El liderazgo de Yuncheng había cambiado, y los nuevos mandatarios, apenas asumidos, impulsaron reformas audaces para transformar esta ciudad de industria pesada en un modelo amigable con los recursos. Por todas partes aparecieron carteles con cielos azules y nubes blancas bajo el lema: «Proyecto Aguas Cristalinas y Cielos Azules».
El complejo familiar de la Tercera Acería, situado en el centro de la ciudad, fue apodado «el barrio de los ricos» cuando llegó la demolición. Todos, menos Zhang Chen, hablaban sin parar del asunto. Cada vez que volvía de la escuela y pasaba un par de días en casa, escuchaba a los tíos y tías del vecindario gritarse de un patio a otro:
—¿Cuándo derriban? ¡Que nos digan cuándo! ¡Necesitamos comprarle una casa nueva a mi hijo para que se case!
Al año siguiente, finalmente, demolieron. A cada obrero desalojado le tocó una buena compensación, y todos se fueron con una sonrisa de oreja a oreja.
La ciudad, hinchada y corrupta, empezaba a encogerse y a reformarse, pero Zhang Chen no sentía alegría. Le daba igual el futuro de la ciudad, y menos aún la fortuna que el gobierno pensaba repartir. No sabía qué era lo que sí le importaba; solo sabía que, cada vez que se detenía en el centro de aquella metrópolis lejana, rodeado de ese bosque de cemento escalonado, sentía que su tierra natal –ese lugar que lo decepcionaba por no mejorar– le devolvía un tajo desde la distancia.
La noche en que el complejo familiar de la Tercera Acería quedó reducido a escombros, Zhang Chen se apoyó en la baranda de la obra en construcción frente al terreno y miró cómo las hileras de edificios oscuros se iban desplomando, una tras otra, entre explosiones intermitentes.
Luego fue a la tienda, compró un helado de crema y trepó hasta la mitad del edificio en obras. Allí se quedó, quieto en el viento gélido, lamiendo su helado.
Boom, boom, boom.
El aire se llenó de polvo. Zhang Chen agitó la mano frente al rostro y vio cómo el lugar que hasta hacía un instante había sido su hogar desaparecía. En un segundo, simplemente, dejó de existir.
Esa noche volvió al departamento de Haiyan, tomó unas tijeras y se cortó la melena con gesto resuelto.
Haiyan, que estaba viendo televisión, no lo consoló cuando lo oyó. En cambio, soltó una risa y le lanzó una puya:
—¿Qué, vas a renunciar al amor y a los sentimientos?
Zhang Chen se miró en el espejo, satisfecho con ese reflejo desconocido de pelo cortado a la altura de las orejas, y respondió:
—¿Qué amor ni qué sentimientos? Simplemente se me ocurrió cortármelo.
—No me engañes. —Haiyan buscó el control entre los cojines del sofá y bajó el volumen de la televisión—. Desde que entraste se te nota raro. ¿No me digas que, en el fondo, extrañas esa casa ruinosa?
En el baño, las tijeras cayeron sobre la mesa con un clic. Zhang Chen regresó y se sentó junto a Haiyan. Le posó una mano en la cabeza y dijo:
—No te lo diré.
Haiyan soltó un «ts» desdeñoso y dejó de preguntar. Alargó la mano hacia el frutero, tomó una manzana, la limpió contra su ropa un par de veces y empezó a morderla con ruidosos crunch-crunch. Mientras masticaba, rumiaba en silencio sus pensamientos sobre aquel hermano suyo.
La gente decía que Zhang Chen era frío hasta la médula, pero ella nunca lo había creído. Siempre había intuído que por dentro ardía, que en sus venas no corría sangre sino lava. Solo que el exterior se había congelado con el tiempo, y así había terminado.
Era como un anfibio: capaz de sobrevivir en cualquier parte, pero sin amar ningún lugar ni sentir que alguno fuera su hogar. Haiyan arrojó el corazón de la manzana al basurero, sacudió la cabeza y se retiró a su habitación.
