Chen Sheng sentía que su vida se había partido en dos mitades completamente distintas en aquel lejano 1997: la primera, llena de color; la segunda, teñida de gris.
Desde ese año, no volvió a escuchar rock. No conocía a ninguna de las nuevas promesas de la escena, y él mismo había pasado de ser metalcore a folk. Cada vez que su cabello crecía apenas un poco, lo recortaba de inmediato. Los múltiples piercings en sus orejas habían cicatrizado y, antes de marcharse al extranjero, incluso se borró los tatuajes. Solo quedó esa mancha azulada, incrustada en la piel, imposible de borrar: con los años, se había fusionado con la cicatriz y ya no podía eliminarse por completo.
A veces, cuando algún amigo mencionaba al pasar que cierta banda nueva sonaba bien, Cheng Sheng solo podía fruncir el ceño, confundido, y responder:
—¿Cuál? No la he oído nunca.
Alquiló un pequeño departamento de dos habitaciones cerca de la universidad, que compartía con un mestizo chino-estadounidense llamado Frank. Su compañero de piso era mucho más despreocupado que Cheng Sheng. Aunque tenía un nombre occidental, hablaba chino como si fuera su lengua materna. Años atrás se había ido a recorrer el mundo, y nadie sabía qué se le cruzó por la cabeza para meterse, de repente, en el mundo de la informática.
En ese lugar, Cheng Sheng se convirtió por completo en una persona común y corriente. Fuera de asistir a clase y cumplir con las fechas de entrega, no tenía nada más que hacer. Era como si aquella cirugía le hubiese drenado toda la energía vital. Desde entonces, su salud no dejó de deteriorarse: sufría constantes dolores de cabeza y resfriados, y cada vez que llovía, parecía pasar por una tribulación. Los huesos de su espalda dolían como si una colonia entera de termitas los devorara desde dentro, en una punzada densa y persistente.
Ese verano llovía mucho. Varias tormentas lo sorprendieron justo cuando Cheng Sheng estaba resfriado. Por entonces vivía entre clases y entregas, con el horario completamente alterado, sosteniéndose a diario con apenas unas tazas de café negro. Su estómago, arruinado por la vida desordenada, ya no daba para más. Había días enteros en los que no probaba bocado, y su peso caía en picada.
Hubo ocasiones en que se paró frente al espejo del baño para mirarse la cara: las mejillas se le habían hundido profundamente, y bajo la luz cenital solo podían distinguirse los pómulos y la mandíbula; el resto del rostro quedaba sumido en sombras. Bajaba la vista y veía su cuerpo: el pijama colgaba flojo sobre un esqueleto, los codos y las rodillas no tenían casi ni un gramo de carne alrededor. Las articulaciones parecían trabadas con piedras duras, inamovibles.
Cuando caía un aguacero, Cheng Sheng se encontraba atrapado entre no poder vivir y no poder morir. El dolor le recorría la espalda, punzante, como si los huesos se le hubieran dormido y ardieran por dentro. Sentía que entre las uniones óseas alguien había pasado un hierro al rojo vivo. No se atrevía a tocarse la espalda. Solo podía abrazarse con sus delgados brazos huesudos, encogiendo el cuerpo tanto como podía contra el sofá.
Afuera, los relámpagos y los truenos se mezclaban con la lluvia torrencial. Cheng Sheng estaba hecho un ovillo en el sofá, con las manos vagando por su propio cuerpo. Mientras palpaba sus piernas flacas, pensaba: «Con este cuerpo enfermizo, da igual si es hombre o mujer, joven o viejo… nadie querría tocarme siquiera».
Una noche, Frank volvió borracho del bar a altas horas. Al abrir la puerta, se encontró con Cheng Sheng tirado en el suelo de la sala. El susto fue tal que se le bajó la mitad de la borrachera. Pero Cheng Sheng, desde el suelo, estaba tranquilo. Extendió un brazo y señaló hacia su habitación.
—En el primer cajón hay una caja blanca. ¿Me la puedes traer? Fui a buscar mi medicina y terminé rodando al piso. Ya no pude volver a levantarme.
