Capítulo 34. Afluente

Así, la empresa de Cheng Sheng y Frank se instaló discretamente en un edificio de oficinas de Zhongguancun. Les tomó una semana entera solo encontrar el lugar adecuado: recorrieron urbanizaciones, visitaron agencias inmobiliarias y, al final, aseguraron un piso de oficinas ajustándose al límite de su presupuesto. Pero alquilar el espacio fue solo el comienzo. Hubo trámites interminables que resolver: subsidios para emprendedores que no podían dejar de solicitar, conexiones que había que pulir sin escapatoria. Ambos invirtieron un tiempo considerable en navegar ese laberinto burocrático, y eso sin contar que, para dos tecnólogos emprendedores como ellos, lo crucial era el nuevo producto. 

Con los papeles en orden, surgió otro gran problema: reclutar talento. Cheng Sheng repasó minuciosamente la lista de contactos de sus excompañeros de universidad, llamó a cada uno y les suplicó con insistencia, intentando convencerlos de unírseles. Pero sus antiguos compañeros ya tenían empleos estables; algunos incluso habían formado familias estables, con esposas e hijos. ¿Quién arriesgaría todo por un equipo emergente? Tras una ronda exhaustiva de gestiones, Cheng Sheng solo logró sumar a unos pocos. 

No le quedó más remedio que llamar a Qin Xiao. Este tenía un bar en la calle este de Gulou y conocía a gente de todo tipo. Cheng Sheng le suplicó al teléfono: 

—¿Conoces a alguien que entienda de mercado de usuarios? No hace falta que sea un experto, con dos o tres años de experiencia basta. Estoy desesperado, no encuentro a nadie. En cuanto oyen que somos una startup, salen corriendo más rápido que el tren Harmony.

—Espérate, déjame pensar. 

A Qin Xiao la vida le sonreía cada vez más. Aún no llegaba a los treinta y ya tenía un bar del que vivir relajado, rodeado de alcohol, bandas y arte, lo que le había hecho ganar no solo amplitud de miras, sino también unos kilos. Al otro lado del teléfono, se quedó pensativo un buen rato hasta que, de pronto, se golpeó la frente:

—¡Se me ocurre un tipo! Hizo el máster en nuestra universidad, así que casi es un compañero. Al principio, como tú, se dedicaba a la tecnología, pero hace un par de años se pasó a investigación de usuarios. Si le ofreces un buen sueldo, quizá acepte.

—Vale, vale. ¿Cómo lo contacto? 

—El sábado ven a mi bar. Ese tipo tiene una banda y toca aquí todos los sábados por la noche. Cuando termine, saldremos a comer brochetas y tomar cerveza. Ahí podrás hablar con él a solas.

Qin Xiao hizo una pausa y añadió con cierta preocupación:

—Ah, otra cosa, esa persona es un poco rara. No vayas con rollos grandilocuentes ni promesas vacías. Habla claro del dinero desde el principio, y quizá funcione. 

Cheng Sheng preguntó: 

—¿Es de fiar? Tengo mis prejuicios contra los roqueros, me los imagino como era yo antes.

Al instante, estalló la carcajada de Qin Xiao al otro lado del teléfono.

—Es confiable. No es el típico personaje extravagante que te imaginas. Cuando se trata de cosas serias, es riguroso hasta el extremo. Cada vez que viene a tocar, trae su propio equipo y lo ajusta todo personalmente. Aparte de su carácter peculiar, en todo lo demás es excelente.

—¿Qué tan raro es? ¿Podré soportarlo? 

La pregunta hizo que Qin Xiao se quedara pensativo, pasándose la mano por la barbilla con aire dubitativo antes de responder:

—Deberías poder llevarte bien con él. La baterista de su banda tiene ese carácter terco e irracional que tú solías tener, y aún así han logrado seguir juntos como grupo seis o siete años, peleando y contentandose mutuamente. El tipo tiene una gran capacidad de tolerancia, se lleva bien con todo tipo de personas, siempre que no crucen sus límites.

Aunque Cheng Sheng no estaba convencido, la desesperación por reclutar talento lo obligó a seguir el consejo de Qin Xiao. De pronto, como recordando algo importante, preguntó en qué compañía trabajaba actualmente el sujeto. Al escuchar el prestigioso nombre de la empresa, el ceño se le frunció.

—Con una compañía tan importante, ¿realmente estaría dispuesto a unirse a mi startup?

