Cheng Sheng se durmió de un tirón y no despertó hasta el mediodía. Al frotarse los ojos y levantarse, descubrió que estaba completamente solo en la habitación. Incluso la almohada de al lado ya había sido guardada en el armario, como si nadie hubiera dormido allí, jamás.
Al escuchar ruido en el dormitorio, la abuela Li entró con el delantal puesto y un sartén de hierro negro en la mano. Siempre había sido más blanda con los extraños que con su propia familia –no soportaba ver sufrir a nadie–, pero con su nieto no tenía reparos en soltar regaños o incluso algún tortazo. Apenas abrió la boca, ya estaba sermoneando a Cheng Sheng:
—¿Así que por fin te dignas a levantarte? Xiao Zhang se levantó a las seis y media, me ayudó a lavar las verduras y a ordenar la casa antes de irse. ¡Y mírate tú, que encima eres mayor que él! Pareces un cerdo perezoso que solo come y no hace nada.
El cerebro de Cheng Sheng seguía embotado cuando, de pronto, recibió aquel regaño. No dejaba de revivir las escenas incómodas de la noche anterior. Con la mirada clavada en la pared frente a él –áspera, de un blanco marchito–, murmuró en voz bajita:
—¿Ya se fue? ¿Sin decir nada?
La abuela Li, sin entender sus farfullos, regresó a la cocina con la sartén en la mano mientras le urgía:
—Apúrate, levántate y lávate. Hoy almorzaremos fideos con salsa espesa de tomate.
Cheng Sheng se incorporó lentamente de la cama. Llevaba el pijama que Zhang Chen le había dado la noche anterior. Acercó la nariz a la tela y aspiró hondo, pero no captó ni un rastro del otro; solo el olor neutro del algodón y el jabón de baño. Decepcionado, bajó con gesto mustio para asearse.
Para el almuerzo, la abuela Li había preparado fideos en sopa de tomate en vez de los fideos con salsa espesa de tomate que esperaba. Cheng Sheng revolvía el plato con los palillos, haciendo un gesto de disgusto, hasta que no pudo aguantarse:
——Abuela, su habilidad culinaria está a la par con mi habilidad con la guitarra.
—Anda ya. Cocino mejor que tú tocas. Si dejaras de atiborrarte de snacks, no tendrías el paladar tan estropeado.
La abuela Li iba a seguir regañando a su nieto, pero de pronto recordó algo. Dejó los palillos sobre la mesa, alzó la vista y dijo:
—La próxima vez que venga Xiao Zhang, que él te cocine. Es mucho mejor que yo. Hasta me enseñó su receta de carne salteada con verduras. No te dejes engañar por su apariencia de chico refinado, es muy hábil con las tareas del hogar. En la cocina es un hacha: pica más rápido que tu madre y tu tía juntas. En dos minutos ya me había explicado el truco.
Cheng Sheng, con la boca llena de fideos, farfulló:
—¿Y ese qué es? ¿No era estudiante? ¿Por qué también repara cosas?
—¿Te dijo que era estudiante? —La abuela Li miró a su nieto con sorpresa—. Los jóvenes de la misma edad sí que se entienden, en una noche ya se han abierto por completo. Xiao Zhang antes ni hablaba conmigo, siempre tan callado. Venía, trabajaba y se iba. Recién con el tiempo empezó a decirme dos palabras.
—Ya en serio, ¿a qué se dedica?
—¿Pues a qué más? A trabajar para ganarse el pan. ¿Crees que todos tienen energía de sobra como tú que no saben en qué usarla?
Cheng Sheng dejó el tazón con un golpe seco y siguió indagando:
—¿Y sus padres? ¿Cómo permiten que un estudiante de prepa salga a ganar dinero así nada más?
La abuela Li suspiró.
—Su madre está en paro, y su padre trabaja en la Acería N.º 3, esa que está pasando la estación del tren. Allí también están recortando plantilla, y llevan meses sin pagar salarios. Hay una multitud de obreros amontonados en la fábrica, mientras los jefes los examinan como ganado para decidir a quién despedir. Cuando apenas pueden poner comida sobre la mesa, ¿crees que les importa si sigue estudiando o no?
Cheng Sheng dejó de hacer bromas. Revolvió los fideos con los palillos y dejó el cuenco de porcelana completamente limpio.