Pero más tarde, cuando recordó ese momento, comprendió que tampoco en aquel entonces había entendido a su hermano.
Por ejemplo: creía que Zhang Chen era frío por fuera y ardiente por dentro, pero con el tiempo descubrió que por dentro también era hielo, que solo se calentaba para ciertas personas. Y ella, simplemente, había tenido la suerte de ser una de ellas.
Los demás caían rendidos ante sus raros destellos de vulnerabilidad y ternura, convencidos de que aún quedaban grietas en su corazón capaces de albergar a alguien. Se creían especiales, pensaban que eran la excepción para él… hasta que excavaban lo suficiente y descubrían que aquel hombre era un hierro imposible de digerir, un hielo que no se podía derretir.
Como le pasó a Qi Yuan.
Y a Wenwen.
Las dos chicas no podían ser más diferentes. Qi Yuan era una marimacho de cabello a media melena, sudaderas y vaqueros, que no usaba polvo ni pintalabios. A veces ni siquiera se maquillaba para los conciertos. Hasta que empezó a encontrarse con frecuencia, en bares y giras, con una chica cuyos movimientos destilaban un magnetismo sensual y deslumbrante.
Aquella chica se llamaba Wenwen. Iba cubierta de artículos de lujo, siempre con vestidos escotados y tacones de aguja de siete u ocho centímetros. Se pintaba los labios más allá de su contorno natural y llevaba pendientes exagerados. No se perdía un solo concierto y, al terminar, en lugar de irse, se quedaba apoyada en la puerta del backstage esperando a Zhang Chen.
Qi Yuan aún recordaba lo que sintió la primera vez que la vio. Ni siquiera había distinguido bien su rostro a distancia, pero percibió de inmediato esa aura de sensualidad despreocupada que emanaba de su figura esbelta, justo el tipo de encanto que a ella le faltaba. Sus ojos se clavaron en los pechos prominentes y las curvas pronunciadas de Wenwen, hasta que el monstruo de los celos estuvo a punto de desgarrarle el pecho. Solo entonces reaccionó, como despertando de un sueño, y corrió a encerrarse en el baño para golpearse el pecho con rabia. Aquella misma noche, por primera vez, se compró un montón de maquillaje y ropa nueva.
La gira de Afluente comenzó y terminó en Pekín. El último día, el público estaba formado casi por completo por caras conocidas, gente que entendía a la perfección el estilo y la atmósfera del grupo. No hubo empujones molestos ni gritos estridentes, solo un suave balanceo al ritmo de la música, desde la primera canción hasta la última.
Al terminar el concierto, Lao Liu y Zhang Chen se adelantaron a guardar el equipo. Qi Yuan se quedó agachada junto al escenario, conversando con los fans sobre los planes futuros de la banda, antes de arrastrar, jadeando, la batería hasta el almacén de instrumentos.
Al pasar por la entrada del backstage, se encontró con Wenwen apoyada en el marco de la puerta, exhalando volutas de humo. Su corazón se encogió. Primero observó el atuendo de la chica –que dejaba al descubierto buena parte de su cintura–, y luego el cigarrillo entre sus dedos, con la boquilla manchada de labial. Una oleada de humillación, repentina y feroz, le subió sin motivo aparente hasta la cabeza.
Conteniendo la respiración, Qi Yuan se detuvo frente a la puerta. En lugar de entrar directamente como solía hacer, sacó un pañuelo del bolsillo para secarse el sudor, luego un espejito y varios cosméticos, y comenzó a retocarse el maquillaje con dedos temblorosos. Cada movimiento suyo delataba una torpeza nacida de la rabia contenida.
Wenwen, que seguía fumando a su lado, la miró de reojo y soltó una risita burlona.
Aquella risa sonaba a desdén, a provocación, como un enjambre de agujas de acero recorriendo la piel de Qi Yuan. Ella se erizó como un puercoespín ante el peligro, guardó a toda prisa y con brusquedad los cosméticos y el espejo en su bolso. Luego lanzó una mirada asesina a Wenwen y entró al backstage –al que la otra no tenía acceso– con el mentón en alto.