—No lo descartes —replicó Qin Xiao—. Ese tipo va donde el viento lo lleva. Ya me ha comentado antes que no le agrada el ambiente corporativo de las grandes empresas. Cuando hables con él en profundidad, quizá descubras que es justo lo que necesitas.

Cheng Sheng, en el fondo, no creía que esto fuera a funcionar. Siguió presionando a Qin Xiao con más preguntas, pero no apareció nadie más adecuado. Al final, solo pudo suspirar al teléfono: 

—Bueno, el sábado iré a conocerlo en persona. Pero no le digas nada de antemano. Primero veré si es fácil llevarme con él, y luego decidiré.

Antes de colgar, de repente recordó una pregunta crucial y cortó a Qin Xiao, que ya empezaba a divagar:

—Ah, espera. Olvidé lo más importante: ¿el tipo tiene familia? Si está casado, lo pensaré dos veces. Y si tiene hijos, mejor lo dejamos. ¿Quién tiene energía para emprender cuando su mente está en la esposa y los niños?

—No tiene familia. Ni siquiera novia. Si tuviera, no te lo habría recomendado.

En ese momento, Qin Xiao todavía tenía ánimos para bromear. Le susurró a Cheng Sheng al teléfono los chismes sobre el tipo que le iba a presentar:

—Lleva años tocando en mi bar y siempre ha estado solo. A simple vista parece un tipo con mucha experiencia, pero ni siquiera se acuesta con las groupies que se le lanzan en bandeja de plata. Parece que está guardando su virtud para la diosa Guanyin.

Ambos estallaron en carcajadas al unísono. Cuando terminaron, Cheng Sheng fue el primero en recomponerse.

—Hablemos en serio, deja de cotillear sobre los demás. No vaya a ser que nos caiga la mala suerte.

Al otro lado del teléfono, Qin Xiao soltó un par de risitas antes de ponerse serio de nuevo. Bombardeó de preguntas a Cheng Sheng sobre sus años en el extranjero, y solo cuando escuchó que su condición médica se había estabilizado en los últimos dos años, dejó escapar un profundo suspiro.

—Cuando Chang Xin tenga tiempo, ¿por qué no nos tomamos otra foto los tres? Así haría juego con la que nos sacamos a los dieciocho. La pondré en la pared de fotos del bar, para alegrarme la vista.

Cheng Sheng asintió con un «mm» al teléfono, y la conversación derivó hacia asuntos mundanos: qué antiguo compañero se había metido en qué nuevo negocio, qué pariente llevaba tiempo enfermo en el hospital…

Al colgar el teléfono, Cheng Sheng dejó escapar un largo suspiro y se desplomó en el sofá. Estiró el brazo para hojear los currículos recientes sobre la mesa de café, cuando de pronto recordó que ni siquiera había preguntado a Qin Xiao el nombre de la persona que le recomendaría.

El sábado por la noche, Cheng Sheng se plantó frente al espejo vistiendo una camisa formal y pantalones de vestir. Pero luego pensó que ese atuendo empresarial quedaría fuera de lugar en un bar, así que rebuscó en el armario hasta encontrar una camiseta y unos shorts. Sin embargo, al mirarse nuevamente al espejo, seguía insatisfecho: con ese aspecto parecía un recién graduado, nada que ver con el dueño de una empresa.

Al final, optó por una camisa a cuadros de manga corta, al menos así proyectaba algo más de «experto tecnológico».

Cuando llegó a la entrada del bar, ya había anochecido por completo. Cheng Sheng estuvo dando vueltas sin encontrar el lugar, hasta que una chica que también iba a tomar algo lo guió hasta allí.

El bar aún no había abierto sus puertas, pero ya se formaba una columna dispersa en la entrada. Varias chicas con maquillaje cargado se agachaban en las escaleras fumando, escotes profundos, uñas pintadas de colores estridentes que sostenían los cigarrillos, labios casi todos de un rojo intenso.

Cheng Sheng las observó una por una y sintió un repentino arrepentimiento por vestirse como oficinista.

A mitad de espera, llamó a Qin Xiao, quien inmediatamente salió a recibirlo por la puerta trasera. Avanzaron por la salida de emergencia mientras Qin Xiao le advertía: 

—Espérate con la banda en el backstage. Son buena gente. Yo debo ir a verificar los licores del local primero.

El backstage era un caos total. Instrumentos musicales ocupaban casi todo el espacio, cables de equipos de sonido cubrían el suelo. Un empleado del bar, micrófono en mano, bromeaba con la banda desde el escenario.

