Capítulo 35. Encuentro

¡Tan! El borde del tambor golpeó el suelo. 

Al otro lado, Zhang Chen reaccionó rápido, sosteniendo el tambor con su otra mano hasta asegurarse de que quedara estable antes de bajarlo con cuidado. 

Al escuchar el ruido, la chica de atrás corrió hacia ellos. Dio unos golpes al bombo, y al ver que no había daños, suspiró aliviada. Entonces, rodeó el brazo de Zhang Chen con el suyo y dijo:

—Menos mal que no pasó nada. Por un momento pensé que no podríamos tocar esta noche. —Luego, volviéndose hacia Cheng Sheng, que seguía paralizado, añadió con tono reprochador—: Te dije que tuvieras cuidado, y casi lo tiras.

La acusación quedó flotando en el aire, sin que ninguno de los dos hombres respondiera.

Cheng Sheng la miró, desconcertado, y luego desvió la mirada hacia Zhang Chen. Sus ojos se encontraron en el aire, y en menos de un segundo, Cheng Sheng vio destellos de fuego brillar ante sus ojos, acompañados de un zumbido crepitante en sus oídos. Un recuerdo enterrado hacía mucho tiempo se encendió de repente. 

Supo que algo volvía a andar mal dentro de él. Esperó unos segundos, hasta que los latidos desbordados de su corazón se calmaron, y entonces se dio cuenta de que aquellos destellos de fuego solo habían sido una alucinación. Estaban en el backstage de un bar normal, rodeados de empleados y cables de audio desordenados. Nada más.

El ambiente se volvió extraño. Incluso la chica, aunque despistada, notó que algo ocurría. Empujó a Zhang Chen con el codo y susurró:

—¿Qué pasa? ¿Por qué nadie habla?

Las luces del escenario seguían cambiando. Antes eran blancas y cegadoras; ahora se habían vuelto de un azul tenue, envolviendo a los tres en una luz fantasmal. Nadie se atrevió a romper el silencio.

Zhang Chen fue el primero en reaccionar. Apartó la mirada del rostro de Cheng Sheng y, con naturalidad, se liberó del brazo de la chica.

—No pasa nada. Voy a afinar.

En ese momento, Qin Xiao regresó y, al ver a los tres plantados en medio del ir y venir del personal, adoptó de inmediato su actitud de jefe. Abrió los brazos y se acercó: con uno rodeó los hombros de Cheng Sheng y con el otro detuvo a Zhang Chen, que intentaba retirarse. 

—¡Eh! Zhang Chen, no te vayas todavía. Déjame presentarte a alguien —dijo, empujando suavemente a Cheng Sheng hacia adelante—. Este es Cheng Sheng, mi amigo de la infancia. Ha estado estudiando y trabajando en Estados Unidos estos años, así que nunca lo mencioné. Acaba de regresar el mes pasado y está empezando su propio negocio. ¿Qué tal si se conocen? Después del show, vamos todos a comer brochetas. Invito yo.

Zhang Chen, que ya se había dado la vuelta, se giró de nuevo y extendió la mano con cortesía.

—Hola. Soy Zhang Chen. 

Al ver que Cheng Sheng seguía con la cabeza gacha y sin moverse, Qin Xiao le dio un codazo en el hombro y murmuró entre dientes: 

—Es el tipo del que te hablé. Te está dando la mano, ¡al menos respóndele!

Cheng Sheng miró aquella mano que le resultaba tan familiar y, con el corazón en un puño, extendió la suya. Al entrar en contacto con las palmas y el espacio entre el pulgar y el índice de la otra persona –donde sintió unas leves callosidades–, su ritmo cardíaco, que apenas se había normalizado, volvió a descontrolarse en contra de su voluntad. No se atrevió a seguir mirando a Zhang Chen, bajó la cabeza y murmuró:

—Hola. Soy Cheng Sheng.

Y no añadió nada más. 

Aparentemente no se conocían, pero había algo indescriptiblemente extraño en la atmósfera entre ellos. Qin Xiao no le dio mayor importancia; había visto este tipo de situaciones muchas veces. O eran ex amantes que se reencontraban después de una mala ruptura, o simplemente dos personas poco sociables e incómodas por haber sido puestas en evidencia.

