Capítulo 38. Hermanito

Haiyan era hija única. Su madre biológica desapareció cuando ella nació y su padre nunca volvió a casarse. Hasta que, en 1997, terminó bajo tierra en el desastre minero de Yuncheng. Con él se fue también un chico llamado Mingming, de la misma edad que ella.

Una semana antes de morir, Mingming le dijo misteriosamente que la semana siguiente le llevaría un regalo. El regaló nunca llegó, pero sí un hermano, un hermano sin lazo sanguíneo alguno con ella.

El otoño apenas había arribado cuando, con un nudo de rabia en el pecho, ella fue hasta el complejo residencial de la Tercera Acería. Permaneció allí, apoyada contra la puerta de su casa como una estatua de Buda, esperando más de dos horas hasta que por fin apareció Zhang Chen, aún con el uniforme escolar.

Cuando escuchó de repente unos pasos conocidos resonar en el pasillo vacío, Haiyan supo que la persona que esperaba finalmente había llegado. Levantó su bastón y golpeó con fuerza el pasamanos de la escalera, gritando con furia hacia abajo:

—Zhang Chen, ¿por qué me mentiste? En la mina Ping’an hubo un accidente y murieron decenas de personas. Mi papá y Mingming siguen desaparecidos, seguro quedaron sepultados ahí. Todo el mundo lo sabe, ¿cómo pudiste ser tan cruel y engañarme a propósito?

Los pasos se detuvieron un buen rato en la escalera. Haiyan, con una mano levantando el bastón y la otra cubriéndose la cara, siguió gritando hacia abajo:

—¡Eres un niño malo! ¡Hasta te atreves a jugar con la muerte!

Los pasos bajaron despacio y con pausas. Zhang Chen llegó frente a ella, intentó tirar del bastón que ella levantaba, pero la joven tenía una fuerza sorprendente, así que desistió y simplemente dijo:

—Sí, te mentí. ¿Pero y qué puedes hacer? ¿Ir a exigir justicia? ¿Quedarte plantada frente a la comisaría? ¿O ir hasta otra ciudad a buscar a esa familia que nunca ha dado la cara?

Haiyan no esperaba que él fuera tan insensible. Que alguien a quien había ido a buscar en persona tuviera el descaro de responderle de ese modo la dejó sin palabras; estaba tan enfadada que solo pudo jadear, incapaz de articular nada más.

Zhang Chen, de pie en la puerta, lanzó una mirada a Haiyan, cuyo rostro enrojecido delataba la rabia contenida, pero no dijo nada. Se limitó a darle una palmadita en el hombro, sacó las llaves del bolsillo y abrió. Sin mirarla, como si hablara con el aire, dijo:

—¿No has comido, verdad? Te prepararé algo.

Haiyan dudó unos segundos. Al final, se secó el rostro con la mano, guardó despacio el bastón y siguió a aquel muchacho hacia el interior de la casa.

El lugar había cambiado mucho desde la última vez: los objetos de valor habían sido vendidos por Zhang Chen, dejando solo lo estrictamente necesario para vivir, junto con algunos muebles viejos que ya nadie querría comprar.

Después de servir un tazón de gachas calientes en la mesa, Zhang Chen se dio la vuelta, tomó dos botellas de cerveza del alféizar de la ventana y las golpeó contra la mesa de centro de la sala. Mirando a Haiyan, que seguía plantada en su lugar como una estatua, preguntó:

—¿Quieres? Las compré ayer. 

El repentino sonido sobresaltó a Haiyan. Acababa de pasar por la cocina y había notado que la casa estaba vacía: ni televisor ni refrigerador. El tintineo cristalino provenía, sorprendentemente, del alféizar de la ventana. Frunció instintivamente el ceño y preguntó: 

—¿Por qué no hay nada en tu casa? ¿Ni siquiera tienes un refrigerador para guardar el alcohol? 

Zhang Chen se sentó junto a ella, abrió dos botellas de cerveza –una para cada uno– y, tras dar un trago, comentó con indiferencia: 

—Mi padre está hospitalizado. Vendí todo lo de valor al que compra electrodomésticos de la esquina. 

Haiyan, que acababa de llevarse la botella a los labios, casi se atraganta. Tosiendo con fuerza mientras se sujetaba el estómago, volvió la cabeza y preguntó asombrada: 

—¿Y aún así tienes dinero para comprar alcohol?

—Dos botellas de alcohol no cuestan mucho. Lo caro fue la cirugía.

