Capítulo 41. Puesto en el lugar equivocado

Tras rechazar más de diez llamadas de Wenwen, Zhang Chen contestó una que había quedado atrapada entre las notificaciones.

Al otro lado de la línea, alguien que le conocía bien saltó directamente al grano, sin preámbulos:

—Del otro lado no quieren investigar. Ya me olía que esto iba a ser complicado, que nos iban a pasar la pelota de un lado a otro. Y vaya si acerté.

Zhang Chen, como si ya hubiera anticipado ese desenlace, no dijo gran cosa. En vez de eso, se dedicó a tranquilizar a su interlocutor:

—No es la primera vez que nos pasa algo así. No te comas la cabeza. Cuando me den los días de vacaciones, iré yo personalmente. Tú no te molestes. 

—La próxima semana iré con unos colegas a cubrir un caso sobre una red de trata de personas, justo en esa zona. No sé cuánto tiempo nos quedaremos, pero seguramente será bastante. Ya de paso, le echo un vistazo a tu asunto. No será molestia.

Zhang Chen le agradeció varias veces, pero no quería seguir cargando a otros con sus obsesiones personales. Cambió de tema y habló de sus planes:

—Pienso terminar el proyecto en el que estoy ahora y renunciar. El año que viene iré a buscarlos, y de paso, a terminar de escribir las canciones para el próximo álbum.

Al otro lado de la línea, hubo un largo silencio después de escuchar sus planes. Finalmente, la persona soltó un suspiro profundo.

—Mira, hermano… mejor déjalo. Tú y yo somos distintos. Este es mi trabajo, y he visto demasiados casos sin solución. El de tu amigo es uno de esos viejos asuntos que ya no van a ninguna parte. Yo te ayudo porque coincide con mi investigación, pero ¿renunciar para dedicarte a esto? ¡Es demasiado! Ya han pasado diez años. Si hubiera alguna pista, ya habría salido. No tiene sentido aferrarse así. Ya tienes veintitantos, no seas tan terco. 

Zhang Chen guardó silencio.

Al otro lado, la voz volvió a sermonear:

—A decir verdad, todos estos años me ha parecido una locura. ¿Qué familia desaparece por completo después de perder a un hijo? Lo más probable es que les pasara algo fuera. No deberíamos seguir malgastando tiempo en esto. Además, ahora que tu hermana te tiene a ti, al menos puede ir superándolo… 

Apenas terminó de hablar, Zhang Chen interrumpió con voz serena pero firme:

—Lo sé. Lo sé todo. Pero me lo prometí a mí mismo y a Mingming. Haiyan nunca lo menciona, pero sé que sigue esperando. Necesito una respuesta, ver el cuerpo o al menos el ataúd. Si de verdad les ocurrió algo, exigiré sus cenizas y un certificado de defunción con sellos y firmas.

Al otro lado, otro suspiro profundo.

—La mayoría de las cosas en esta vida no tienen un final claro. ¿Por qué insistes en buscar respuestas? ¿No te das cuenta de que solo te torturas a ti mismo y a los demás?

Al ver que Zhang Chen no cedía, su interlocutor, impotente, terminó el diálogo con varios suspiros más antes de colgar.

—Bueno, el fin de semana seguimos pensando en algo.

En cuestión de segundos, el teléfono celular volvió a sonar con insistencia. En la pantalla brillaba el nombre de Wenwen. Zhang Chen lo miró un instante, pero esta vez, en lugar de rechazar la llamada como solía hacer, contestó.

Al otro lado, una voz femenina áspera y seca se apresuró a preguntar:

—¿Tienes tiempo? ¿Te acuerdas qué día es el próximo sábado?

—No. —Zhang Chen, con el celular en una mano, fue al refrigerador y sacó una botella de Coca-Cola.

—Es mi cumpleaños. Te lo he dicho varias veces antes —dijo Wenwen—. Te lo repetí tantas veces.

Zhang Chen respondió con un «mm», destapó la Coca fría, se apoyó en la puerta del estudio y bebió, sin dar explicación alguna.

Al percibir que ni siquiera recibiría una respuesta medianamente cordial, Wenwen tragó saliva y continuó, intentando mantener la calma:

—Salgamos el sábado. Hace tanto que no nos vemos. Quiero hablar contigo en serio. Sobre nosotros. 

