Cada vez que Zhang Chen creía haber tocado fondo, descubría que aún podía caer más bajo. Cheng Sheng y él habían corrido sin detenerse durante veinte minutos desde el departamento, sin siquiera cambiarse de ropa. Todavía llevaban la camiseta holgada y la de tirantes que usaban en casa, y atravesaron el viento a toda velocidad, jadeando, casi sin aliento, hasta llegar al Hospital Popular.
El hospital era pequeño y destartalado. La luz tenue se reflejaba en las paredes blancas y frías, y al fondo del pasillo sobresalía una gran palabras en rojo: «Silencio».
Pero aquello parecía una burla, porque el pasillo era un caos. Estaba abarrotado de familiares de pacientes recién llegados, y algunos, visiblemente alterados sin razón clara, comenzaron a gritar insultos. Las enfermeras tuvieron que reprenderlos varias veces antes de que, a regañadientes, se callaran.
Ya eran las once de la noche. Las luces del área de urgencias seguían encendidas. Un médico de bata blanca y gafas salió a preguntar si había algún familiar. Zhang Chen se adelantó de inmediato. Cheng Sheng intentó entrar con él, pero el médico lo detuvo:
—Solo puede entrar una persona.
El médico se sentó tras un escritorio de madera y, con un tono formal y distante, le explicó la situación a Zhang Chen: Zhang Licheng se encontraba entre los heridos de mayor gravedad tras la explosión. Era necesaria una intervención quirúrgica. El riesgo no era alto; al menos, podían salvarle la vida. Después de la cirugía, permanecería internado en observación por un tiempo.
—¿Cuánto tiempo tendrá que quedarse hospitalizado después de la operación? —le preguntó Zhang Chen.
—Por lo menos dos meses —respondió el médico, ajustándose las gafas mientras le explicaba lo que vendría después—. Pero en el caso de tu padre, incluso con la cirugía, la parte inferior del cuerpo quedará completamente inmóvil. No podrá orinar por sí solo, necesitará una sonda permanente. Y cuando le den el alta, tendrá que haber alguien a su lado cuidándolo todo el tiempo.
Zhang Chen mantuvo la espalda recta.
—¿Nunca podrá volver a ponerse de pie?
—Quizá cuando la tecnología avance, quién sabe… pero en los próximos años, imposible —respondió el médico. Sacó un fajo de papeles del cajón, hizo unas marcas con el bolígrafo, y bajo el haz de luz que caía desde arriba, alzó la vista y le recordó a Zhang Chen—: En un rato pasa a firmar el consentimiento. Y ve pensando en comprarle una silla de ruedas decente. También tienen que pagar el costo completo de la cirugía en estos días. Últimamente hay muchos pacientes que no lo hacen y no podemos operar sin el pago completo.
Zhang Chen se quedó rígido, apoyado contra la silla de madera, con la mente en blanco, como las paredes del pasillo. Se quedó mirando largo rato el bolígrafo prendido en el bolsillo de la bata del médico. Este seguía hablando, pero su voz se le convirtió en un zumbido lejano. Zhang Chen no reaccionaba en absoluto.
De pronto, Zhang Chen recordó que seguía siendo un estudiante, que apenas habían pasado poco más de dos meses desde su cumpleaños número diecisiete. Pero al pensar en los días de escuela antes de julio, le parecían de otra vida. En estos dos últimos meses había vivido sin medir las consecuencias, creyendo, al ver a Cheng Sheng girar constantemente a su alrededor, que de verdad podrían, como él decía, elevarse sin parar. Nunca pensó que él mismo no era más que una persona común y corriente, y que si al cielo se le antojaba estar de mal humor, con solo un gesto podía hacer que su mundo entero se viniera abajo.
Afuera, el tío Wei, que le había llamado por teléfono, lo tomó de la mano llorando sin consuelo.
—Tu padre y esos compañeros suyos… es como si hubieran perdido el juicio. Se quedaron sin trabajo, debieron resignarse, seguir con lo que se pudiera y punto. Pero no, no estaban conformes, ¡tercos como mulas! Si hubieran aceptado su suerte, no habría pasado nada. Pero tenían que ir a por ese jefe, ese tal Hu… y al final, casi pierden la vida.
Zhang Chen agachó la cabeza y se dejó caer en la banca del pasillo, sin saber qué decir. Tampoco sabía qué podría decir. Al final, solo logró preguntar:
—¿Y ese jefe, el tal Hu?
