Capítulo 23. Lluvia torrencial

Yuncheng estaba bajo una lluvia torrencial cuando Zhang Chen se encontró con Li Xiaoyun al pie del viejo puente de la acería.

Ya había tirado la barra de acero manchada de sangre en el camino, pero la sangre en su rostro seguía ahí, sin limpiar, dándole un aspecto algo aterrador.

Li Xiaoyun llevaba un paraguas negro y unos tacones rojos. Corrió hacia él para cubrirlo y lo regañó:

—¿Dónde te metiste? ¿Por qué tienes sangre en la cara? Pensé que te había pasado algo.

Pero a mitad de sus palabras, decidió no seguir hablando. Cambió de tono, como si nada.

—Olvídalo, no hay mucho que decir. Cuando llegues a casa, recuerda mirar debajo de la almohada.

Li Xiaoyun llevaba lápiz labial, Zhang Chen lo notó. Todavía inmerso en la sensación de liberación y adrenalina de hace poco, se sentía como si estuviera flotando. No respondió a sus palabras, sino que agarró los hombros de Li Xiaoyun y dijo:

—Le di varios golpes a ese tipo con una barra. Probablemente quede lisiado.

Zhang Chen aún podía recordar esa sensación. Recogió del suelo la barra de acero oxidada, sintiendo un hormigueo en las manos. Casi sin pensar, instintivamente la blandió contra el dueño de la mina, llevado por motivos personales y emociones que lo ahogaban. Con ese golpe, todo el mundo pareció iluminarse. Zhang Chen había pensado que todo estaba gris y sombrío, pero en ese instante vio una luz dorada frente a él, como el brillo del papel de estaño, extendiéndose hacia el horizonte.

Todavía no se había recuperado del todo, y seguía diciéndole a Li Xiaoyun:

—Mamá, me siento tan libre. ¿Estás contenta por mí?

Li Xiaoyun sostenía el paraguas con una mano, mientras que con la otra le acarició la cara, limpiándole las manchas de sangre. Le preguntó:

—¿Te sientes tan feliz cuando no estás en casa? ¿Somos tus padres y tu casa los que te hacen sentir mal?

Antes de que Zhang Chen pudiera responder, Li Xiaoyun le pasó el paraguas, impidiendo sin palabras que él se lo devolviera, y solo dijo:

—Me alegro de que hayas vuelto, mamá estaba muerta de miedo. Bueno, vuelve a casa rápido, yo iré a comprar verduras, ya no nos quedan tomates ni pimientos verdes.

Zhang Chen sintió que algo no estaba bien, pero no podía precisar qué era. Quizás era que su madre llevaba lápiz labial y zapatos de tacón alto hoy, o tal vez era que su mirada hacia él era demasiado tranquila, sin el menor rastro de urgencia. Pero Zhang Chen, con sus diecisiete años, no podía entender el porqué. Simplemente empujó con firmeza el paraguas negro que Li Xiaoyun le había ofrecido, devolviéndoselo, y se dio la vuelta para correr hacia casa. Antes de irse, le dijo a Li Xiaoyun:

—Vuelve pronto después de comprar las verduras, haré tiras de carne con pimientos verdes.

—Está bien —le respondió su madre.

La ropa empapada por la lluvia torrencial se le pegaba al cuerpo, pero Zhang Chen se sentía eufórico. Pensó que sería maravilloso si uno pudiera sentirse así siempre.

En el extremo del puente había una pequeña tienda, con apenas un pequeño frente. Zhang Chen aún tenía algo de dinero en su mochila y quería gastarlo todo.

Justo cuando estaba dudando sobre qué golosinas comprar, de repente hubo una conmoción entre los transeúntes al otro lado del puente. Varias personas con impermeables de colores brillantes corrieron hacia el borde del puente, agarrándose a la barandilla y mirando hacia abajo.

El dueño de la tienda dejó el periódico que tenía en las manos, levantó la cortina de plástico y salió con un paraguas para ver qué pasaba. Cuando regresó, le dijo a Zhang Chen entre suspiros:

—¡Tsk! Una mujer se tiró del puente allá adelante. Un montón de curiosos mirando hacia abajo, y solo una chica decente llamó a la policía. El paraguas de la mujer sigue ahí, en el puente. Mejor no mires hacia atrás, es de mala suerte. 