—Los asuntos prácticos se pueden hablar, pero ¿qué hay que discutir sobre sentimientos? —Zhang Chen lo encontraba absurdo. Aquel día ya lo había dejado claro, sin dejar espacio a malentendidos. ¿Cómo era posible que alguien no lo entendiera? Rechazó la propuesta sin rodeos—: Lo nuestro ya no es lo mismo. Mejor no nos veamos más.

Wenwen ya esperaba un rechazo, pero no que fuera tan categórico. Todas las palabras que tenía preparadas se atascaron en su garganta. En un arrebato de desesperación, balbuceó confesando lo que había hecho:

—Yo, yo la semana pasada fui a ver a tu padre…

El talante calmado de Zhang Chen se quebró al instante. Su voz se volvió cortante:

—¿Para qué fuiste a buscar a mi padre?

—Solo quería verlo… —La voz de Wenwen entrecortaba, como si estuviera llorando—. Tú no contestabas llamadas ni mensajes, cancelaste tus conciertos, nunca estabas en casa. No sabía qué más hacer. No me odies por esto.

Durante el tiempo que ella mencionaba, Zhang Chen había estado en Hangzhou por trabajo, inmerso en un proyecto con su equipo. Las presentaciones en el bar llevaban suspendidas casi dos meses, pero no veía necesidad de explicarle eso a alguien con quien ya no pretendía cruzarse más. Se limitó a decir:

—Puedo no reprochártelo, pero con una condición: que nunca más me busques. Así lo dejamos.

Al escuchar su negativa tajante, la máscara de Wenwen se desmoronó por completo. Solo quedaron palabras sinceras de una súplica desesperada:

—No, no. Ya dejé el trabajo en el club. Ahora estoy buscando algo nuevo. Aunque a ti no te importe, yo no quiero volver a esa vida. De verdad quiero asentarme, quiero vivir bien contigo. Te lo ruego, por favor.

Eran palabras sacadas del alma, como si Wenwen se hubiera arrancado su propio corazón y se lo ofreciera con ambas manos a Zhang Chen. Pero él no se conmovió ni un poco. No quería ese corazón sincero y desnudo.

—Te equivocas de persona. Yo nunca he tenido planes de «asentarme» con nadie.

Pero Wenwen, como si no entendiera, siguió hablando sin parar: 

—Sé que tú también tienes miedo, igual que yo. Antes tampoco quería estabilidad, pero luego de conocerte, algo cambió. Las personas no siempre son lo que creen ser. Ahora piensas así porque no sabes lo bueno que podría ser… Imagínalo: los dos yendo juntos al trabajo por la mañana, cocinando por las noches, los fines de semana mis amigas y yo asistiendo a tus conciertos. En vacaciones, viajando al extranjero. Y dentro de unos años, quizá un bebé… ¿No suena perfecto? ¿De verdad no lo quieres?

Al hablar de esas cálidas trivialidades domésticas, Wenwen se mostraba emocionada, balbuceaba sin orden, como si quisiera compartir cada pequeña fantasía sobre su futuro juntos. Pero, de pronto, la llamada se cortó. En el teléfono solo quedó el pitido monótono del tono de desconexión.

Recién sumida en sus ensoñaciones, Wenwen volvió en sí como si le hubieran arrojado un balde de agua fría de pies a cabeza. Todo su cuerpo temblaba. No sabía en qué momento se había convertido en alguien tan irracional y, aun así, incapaz de rendirse, seguía actuando sin sentido. Volvió a marcar el número de Zhang Chen, pero del otro lado solo respondió una voz mecánica y helada:

—El número que usted marcó no está disponible. Por favor, intente más tarde.

Se oyó un clic en la puerta: su compañera de cuarto entraba cargada de bolsas de compras. Al notarla sollozando, la miró y, como si entendiera todo al instante, soltó un «¡vaya!» antes de quitarse los tacones en la entrada. Mientras lo hacía, se burló:

—¿Qué pasa? ¿A mi hermanita la hizo sufrir un hombre? ¡Bien merecido! Cuando renunciaste, te dije que te arrepentirías tarde o temprano. Llevas años en esto, ¿cómo es posible que aún no aprendas?

