Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, Cheng Sheng bajó lentamente la mano. Frente a él había un chico alto y delgado. No podía verle bien la cara, así que preguntó con cautela:
—¿Aquí vive Li Shuyun?
—Sí.
—Soy su nieto. Habíamos quedado en que vendría a pasar el verano.
El chico frente a él soltó un pensativo «oh» y le dio una ojeada a los instrumentos esparcidos en la entrada. Sin darle tiempo a Cheng Sheng para reaccionar, salió y recogió la guitarra que estaba en el pasillo, la llevó dentro y la colocó con cuidado a un lado de la sala.
Cuando Cheng Sheng volvió en sí, el chico ya estaba de nuevo frente a él. Este levantó ligeramente el mentón y dijo, con una voz plana, sin altibajos:
—La batería no se puede meter de una vez, habrá que hacer varios viajes. ¿Lo intentamos entre los dos?
—¿Eh? ¡Ah, sí!
A Cheng Sheng le llevó un momento procesar lo que el chico quería decir. Con la mente aún confusa, señaló el bombo y preguntó:
—¿Metemos primero el más difícil?
El chico claramente no tenía objeciones. Dio unas palmaditas al preciado bombo de Cheng Sheng para calcular su peso, y asintió dando instrucciones:
—Tú sujétalo por abajo. Yo entraré primero y luego tú. Sígueme.
Cheng Sheng, que no estaba acostumbrado a este tipo de tareas, obedeció sin rechistar. Agarró el bombo por la base con ambas manos y siguió el ritmo del otro chico, moviéndose despacio hacia la sala de estar.
La intensa luz incandescente de la bombilla iluminaba sus cabezas desde arriba. En ese momento, Cheng Sheng levantó la vista sin pensarlo, intentando ver mejor el rostro del otro. Justo entonces, el chico también alzó la mirada. Sus ojos, largos y rasgados, recorrieron sin emoción el rostro de Cheng Sheng. Solo un vistazo fugaz, sin intención, como el que se le da a cualquier desconocido, liviano, sin peso. Apenas se cruzaron la mirada, sus ojos ya se habían desviado hacia abajo.
Dos miradas: una curiosa, la otra desinteresada. Apenas un segundo de contacto, en el resplandor tibio de la luz blanca. Pero en ese único segundo, Cheng Sheng alcanzó a ver con claridad los rasgos del muchacho, un rostro apuesto completamente incompatible con en esta ciudad de hollín y humo. Sus pupilas, oscuras como un cielo nublado, lo atravesaron igual que una aguja afilada con apenas un vistazo fugaz. De pronto, toda la inquietud y el calor acumulado dentro de Cheng Sheng durante tanto tiempo encontraron un escape, como si esa mirada le hubiera abierto un poro diminuto por donde el torbellino contenido estalló de golpe.
Cheng Sheng se detuvo. Sus manos, aún sujetando el bombo, temblaron. La alerta de altas temperaturas que había escuchado en la radio de Yuncheng parecía haberse trasladado a su cuerpo. Una sirena de advertencia con luz roja parpadeante resonaba frenéticamente en su cerebro y en sus venas.
—¿Lo ponemos junto al televisor?
De pronto, la persona frente a él le habló. Cheng Sheng volvió en sí de golpe, murmurando varias respuestas afirmativas, y en medio de su aturdimiento, siguió al otro para dejar el tambor pegado a la pared.
Les tomó varios viajes de ida y vuelta lograr trasladar todas las cosas inútiles de Cheng Sheng al interior de la casa. Bajo la luz blanca de la lámpara del salón, Cheng Sheng observó en repetidas ocasiones al muchacho que lo ayudaba con la mudanza, escudriñándolo de arriba abajo. Pero, para su decepción, el otro ya no volvió a mirarlo como antes; en cambio, se limitó a ordenar con meticulosidad los trastos ruidosos de Cheng Sheng.
La casa de la abuela no era muy grande de por sí, y ahora, con todas esas cosas apretujadas, el salón que antes al menos resultaba espacioso se volvió estrecho.
Una vez terminaron de ordenar todo, los dos desconocidos apenas encontraron un lugar donde ponerse de pie entre la pila de instrumentos, quedando en un silencio incómodo. Cheng Sheng, que normalmente era elocuente, ahora tenía los labios como pegados con grapas: por más que luchaba, no lograba soltar ni una palabra.
El chico lo miró de reojo, encontrándolo bastante raro, y fue el primero en hablar:
—Hoy vine a arreglar la radio de la abuela Cheng. Como terminé muy tarde, me pidió que me quedara a dormir. Ya se acostó. Mejor decirle mañana por la mañana que has vuelto.
