Zhang Chen había clavado una hilera de estacas de madera junto a la tumba de su madre, todas del mismo ancho y altura que la lápida grisácea. Las cubrió con pintura roja: eran estacas que había hecho para sí mismo.
En septiembre, el aire ya comenzaba a enfriarse. En los márgenes de esta pequeña ciudad del norte, ya se podía sentir la sombra del invierno. Zhang Chen se puso una chaqueta negra encima y, enfrentando el viento fresco del atardecer, fue clavando una a una las estacas de madera, afiladas en la base, en la tierra.
Solo después de terminar, Zhang Chen soltó un largo suspiro de alivio. Contemplando aquella fila de estacas que parecían tumbas, por fin sintió que todavía tenía raíces en este mundo.
Zhang Chen se adentró en un callejón estrecho y torcido, y entró por una pequeña puerta discreta. Subió por una escalera angosta y cerrada, que apenas dejaba pasar el aire, hasta llegar al segundo piso.
Al apartar la cortina de la entrada, lo recibió un fuerte olor a desinfectante, el mismo que impregnaba el hospital al que Zhang Chen iba y venía cada día. Solo que aquí todo resultaba aún más caótico: material médico esparcido al azar sobre mesas y bandejas de hierro, algunas con manchas de sangre salpicadas.
Un hombre vestido de blanco no dejó de observarlo desde el momento en que Zhang Chen entró. Cuando se sentó frente a él, el hombre le arremangó la camisa, inspeccionando con atención su brazo delgado y limpio, y le preguntó:
—¿Primera vez?
Zhang Chen asintió.
El hombre continuó interrogándolo como si estuviera haciendo un censo:
—¿Cuántos años tienes? ¿Has tenido alguna enfermedad? ¿Por qué has venido?
Zhang Chen mintió sobre su edad, pero respondió con sinceridad al resto:
—Acabo de cumplir dieciocho. No tengo enfermedades. No hemos reunido todo el dinero para la operación de mi padre, falta un poco, así que vine.
El hombre asintió con la cabeza y escudriñó el rostro de Zhang Chen varias veces. Al notar que en efecto tenía cierto aire de persona madura, desistió de seguir preguntando. Ni siquiera le pidió su identificación antes de indicarle a la enfermera que preparara lo necesario.
—Primero necesitamos extraer sangre para los análisis. Tendrá que esperar un momento.
Una mujer con apariencia de enfermera se acercó con una bandeja de acero inoxidable donde yacía una jeringa abierta, con una aguja reluciente y considerablemente larga, acompañada de los implementos habituales como yodo, y gasas.
Zhang Chen se quitó la chaqueta, la colocó sobre una silla de madera cercana y extendió el brazo hacia la enfermera. Pronto le amarraron un torniquete en el brazo y le aplicaron yodo, frío al contacto.
Justo cuando la aguja plateada estaba a punto de penetrar su brazo, algo cruzó por su mente. Retiró bruscamente el brazo y preguntó:
—¿Sería posible usar una aguja sin abrir?
La enfermera, pillada por sorpresa por el repentino movimiento, se recuperó rápidamente. Le echó un vistazo y soltó una risa desenfadada.
—Vaya, qué chico tan precavido. Por esa cara bonita que tienes, te cambiaré la aguja. ¡No todos reciben este trato especial!
Retiró la jeringa y se giró para sacar una nueva del armario detrás de ella. La agitó frente a Zhang Chen, bromeando:
—Guapo, mira bien, esta no ha sido abierta.
La aguja helada se hundió lentamente en su piel. Zhang Chen, con los ojos cerrados, sentía cómo la energía vital de su cuerpo fluía poco a poco por la aguja hacia un lugar desconocido.
La enfermera colocó el pequeño tubo de sangre en la bandeja de acero inoxidable y lo llevó con cuidado a la habitación de atrás.
Zhang Chen había perdido la noción del tiempo. Podría haber pasado una hora, o tal vez dos, antes de que la enfermera volviera a aparecer, apartando la cortina de la puerta. En su bandeja ahora había una bolsa de sangre transparente, un tubo flexible de color blanco lechoso y una aguja más gruesa.
—Los análisis no muestran ningún problema. Venga, extiende el brazo, vamos a extraer 400ml. —La enfermera le ató una goma en el brazo, lo desinfectó nuevamente, y le dio unos golpecitos con los dedos. Luego, tomó la jeringa de la bandeja y lentamente comenzó a introducir la punta afilada en su piel, empujándola hacia la vena.