Pero Wenwen seguía acurrucada en el sofá, llorando sin parar, muda. La compañera, ya impaciente, le soltó con brusquedad:

—¿Y ahora por qué lloras? ¡Anímate! ¿Acaso vas a morirte porque un hombre no te quiere? Hay tantos en el mundo; si ese no sirve, ¡pues búscate otro!

Wenwen se frotó con fuerza los ojos enrojecidos con la manga del pijama y, con voz entrecortada, respondió:

—Tú no lo entiendes. Cuando te pase, lo entenderás.

—Pues espero no entenderlo nunca ni acabar hecha una loca. ¿Sabes que llorando así solo das rabia? Si yo fuera él, tampoco me gustarías. —Le lanzó una mirada de soslayo, abrazó sus compras de lujo y se encerró en su cuarto.

No imaginaba que sus palabras serían proféticas: su hermanita no solo no le hizo caso, sino que desapareció durante toda una semana.

Wenwen no reapareció hasta el viernes. Había averiguado la dirección de la empresa de Zhang Chen, consiguió una ecografía falsa de embarazo en un lugar donde falsificaban documentos y, justo cuando los oficinistas del edificio de enfrente estaban a punto de salir, intentó colarse en la torre donde él trabajaba. Pero el guardia de seguridad la detectó al instante y no la dejó pasar.

En la empresa de Zhang Chen el acceso era muy estricto: sin tarjeta no se podía entrar. Wenwen permaneció de pie entre la multitud de empleados que pasaban sus tarjetas y suplicó al guardia durante un largo rato, sin éxito. Finalmente, cegada por la desesperación, salió corriendo hacia la explanada frente al edificio y, mirando las filas de ventanas cuadriculadas sobre su cabeza, gritó a todo pulmón:

—¡Zhang Chen, sal de ahí!

Los transeúntes a su alrededor se detuvieron, sorprendidos, y giraron la cabeza para mirarla. Algunos todavía tenían papas fritas a medio camino hacia la boca; otros mordían pajillas distraídamente. Pero sus miradas eran todas iguales: burlonas, como si esperaran ver un espectáculo.

Wenwen recorrió con la vista a la multitud. Pensó que, al fin y al cabo, incluso había sido escort… ¿qué más podía perder? ¿Qué vergüenza no había pasado ya? Y así, levantó bien alto la ecografía falsa que llevaba en la mano y volvió a gritar hacia las ventanas:

—¡Zhang Chen, estoy embarazada! ¡Ya fui a Yuncheng y conocí a tu padre! ¡Tienes que hacerte responsable! ¡No puedes simplemente desaparecer así como así!

Detrás de los cristales de la torre de oficinas empezaron a asomarse siluetas –probablemente curiosos–, pero Zhang Chen no apareció.

Wenwen gritó hasta quedarse afónica, pero a quién esperaba no llegó. Finalmente, con las manos temblorosas, guardó la ecografía en el bolso. Luego sacó del fondo una pequeña navaja y, sin pensarlo, se hizo un corte en la muñeca. Al instante, una delgada línea de sangre roja brotó de la herida.

A su alrededor se escuchó un suspiro colectivo. Los murmullos y cuchicheos crecieron, elevándose como una ola.

—¿¡Mierda, Zhang Chen!? ¿No será ese ingeniero de backend del nuevo equipo de proyecto? El que se volvió famoso apenas entró a la empresa.

—Debe ser él. No puede ser que haya otro con el mismo nombre… —Varios compañeros de la empresa caminaban hacia la entrada, volviendo la cabeza una y otra vez para mirar a Wenwen. No dejaban de murmurar entre ellos.

Uno chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

—He trabajado con él en algunos proyectos. Es de los que hacen su trabajo sin decir una palabra de más. Cuando el equipo de producto lanza un montón de requisitos absurdos, ni se queja como los demás. Me pareció bastante confiable. No tiene pinta de ser de esos que engañan a las chicas.

