheng—: ¿Y tu preparatoria? ¿También fuiste a la Escuela Número 1 de tu ciudad?

Cheng Sheng, que había estado escuchando perdido en sus pensamientos, tardó un momento en responder:

—No, yo fui a la escuela afiliada[1].

Li Xiaoyun no sabía qué preparatoria era esa ni dónde se ubicaba, simplemente palmeó suavemente el dorso de la mano de Cheng Sheng, como si fuera su propio hijo.

No habían encendido las luces en la habitación, y a medida que el exterior se oscurecía, la habitación también. Cheng Sheng giró la cabeza para mirar el rostro pálido de Li Xiaoyun y de repente dijo:

—Tía, no tienes buen color. Déjame pintarte los labios.

Cheng Sheng sacó un lápiz labial de la caja de regalo que había comprado hace poco, desenroscó la tapa con torpeza, sacó un poco del producto desconocido y, cuidadosamente, comenzó a aplicarlo en los labios de Li Xiaoyun.

Afuera, los truenos y relámpagos arreciaban. Un destello iluminó intensamente la habitación, y en ese instante, Cheng Sheng pudo ver claramente el rostro radiante de Li Xiaoyun. No pudo contenerse y acarició suavemente los pocos cabellos blancos dispersos en sus sienes, diciéndole en voz baja:

—Todo estará bien

Li Xiaoyun no se miró al espejo. Conocía demasiado bien el efecto de ese carmín en sus labios. Solo recogió los álbumes de fotos esparcidos sobre la cama, se levantó con sus zapatos arrastrándose contra el suelo, los colocó en lo alto del armario y, volviéndose, tomó un paraguas negro de la entrada.

—Zhang Chen no está en casa desde hace días —dijo de espaldas a Cheng Sheng, mientras caminaba hacia la puerta principal—. No sé dónde se habrá metido. Tengo que salir a buscarlo ya. Quédate aquí. Cuando pare la lluvia, vuelve a casa de tu abuela.

El sonido metálico de la puerta al cerrarse resonó. Cheng Sheng también se puso de pie, agarró otro paraguas y salió tras ella. 

—Yo también voy —dijo, persiguiendo sus pasos—. Buscaré por otro lado.


[1] Escuela Preparatoria Afiliada a la Universidad Renmin.

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