Haiyan quedó boquiabierta. Levantó la mano y se echó un gran trago de cerveza, soltando un siseo áspero al sentir el ardor. Ese sonido pareció destrabarle algo; de pronto, empezó a beber directamente de la botella a grandes tragos con el porte audaz de una espadachina.

No tardaron en emborracharse por completo. Sin embargo, a Zhang Chen no se le notaba en el rostro; incluso ebrio, mantenía el mismo semblante de siempre, solo que entrecerraba los ojos, como si todo lo que miraba estuviera envuelto en una ligera neblina. Haiyan, en cambio, ya tenía la cara enrojecida. Se dejó caer sobre Zhang Chen, sollozando y balbuceando palabras ininteligibles. Si uno ponía atención, alcanzaba a distinguir: «Yo también me he quedado sin hogar».

Zhang Chen trató de apartarla, pero ella se aferró a él de nuevo, entre sollozos y mocos, y, alentada por el alcohol, se armó de valor para preguntarle:

—Cuando vine, pasé por la tiendita que está al frente. Dicen que al chico del segundo piso, unidad tres, le gustan los hombres. ¿Es cierto?

Justo cuando Zhang Chen iba a apartarla hacia otro lado, se quedó quieto, dejando que Haiyan lo abrazara, mientras miraba al vacío y respondía:

—Sí.

—Muy bien —dijo Haiyan, apretando aún más el brazo de Zhang Chen—. No tengo familia, y tú casi puedes contar como si no tuvieras tampoco. Yo soy ciega y a ti te gustan los hombres. A los dos nos han abandonado, no somos personas «normales». Qué bueno, qué bueno que te encontré.

Haiyan apoyó su rostro, empapado de lágrimas, contra el pecho de Zhang Chen. Alzó ambas manos, le sostuvo el rostro y le dijo como en trance:

—Tú considérame tu hermana de sangre que yo te tomaré como mi hermano. Tú puedes ir a la escuela, y yo me quedaré en casa lavando la ropa y cocinando para ti, apoyándote en todo.

Las palmas de sus manos estaban llenas de callos, y al rozar la cara de Zhang Chen le provocaron un ligero cosquilleo. Él cerró los ojos y en la oscuridad sintió la fuerza de aquellas manos.

Su madre había vuelto.

Zhang Chen no abrió los ojos, puso una mano sobre la de ella y dijo:

—Está bien.

Esa noche, Haiyan durmió en la habitación de la madre de Zhang Chen, justo al lado de la suya. Él lo preparó todo para ella, y después arrastró a Haiyan, que estaba tan borracha que había perdido el conocimiento, hasta la cama, cubriéndola con consideración con una manta delgada.

Zhang Chen se quedó mucho tiempo parado en la entrada del dormitorio, mirando la oscuridad de la habitación y la figura difusa sobre la cama. Por un instante, tuvo la ilusión de haber vuelto al pasado.

Después de aquella noche, dos personas sin la más mínima relación de sangre terminaron formando una familia peculiar. Zhang Chen dividía su tiempo entre la escuela y el hospital, mientras Haiyan se encargaba de las tareas domésticas. Cada vez que salía y escuchaba a alguien murmurar maldades sobre Zhang Chen, alzaba inmediatamente su bastón. Aunque nunca había peleado antes, atacaba a esos chismosos sin miramientos, como una guerrera dispuesta a todo.

Los demás, asustados por la actitud de Haiyan, empezaron a llamarla en secreto «la loca», pero eso no impidió que siguieran hablando sobre Zhang Chen, aunque ya no se atrevían a hacerlo abiertamente como antes. 

A pesar de que Zhang Chen seguía yendo a la escuela como siempre, Haiyan nunca lo veía estudiar en casa. En cambio, cada día lo escuchaba tomar una guitarra y tocar melodías extrañas, que distaban mucho de ser agradables al oído. 

Una vez, Haiyan no pudo contenerse más y le preguntó: 

—¿No estás en tu último año de prepa? ¿Por qué en vez de estudiar andas todo el día tocando la guitarra? 

Zhang Chen respondió: 

—Ya sé a qué universidad iré el año que viene. No necesito seguir estudiando. Prefiero practicar, porque tocar me hace feliz.

Haiyan se apoyó en su hombro y exclamó con exageración:

—¡Vaya! ¿Tan bueno eres en los estudios? ¿Tan seguro estás de ti mismo? ¿Con un año por delante ya sabes que entrarás seguro?

Zhang Chen, con la cabeza ladeada mirando por la ventana, soltó una risa burlona: 

—Sí, soy bastante bueno en los estudios.