Frank trajo el medicamento y le ofreció un vaso de agua. Mientras se lo pasaba, preocupado, le dijo:
—Deberías ir al médico. No puedes seguir aguantando solo.
Cheng Sheng solo agitó la mano con indiferencia.
—Es lo de siempre. No pasa nada.
Y tenía razón. Era, efectivamente, una vieja dolencia. Tan vieja, que prácticamente podía ocurrir en cualquier momento. Cerca de los exámenes finales, Cheng Sheng pasó la noche entera trabajando en la biblioteca y, por un descuido, se desmayó sobre el suelo. Durante las vacaciones, en el laboratorio, justo después de procesar unos datos e intentar ponerse de pie, perdió el equilibrio y cayó al suelo, rodando un par de veces. Y antes de enviar su currículum, apenas había dejado el bolígrafo cuando, en un instante, sintió que algo andaba mal, y al siguiente ya se había desplomado con un golpe seco sobre el escritorio.
Aquella vez, extrañamente, logró soñar.
Soñó que volvía a aquella ciudad lejana y desvencijada. En el sueño, alguien de rostro borroso se sentaba a su lado. Con una voz distorsionada, le decía que lo extrañaba mucho. Cheng Sheng sabía quién era, pero no lograba verle el rostro ni entender con claridad lo que decía. Sabía que el tiempo le pasaba por encima, que lentamente comenzaba a olvidar todo lo que alguna vez ocurrió.
Cuando volvió a despertar, ya era el día siguiente. Abrió los ojos y lo primero que vio fueron rostros extranjeros por todas partes; lo primero que oyó, un torrente de inglés. A su alrededor no había una sola cara asiática familiar. En ese instante, Cheng Sheng sintió una soledad y desesperación infinitas.
—Quiero volver a casa. Quiero regresar a mi país. Quiero comer chao gan[1]—dijo en chino, acostado en la cama del hospital.
Nadie alrededor entendió una sola palabra. Y entonces, Cheng Sheng no volvió a decir nada más.
El tiempo pasó rápido, tan rápido que ya había perdido la cuenta de cuántos años llevaba lejos de casa. Su salud había mejorado un poco, pero no del todo. Seguía tomando medicamentos sin interrupción, y de vez en cuando iba a la clínica para un chequeo. No podía decirse que estuviera sano, pero al menos había logrado sobrevivir a esos años de trabajo extenuante.
Hasta que un día, Frank, que trabajaba en otra empresa, lo contactó de repente. Se encontraron en un bar del Área de la Bahía de San Francisco, dos trabajadores del mundo tech compartiendo unas copas. La conversación derivó, casi sin querer, al tema de emprender. Borracho y entusiasta, Frank levantó la mano con decisión.
—¡Vamos a montar nuestra propia empresa! ¡Basta de trabajar para los capitalistas!
Cheng Sheng, también completamente borracho, le siguió el juego sin pensarlo.
—¡Claro que sí! ¡Ya estoy hasta la madre, quiero ganar mi propio dinero!
Los dos simplemente se habían dejado arrastrar por el impulso del alcohol, pero esa idea, alimentada por el auge de pequeñas empresas a su alrededor, fue cobrando cada vez más fuerza. Finalmente, un día, Frank apareció con un pequeño proyecto que había desarrollado en el laboratorio y le preguntó a Cheng Sheng si quería volver a China para emprender.
Cheng Sheng vaciló. Al notar su duda, Frank aprovechó el momento y dijo:
—Allí hay más oportunidades. Podemos intentarlo.
Después de terminarse una botella entera de cerveza, Cheng Sheng se limpió la boca con la mano, dio un golpe seco sobre la mesa de madera del bar y declaró sin rodeos:
—Entonces, emprendamos.
Llegó otro verano. En junio de 2007, Cheng Sheng y Frank renunciaron a sus empleos. Aprovechando el comienzo de la temporada, regresaron a Pekín con los fondos que habían ahorrado durante esos años y toda la experiencia técnica que habían acumulado en el Área de la Bahía.
[1] Chao gan es una comida típica de Pekín, preparada con hígado e intestino de cerdo y almidón, sazonado con ajo, vinagre y salsa de soja. Se sirve tradicionalmente con bollos mantou.