Claramente, estos dos eran el segundo caso. 

Al ver que al menos se habían presentado, Qin Xiao se relajó. Le dio una palmada en el hombro a Zhang Chen y le susurró:

—Esta noche Xiao Cheng quiere hablar contigo en privado. Es por un tema de trabajo.

Zhang Chen no aceptó ni rechazó, limitándose a dar una respuesta ambigua: 

—Primero el concierto. Después hablamos. Ahora no es momento para negocios. 

Dicho esto, dejó atrás a Qin Xiao y a Cheng Sheng, dirigiéndose al escenario. 

—Vaya tipo —dijo Qin Xiao—. A veces dan ganas de darle un puñetazo. Nunca da una respuesta clara.

Apenas terminó la queja, escuchó a Cheng Sheng hablar.

—No te apures. Eso significa que acepta.

Qin Xiao se encogió de hombros, renuente.

—Al final, solo te lo presenté. Yo solo hice de intermediario. Si a ti te parece bien, toma la iniciativa. Ya viste cómo es su carácter.

Cheng Sheng bajó la mirada. Sus ojos, perdidos en el suelo, parecían ausentes. Permaneció inmóvil durante un largo rato, las manos rozando los costados del pantalón antes de dejarlas caer de nuevo. Su expresión era difícil de descifrar: ¿era desconsuelo lo que mostraba, o simplemente desconcierto?

El personal subía los instrumentos al escenario uno tras otro. Zhang Chen estaba sentado en las escaleras afinando su equipo. Vestía con un estilo juvenil, el cabello ahora más corto, apenas rozándole las orejas. Como todo músico de rock, llevaba su dosis de adornos llamativos: un piercing en la nariz, varios studs relucientes en el cartílago y el lóbulo de la oreja derecha, y el tenue asomo de un tatuaje azulado bajo la clavícula que se insinuaba bajo la camiseta. Nada demasiado ostentoso. Si mirabas con atención, distinguías además una cinta negra sujetando su cabello.

Cheng Sheng, apoyado contra la puerta del backstage, seguía con la mirada cada movimiento del hombre en el escenario. Se dio cuenta de que no lograba encontrar en él ni el más mínimo rastro de la persona que había conocido antes. 

El de arriba terminó de afinar su guitarra eléctrica con rapidez. Luego se puso a señalar los instrumentos a los otros tres miembros de la banda, su expresión seria. Probablemente debatían algún detalle técnico.

El bar abrió sus puertas y la banda regresó al backstage. Como el espectáculo tenía una hora fija, tenían que esperar hasta el momento exacto para salir, así que mataban el tiempo charlando y bromeando.

La chica que antes había sido grosera con Cheng Sheng volvió para disculparse, ofreciéndole un paquete de frituras de camarón como gesto de reconciliación. Su tono seguía siendo desenfadado:

—Lo siento, de verdad no me di cuenta de que eras amigo del dueño. Vaya ceguera la mía.

Qin Xiao, sentado junto a Cheng Sheng, al ver que este no aceptaba el snack de Qi Yuan, pensó para sus adentros que con los años su amigo había perdido todo tacto social. Para salvar la situación, le dio un codazo y tomó la palabra:

—Oye, Cheng’er, ¿no crees que Qi Yuan tiene el mismo descaro que tú de pequeño?

Apenas terminó la frase, Qi Yuan soltó un «¿Eh?», y señalándose incrédula con la mano que sostenía las frituras, añadió:

—¡Imposible! Cheng Sheng tiene toda la pinta de haber sido un estudiante modelo. Yo era del tipo que hasta los perros evitaban. De niña, ni mis vecinos me llamaban por mi nombre, solo decían «esa chica salvaje de esa familia».

Todos rieron a carcajadas, excepto Cheng Sheng y Zhang Chen.

En medio de las risas del grupo, Cheng Sheng soltó de pronto:

—No nos parecemos. No nos parecemos en nada. ¿De dónde nos pareceríamos?

La frase cayó como un balde de agua fría. Las risas se apagaron al instante. Qin Xiao lo miró, desconcertado, y chasqueó la lengua.

—¿Ya estás de malas? Si ni siquiera dije que pareces una chica, ¿para qué te ofendes?