Cheng Sheng asintió, y solo entonces cayó en la cuenta de que aún no conocían el nombre del otro.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Zhang Chen.
Cheng Sheng soltó un «ah», pero por dentro pensaba: «Qué nombre tan raro. ¿Qué clase de padres le ponen “Chen” –hundirse– a su hijo? ¿Hundirse dónde? ¿Hacia abajo?». En Yuncheng, una ciudad de quinta categoría, hundirse más equivaldría a terminar directamente bajo tierra.
Mientras Cheng Sheng seguía dándole vueltas al asunto, Zhang Chen fue a cerrar la puerta principal. El chirrido metálico resonó en el aire, pero en todo ese trajín, Zhang Chen no mostró el menor interés por preguntar el nombre de Cheng Sheng. Se limitó a asegurar los cerrojos con esmero, tirando de la puerta varias veces para comprobar que estuviera bien trancada antes de volver.
Cheng Sheng, con los brazos cruzados, no perdía detalle de los movimientos de Zhang Chen. Calculó que, si no rompía el hielo, pasarían toda la noche sumidos en un silencio incómodo. Así que al fin abrió la boca.
—¿Por qué no me preguntas mi nombre?
Zhang Chen, tras asegurar la cerradura, entró al dormitorio y cogió un pijama azul claro. Al salir, lo colgó descuidadamente sobre el hombro de Cheng Sheng y respondió:
—Tu abuela me habló de ti. Ya lo sé.
Sin darle tiempo a reaccionar, sacó un edredón enfriador de verano nuevo del armario, lo desplegó con destreza sobre la cama, ajustó el ventilador a la velocidad media y, tomando una sábana fina para sí mismo, se dirigió al sofá sin más.
—Oye. —Al ver que Zhang Chen estaba decidido a dormir en el sofá, Cheng Sheng le susurró desde atrás, cuidando de no despertar a la abuela—. Ahí no llega el ventilador, ¿no tendrás calor?
—No pasa nada —respondió Zhang Chen.
—Y tampoco hay estera, por la noche te vas a asar.
—No pasa nada.
—Y ese sofá es durísimo, si duermes ahí toda la noche, mañana te vas a levantar con la espalda hecha trizas. Un hombre no debería maltratarse la cintura así.
Zhang Chen, con la fina sábana en brazos, se volvió para mirarlo.
—Yo puedo dormir en cualquier parte. Tú estuviste todo el día en la carretera; anda, ve a descansar.
Era la segunda vez que sus miradas se cruzaban. Cuando Zhang Chen miraba a alguien, siempre daba una extraña sensación de estar desafiando. Con una sola ojeada suya, Cheng Sheng sintió un escalofrío, pero ese escalofrío no era de disgusto ni de miedo: era más bien como una corriente eléctrica hormigueante que le chispeaba por dentro. Cheng Sheng no encontraba una sola palabra que pudiera definir esa sensación; solo sabía que ese tipo le parecía interesante y algo excéntrico, y que, con el tiempo, probablemente se llevarían bien.
Esta vez, Cheng Sheng recuperó su actitud desenfadada de siempre. Le arrebató sin ceremonias la sábana de las manos y la llevó de nuevo a su dormitorio, sin darle oportunidad de protestar.
—Mi cama es de una plaza y media. Podemos apañárnoslas los dos esta noche. Si mi abuela te encuentra en el sofá mañana por la mañana, me va a regañar hasta la muerte. No me metas en problemas.
Al ver que le habían quitado la sábana, el otro apenas lo miró, sin mostrar expresión alguna. Pensándolo bien, tenía sentido, así que esta vez no insistió. Al fin y al cabo, solo estaba quedándose una noche por circunstancias especiales; si el dueño de casa le decía dónde dormir, él simplemente debía obedecer. Se quedó mirando esa cama no muy grande durante un buen rato, y de pronto dijo:
—Entonces duerme tú del lado de la pared. Es más seguro que estar en el borde. En cuanto amanezca, me voy.
—Vale. Yo me voy a bañar en un rato. Puedes acostarte tú primero, trataré de no hacer ruido —respondió Cheng Sheng de espaldas, mientras abría la maleta y rebuscaba en su interior.
Zhang Chen echó una mirada sin querer al contenido del equipaje: medio montón de libros en idiomas extranjeros, cómics en blanco y negro, hojas sueltas por todos lados –algunas con partituras–, dulces extraños que jamás había visto, y varios fajos gruesos de billetes de cien yuanes.
Se quedó mirando el interior de la maleta un buen rato, antes de advertirle en voz baja:
—Cuando te bañes, no hagas mucho ruido. Los ancianos tienen el sueño ligero.