—En la UCI. No se murió —contestó el tío Wei, aún más agitado que Zhang Chen, secándose las lágrimas con cada frase—. Acaban de mandar a los bomberos a la Acería N.º 3, los cuatro pisos quedaron destrozados por la explosión.
En el pasillo, bajo el cartel rojo sangre que decía «Silencio», los familiares volvieron a enzarzarse en una nueva ronda de discusiones. Algunos incluso llegaron a los empujones. De dentro salían gritos como «¡Esto no tiene sentido!» o «¿Quién demonios fue el culpable?». Zhang Chen permanecía apoyado contra la pared, escuchando en silencio, sintiendo cómo su corazón se iba hundiendo poco a poco, hasta quedar hundido en un estanque de agua muerta.
En medio de ese bullicio, repasó una por una todas las posibilidades que podía tener su futuro. Y finalmente tomó una decisión. Se apoyó en el brazo de la silla para levantarse, y sin importarle la expresión de asombro del tío Wei, fue directo a tomar de la mano a Cheng Sheng, que estaba recostado contra la pared sin decir una palabra desde hacía rato.
—Vamos afuera —le dijo—. Quiero hablar contigo a solas.
Cheng Sheng dio un traspié al ser jalado de golpe. Aún llevaba el pijama puesto, y así, vestido con ropa de casa, siguió en silencio la figura de Zhang Chen, mientras el viento fresco del inicio del otoño le pegaba en la cara.
La puerta trasera del hospital daba directamente a un viejo puente. Atravesaron el pasillo oscuro, salieron por allí y caminaron hasta el borde del puente, donde por fin se detuvieron.
Cheng Sheng estaba a punto de preguntar qué ocurría, cuando Zhang Chen le hizo un gesto para que se callara y tomó la palabra.
—Primero, escúchame.
Se apoyó en la barandilla del puente y, como si hablara de algo común y corriente, continuó con voz tranquila:
—Ya no puedo ir a ningún lado. Tendré que cuidar de mi padre toda la vida.
Antes de que terminara, Cheng Sheng lo interrumpió con impaciencia:
—Yo puedo ayudarte a cuidarlo. Puedo aprender a lavar, cocinar y hacer las tareas de la casa. Dejaré los estudios un año y los reanudaré cuando tu papá esté estable.
La luz de la farola iluminaba el rostro de Cheng Sheng, y Zhang Chen vio sinceridad en su expresión. Era verdad lo que decía. Él estaba dispuesto a renunciar a su universidad de élite para quedarse en aquella destartalada ciudad de tercera categoría y ayudarlo a cuidar de su padre, que ya no podía valerse por sí mismo.
Zhang Chen no supo cómo ni cuándo, pero de pronto le vino a la mente el tiempo que habían pasado juntos esa semana. Había sido breve, pero cada instante estaba grabado en su memoria: Cheng Sheng, torpe y desmañado, corriendo de un lado a otro con la escalera y la caja de herramientas a cuestas; capaz de disertar sin parar sobre los circuitos eléctricos de una casa, pero no tan hábil cuando llegaba la hora de repararlos. Al principio ni siquiera distinguía algunas piezas de apariencia similar, y la mayoría de las veces solo podía actuar como asistente de Zhang Chen.
Zhang Chen no pudo evitar imaginar cómo sería la vida después. ¿Cuán sucio y agotador sería cuidar a un enfermo? Habría que bañarlo, cambiarle de posición cada pocas horas, reemplazar la sonda urinaria. Cheng Sheng probablemente ni siquiera había considerado lo que le esperaba antes de comprometerse con tanta naturalidad.
Esas imágenes atravesaron a Zhang Chen como cuchillos. No soportaba la idea de que alguien como Cheng Sheng tuviera que hacer ese tipo de trabajos sucios y agotadores. Con las manos temblorosas, sacó una cajetilla del bolsillo y trató de encender un cigarrillo. El mechero chasqueó varias veces antes de que la punta prendiera. Lo fumó en unas cuantas caladas y, casi de inmediato, encendió otro. Pronto quedó envuelto en una neblina grisácea.
Tras varios cigarrillos, finalmente habló de nuevo:
—A lo que me refiero es a que no nos veamos más.