Cheng Sheng se puso de pie y, sin mirarlo, dijo:

—Voy al frente a tomar algo. Sigan hablando ustedes.

Y sin volver la vista atrás, se dirigió hacia el pasillo.

En el backstage, los demás se quedaron mirándose sin saber qué decir. Qin Xiao no entendía qué le pasaba; de repente, había vuelto a sus viejas costumbres. Intentando romper la tensión, sonrió forzadamente y dijo:

—No le hagan caso, él es así. De niño era aún peor, ahora al menos sabe aguantarse un poco. No dejen que les afecte el ánimo, dense con todo en el escenario. Hoy todos vinieron a verlos a ustedes.

Zhang Chen frunció el ceño y echó una mirada en dirección a Cheng Sheng. Ignoró el cambio repentino en el ambiente, miró la hora y le recordó al resto de la banda:

—Prepárense, ya es hora de salir al escenario.

Durante los preparativos, Qin Xiao se fue hacia el frente y vio a Cheng Sheng solo, mezclado entre los clientes que habían venido a beber. Estaba taciturno, empinando uno tras otro sus tragos. Con un suspiro, Qin Xiao se acercó y se sentó junto a él. Se sirvió también una copa, y mientras bebía, le preguntó:

—¿Qué te pasa hoy? ¿Por qué te enojas con una chica que apenas viste una vez? Solo te confundió con un miembro del staff. ¿Qué más da?

—No la aguanté, simplemente no la aguanté —dijo Cheng Sheng, bebiendo otro trago. Ese trago le dio el valor suficiente para casi volver a su antiguo y obstinado yo. Con el rostro enrojecido, replicó—: Me enojé sin razón, ¿y qué? ¿Ni siquiera tengo derecho a enfadarme? Hasta las bestias, cuando se enfadan, embisten las vallas y muerden al que sea. Los tigres, si se alborotan, se escapan del zoológico. ¿Y yo no puedo?

—¡Sí, sí, claro que puedes! —se apresuró a decir Qin Xiao—. ¡Está bien tener emociones! Antes, cuando te veía siempre apagado, me ponías mal. Llegué a pensar que alguien te había echado mal de ojo y se había ido hasta Tailandia a buscar a un brujo. De la nada, un tipo como tú, entero, se fue de un extremo al otro. Pero ahora estás más normal. Tener carácter es bueno, muy bueno.

El bar se iba llenando. Muchos eran clientes habituales, y especialmente había muchas chicas. Cheng Sheng miró alrededor, a todas esas mujeres con tirantes, shorts diminutos y labios rojos, y de pronto soltó con rabia:

—¡Los que hacen rock no valen un pimiento! Solo quieren hacerse los interesantes o ligarse a las chicas. Copian canciones, se acuestan con las groupies… ¡El rock está condenado!

Qin Xiao casi le tapa la boca con la mano.

—¿Qué te pasa hoy? ¿Te pegó algo raro? ¡Si nosotros también hacíamos rock! Aunque, claro, ni siquiera llegamos a entrar de verdad al circuito.

—¿Acaso tú o yo valemos un pimiento? —dijo Cheng Sheng, dejando el vaso sobre la barra—. ¡Yo me volví decente solo después de dedicarme de lleno a estudiar!

Qin Xiao le sostuvo la mano y negó con la cabeza.

Gege[1], mejor escuchemos la música, ¿sí? Bebe un poco menos, que si no, cuando termine esto no vamos a poder cerrar ningún trato.

El ambiente ya estaba encendido. Cuando la banda subió al escenario, la gente con copas en la mano empezó a silbar con entusiasmo. Lao Liu salió a calentar al público, micrófono en mano, bromeando con los de abajo:

—La semana pasada, Zhang Chen y Qi Yuan se dieron un agarrón ¡y a Afluente le faltó nada para disolverse!

Desde abajo llovieron abucheos entre risas. A Zhang Chen le encantaba que lo abuchearan; tomó el micrófono y, girándose hacia Lao Liu, le dijo:

—No inventes cosas sobre mí. Yo nunca me peleo con chicas, ¡es Qi Yuan la que siempre me da a mí!

Desde detrás de la batería, Qi Yuan les lanzó un par de baquetazos al aire y les espetó, con la voz apretada:

—¡Dejen de hablar y empecemos ya!