Distraído, alzó la mirada hacia la ventana y a lo lejos vio un tren carbonero: una decena de vagones ennegrecidos por el tiempo se apiñaban, rebosantes de carbón hasta el borde. De la locomotora emanaba un humo espeso que trazaba en el aire una especie de gancho difuso, desvaneciéndose lentamente en la nada.
Cheng Sheng quedó absorto contemplando la escena.
Pero en ese momento no era más que un espectador, igual que cuando en clase de apreciación fotográfica observaba imágenes de refugiados demacrados y débiles. Una pared transparente lo separaba de aquel mundo, imposibilitándole entrar verdaderamente en él.
No lo entendía, nunca lo había entendido, y desde luego que nunca lo entendería. Como la hierba mala que no comprende el invierno, el rinoceronte que ignora el desierto, o aquellos que anhelan estrellas y océanos pero son ciegos a la lava que hierve bajo la tierra. Él, nutrido en abundancia, no tenía forma de comprender a quienes vagaban por las entrañas marchitas de la ciudad.
Pero aquella mirada de esa noche seguía clavada en él. Durante el día, tomaba su guitarra –que aún no dominada del todo– y rasgueaba acordes desiguales. Y, entonces, como por arte de magia, esa mirada se colaba en sus partituras. Hasta la difícil situación de vida de Zhang Chen se convertía en combustible para su imaginación. Por supuesto, no lograba tocar nada complejo: solo repetía esos acordes, una y otra vez, hasta regresar a aquella noche.
Pasó una semana entera divagando, una semana en la que vivió como en una neblina, pensando sin tregua en aquel chico tan diferente a él. ¿Era eso un pobre? ¿Pero acaso los pobres podían ser tan limpios y hermosos? ¿Todos los pobres eran tan fríos y orgullosos? ¿El dinero y las emociones iban siempre de la mano? Cheng Sheng no lo descifraba, y ese fuego interno –el mismo que llevaba años asfixiándolo– ardía justo en el agujero de alfiler que aquella mirada etérea de Zhang Chen le había perforado. Por más que buscó, no encontró el agujero: se ocultaba, o quizá nunca había sido visible.
Los días de verano avanzaban con pereza, las largas horas diurnas extendiéndose como una gran mancha de pegamento blanco. Al final, Cheng Sheng no pudo contenerse más y fue a preguntarle a su abuela la dirección de Zhang Chen. Pero la anciana no supo darle más que el nombre del lugar: el complejo de viviendas de la Acería N.º 3. Zhang Chen siempre llegaba solo, con su caja de herramientas. Nadie sabía en qué rincón exacto vivía. Solo tenían el teléfono de la familia Zhang.
La respuesta le encendió la sangre. Corrió hacia el refrigerador, arrancó la tapa de una botella de refresco y la descargó en su garganta de un tirón, hasta la última gota.
¿Llamar por teléfono? Imposible. Solo se habían visto una vez, ni siquiera se podía decir que se conocieran. ¿Qué demonios iba a decirle al teléfono?
El refresco frío solo logró calmarlo por un momento. Pronto volvió a pasearse inquieto por la vieja casa, mirando las paredes blancas descascaradas, la televisión antigua, los cojines bordados con peonías y el radiador plateado detrás del sofá.
En el momento en que su mirada se posó en el radiador, Cheng Sheng se tensó por completo. Conteniendo la respiración, se acercó a la fila de tubos que parecían tener algunos años y los tocó tentativamente. La superficie de hierro fundido era áspera y rugosa, y al frotar sus dedos sobre ella, experimentó una sensación de placer indescriptible. Miró hacia atrás; su abuela ya se encontraba ocupada en la cocina, el ruido de ollas y sartenes indicando que estaba preparando la cena.
Cheng Sheng se dirigió al balcón y, guiado por los recuerdos de su infancia, rebuscó en un armario de hierro verde militar casi tan alto como él. Finalmente, en el fondo, encontró un hacha de hierro casi oxidada. Con cuidado, agarró el mango de madera y sopesó el hacha. No era particularmente pesada, tal vez unos pocos kilos.
El extractor de la cocina se puso en marcha con un estruendo ensordecedor. La abuela cerró la puerta, sin percatarse de que Cheng Sheng acababa de salir al balcón y ahora estaba agachado frente al radiador, observándolo con un hacha en la mano.
