Capítulo 29. Vete, vete ya

La cirugía de Zhang Licheng fue programada para la tarde siguiente. Cuando salió del quirófano, su cuerpo estaba lleno de tubos e incluso conectado a un respirador.

Zhang Chen y el tío Wei esperaban sentados en silencio en los bancos del corredor del hospital. Cheng Sheng se había acomodado en una silla más alejada, inusualmente callado, sumergido en sus pensamientos.

Al salir Zhang Licheng, el tío Wei fue el primero en acercarse. Zhang Chen, en cambio, permaneció sentado con los hombros caídos, dirigió una mirada hacia el pasillo, pero al encontrarse con esa figura semimuerta cubierta de cables, desvió bruscamente la vista y no volvió a moverse.

Por la noche, el hospital requería que alguien se quedara para cuidar al paciente. Zhang Chen insistió en que el tío Wei –que había estado trabajando sin descanso todo el día– regresara a casa, mientras él se quedaba de guardia.

Entre Cheng Sheng y él solo mediaban unos cuantos familiares de otros pacientes, pero era como si estuvieran en mundos distintos. Desde aquella noche, ninguno había vuelto a dirigirle la palabra al otro.

En la madrugada, los familiares que los separaban se fueron yendo uno a uno. Ambos, exhaustos tras una noche en vela, intentaron descansar como pudieron en los incómodos bancos del corredor, entre sueños intermitentes y despertares bruscos.

Cheng Sheng, con la mente agitada, no logró dormir ni un instante. De vez en cuando, volvía la cabeza para mirar a Zhang Chen, que se había quedado dormido brevemente en la silla. Las cejas fruncidas y los párpados que se agitaban sin cesar delataban una pesadilla.

Con movimientos cautelosos, Cheng Sheng se levantó. Agitó la mano varias veces frente al rostro de Zhang Chen, asegurándose de que no hubiera reacción, antes de dirigirse sigilosamente hacia la habitación del paciente.

La sala albergaba varias camas, todas ocupadas por obreros heridos en la explosión. Algunos ya habían sido operados; otros aún esperaban su turno. Cheng Sheng avanzó a oscuras hasta la cama de Zhang Licheng y lo observó en silencio.

Un haz de luz lunar se colaba por la rendija de la cortina, iluminando justo el rostro del hombre. Desde el perfil hasta los rasgos, no había el más mínimo parecido con Zhang Chen, algo que, irónicamente, lo alivió. Contemplando ese rostro casi extraño, Cheng Sheng extendió la mano sin expresión alguna. Bajo el manto protector de la oscuridad, sus dedos se acercaron lentamente a la mascarilla de oxígeno que cubría la nariz y la boca del paciente.

La mano ligeramente temblorosa de Cheng Sheng ya estaba sobre la mascarilla transparente. Llevaba solo un delgado pijama, pero en esa noche de principios de otoño, el sudor le empapaba la espalda.

Justo cuando sus dedos se cerraron alrededor del tubo del respirador, unos pasos apresurados resonaron detrás de él. En un instante, alguien lo agarró por el cuello trasero de la ropa y lo arrastró como a un animal fuera de la habitación. Una mano se selló contra su boca, ahogando cualquier sonido. 

El corazón de Cheng Sheng, que había estado a punto de salírsele del pecho, de pronto se calmó. Aquella mano que lo silenciaba le resultaba demasiado familiar: Zhang Chen lo había descubierto.

Zhang Chen arrastró sin miramientos a Cheng Sheng por la puerta trasera del hospital hasta un descampado desierto. Allí, con un empujón brutal, lo arrojó contra el suelo sin la menor consideración.

El terreno estaba sembrado de ladrillos y varillas de acero, restos de alguna obra abandonada. Cheng Sheng cayó sobre una pila de escombros que se desmoronó con estrépito, lanzando esquirlas que lo golpearon en el costado. 

Quedó allí sentado, despeinado y cubierto de polvo. No alzó la vista. No intentó levantarse.

Una voz fría resonó desde arriba.

—Eso es homicidio. Te podrían meter en la cárcel.

Las palabras lo sacudieron como un balde de agua helada. Cheng Sheng se apoyó con dificultad en los ladrillos, levantándose con lentitud. Sus rodillas, arañadas y sangrantes por la caída, le ardían tanto que no podía enderezarse del todo, obligándolo a mantenerse en equilibrio cojeando. 

—Él te arrastrará a la tumba.

Esta vez, Cheng Sheng alzó la mirada, clavándola directamente en los ojos de Zhang Chen.

—Dime la verdad, ¿realmente lo amas? ¿No deseas, en el fondo, que muera? ¿De verdad estás dispuesto a sacrificar tu vida entera por un hombre que ya ni siquiera está vivo del todo?

Zhang Chen no apartó la vista.

—¿Y a ti qué te importa?