Zhang Chen señaló hacia atrás, donde Qi Yuan gesticulaba impaciente, y dijo al público:

—Qi Yuan ya está perdiendo la paciencia. ¿Qué dicen, arrancamos? Las dos de siempre.

Se refería a las dos canciones más conocidas de Afluente en el círculo de bares con música en vivo. Eran temas de su álbum del año pasado, con nuevos elementos electrónicos de corte experimental. Todos los dispositivos usados en esas canciones eran aparatos que Zhang Chen había conseguido en clubes del extranjero y que, tras investigar por su cuenta, integró directamente a la música. Incluso la composición, grabación, mezcla y masterización –todo el trabajo de productor– había sido hecho por él mismo.

Cheng Sheng estaba recostado sobre la mesa, la cabeza ladeada mientras escuchaba la música. Al rato, murmuró: «Qué buena guitarra». Un momento después, añadió: «El bajo también está genial». Y cuando llegó a decir: «Qué batería tan sólida… con lo densos que son los golpes, ¡y todos suenan igual…!», Cheng Sheng sintió que algo andaba mal y se corrigió de inmediato, como escupiendo al aire: «¡Bah, bah, bah! ¿Cómo pude decir que ella toca bien?!».

Cuando terminaron las dos canciones, los músicos ya se disponían a dejar el escenario, pero Zhang Chen de pronto hizo un gesto a los demás para que no se movieran. Luego corrió al micrófono, y bajo la luz azul cegadora localizó a Cheng Sheng, que seguía echado sobre la mesa bebiendo, antes de volver la mirada al público y anunciar:

—Cambio de planes. Vamos a tocar dos canciones más. La primera es Alcantarilla, del primer álbum que sacamos. Ese disco lo hicimos Lao Liu y yo con nuestro propio dinero, solo imprimimos trescientas copias, por miedo a que no se vendieran. —Zhang Chen hizo una pausa y añadió—: Al final sobraron ciento veinte. El día que me mudé de residencia, las tiré todas al basurero. Supongo que su destino final era, literalmente, la alcantarilla.

Risas sueltas se alzaron entre el público. Alguien entre la gente gritó con curiosidad:

—¿Y la segunda?

—La segunda es una canción inédita. La escribí el primer día del año 2001 en la azotea del dormitorio. Se llama 3000.

Los demás miembros de la banda se quedaron congelados en el escenario, completamente descolocados por el anuncio repentino de Zhang Chen. Desde atrás, Qi Yuan alzó el brazo e hizo una gran «X» con los codos, claramente frustrada.

—¡Ni me acuerdo cómo iban las versiones originales de esas dos canciones!

Zhang Chen se volvió hacia ella y le hizo un gesto tranquilizador con la mano.

—Improvisamos. Toca lo que sientas. Es una actuación extra, sin presión.

Dicho eso, miró a Lao Liu y le dijo, con tono firme:

—Tú seguro que te acuerdas de cómo se toca.

Lao Liu sonrió y le hizo un gesto de «ok» con los dedos, completamente relajado.

—¡Vamos a tocar y ya!

La luz azul desapareció, y desde el techo descendió una hilera de luces amarillas, tenues. Sonó primero la guitarra eléctrica, un breve solo, seguido de una ráfaga de batería. A diferencia de las dos canciones anteriores, cargadas de cambios complejos, estas tenían una estructura sencilla, acordes simples, variaciones mínimas. Todo era simple.

Cheng Sheng seguía recostado entre los bebedores, observando desde ahí a Zhang Chen en el escenario, tocando la guitarra y cantando, como si fuera un espectador más. Hoy había bebido fuerte, escogiendo solo licores de alta graduación, y tras varias copas ya se sentía algo mareado. Apoyó la cabeza sobre el brazo y, con voz apagada, como hablando con el aire, murmuró:

—Has crecido tanto. Tu rostro ha cambiado, tu actitud ha cambiado, todo en ti es distinto. Ya no eres el mismo de antes. Casi no te reconozco.


[1] Gege (哥哥): Hermano mayor, pero también se emplea de manera afectuosa entre amigos o para referirse a un hombre mayor, aunque no necesariamente mucho mayor.

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