El radiador estaba conectado a ambos lados por unos tubos de hierro largos y delgados. Cheng Sheng miraba alternativamente el centro del radiador y los tubos laterales. Tras varias inspecciones, apretó los dientes y tomó una decisión. De repente, levantó el brazo que sostenía el hacha y la dejó caer con un sonoro golpe en una esquina de la base del radiador.
Cheng Sheng no se atrevió a golpear con todas sus fuerzas, temeroso de hacer demasiado ruido y que su abuela saliera de la cocina. Sin embargo, ese golpe suave solo logró hacer unas pequeñas grietas en la superficie del radiador, mientras que el agua en su interior seguía intacta.
Cheng Sheng observó las pequeñas grietas; empezó a sudar por la frente, pero no pudo contenerse y, aguantando la respiración, volvió a blandir el hacha. Esta vez lo hizo con todas sus fuerzas. El radiador de hierro emitió un fuerte ruido, y las grietas se extendieron considerablemente a lo largo de la superficie metálica. Finalmente, el agua comenzó a gotear por las fisuras, cayendo sobre las baldosas.
El ruido ensordecedor del extractor en la cocina continuaba, ocasionalmente interrumpido por el sonido de la sartén al voltear la comida y el tarareo de la abuela.
Cheng Sheng se limpió el sudor de la frente con el brazo, guardó el hacha en el armario del balcón y volvió a su habitación como si nada hubiera pasado. Se dejó caer en su cama, completamente agotado.
¿Qué estaba haciendo? ¿Se había vuelto loco? Parece que no, simplemente necesitaba desesperadamente una oportunidad, una oportunidad de volver a ver al dueño de aquella mirada.
El ruido del extractor en la cocina se detuvo, y se escucharon pasos acercándose. Cheng Sheng miraba al techo, atento a los sonidos que venían de la sala de estar. Como era de esperar, antes de que lograra contar todas las marcas de rasguños en el techo, escuchó la exclamación de sorpresa de su abuela.
—¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible que el radiador se haya agrietado en pleno verano?
Apenas unos segundos después, la abuela empezó a gritar hacia el dormitorio:
—¡Sheng Sheng! Ven y ayúdame a traer una cubeta del baño. No sé por qué, pero el radiador se ha agrietado.
Cheng Sheng se levantó de un salto de la cama y, murmurando con fingida sorpresa «¿Qué ha pasado?», corrió al baño a buscar una gran cubeta de plástico roja. Lo llevó a la sala y se la entregó a su abuela, que estaba agachada examinando el radiador.
Ella colocó la cubeta bajo el lugar donde goteaba el agua, inspeccionó las fisuras de cerca y luego se volvió hacia su nieto con una mirada de sospecha:
—¿Cómo han aparecido de repente estas hendiduras? ¿Has tocado el radiador? ¿No lo habrás golpeado sin querer con alguno de tus instrumentos, verdad?
—¡Qué va! ¡No me eche la culpa sin motivo! —Cheng Sheng adoptó al instante una expresión de víctima injustamente acusada y se defendió—. ¡Pero si llevo todo el rato tumbado en mi cuarto! Además, tanto la guitarra como la batería son de madera, ¿cómo iban a poder causar estas fisuras?
La abuela Li, entre convencida y escéptica, apartó la mirada y le dio una palmada en la espalda a Cheng Sheng, apremiándolo:
—Date prisa y llama a Xiao Zhang para que venga a echarle un vistazo. Si tardamos, el goteo empeorará y tendremos un buen lío.
—¡Sí! —respondió Cheng Sheng con voz alegre, y salió disparado hacia la mesa de centro para hojear la agenda telefónica. Sus ojos recorrieron rápidamente los nombres en orden alfabético hasta encontrar por fin el número de la casa de Zhang Chen y marcó.
Cuando Zhang Chen recibió la llamada de Cheng Sheng, estaba cenando con Zhang Licheng y Li Xiaoyun alrededor de una mesita de té. Comían tiras de papas aliñadas con aceite de sésamo, un plato de cacahuetes y varios platillos pequeños. Los tres de la familia cenaban tranquilamente mientras conversaban, y justo estaban hablando sobre la señora Li del Instituto de Diseño del oeste de la ciudad.
Zhang Licheng se sirvió una copa llena de licor blanco y llenó hasta la mitad el pequeño vaso de licor frente a Zhang Chen. Con aire misterioso, empezó a contarle a su esposa e hijo un chisme que había oído recientemente:
—¿Se acuerdan de esa señora Li que siempre nos llama para que le reparemos cosas?