»En el mejor de los casos, iré a estudiar a la capital provincial. El tren a Yuncheng solo tarda cuatro horas, podría volver muchas veces por semana. Contrataría a un cuidador y me turnaría con él. Pero en cualquier caso, con un enfermo en casa, no podré ir a la universidad en Pekín. Tú, en cambio, te quedarás allí, y quizás hasta termines yéndote al extranjero. Además, los dos somos hombres, la sociedad no nos aceptaría. Mejor lo dejamos.
Apenas terminó de hablar, alguien lo agarró violentamente del cuello de la camisa. La persona frente a él parecía dispuesta a matarlo: un puño se alzó bruscamente, rozándole casi el rostro, los nudillos temblorosos apretados en un gesto de rabia, pero el golpe nunca llegó.
Zhang Chen conocía el temperamento de Cheng Sheng. No se sorprendió, ni siquiera se enfadó al ver esa expresión asesina. Bajó la mirada hacia la línea tensa de su mandíbula, contraída por los dientes apretados, y le dijo con una ternura inusual:
—Paremos aquí. Si seguimos adelante, solo nos esperan el caos y las miserias de la vida cotidiana. Sería muy triste terminar odiándonos.
—¡No! —le gritó Cheng Sheng con los ojos enrojecidos, como si por fin estallaran todos los agrios sentimientos acumulados durante esos dos meses de persecución incansable—. Zhang Chen, esto lo hago por voluntad propia. No tiene nada que ver contigo.
Las lágrimas asomaban en sus ojos, pero se contuvo para no dejarlas caer. Con voz entrecortada, continuó:
—No me idealices. ¿Quién soy yo, Cheng Sheng? Solo tuve suerte al nacer, caí por casualidad en la familia de los Cheng, donde desde los abuelos hasta mis padres son doctores, y por pura coincidencia heredé un poco de inteligencia, suficiente para no avergonzarlos. Pero China es enorme, y gente lista sobra. Hasta en los rincones más olvidados hay genios. Si nos pusieran en fila por coeficiente intelectual, ¿qué puto puesto crees que ocuparía yo? Nada de esto es realmente mío y tampoco lo quiero.
—Lo que otros anhelan y no pueden tener, es precisamente lo que más debes valorar. —Zhang Chen no lo miraba, tenía la vista puesta en la lejanía al otro lado del puente, en la Yuncheng sumergida en la oscuridad. Tras un largo silencio, añadió—: No malgastes tu tiempo conmigo. Además, le prometiste a tu abuela que volverías a Pekín el treinta y uno.
Al terminar de hablar, Zhang Chen giró sobre sus talones, negándose a seguir enredándose con Cheng Sheng, y se alejó en dirección opuesta. El camino estaba a oscuras, con apenas unas cuantas farolas rotas que aún daban algo de luz. Avanzó por aquella negrura sin permitirse divagar en pensamientos innecesarios.
De pronto, desde atrás, la voz de Cheng Sheng irrumpió como un grito desgarrando la noche:
—¡Te amo! ¡Todo ha sido por mi propia voluntad, nadie me ha obligado!
Aquel «te amo» hizo que Zhang Chen se detuviera un instante. Solo uno breve. Pero enseguida reaccionó y continuó caminando sin detenerse hacia la entrada principal del hospital.
El otro, obstinado, echó a correr tras él. Sin importarle quién pudiera estar escuchando, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Hemos hecho reverencias como si fuéramos familia, hemos compartido la cama, hasta tu madre me acepta! ¡No pienses que puedes echarme así como así, no va a pasar!
Zhang Chen, al frente, fingió no oírlo. Sus pasos eran rápidos, decididos, ni siquiera su sombra proyectada en el suelo temblaba.
Cheng Sheng, al ver que no obtenía ninguna reacción, continuó gritando con la voz quebrada:
—¡Te amo! ¡Si eres un hombre de verdad, deja de esconderte y huir!
Junto a la puerta trasera, varios pacientes de familiares que habían salido a fumar solo buscando un respiro– se encontraron de pronto con este inesperado drama. Agachados en un rincón, observaban boquiabiertos la escena.
Pero Zhang Chen no solo no respondió, sino que aceleró el paso. Cheng Sheng entró en pánico, sintiendo con claridad cómo algo precioso se le escapaba entre los dedos. Apretando los dientes, echó a correr tras él, y entre jadeos, en medio de la oscuridad, gritó una y otra vez hacia aquella silueta cada vez más distante:
—¡Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo!
Zhang Chen respiró hondo, se llevó las manos a los oídos y siguió caminando.