El velo se había rasgado por completo. Ya no quedaban secretos entre ellos. De pronto, Cheng Sheng sintió un alivio casi liberador. Cojeando, se acercó a Zhang Chen y le clavó un dedo en el pecho, desafiante.

—Si tú no tienes el valor de hacerlo, yo lo haré. Si lo descubren, seré yo quien pague. Todo será culpa mía. ¿A ti qué más te da?

Zhang Chen alzó la vista hacia el cielo oscuro, esperando a que la tormenta en sus ojos se disipara antes de volver a mirar a Cheng Sheng. 

—¿Crees que así tendremos un futuro? —Su voz sonaba gastada, como arrastrada desde el fondo de un pozo seco—. No lo hay. Esto se acabó. No te reprocharé lo que intentaste hacer esta noche, pero ve a hacer tus maletas ahora mismo. Mañana es treinta y uno.

En la oscuridad, un zumbido agudo resonaba sin cesar. Cheng Sheng no sabía si eran insectos nocturnos o el estruendo dentro de su propia cabeza. Apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió.

—Eres cruel. Yo lo daría todo por ti, pero tú ni siquiera estás dispuesto a recibirlo. —Una risa amarga se le escapó—. ¿Sabes lo que pensaba esta noche en el pasillo? Que te odio tanto, que ni matándote sería suficiente.

Zhang Chen no se inmutó.

—Morir es fácil. Lo difícil es vivir.

Parecía llevar el peso del mundo sobre los hombros. Hasta el amor, algo tan intangible, le resultaba demasiado para sostenerlo. Solo repitió, como un mantra roto: 

—Vete a casa.

Tras pronunciar esas palabras, Zhang Chen metió con brusquedad la llave de repuesto de su casa en el bolsillo del pijama de Cheng Sheng. No hubo más explicaciones, ni una sola palabra adicional. Solo un giro seco y pasos que se alejaban.

Cheng Sheng lo observó marcharse. En apenas dos días, había visto esa espalda recta alejándose de él dos veces. La escena, tan definitiva, lo destrozó por completo. Su primer amor –tan anhelado– terminaba de la manera más cruel. 

Miraba esa silueta erguida que se perdía en la oscuridad, y una certeza lo atravesó: si Zhang Chen se iba así, nadie lo recordaría. Él seguiría su vida, se casaría, tendría hijos, y esta historia clandestina se desvanecería en el olvido. Pero si nadie lo recordaba, ¿en qué se diferenciaban esos dos meses de nunca haber existido?

Entonces, el sonido del agua turbia volvió a invadir su mente. Aturdido, recogió una barra de acero del suelo y, como impulsado por un demonio, corrió hacia Zhang Chen. 

¡Pum!

El golpe, descargado con toda su fuerza, alcanzó la espalda delgada del otro. 

Zhang Chen se estremeció visiblemente, pero por pura terquedad, no cayó.

Cheng Sheng soltó la barra de acero y, temblando, abrazó la espalda de Zhang Chen, apretando con fuerza ese torso a medio camino entre la adolescencia y la madurez contra su pecho. Llevaban la misma ropa ligera que habían usado al huir de casa la noche anterior, tan delgada que podían sentir claramente el calor del otro. Cheng Sheng apoyó el rostro en la espalda de Zhang Chen, percibiendo poco a poco los temblores de su cuerpo. Esperó mucho tiempo antes de hablar, con voz quebrada: 

—Sé que no hay ninguna posibilidad para nosotros. Puedo irme, pero no soporto pensar que, en esa vida larga que te espera, me olvides poco a poco. Si en el futuro te casas y tienes hijos, cuando ellos cumplan diecisiete o dieciocho años, ¿podrás recordar todavía mi rostro a esta edad? 

La voz de Cheng Sheng se quebró.

—Prefiero que me odies a que me olvides. No tengo nada que dejarte como recuerdo, solo puedo regalarte este dolor.

Al terminar, recogió de nuevo aquella barra de acero reluciente y, con los ojos cerrados, la descargó tres veces más sobre su propia espalda. 

No esperaba que el golpe fuera tan doloroso. Soltó un gemido ahogado y, tras recuperar el aliento, dejó escapar lentamente unas palabras:

—Yo tampoco te olvidaré. 

El cielo de las cuatro de la madrugada era negro como tinta derramada. En ese momento soplaron ráfagas de viento helado, brisas sin peso y, sin embargo, ambos sintieron que los derribaría, que de aquella noche ya no saldrían intactos. 

De pronto, Zhang Chen se giró y lo besó. Si esa era su última noche, entonces nada de lo que hiciera sería excesivo.

Cheng Sheng abrió los ojos. La barra de acero cayó al suelo con un estrépito metálico.

Se abrazaron con fuerza, retrocediendo a ciegas, tropezando hasta chocar contra un árbol y detenerse por fin.