La puerta se estrelló con un estruendo bajo el golpe furioso de Qi Yuan. Lao Liu, que estaba ordenando el equipo dentro, reconoció al instante el sello de la «señorita» y preguntó sin levantar la vista:
—¿Con quién te has peleado esta vez?
Ella no le respondió. En cambio, se dirigió a Zhang Chen con un tono cargado de sarcasmo:
—Tu admiradora fashion te espera en la puerta. ¡Con esa cinturita de avispa, esas piernas kilométricas y un vestido que le llega a los muslos! ¿No vas a saludarla?
Zhang Chen seguía sentado en el sofá del backstage, absorto en su libro, sin dignarse siquiera a mirarla.
—Ya habíamos quedado en tomar algo. No necesito que me lo recuerdes.
«Así que ahora sales de citas con tus groupies», pensó Qi Yuan, indignada. Pero ¿con qué derecho podía impedírselo? Al final, conteniendo la rabia que le hervía en el pecho, solo atinó a soltar un «anda y engaña a más incautas» antes de salir dando un portazo.
Zhang Chen ni siquiera se molestó en responder. Guardó su libro con calma y salió con Wenwen, quien llevaba esperándolo más de veinte minutos, en busca de un bar tranquilo.
El lugar que eligieron era uno que Zhang Chen solía frecuentar. Los fines de semana, estudiantes y jóvenes profesionales proyectaban allí sus películas independientes: cortometrajes, largometrajes, obras surrealistas y humor negro. Lo único que tenían en común era su tediosa monotonía, hasta las comedias resultaban soporíferas.
En una ocasión, los directores de esas supuestas comedias explicaron desde el escenario:
—Solo es comedia en esencia. La tragedia disfrazada de comedia tiene sustancia, pero la comedia por la comedia es un desastre.
Abajo, alguien tuvo la cortesía de aplaudir.
Ese fue Zhang Chen. En sus épocas de mayor holgura económica, había ayudado a varios de esos cineastas independientes, gente que lo pasaba incluso peor que los músicos underground como ellos. Algunos estaban tan mal que casi no podían permitirse comer. Cuando Zhang Chen los oía hablar de sus dificultades, sacaba su sueldo para prestarles dinero: para alquilar equipos, para la postproducción… incluso llegó a prestarles gratis su propio equipo de grabación.
A veces, Zhang Chen también iba a ese bar con Jiale, el violinista que grababa las cuerdas para ellos, a tocar un poco. Jiale, graduado del conservatorio, estuvo un tiempo en una orquesta sinfónica y luego abrió un estudio con unos amigos. Además, trabajaba por encargo tocando el violín para otros. Él fue quien grabó todas las partes de violín en los álbumes Green, Land y Rain de Afluente.
La primera vez que Zhang Chen lo escuchó tocar el violín fue en un concierto benéfico. Jiale comenzó con el archiconocido Capricho nº 24 de Paganini, ejecutado con virtuosismo deslumbrante, pero Zhang, reclinado en su asiento, permaneció impasible. Sin embargo, cuando las luces cambiaron y Jiale, junto a sus tres amigos de cuerda, interpretó el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Mahler, a Zhang Chen, que se había relajado un instante antes, se le erizó el alma de golpe. No volvió a distraerse en toda la función hasta que, terminado el evento, fue a buscar a Jiale y lo elogió al instante:
—Tocas como si cortaras corazones. Ese violín puede clavarse directo en el pecho de cualquiera.
Así fue como Jiale llegó a saber algo que ni Haiyan, Qi Yuan, Lao Liu o Wenwen conocían: Zhang Chen, en efecto, no amaba el dinero ni a las personas con particular devoción, pero su debilidad por el talento era innegable.
Cada mes tocaban juntos en aquel lugar. Jiale con su violín, Zhang Chen alternando entre la guitarra y el piano, aunque en la banda solo ejecutaba la primera. Aquí, en cambio, aprovechaba cada oportunidad para sentarse al piano y acompañar a Jiale en adaptaciones de piezas clásicas: algo de Mahler, que a él le encantaba, o de Bach y Tchaikovsky, predilectos de Jiale. Se refugiaban en ese pequeño bar de escaso público para interpretar fragmentos de obras clásicas rearregladas, mientras abajo algunos escuchaban embelesados y otros cabeceaban de sueño.