—Entendido —respondió Cheng Sheng, mientras sacaba sus cosas de aseo del equipaje.
Buscaba con el ímpetu de un vendaval barriendo hojas secas. La maleta, que ya de por sí no estaba muy ordenada, quedó hecha un desastre, como si la hubiera hurgado un perro. A un lado, Zhang Chen se apoyó con un brazo en el borde de la cama, tomó el vaso de agua de la mesita de noche y bebió pequeños sorbos, observando con el ceño fruncido el caos que estaba armando.
Cheng Sheng rebuscó durante diez largos minutos en el espacio minúsculo que le dejaba la maleta hasta reunir todo lo necesario. Al enderezarse, lanzó adrede una advertencia a Zhang Chen, que estaba a sus espaldas:
—Voy a ducharme. Tú acuéstate, no hace falta que me esperes.
Al terminar la frase, Cheng Sheng lanzó una mirada furtiva hacia atrás, solo para descubrir que el otro lo observaba fijamente. Azorado, volvió la cabeza de golpe, carraspeó incómodo y, apretando contra el pecho el pijama y los artículos de aseo, se encaminó hacia el baño.
Zhang Chen siguió con la vista como se alejaba su figura y frunció el ceño sin darse cuenta: aquella forma de caminar despreocupada, ese hueso largo y prominente en la nuca adornado con tatuajes absurdos –mezcla de dibujos, palabras en inglés y hasta perritos– le recordaron al viejo puente frente a la acería. Allí solían aparecer artistas medio chiflados con botes de pintura, embadurnando el cemento de garabatos verdes y rojos que no parecían nada. Exactamente igual que esos tatuajes.
Cheng Sheng, completamente ajeno a cómo la persona detrás de él lo evaluaba, entró alegremente al baño con su pijama y artículos de aseo.
El viejo edificio no tenía baños, por lo que todos acudían en masa al gran baño comunal los fines de semana. Sin embargo, debido a la avanzada edad de la abuela Li, instalaron una ducha en casa para evitarle problemas.
Cheng Sheng se colocó bajo la ducha y abrió el grifo. Cada vez que cerraba los ojos, no podía quitarse de la cabeza la mirada de Zhang Chen cuando levantó la cabeza y lo miró de manera inadvertida. Aunque fue una mirada tan ordinaria y sin pretensiones, no entendía por qué se le quedó grabada en la mente, apareciendo varias veces durante los diez minutos que estuvo en la ducha.
Nunca había conocido a un chico que no fuera travieso: en su vecindario, los niños trepaban árboles, faltaban a clase para nadar, se colaban en chimeneas, dejaban su rastro de travesuras por todas partes y luego eran llevados a casa para recibir su castigo. Pero Zhang Chen parecía no haber tenido esa infancia; era como si hubiera nacido siendo un adulto de expresión impasible.
Sumergido en el agua caliente, Cheng Sheng reflexionaba sobre cómo entablar amistad con alguien así. No tenía amigos de ese tipo: los suyos eran como él, con diferencias mínimas de personalidad –algunos más revoltosos, otros más tranquilos– pero todos de familias similares. Entre ellos jamás habría alguien que a esa edad ya trabajara para ganarse la vida. Para ellos, «trabajar» era un concepto lejano: solo estudiaban. De niños, aprendían inglés, caligrafía y piano; de adolescentes, competían en concursos; y a los diecisiete o dieciocho, era natural que ingresaran en universidades prestigiosas alrededor del mundo.
Cuando salió del baño –casi una hora después–, Cheng Sheng goteaba agua. Llevaba holgadamente el pijama que Zhang Chen le había dado, una toalla blanca sobre la cabeza y, mientras se frotaba el cabello con una mano, lo sacudía con suavidad.
Al abrir la puerta del dormitorio, se dio cuenta de que Zhang Chen todavía estaba despierto, leyendo un libro de inglés de bachillerato. Movía los labios en silencio, como si estuviera memorizando algo.
Ya se había quitado la camiseta blanca que llevaba antes, y ahora solo vestía una sencilla camiseta sin mangas, negra, de cuello holgado, que dejaba al descubierto sus clavículas y buena parte del pecho. Apoyaba la cabeza en un brazo mientras el otro descansaba sobre la cama, los dedos golpeando levemente el borde del colchón al ritmo de su repaso.
Cheng Sheng se quedó plantado en el umbral, observándolo un buen rato hasta que, de pronto, una extraña incomodidad lo invadió. Entró arrastrando los pies y se sentó al borde de la cama, echando un vistazo al libro. Finalmente, rompió el hielo:
—¿Un libro de inglés de prepa? ¿Eres estudiante de último año?