Era ya pleno invierno, y afuera caían copos de nieve tan grandes como plumas de ganso. Dentro, los dos hermanos se arropaban bajo un mismo edredón para darse calor. Zhang Chen, apoyando la barbilla en una mano, contemplaba por la ventana la nevada que llenaba el cielo mezclada con humo negro. Sintió frío y se envolvió con más fuerza en el acolchado.

Haiyan, envuelta en el edredón que perteneció a la madre de Zhang Chen, escuchó con satisfacción lo que él acababa de decir y, orgullosa, empezó a contar cosas que Mingming le había dicho tiempo atrás:

—¡Ya me acordé! Mingming siempre hablaba de ti. Decía que tenías los ojos con las colas levantadas, las pestañas más largas que las de una chica, y que siempre andabas limpio, impecable… Que con solo verte, se sabía que no eras alguien destinado a quedarse en este lugar. ¿Sabes? ¡Te tenía en un pedestal! Decía que tenías montones de libros, y que sabías tantas cosas que él no entendía.

Zhang Chen respondió:

—Hay mucha gente que sabe más que yo.

Haiyan chasqueó la lengua, riendo.

—¡Tú eres la persona más culta que he conocido! Mingming incluso decía que eras material de Tsinghua o de Beida. ¡Imagínate! ¡Ibas camino al cielo!

Zhang Chen no dijo nada.

Haiyan, absorta en sus fantasías, seguía apoyada en Zhang Chen y divagaba entusiasmada sobre el futuro: 

—Si entras en una universidad prestigiosa, ¡tendré tanto de qué presumir! Cuando la gente me pregunte qué hace mi familia, podré enderezarme orgullosa y decir: «Mi hermano menor estudia en tal universidad de élite y luego trabajará en tal institución importante». Qué imponente sonaría, ¿no? ¡Ni siquiera necesito imaginármelo, sé que ese sería el momento más glorioso de mi vida!

Zhang Chen permaneció en silencio.

El ambiente se enfrió de repente, sin motivo aparente. Haiyan, siempre perceptiva, captó que algo andaba mal. Vacilante, retiró las manos que agitaba en el aire y corrigió su postura relajada de momentos antes, enderezándose. 

En ese incómodo interludio, de pronto recordó al Zhang Chen que madrugaba antes de las cinco de la mañana, preparaba todo y luego llevaba el termo con comida al hospital para cuidar a Zhang Licheng. De golpe comprendió la razón de su silencio. Haiyan se retorció las manos nerviosamente, luego las frotó con inquietud sobre sus rodillas antes de preguntar con vacilación:

—¿Es… porque tienes que cuidar a tu padre que no puedes ir lejos?

—Sí. Pero no importa, no importa.

Zhang Chen hizo una pausa y repitió: 

—No importa, no importa.

La gran nevada de afuera parecía haberse colado en la habitación. Un frío imparable casi sepultó a las dos personas solitarias. Haiyan movió los dedos, alzó la mano y rozó por un instante la mejilla de Zhang Chen, sólo para retirarla de golpe, como si hubiera tocado fuego. 

Al tocar la mejilla helada de Zhang Chen, Haiyan pensó: ¿cómo puede alguien así ser llamado humano? Era claramente un bloque de hielo, y ese frío le atravesó el corazón directamente. No podía entender cómo alguien como Zhang Chen había terminado así. En voz queda, preguntó:

—Hermanito, ¿es que todos los humanos somos tan miserables? Si incluso tú, que para nosotros eres tan excepcional, has acabado así…

Zhang Chen, con la cabeza apoyada en sus rodillas recogidas, cerró los ojos y asintió una y otra vez con suavidad.

—Sí. Mi mamá me dijo que todos somos así. Es normal.

—¿Entonces cómo viviremos de ahora en adelante? ¿Existimos en silencio para luego morir sin hacer ruido? ¿Qué sentido tiene haber nacido?

—¿No es eso lo más normal? —dijo Zhang Chen—. Hay que buscarle el sentido uno mismo. Si te equivocas, vuelves a buscar. Y si no lo encuentras, sigues buscando sin parar.

Estas palabras dejaron a Haiyan completamente desconcertada. Ni siquiera entendía qué era lo que debía buscar, mucho menos la razón de esa melancolía que la embargaba. No hizo más que suspirar una y otra vez.