Zhang Chen se quedó paralizado por un momento, su cuerpo empezó a temblar incontrolablemente. Quería preguntar algo, pero después de pensarlo mucho, no sabía por dónde empezar. Finalmente, lo que salió de su boca fue:

—¿De qué color era el paraguas?

El dueño de la tienda se puso las gafas, miró de reojo a Zhang Chen y dijo:

—Negro. También había un par de zapatos de tacón alto en el puente. —Hizo un gesto con la mano y continuó—: Zapatos de tacón alto de color rojo intenso, así de altos.

Zhang Chen, que hace un momento se sentía flotar, de repente cayó a tierra. El mundo a su alrededor volvió a tornarse gris. Tragó saliva y, temblando, sacó una nota arrugada de su bolsillo. Marcó el número escrito en ella en el teléfono público de la tienda.

Solo sonó unas pocas veces antes de que alguien contestara al otro lado.

Zhang Chen se aferró al auricular rojo, los labios temblorosos, y dijo hacia el otro lado: 

—Soy Zhang Chen. Estoy en el Puente Ping’an de la Acería N.º 3. Alguien saltó del puente. ¿Eso cuenta como noticia importante?

Luego también llamó a la policía, quienes le informaron que una chica ya había reportado el incidente y que habían enviado personal al lugar.

Después de colgar, Zhang Chen le pidió una botella de alcohol al dueño de la tienda y se inclinó sobre la mesa, bebiendo sin parar. El dueño lo miraba con el ceño fruncido, un poco preocupado.

—¡Si bebes tanto, no podrás volver a casa luego!

Zhang Chen no le hizo caso. Después de terminar una botella grande, dejó el dinero y compró otra, volviendo a salir bajo la lluvia. Con el alcohol empezando a hacer efecto, se sentía mareado y vagó sin rumbo durante mucho tiempo, quizás alejándose de su casa, tal vez a punto de caer al río.

Zhang Chen perdió el sentido de la orientación y se arrodilló en una dirección cualquiera. Había agua de lluvia en el suelo, con arena debajo. Las rodillas de Zhang Chen le dolían por las piedras, pero vertió la botella de alcohol en el suelo mezclado con lluvia y arena, como si estuviera haciendo una ofrenda, golpeando su cabeza contra el suelo repetidamente.

Algunas personas en la calle lo miraban, pensando que estaba loco, pero Zhang Chen no se daba cuenta de nada. Solo seguía golpeando su cabeza contra el suelo, murmurando «perdón» sin parar. La sangre de sus mejillas que Li Xiaoyun había limpiado fue reemplazada por sangre fresca que brotaba de su frente, mezclándose con la lluvia torrencial mientras corría por su rostro.

El cielo no había oscurecido del todo; destellos esporádicos de luz parpadeaban en la distancia. Pero ante los ojos de Zhang Chen, todo se volvió negro. Ya no veía nada, solo el estruendo de los truenos y el chirrido agudo de las sirenas policiales acercándose.

De repente, alguien comenzó a gritar su nombre. ¿Era a él a quien llamaban? Zhang Chen no estaba seguro. Pero esa persona corrió hacia él y le agarró la mano, preguntándole:

—¿Dónde has estado? ¿Por qué tienes sangre en la cara?

La persona le tocó el cuello y luego preguntó ansiosamente:

—¿Por qué tienes toda la frente herida? ¿Dónde has estado? ¡Tu mamá y yo estábamos muertos de preocupación!

Zhang Chen parpadeó y el mundo comenzó a aclararse poco a poco. El rostro preocupado de Cheng Sheng apareció gradualmente frente a él.

El ruido le resultaba irritante. Zhang Chen lo empujó diciendo:

—¿No te dije que te fueras? ¿Por qué sigues aquí?

Cheng Sheng trastabilló por el empujón, casi cayendo en un charco, pero logró estabilizarse apoyándose en un árbol cercano.

—Yo… no pude irme, no había boletos de tren —mintió, y ansioso por justificarse, añadió—: ¿Por qué eres tan rencoroso? Tu mamá ya me perdonó, esta tarde incluso me mostró fotos tuyas de cuando eras pequeño…

Zhang Chen lo interrumpió:

—¿Tanto te gusto?

Cheng Sheng no esperaba que fuera tan directo, pero reaccionó al instante.

—¿Hace falta preguntar? Cualquiera con ojos lo vería.

Zhang Chen asintió, murmuró un «Bien» y, acto seguido, empujó a Cheng Sheng con más fuerza.

—¿Se te ha ido la cabeza?