Al hablar de esto, Zhang Licheng adoptó de inmediato el tono de quien no ha visto mundo.
—Pues esa señora tiene más alcurnia de lo que parece. Su difunto marido fue nada menos que el arquitecto en jefe del Instituto de Diseño de aquí de Yuncheng, ese tal Cheng, que falleció en Pekín hace unos años. Los dos hijos son graduados de Tsinghua y Beida[1]: uno da clases y el otro es funcionario de alto rango. Hasta las nueras tienen doctorados. ¡Hum! Dicen que los que no son del mismo tipo ni siquiera entran en la misma familia. Escuché que el segundo hijo gana algo así cada mes…
Zhang Licheng alargó el cuello con un gesto exagerado y siguió murmurando:
—¿No es injusta la vida? Apenas nacemos y ya estamos divididos en clases altas, medias y bajas. ¿Por qué no pudimos reencarnarnos en una familia como esa?
Ni su esposa ni su hijo dijeron nada; continuaron comiendo en silencio, cada uno concentrado en su plato.
Zhang Chen no tenía el menor interés en los chismes del vecindario. Solo se ocupaba de atrapar con los palillos los cacahuetes del plato, comiéndolos uno por uno, y daba pequeños sorbos del licor blanco que su padre acababa de servirle.
Pero Zhang Licheng, cuando se ponía a hablar de los chismes del vecindario, era como un cuervo con el pico untado en aceite: aunque nadie le hiciera caso, su voz áspera seguía fluyendo sin parar.
—Esa señora también ha tenido mala suerte. La esposa de su hijo mayor no puede tener hijos, pero nada que se separan. En cambio, la nuera del segundo sí le dio un nieto, más o menos de la edad de Chenchen, pero es un crío bien raro. Siempre anda metido en cosas extrañas. Para mí, eso es por tanto ir a la universidad. Cuanto más estudiado, más chiflado. Mira a Yang Mingming, el de enfrente: se fue a trabajar a la mina desde jovencito y no tiene todos esos rollos.
Estaba en todo su apogeo y pensaba seguir hablando, cuando de pronto el teléfono rojo de carcasa de plástico sobre la mesita de té comenzó a sonar estruendosamente, como si supiera que era el momento oportuno para interrumpir.
Zhang Licheng no tuvo más remedio que detenerse. Tomó un sorbo de licor blanco para humedecer la garganta reseca tras tanto chisme, y señaló el teléfono con el dedo índice, ordenando a Zhang Chen con naturalidad:
—Contesta el teléfono, seguro que es otro trabajo.
Zhang Chen dejó los palillos y fue a contestar. Aún no había alcanzado a decir «¿Hola?» cuando una voz entusiasta al otro lado lo dejó paralizado. No era una voz que pudiera decirse extraña, pero tampoco le resultaba familiar.
Zhang Licheng sorbía su licor mientras aguzaba el oído, echando miradas ocasionales hacia su hijo. Zhang Chen, con el ceño fruncido, escuchó largo rato antes de hablar finalmente:
—Primero cierra la válvula principal de entrada. Voy para allá enseguida
Parecía que al otro lado seguían dándole detalles con insistencia. Zhang Chen escuchaba con el ceño fruncido. Cuando terminó de oír todo, explicó con calma:
—Al lado del radiador hay algo parecido a una llave inglesa; esa es la válvula principal de entrada. Sube la palanca. Lo demás lo haré yo cuando llegue. No toquen nada por ahora.
Después de que Zhang Chen colgó el teléfono, Zhang Licheng preguntó, pensativo:
—¿No era de la casa de la abuela Li? Me pareció oír la voz de un muchacho.
Zhang Chen agarró una camiseta negra holgada que había en el sofá y se la puso descuidadamente sobre la camiseta interior, respondiendo de forma perfunctoria:
—Sí, era la casa de la abuela Li. El que habló fue su nieto.
Zhang Licheng soltó un «Oh» cargado de significado, y añadió con aparente desinterés:
—¿El que vive en el complejo residencial? Acuérdate de llevarte bien con él, uno nunca sabe cuándo va a necesitar algo. Hoy en día, todo funciona con contactos.
Zhang Chen frunció los labios y murmuró «Ni siquiera lo conozco». Después fue al armario del balcón, eligió unas cuantas herramientas y las metió en su mochila negra. Se la echó al hombro con un movimiento rápido, listo para salir.