Las hojas eran tan espesas que apenas dejaban pasar el tenue resplandor de la luna. Se fundieron el uno en el otro en una oscuridad casi absoluta. En ese instante, todos los sonidos a su alrededor parecieron desvanecerse. Cheng Sheng pensó que, en este vasto mundo, el ser humano ni siquiera equivale a un grano de arena; que era tan insignificante que, por más que se esforzara, no podría retener nada. Lo único que podía hacer era alargar este momento, estirarlo un poco más, un poco más.

En un breve respiro entre jadeos, Cheng Sheng alzó la cabeza. Pero estaba tan oscuro que no podía distinguir nada. Tanteó en la negrura hasta encontrar el rostro de Zhang Chen y susurró con suavidad:

—Me duele mucho la espalda. Creo que estoy sangrando.

Zhang Chen también le acarició el rostro en la oscuridad. Estaba empapado de lágrimas, saladas y amargas al gusto. Se quedó allí, rozando su mejilla, antes de desplazarse hacia arriba y apoyar su frente contra la de Cheng Sheng.

—A mí también me duele. Golpeaste con mucha fuerza.

Se quedaron abrazados así, en medio de esa oscuridad impenetrable, con los ojos cerrados, saboreando con intensidad lo que sería su última noche en los brazos del otro.

Poco a poco, el horizonte comenzó a enrojecerse, y los primeros rayos del alba se filtraron entre las hojas. El canto claro de unos pájaros resonó en sus oídos. Solo entonces, en un silencio cómplice, se separaron lentamente.

Había amanecido. 

A las ocho de la mañana, Cheng Sheng llegó al andén arrastrando la misma maleta negra con la que había llegado. Zhang Chen no apareció; solo su abuela lo acompañó para despedirlo. 

La estación de trenes seguía igual que siempre, abarrotada de trabajadores y comerciantes que iban y venían. Cheng Sheng no había atendido las heridas en su espalda, y el dolor lo obligaba a caminar encorvado, con pasos tambaleantes. 

Apretando los dientes, subió la maleta al portaequipajes y se dejó caer en el asiento junto a la ventana. El cristal estaba empañado, difuso. Cheng Sheng volvió la mirada hacia afuera: el andén seguía bullicioso. Entre la multitud que se apretujaba, por un instante creyó ver una figura solitaria, alta y delgada, con esa expresión de pocos amigos que siempre lo hacía parecer fuera de lugar.

Cheng Sheng parpadeó, pero aquella silueta ya había desaparecido, y todo lo que veía a través de la ventanilla eran rostros extraños.

Un agudo silbido de tren resonó en el aire. Cheng Sheng por fin volvió en sí, contemplando sin emoción el paisaje que se deslizaba hacia atrás: todo era de un gris difuso, mezclado con murmullos de voces, como la portada de algún álbum de rock. Siete horas más tarde, siguiendo las vías, volvería a su vida, una vida brillante y resplandeciente, hecha para alguien como él.

No lejos de la estación, en un viejo puente, alguien estaba sentado sobre la barandilla, fumando, con las piernas colgando en el aire. Solo hacía falta un pequeño impulso para saltar al vacío.

En el instante en que sonó el silbido del tren, apagó el cigarrillo contra la baranda, se llevó la mano izquierda a su pecho y, al ritmo del arranque del tren, empezó a contar sus propios latidos.

Alguien le había dicho que, cuando un tren parte, el sonido se funde con el latido del corazón. Siempre pensó que era una mentira –esa persona siempre le mentía–, pero esta vez, movido por un impulso inexplicable, se había llevado la mano al pecho y, en la brisa matinal impregnada de polvo, se concentró y descubrió que era verdad.

Volvió a abrir los ojos y, sin apartar la mirada, siguió el tren verde que se alejaba poco a poco. Solo cuando el último vagón desapareció del todo en el horizonte, se bajó de la barandilla y, arrastrando los pies, se dirigió lentamente hacia el hospital.

La brisa de la mañana era tan fría que daba la sensación de que el invierno había llegado de golpe durante la noche. Caminaba despacio, pensando despacio: aquel verano había sido demasiado largo, como si hubiera saltado del verano al invierno, tan largo que llegó a creer que su yo de diecisiete años estaba empezando a envejecer.

Pero todo había terminado. Volvía, una vez más, a su vida, a la vida más común y corriente.

Lo que no sabía era que, en un vagón verde que se alejaba cada vez más, alguien se encontraba encorvado sobre la mesa sucia, escribiendo, trazo a trazo, en un cuaderno de diario:

«Todas las veces que dije que lo amaba eran mentira. Hasta hoy, cuando lo odio tanto, cuando deseo matarlo con toda mi alma, en este instante, es cuando finalmente entiendo cuánto lo amo».


Nota de la autora:

Cuando Cheng Sheng miraba por la ventana, bien podría sonar Quiero que estemos juntos (我要我们在一起) de Mavis Fan.

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