—La primera banda de electro rock salida de BLi, «Afluente», se prepara.

Apenas el empleado terminó de hablar, una chica detrás de Cheng Sheng replicó entre risas:

—¡Somos una banda sin etiquetas! Solo un par de canciones de nuestros últimos dos álbumes tienen toques electrónicos.

Cheng Sheng encontró un hueco para pararse, pero al escuchar esos términos después de diez años, le parecían de otra vida. En el caótico backstage, intentó seguir las conversaciones a su alrededor solo para darse cuenta de que no podía intervenir en ninguna, igual que un tornillo oxidado que ya no encaja en su ranura. 

Pero no tuvo tiempo de seguir reflexionando. La misma chica que había gritado desde el escenario lo llamó por la espalda: 

—Oye, tú, el de adelante, ¿me ayudas a llevar la batería al escenario?

Bajo el haz de luz cenital, la chica señaló hacia el escenario principal del bar con un gesto imperioso, confundiendo claramente a Cheng Sheng con un empleado del local. 

—Primero lleva el bombo y después el resto de la batería —ordenó con tono altivo—. Que no se te caiga. ¡Y ten cuidado!

Cheng Sheng se quedó paralizado un instante, pero al comprender que se dirigía a él, la sorpresa inicial se esfumó al instante. En lugar de corregirla, asintió con rapidez y se acercó a organizar los tambores con destreza –el bombo, la caja–, aceptando sin resistencia su nuevo rol de miembro del staff.

Al ver su eficiencia, la chica le dio una palmada de aprobación en el hombro antes de saltar hacia un grupo de gente cerca del escenario.

Al tocar la piel del tambor, una corriente eléctrica recorrió la espina dorsal de Cheng Sheng desde las yemas de sus dedos. Hacía años que no experimentaba esa sensación áspera y primaria. Con solo un contacto, le palpitó el corazón con fuerza, tanto que ni siquiera notó que alguien se acercaba lentamente por detrás. 

—Yo me encargo. 

De pronto, alguien se acercó a su lado, se agachó y levantó el fondo del tambor mientras le explicaba:

—Esa chica de antes es mi baterista. Es testaruda. Se nota que tú no eres del staff. 

La voz, a un tiempo nebulosa y nítida, había adquirido un tono más grave tras diez años; le resultaba familiar y, al mismo tiempo, profundamente extraña. Cheng Sheng, aturdido, creyó por un instante estar soñando. Una figura borrosa cruzó su mente, pero no se atrevió a seguir ese hilo de pensamiento. Ni siquiera osó levantar la cabeza. En medio de la confusión, preguntó casi por instinto:

—¿Tú eres…?

—El guitarrista de Afluente —respondió el hombre frente a él, sin alzar la cabeza. 

Cheng Sheng percibió que un aroma conocido lo envolvía, aunque no se atrevía a confirmarlo. Aferrando el tambor, avanzó con pasos vacilantes hacia el escenario del bar, pisando varios cables en el trayecto sin siquiera notarlo.

Una corriente de tensión fluía entre ambos, pero parecían esquivar esa atmósfera que se iba caldeando poco a poco. Ninguno se miraba a la cara; avanzaban en silencio, con la cabeza baja, como si hubieran alcanzado un acuerdo tácito. 

Pero el cielo parecía empeñado en negarles ese anonimato. Al llegar al borde del escenario, un haz de luz de prueba los bañó de golpe desde lo alto. Cheng Sheng, cegado por el destello repentino, alzó la vista por instinto, directo al rostro del otro.

La luz intensa caía de lleno y los rasgos del hombre emergieron con inusitada nitidez bajo el resplandor: ojos estrechos y alargados y párpados delgados donde se transparentaban venas azuladas. En la nariz llevaba un discreto piercing plateado. 

Cheng Sheng detuvo sus pasos, y su corazón se contrajo violentamente al ritmo de los cambios de la luz cenital. En su confusión, apartó la mirada del rostro que tenía delante, pero antes de que pudiera tomar un respiro profundo, una descarga eléctrica, ácida y hormigueante, le recorrió la columna vertebral.

La persona frente a él pareció percibir su incomodidad. Bajo la luz intensa, alzó la vista casi sin intención, dejando que se deslizara por el rostro de Cheng Sheng sin el menor asomo de emoción. Pero al reconocer sus facciones, se quedó completamente paralizado.

Desde atrás llegó la voz sorprendida de una chica:

—Zhang Chen, ¿por qué estás ayudando a cargar los tambores? ¿Ya están todos afinados?

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