Zhang Licheng apoyó un brazo en la mesa con expresión de disgusto y le gritó a la espalda de su hijo:
—¡Hazle caso a los mayores! ¡Tu padre no va a hacerte daño! Hacerse amigo de alguien con poder te ahorra diez años de trabajo duro. ¡Hoy en día todo es cuestión de contactos!
Zhang Chen se apretó con fuerza la correa de la mochila, soltó un largo suspiro y cerró la puerta de un golpe. Lo último que alcanzó a oír fue la voz de Zhang Licheng diciéndole a Li Xiaoyun:
—Esa terquedad suya le va a traer problemas tarde o temprano, ya verás…
Zhang Chen no le hizo caso. Bajó las escaleras y desbloqueó su motocicleta. Se ajustó bien la mochila, que antes colgaba flojamente de un hombro, levantó el caballete de una patada, se montó y giró el manillar con soltura. Partió con estilo rumbo a la casa de la abuela Cheng en el oeste de la ciudad.
En casa de la abuela, Cheng Sheng se había quitado a propósito el pijama y se había puesto una camisa ligera. Llevaba casi veinte minutos sentado en el sofá, esperando inquieto, hasta que por fin escuchó unos suaves golpes en la puerta.
Se levantó de un salto, respiró hondo dos veces y corrió a abrir la puerta.
La casa todavía tenía la vieja puerta de hierro, que al abrirla hacía un fuerte estruendo metálico. Ese sonido chirriante le daba a Cheng Sheng una extraña sensación de seguridad. De un tirón, abrió la puerta de par en par. Antes siquiera de ver con claridad quién estaba afuera, ya se había adelantado a saludar:
—¡Por fin llegaste! Un poco más y la casa de la abuela se habría inundado.
Después de decir esto, por fin miró a Zhang Chen, que estaba en la puerta. Era bastante más alto que él, llevaba una camiseta negra ancha y unos vaqueros. De un hombro le colgaba la mochila, y lo miraba fijamente con los ojos bajos y las pestañas caídas.
—¿No cerraron ya la válvula? No se va a inundar.
Cheng Sheng se puso nervioso bajo su mirada, soltó un par de risitas forzadas para disimular y lo invitó a entrar. Justo entonces, la abuela asomó la cabeza desde la sala de estar. Al verlos entrar juntos, saludó con entusiasmo a Zhang Chen:
—¿Ya llegaste, Chenchen? Revísalo, por favor, a ver si hay que cambiarlo por uno nuevo.
Zhang Chen saludó a la abuela, pero apenas le dedicó atención a Cheng Sheng. Fue directo al radiador, se agachó y, como si retomara su oficio de siempre, comenzó a examinar con cuidado las varias grietas grandes.
No había pasado ni un minuto cuando se volvió hacia Cheng Sheng, pensativo, y les dijo a ambos:
—Esto fue hecho a propósito. Parece que usaron una herramienta, probablemente un hacha.
Al oírlo, tanto la abuela como el nieto se quedaron en blanco. El rostro de Cheng Sheng se descoloró y, en el fondo de su mente, empezó a alzarse un pensamiento trágico: «Estoy acabado. Lo descubrió todo. Qué vergüenza».
—¡Cheng Sheng!
De pronto, la abuela se irguió y le dio una palmada en la espalda mientras lo regañaba:
—¿Fuiste tú? ¿Qué ganabas golpeando el radiador? ¿No te basta con todos los líos que armas en casa de tu padre?
Cheng Sheng abrió la boca, pero enseguida comprendió que no había manera de justificarse.
Instintivamente lanzó una mirada a Zhang Chen, que estaba allí de pie, con los brazos cruzados, observando la escena como si lo hubiera sabido desde el principio.
La abuela ya había dado por hecho que su nieto era, sin duda, quien había destrozado el radiador, así que aprovechó para criticarlo sin piedad, sacando a relucir viejas cuentas de la secundaria y la preparatoria, como aquella vez en segundo año en que se cayó de un árbol y sufrió una conmoción cerebral leve, o cuando en primero de prepa pateó el balón de fútbol directo a la cabeza del maestro encargado del grupo. Lo fue reprendiendo punto por punto, dejando a Cheng Sheng –ese estudiante sobresaliente que supuestamente provenía de una familia de tradición intelectual– reducido a alguien que no valía ni un centavo, menos entrañable incluso que un simple alumno de preparatoria dedicado a reparar instalaciones de agua y electricidad.