Ese día, cuando Zhang Chen y Wenwen llegaron, coincidieron con un joven director que proyectaba su cortometraje independiente. La película retrataba los amores y rencores de un grupo de jóvenes en una aldea, pero era lenta, de una escala tan reducida que aquel pueblo era todo el universo para esos muchachos.
Wenwen se sentó atrás sin apartar los ojos de la pantalla ni un segundo. Solo cuando terminó la proyección le comentó a Zhang Chen:
—Este director es muy bueno. Yo vivía en un lugar así de pequeño cuando era niña. Había mucha gente como la que él filmó, exactamente igual.
Zhang Chen se acercó a la barra y abrió una botella de whisky para ella con un decapador.
—Yo tuve una infancia un poco mejor —dijo, distraído—. Al menos mi pueblo natal tenía el tamaño de una ciudad pequeña. Vivíamos en un edificio de tres pisos que el sindicato de mi padre les asignó, aunque los departamentos eran diminutos.
Wenwen, sin ningún reparo, tomó la botella que él le había abierto y bebió de un trago. Después de limpiarse la boca con el dorso de la mano, soltó una risa.
—Entonces tu familia era bastante acomodada. Yo recuerdo que en casa, cada vez que llovía, todo se inundaba. Si caía granizo, mi hermana y yo salíamos corriendo a cubrir la huerta con lo que encontrábamos. Seguro que los niños que vivían en edificios no tenían que preocuparse por eso.
Zhang Chen se apoyó en la barra mientras servía su trago y comentó:
—Sí, nunca me mojé bajo la lluvia ni me achicharré al sol. Y luego pude salir a estudiar y hacer música. Una suerte, ¿no?
—Pero nunca mencionas a tus padres, ni se te conoce novia. ¿A eso le llamas suerte? —Wenwen, astuta, eligió deliberadamente esa pregunta para devolvérsela.
Zhang Chen la miró de reojo –sin que se supiera si había captado su intención– y solo dijo:
—Si te empeñas en ponerte demasiadas ataduras de antemano, desde luego que no serás feliz. Para mí, con la música basta.
Wenwen no insistió. Se limitó a seguir bebiendo hasta que, medio mareada, soltó una risa boba.
—Hoy Qi Yuan me lanzó una mirada fulminante. ¡Fue divertidísimo! —Volvió su rostro hacia Zhang Chen y añadió—: La otra vez, cuando estaba agachada al borde del escenario charlando con todos, un fan se le acercó a coquetear. Tú pasaste a su lado recogiendo equipo y ni siquiera reaccionaste. Creo que tu indiferencia la irritó tanto que gritó bien fuerte que tus canciones eran pura pérdida de dinero. ¿Lo oíste, verdad?
Zhang Chen también rio
—Lo oí. Vaya si se escuchó. Pero no mintió.
Wenwen continuó:
—Cuando ya no quedaba nadie, la vi en un rincón llorando mientras se daba bofetadas en la boca. Entre golpes, repetía: «La próxima vez debo controlar mi lengua, no puedo seguir soltando estupideces». No sé si es que no te conoce en absoluto o simplemente no puede contenerse. Hasta la música que tanto valoras la ha insultado en público. ¿No es como clavarte un cuchillo en el pecho a propósito? Si te gusta alguien, debes tratarlo bien. ¿Cómo puede esperar que la persona que le gusta le corresponda actuando así?
Zhang Chen no respondió, pero giró la cabeza y, apoyando la barbilla en una mano, se quedó mirando a Wenwen.
Ella, por supuesto, notó su mirada. Con la cabeza embotada por el alcohol, comenzó a tantearlo deliberadamente.
—Seguro que no te gusta alguien como ella. Sé que no puede gustarte. —Hizo una pausa y finalmente, armándose de valor, soltó—: ¿Qué tal si me convierto en tu groupie? ¿Te interesaría?