Esta vez, Zhang Chen no cerró los ojos. Solo frunció el ceño mientras observaba cómo la sangre roja fluía constantemente desde su cuerpo hacia la bolsa inicialmente vacía. La bolsa se fue hinchando lentamente y, después de cinco minutos, estaba completamente llena. Al final, esa bolsa de sangre se convirtió en dinero contante y sonante que fue guardado en su mochila.
Cuando salió de la clínica clandestina, la noche ya había caído por completo. Zhang Chen llevaba puesta la misma chaqueta con la que había llegado, con un brazo colgando sin fuerzas.
Las sombras se adensaban entre los edificios del complejo residencial de la Acería N.º 3. Zhang Chen vagó frente a interminables bloques de viviendas, hasta el punto de olvidar dónde quedaba su propio hogar. Avanzó a tientas en la penumbra, describiendo círculos sin rumbo, hasta que por fin logró recordar el camino a casa.
Al llegar a la puerta de su casa, Zhang Chen vio a una chica con muletas parada enfrente. Llevaba una coleta y tenía ojos de fénix y una nariz alta, pero desgraciadamente parecía ser ciega. Sus ojos no mostraban ninguna expresión y sus párpados se volteaban hacia arriba de vez en cuando. Sostenía firmemente una muleta de madera que golpeaba el suelo al ritmo tembloroso de su muñeca.
Al oír que alguien se acercaba, la expresión melancólica de la chica cambió rápidamente. Casi con desesperación, preguntó al aire:
—¿Eres Zhang Chen, verdad? Me llamo Haiyan, soy amiga de Mingming. Mingming me dijo que su vecino de la infancia se llamaba Zhang Chen. ¿Sabes dónde está Mingming? Hace mucho que no viene a verme y tampoco hay nadie en su casa.
Zhang Chen observó por un largo momento a la hermosa chica ciega frente a él antes de mentirle:
—Mingming se fue a Shenzhen a buscar a sus padres y a su hermana.
Pero la chica ciega no se dio por satisfecha y preguntó inmediatamente:
—¿Cuándo volverá? ¿Te lo dijo?
—Nunca volverá —respondió Zhang Chen—. Se fue a la gran ciudad para tener una vida mejor. No deberías seguir esperándolo.
Esta vez, el aire frente a él quedó en completo silencio. La chica ciega ya no preguntó con urgencia, solo murmuró en voz baja «Está bien, gracias por decírmelo» antes de comenzar a bajar las escaleras lentamente, apoyándose en su bastón.
El sonido del bastón golpeando el suelo, toc-toc, resonaba en el pasillo. En medio de ese ritmo lento y tranquilo, Zhang Chen abrió la puerta y regresó a un hogar en el que solo quedaba él.
La casa estaba vacía. Cerró a medias las ventanas de los dos dormitorios, por las que el viento entraba sin cesar, y fue a la cocina para prepararse un sencillo tazón de fideos.
En el sofá de la sala había una guitarra y un libro de teoría musical abierto. Zhang Chen no tocó sus palillos, sino que, como hipnotizado, se acercó a tocar la guitarra de madera que había quedado allí. Tocó un acorde, lo rasgueó, y una frase apareció en su mente. Cambió a otro acorde, lo rasgueó, y aquella frase comenzó a fluir como un río incesante, ramificándose en muchos arroyos, convirtiéndose en múltiples frases.
Cheng Sheng nunca había revelado a Zhang Chen el motivo por el que tocaba en una banda, pues ni siquiera él comprendía cómo había terminado sumergido en la música. Pero Zhang Chen, al cerrar los ojos, lo entendió: las emociones verdaderas surgen en un destello fugaz, y solo basta con sentirlas para crear música. Así que, con el brazo aún amoratado por la reciente extracción de sangre, escribió en la soledad de la sala la primera canción de su vida: tosca, inmadura y sin lograr siquiera una melodía afinada.
Zhang Chen sentía que el mundo lo había dejado atrás.
Después de cenar, regresó a su habitación. No encendió la luz. A tientas, se acercó a la ventana y miró hacia afuera, como solía hacer de niño, con la vista fija en la lejana fábrica de acero. El cuarto piso de la fábrica había sido destruido por una explosión causada por un grupo de trabajadores en protesta. Toda la planta había detenido sus operaciones para reorganizarse. Los líderes que habían vendido la fábrica ilegalmente y los pequeños jefes estaban hospitalizados por igual. Sin embargo, la chimenea, que incesantemente expulsaba humo negro, seguía erguida en el centro de la visión de Zhang Chen.