Cuando por fin se cansó de regañarlo, la abuela cayó en la cuenta de lo bochornoso de la escena: había un extraño que lo había estado presenciando todo desde el principio. Tarde, pero con firmeza, contuvo la furia con la que acababa de sermonear a su nieto, le dio unas palmaditas en el brazo a Zhang Chen y dijo:
—De todos modos, mi radiador ya estaba muy viejo. Ya iba siendo hora de cambiarlo.
Mientras hablaba, sacó unos billetes del bolsillo y se los metió en la mano a Zhang Chen.
—Ayuda a la abuela a poner uno nuevo. Y si no alcanza, pídele a Cheng Sheng. Este pequeño bribón tiene mucho dinero ahorrado.
Zhang Chen apretó los billetes sin decir más. Rápidamente recogió sus cosas y se dispuso a salir.
—¡Eh! ¿A dónde vas? —gritó Cheng Sheng desde atrás.
—Al mercado de materiales de construcción, al norte de la estación de tren.
Cheng Sheng soltó un «Oh» y, sin llevarse nada, se apresuró a seguir el paso de Zhang Chen. Con una familiaridad que parecía surgir de la nada, le pasó un brazo por el hombro y dijo:
—Déjame ir contigo, te ayudo con lo que sea. Así de paso me enseñas algo de esto.
Al oírlo, la abuela Li los animó enseguida.
—Deja que vaya contigo. No sabe ni lo básico. Antes de que llegaras, casi confunde la válvula.
Con la aprobación de la abuela, a Zhang Chen no le quedó más remedio que asentir. Giró la cabeza y miró a Cheng Sheng, que lo observaba con una expresión cargada de expectativa, sin mostrar el menor atisbo de vergüenza por haber destrozado el radiador. En ese momento, Zhang Chen empezó a entender lo que su padre quería decir: este chico seguramente sí tenía un tornillo flojo.
Bajaron la escalera uno tras otro. Zhang Chen desbloqueó la motocicleta con destreza; primero se quitó la mochila y luego se sentó.
—Tú vas atrás. Te toca cargar con esto —dijo mientras se giraba y se la arrojaba a Cheng Sheng.
Cheng Sheng asintió y corrió hacia él para atraparla y echársela a la espalda. Luego se puso a examinar la moto negra con curiosidad de un lado a otro; se había subido a viejos Santana y a bicicletas de barra, pero nunca a una moto, así que no sabía por dónde subir.
Zhang Chen, que llevaba un rato esperando delante, al ver que no se movía, le indicó:
—Pisa el reposapiés para subir.
Solo entonces Cheng Sheng reaccionó con un «¡Ah!», pisó el reposapiés y, abriendo la pierna hasta lo imposible, logró por fin montarse en el asiento trasero.
La moto era estrecha, por lo que ambos quedaron muy cerca; su pecho y la espalda del otro estaban casi pegados. Cheng Sheng se sentía algo inquieto y se aferró obedientemente a los laterales de la moto con ambas manos para mantener el equilibrio. El de adelante, en cambio, parecía no notar nada. Solo le advirtió:
—Vamos a arrancar.
Cheng Sheng respondió con un «Mm-hmm».
Entonces, el otro añadió:
—Agárrate a mi cintura, si no, te vas a caer.
Nervioso, Cheng Sheng retiró las manos de los laterales de la moto y las movió hacia la cintura de Zhang Chen. Dudó unos segundos antes de ceñir lentamente los brazos siguiendo la línea de su cintura. Pero antes de que pudiera sujetarse del todo, el repentino rugido del motor le retumbó en los oídos y, al instante siguiente, la inercia lo lanzó con fuerza contra la espalda de Zhang Chen.
Esta vez, Cheng Sheng no se apartó. Apoyó la cabeza en su espalda y rodeó con fuerza su cintura con ambos brazos. No quería ser demasiado obvio, así que fingió que solo tenía miedo de caerse. El conductor no dijo nada. Concentrado en la carretera, giraba el manillar mientras se deslizaban por las calles de cemento de aquella pequeña ciudad.
El viento del atardecer soplaba a su alrededor, agitando sus ropas finas como hojas al viento. El cabello de ambos se despeinó, pero Cheng Sheng no le dio importancia esta vez. Pegado a la espalda de Zhang Chen, pensó: «Valió la pena haber roto ese radiador».
[1] Universidad de Pekín.