Al lado, Zhang Chen percibió la presencia de ese ser recién salido del baño, aún cargado de vapor, pero se limitó a responder con un «Mm» sin alzar la vista.
Zhang Chen sintió que un ser vivo y cálido había llegado a su alrededor. Emitió un «mmm», sin levantar la cabeza.
Cheng Sheng, que no tenía mucho tacto, no pudo resistirse a interrumpir aunque veía a Zhang Chen concentrado en sus estudios. Comenzó a hablar sin parar:
—Así no se estudia. Si solo lo repites, en dos días se te olvidará todo. Deja que te enseñe un método de verdad. Cuando hice el gaokao[1], casi fui el primero de todo el país, en serio, me faltó un poquito, pero el ensayo me salió fatal y le regalé el puesto al que quedó primero.
Zhang Chen cerró el libro y levantó la mirada.
—¿Ya vas a dormir? Voy a apagar la luz.
Todo el largo discurso que Cheng Sheng estaba a punto de soltar se le quedó atascado en la garganta. A regañadientes, se calló y solo dijo:
—Sí, vamos a dormir entonces.
Se quitó las sandalias de una patada y se encaramó a la cama, arrastrándose como un cangrejo hacia el lado de la pared. En el camino, tropezó con la sábana y casi se estrella contra el alféizar de la ventana.
La caída hizo bastante ruido. Zhang Chen, que iba a apagar la luz, no pudo evitar volverse a mirarlo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Todo bien, todo bien —respondió Cheng Sheng—. Hace tanto calor hoy que casi me da un golpe de calor. Ahora estoy un poco mareado.
Con un clic, Zhang Chen apagó la luz. Se limitó a responder con un «mmm», como si con eso bastara.
La habitación quedó completamente a oscuras. Cheng Sheng se acostó boca arriba, con una toalla doblada bajo la cabeza, secándose el pelo de vez en cuando. En la penumbra sintió que alguien se acercaba poco a poco y se tumbaba junto a él, manteniendo adrede una buena distancia.
Ambos estaban acostados lado a lado. Aunque la cama medía apenas metro y medio, había un espacio amplio entre los dos, impidiendo cualquier contacto físico.
Era la primera vez que Cheng Sheng dormía en la misma cama con alguien. No podía conciliar el sueño. Se quedó mirando el techo oscuro con los ojos bien abiertos.
Frente a ellos, el viejo ventilador zumbaba sin parar, arrojando bocanadas de aire fresco sobre ambos. Cheng Sheng percibió con agudeza el aroma idéntico al gel de baño que emanaba de sus cuerpos, y esa revelación le produjo un ligero mareo. Le entraron ganas de dar un codazo al otro, despertarlo y preguntarle si sabía jugar a las cartas, si escuchaba rock, si alguna vez había estado en Pekín o si quería algún consejo adicional para los exámenes.
Pero antes de que lograra aclarar sus pensamientos, a su lado surgió una respiración uniforme, muy leve, como el propio Zhang Chen, quien siempre daba la impresión de ser una bocanada de aire o una ráfaga de viento, tan distinto de esos jóvenes que exhiben cada emoción a los cuatro vientos.
Cheng Sheng se incorporó con sigilo y, como bajo un hechizo, se inclinó para observar el rostro dormido. Contuvo el aliento al acercarse. La luz de la luna entraba por la ventana e iluminaba perfectamente el perfil de Zhang Chen.
Zhang Chen tenía rasgos delicados, ojos rasgados y una nariz finamente tallada. Su tabique nasal era esbelto, con la punta ligeramente levantada, nada que ver con las narices toscas y prominentes de la mayoría de los hombres. Cheng Sheng se quedó mirando aquella nariz, y en su mente surgió un pensamiento rebelde: «Esta nariz sería perfecta con un piercing».
Él mismo no tenía piercing en la nariz, pero sí varios en las orejas. En la derecha tenía un total de seis, desde el cartílago hasta el lóbulo. Cuatro perforaciones en el cartílago –tres con cadenitas y una con un pendiente metálico–, y dos más en el lóbulo, ambos con aros de metal. Cada vez que el tutor lo veía, no podía evitar darle una charla, insistiendo en que un universitario debía tener una apariencia decente. Pero a Cheng Sheng le daba igual; cuanto más extravagante, mejor. Si por él fuera, se pintaría de mil colores y saldría así a la calle todos los días.
Justo cuando seguía pensando qué tipo de piercing quedaría mejor en esa nariz, la persona debajo de él suspiró suavemente y se dio la vuelta sin hacer ruido, dejando solo su espalda a la vista de Cheng Sheng.
[1] Examen de ingreso a la universidad en China.