—¿Estás enfermo de la cabeza o qué?

Se señaló a sí mismo bajo la lluvia y preguntó:

—¿Qué hay en mí que sea digno de que le guste a alguien como tú? —Señaló el suelo—. Yo estoy aquí. —Luego alzó el dedo hacia el cielo—. Tú estás allá. No somos del mismo mundo. Me cuentas cosas de allá arriba, pero yo siempre tendré que volver a este lugar.

Era la primera vez que hablaba tanto, pero no podía detenerse. Quería aprovechar el efecto del alcohol para sacar todo lo que llevaba dentro.

—No es que te guste yo. Lo que te gusta es lo exótico, el proceso de ganarte el amor de alguien, lo que no se parece a ti. Soy la hormiga bajo tu lupa, esperando el día que me achicharres por diversión. ¿Te divierte?

Un trueno resonó a lo lejos y un destello de luz iluminó el cielo. Zhang Chen pudo ver las pestañas húmedas de Cheng Sheng temblando frente a él. Sin el corazón para continuar, sacudió la cabeza y dijo:

—Olvídalo, ¿para qué te digo estas cosas? Vete rápido.

De repente, Cheng Sheng se lanzó a abrazarlo, restregando su cabello empapado contra su cuello mientras negaba con la cabeza.

—¡No me iré! ¡Sí, soy un arrastrado! ¡Un iluso que se engaña solo! Siempre escuché eso de «el amor nace sin saber por qué, pero una vez que llega, es profundo», eso de «una sola mirada basta para perder la cabeza», y antes pensaba que era una puta mierda hasta que me pasó a mí. En los últimos diez años de mi vida no sufrí ni un rasguño, pero hoy caer por ti es mi gran tribulación. Soy terco como una mula, estoy loco, obsesionado. Mis padres no pudieron detenerme, los tuyos no pudieron detenerme, y tú tampoco podrás.

Tener a alguien empapado pegado al pecho era incómodo, pero Zhang Chen no lo apartó. Se limitó a quedarse mirando absorto la cortina de lluvia que caía sin cesar.

—Realmente estás viviendo como en una película. «Sin locura no hay vida»[1]. Es abrumador.

Cheng Sheng alzó la cabeza desde su pecho y, tomando el rostro de Zhang Chen entre las manos, le dijo:

—Ya no digas nada. Vamos, vuelve a casa conmigo.

Zhang Chen replicó:

—¿A casa? ¿Dónde está mi casa? Ya no tengo una. 

Cheng Sheng no captó el significado oculto en sus palabras. Lo tomó de la mano y, tambaleándose, lo arrastró hacia afuera.

Ninguno de los dos llevaba paraguas. Caminaban bajo la lluvia por la calle. En la cabeza de Zhang Chen solo resonaba una alarma ensordecedora; no se atrevía a mirar atrás ni tenía valor para ir a la comisaría. Todo su cuerpo temblaba. Cheng Sheng pareció notarlo, pero no dijo nada más: simplemente entrelazó con firmeza sus dedos con los de él.

Los transeúntes los miraban con extrañeza, y al ver que iban de la mano, se estremecían, murmuraban algo y salían corriendo.

Eran dos homosexuales que todos querían echar a golpes, sin un solo lugar adonde ir, sin poder volver a casa de nadie. Al final, encontraron un hotel cercano.

Los dos recepcionistas estaban aburridos, charlando sin nada que hacer. Al ver entrar a dos chicos de la mano, se lanzaron una mirada burlona. ¿Qué clase de gente rara no habían visto ya en recepción? Uno seguía dándole al videojuego del mostrador, y el otro preguntó:

—Habitación estándar, cuarenta. Cama grande, treinta y cinco. ¿Cuál quieren?

Cheng Sheng estaba a punto de hablar, pero Zhang Chen se le adelantó.

—Cama grande.

Ni siquiera les pidieron las identificaciones. Les dieron la llave tras cobrarles, y antes de que se alejaran, uno de los recepcionistas les soltó por detrás:

—Los condones están en el segundo cajón de la mesita de noche. Son de pago.


[1] Según Baidu, esta frase es una expresión fundamental en el mundo de la ópera de Pekín, que enfatiza la necesidad de que el artista se entregue al papel con una concentración casi obsesiva, hasta alcanzar un nivel artístico donde persona y personaje se funden, y vida y muerte se confunden. Un ejemplo claro de esto es el personaje Cheng Dieyi en Adiós a mi concubina.

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