Comenzó a sentir dolor de estómago y su visión se volvió borrosa. Siluetas aparecían entre el humo. Zhang Chen miró con atención y descubrió que en la niebla había rostros familiares; las personas que lo habían dejado volvían a su lado.
Mingming llegó a casa cargado con un montón de películas. Vieron varias seguidas, riendo y llorando con los personajes hasta gastar medio rollo de pañuelos. Más tarde, Mingming logró reunirse con sus padres y su hermana en Shenzhen. Contaba que ya había juntado suficiente dinero y que no tardaría en casarse con Haiyan, cuya familia lo quería mucho.
Li Xiaoyun también seguía a su lado, con su eterno aspecto de entre diecisiete y dieciocho años, llevaba un vestido rojo y zapatos de tacón del mismo color, y se miraba minuciosamente en el espejo. Zhang Chen se acercó a ella, tomó un labial rojo intenso de la mesa y se lo aplicó con cuidado. Incluso cuando se salió del contorno de sus labios, su madre no lo regañó, solo lo miró a la cara y sonrió.
Zhang Chen pasó los dedos por el cabello negro azabache de su joven madre y le habló. Le dijo que, si había una próxima vida, no debía ser la esposa o la madre de nadie. Debía vivir libre, solo para ella misma.
También vio a Cheng Sheng. Dicen que nadie puede ver lo que desconoce, pero él, contra todo pronóstico, lo estaba viendo.
Veía líneas y líneas de código, enormes pantallas electrónicas donde letras y números en verde fosforescente y rojo sangre saltaban como llamas. Cheng Sheng era quien las controlaba.
El siglo XXI llegó, el milenio estalló en un nodo de la historia. Los Juegos Olímpicos, el programa de alunizaje, la inteligencia artificial, la ingeniería genética, la neurociencia, todo explotaba en el cielo como fuegos artificiales. Y Cheng Sheng estaba allí, al timón, siendo el punto más brillante en esa extensión de luz. Zhang Chen lo miraba en silencio, desde un lugar al que su luz no podía llegar.
También escuchaba vítores y celebraciones. Veía a esa persona casada y con un hijo. Su hijo era aún más inteligente que él; su familia había logrado cuatro generaciones en la Universidad de Tsinghua. El hijo, apoyándose en el conocimiento y la riqueza acumulados por su abuelo y su padre, escalaba hacia la cima del mundo. Nadie recordaba ya aquellas noches lluviosas en la pequeña Yuncheng, ni aquel primer beso con olor a lluvia en el oscuro armario, ni cómo se habían amado en aquel pequeño hotel de treinta y cinco yuanes la noche.
Todos hablan del amor, pero ¿qué es el amor? Mil personas, mil amores; un millón de personas, un millón de amores; mil millones de personas, mil millones de amores. Zhang Chen aún no entendía qué era el suyo. Solo sentía mucho dolor. Cheng Sheng decía que lo amaba, que amar le dolía, que cada parte de su cuerpo gritaba de dolor. ¿Entonces su amor –el de ellos dos– era eso? ¿Puro dolor?
Quizá fuera así, pensó Zhang Chen. Su muñeca y su brazo seguían doliendo, cubiertos de moretones. Solo entonces recordó que ese mismo día había donado una gran cantidad de sangre en una clínica clandestina: cuatrocientos mililitros a cambio del dinero que aún faltaba para la operación de su padre. También le dolía la espalda, marcada por varias cicatrices largas, pruebas imborrables que Cheng Sheng le había dejado a la fuerza, para que no pudiera olvidarlo.
No había ventilador encendido en la habitación. La brisa de la noche de verano se colaba por la ventana entreabierta, agitaba suavemente las cortinas y rozaba la mesa de madera. Sobre ella, Cheng Sheng le había dejado una carta: unas palabras de despedida que había escrito recostado sobre el escritorio de Zhang Chen, la noche en que regresó solo para empacar sus cosas. El papel estaba sostenido por una baqueta de madera, y en él solo había una breve frase:
«La promesa de amor permanece, mas es difícil ponerla en palabras.[1]
31 de agosto de 1997».
Fin de la Parte 1
[1] Nota de la autora: La frase está tomada del poema 钗头凤 (Chai Feng Tou / Phoenix Hairpin) de Lu You. Aquí hay un vídeo con una traducción al español.