Un rato después, Haiyan pareció volver en sí. Desde dentro del edredón, tanteó hasta encontrar la mano helada de Zhang Chen, la envolvió entre las suyas y volvió a preguntar:

—Hermanito, ¿tú cómo te ves? ¿Y Mingming? ¿Y tu mamá? Antes, en mi mundo, solo existían hombres y mujeres. Pero luego entendí que estaba equivocada. Cada persona lleva un olor y una sensación únicos. Mi papá siempre olía a hollín, un olor que no se iba ni con cien lavadas. Mingming también olía así, pero era diferente. Él se sentía cálido, sobre todo cuando hablaba conmigo. Mientras más hablábamos, más cálido se volvía. Pero tú siempre estás frío, como si nada pudiera hacerte entrar en calor. ¿Por qué? ¿Acaso no eres un hombre?

—Yo también puedo estar cálido. —Zhang Chen se incorporó para alcanzar una botella de cerveza verde de la mesa, la destapó con destreza y se bebió la mitad de un trago. De pronto, le agarró la mano a Haiyan y la presionó contra su rostro. Entornando los ojos, le preguntó—: ¿Ahora sí estoy más cálido?

Haiyan se asustó un poco por su repentina reacción, pero ya le había tomado el pulso al temperamento de Zhang Chen en estos días. No tardó más de dos segundos en adaptarse, y siguiendo el movimiento de su mano, le tocó la cara y dijo:

—No, sigues igual de frío. ¿Cuándo vas a calentarte de verdad?

Ese «no» lo decepcionó profundamente. Se dio un par de palmaditas en la cara, comprobando que, en efecto, seguía tan fría como siempre; ni siquiera el alcohol había logrado darle calor. Dejó la botella a un lado sin más y se dejó caer de nuevo en el sofá, sin cuidado.

—Antes podía sentir calor —dijo—, ahora ya no.

—¿Por qué?

—Porque cuando el fuego por fin empezó a arder, un aguacero lo apagó. ¿Cómo podría volver a calentarme?

Haiyan se dio unas palmadas en la cara y soltó una risita.

—¿Y tú qué eres, una cerilla? Que si te prendes, que si te apagas. No te entiendo.

Zhang Chen le respondió con otra pregunta:

—¿No te parece que las personas son como cerillas? El instante en que se encienden también marca el comienzo de su final, porque acabarán hechas cenizas. En cambio, las que nunca se encienden, esas pueden durar toda la vida.

—¿Y qué pasa con alguien como tú, que se apagó cuando ya estaba ardiendo a la mitad? —preguntó Haiyan con voz pastosa, atropellando las palabras. 

—Pues toca arrastrar lo que quede de ese cuerpo a medio quemar hasta encontrar su propio final.

Haiyan, envuelta en el grueso edredón, se abrazó las rodillas y sacudió la cabeza sin parar.

—No entiendo, habla como la gente normal, no te entiendo…

Los dos se pasaban los días emborrachándose, solo bebiendo licor barato y de alta graduación. Haiyan no tardaba en desplomarse sobre el sofá, inconsciente, balbuceando cosas incomprensibles entre el aturdimiento etílico. 

Zhang Chen, ya curtido en lidiar con borrachos, la cargó sin esfuerzo y la llevó a la habitación de su madre. Después, volvió a la sala, recogió las botellas de cerveza y preparó lo necesario para ir al hospital a la mañana siguiente antes de retirarse a su propio cuarto.

La ventana del dormitorio estaba abierta de par en par, y la ventisca irrumpía a ráfagas. Zhang Chen se acercó y, como tantas otras veces, se apoyó en el alféizar para mirar la chimenea. Sobre la negra chimenea había una media luna blanca, el negro y el blanco en claro contraste, resultando casi cómico. Ante esa escena, Zhang Chen extendió las manos hacia fuera y atrapó un puñado de nieve fría.

Ese puñado de nieve era como él mismo: frío, condenado a caer del cielo a la tierra, a cumplir su existencia en silencio, solo para que alguien, indiferente, lo atrapase en sus palmas. El ser humano tiene calor; las palmas arden. Por mucho que Zhang Chen se resistiese, no podía evitar que el hielo se derritiera ante el calor. Al final, se convertiría en agua, y luego, con un simple gesto, sería arrojada en el suelo para ser pisoteada. 

De pronto, a Zhang Chen le entraron ganas de tocar.

Sobre la mesa del dormitorio había dos partituras para guitarra y unas letras: canciones que había escrito unos días antes. Los acordes eran sencillos, apenas unos pocos. La letra, sobria y contenida, hablaba de alguien lejano, al otro lado del cielo. Zhang Chen no sabía qué estaría haciendo esa persona en ese momento. Solo esperaba que, de verdad, cumpliese su promesa y no, tras darse la vuelta, arrojase al suelo el agua derretida entre sus manos.

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