Zhang Chen abrió otra botella de whisky y, al igual que Wenwen, prescindió del vaso para beber directamente del cuello. Tras terminar, esbozó una sonrisa y dijo:
—Tu planteamiento es erróneo. Las groupies son de todos. Si solo fueras para mí, entonces serías mi novia.
Wenwen sintió que el rubor le subía por las mejillas sin saber por qué. Pero era una loba veterana, capaz de manejar con soltura hasta a clientes cincuentones. En un instante se recompuso, se aclaró la garganta y dijo:
—Para otros no. En otros lugares cobro, no voy a regalarme. Ah, por cierto, hoy el tecladista de la banda anterior vino a ligar, insinuando que quería servicio gratis. ¡Qué se vaya a soñar! Cuando trabajo, cobro caro…
Murmurando entre dientes, a mitad de su discurso Wenwen finalmente cayó en la cuenta de algo. Su rostro, antes sonrosado, palideció de golpe. Alzó bruscamente la vista hacia Zhang Chen y preguntó, insegura:
—¿Es que me desprecias por ser una prostituta?
Zhang Chen tomó la botella recién abierta de whisky y bebió lentamente. A mitad del trago, respondió:
—No tiene nada de malo. Yo también he vendido cosas mías por dinero.
Las palabras la dejaron paralizada. Ningún hombre le había dicho algo así antes. Permaneció sentada, rígida, mientras en su mente desfilaban imágenes de todos esos hombres repulsivos de mediana edad que se habían arrastrado sobre ella a lo largo de los años.
Después de un rato, por fin volvió a hablar:
—Tener sexo con alguien que no te gusta es horrible. Todo está seco ahí abajo, es como una tortura.
Afuera caía una llovizna. El dueño había abierto varias ventanas, y el sonido tenue de la lluvia, junto con el olor a tierra húmeda, se colaron en el local.
Zhang Chen percibió el olor de la lluvia, y al oír a Wen Wen hablar del tormento que era acostarse con alguien que no te gusta, un rostro nítido estalló sin previo aviso en su mente. Cada vez que él y aquel hombre hacían el amor, ese rostro se sonrojaba intensamente, con el cuello arqueado hacia atrás, los ojos entrecerrados, como si no se atreviera a mirarlo… o como si no pudiera dejar de hacerlo. Mientras Zhang Chen observaba aquella expresión, siempre se preguntaba: ¿Le duele o siente placer? Hasta que, con el tiempo, la duda mutó: ¿Yo quiero que le duela o quiero que sienta placer?
Al lado, Wenwen apoyaba la cara sobre la mesa, observando fascinada las expresiones cambiantes de Zhang Chen, aunque sin tener la menor idea de en quién pensaba. Alargó la mano hacia el otro lado y le tocó la barbilla con un dedo, atreviéndose a preguntar:
—¿Podría ser tu novia? Dejaré ese trabajo, buscaré uno de recepcionista o de vendedora y viviré una vida estable, te lo prometo.
Era una confesión directa, una claridad que no dejaba espacio para nada más: o la relación que Wenwen anhelaba, o seguir siendo completos desconocidos.
En la mente de Zhang Chen, la expresión de aquel rostro se volvía cada vez más extasiada conforme la lluvia afuera arreciaba. Aquella persona tenía los brazos atados a la espalda, las piernas abiertas como tijeras frente a él, el cuerpo cubierto de pequeñas marcas rojas, y en el rostro una mueca que mezclaba dolor y deleite. Pero las palabras de Wenwen quebraron de pronto esa imagen: el rostro se desvaneció, arrastrado por el agua que caía afuera, hasta desaparecer por completo.
—No. —Zhang Chen se levantó de golpe y, con un gesto casual, se echó la chaqueta al hombro, como si fuera directo a la caja a pagar. Antes de salir, le soltó a Wenwen una negativa rotunda—: La última vez solo estuvimos sentados hablamos un rato en el hotel, y nada más. No me gustas, y no pienso acostarme con alguien que no me gusta.