Otro le replicó de inmediato:

—¿Y tú de verdad crees que alguien es igual en el trabajo que en su vida privada? ¡Mira la cara que tiene! ¿Te parece inocente? Está lleno de piercings, en las orejas, en la nariz, y tiene tatuajes en las clavículas. En la fiesta de fin de año se puso a tocar una canción rara que nadie entendió. A muchas chicas les encanta ese rollo. No te engañes: por mucho que sea programador, ¡hay algunos que juegan más que nosotros!

El compañero de trabajo, con gafas y la cara llena de granos, echó un vistazo a Wenwen, que tenía la muñeca cubierta de sangre, y le murmuró a unas compañeras:

—¿Saben que Zhang Chen es de un pueblito? Me lo contó la chica de Recursos Humanos que renunció. Viene de una ciudad de tercera, su licenciatura es de una universidad de cuarta, solo logró volar alto porque eligió una carrera de moda para el posgrado y así entró en una de las top 2. Ahora va por ahí creyéndose un auténtico pequinés, ¿pueden creerlo?

Parecía indignado de que una chica tan guapa como Wenwen se rebajara por un tipo pobre como Zhang Chen. Primero lo destrozó con palabras, y luego negó con la cabeza y suspiró.

—Esa chica es tan bonita, alta, delgada, con un gran pecho y cinturita. ¿Qué le habrá visto a Zhang Chen? Si su familia ni siquiera tiene dinero, ¡y tampoco es más guapo que yo!

Abajo había alboroto, y arriba tampoco reinaba la calma.

Zhang Chen había pasado el día entero ocupado. En la mañana, una reunión de dos horas con los compañeros de producto y front-end. Al mediodía, ni una sola cucharada de comida. Por la tarde, escribiendo código sin parar frente al computador para los nuevos requerimientos. Apenas había terminado de correr una nueva función cuando, de pronto, alguien abajo empezó a gritar su nombre.

Los otros, siempre encantados con el chisme, corrieron a asomarse por la ventana. Al pasar junto a Zhang Chen, se mostraban inseguros, con las manos tiesas, sin atreverse a decirle ni una palabra.

Lo que se oía abajo se volvía cada vez más disparatado: que si estaba embarazada, que si se iban a casar… Los gritos alcanzaron tal nivel que el jefe del departamento contiguo no pudo soportarlo más y acudió apresuradamente a averiguar qué sucedía. Pero al ver a Zhang Chen tan tranquilo, probando código en su puesto como si nada, no pudo evitar darle unas palmaditas en el hombro y decirle en voz baja:

—Baja a echar un vistazo, no da buena imagen.

—No tengo nada que ver con ella —respondió Zhang Chen.

Se asomó por la ventana y, desde lejos, alcanzó a distinguir varios cortes ensangrentados en el brazo de Wenwen. El rojo intenso de la sangre le asestó un golpe a la vista, como una puñalada. Aquel color, ausente de su vida durante tanto tiempo, le resultó profundamente incómodo. Se volvió de inmediato, se puso de pie y, dejando apenas un «Está bien, iré a ver», se dirigió escaleras abajo.

Abajo, Wenwen solo sintió el dolor cuando ya se había cansado de cortarse. Con una mano cubría a medias su muñeca llena de heridas, mientras lloraba tan fuerte que apenas podía respirar.

De pronto, la luz del sol frente a ella quedó bloqueada en gran parte. Una figura helada se plantó delante, y el sofocante calor del momento desapareció por completo. Wenwen supo que Zhang Chen había llegado. De inmediato escondió su mano herida tras la espalda, bajó la cabeza y murmuró:

—Por fin viniste…

Zhang Chen la interrumpió:

—Ni siquiera he tocado tu boca ni tus piernas. ¿Cuándo se supone que te dejé embarazada?

Wenwen bajó aún más la cabeza. Los labios le temblaban, pero no logró articular una sola palabra.

Zhang Chen insistió:

—La única mujer desnuda que he visto en mi vida, desde que tengo memoria hasta hoy, es mi madre. Dime entonces, ¿cómo es que estás embarazada?

Su tono no tenía grandes inflexiones, pero su presencia era glacial, como si irradiara un frío cortante en pleno verano. Wenwen comprendió que estaba verdaderamente enfadado. Sin saber qué hacer, se aferró a su brazo entre sollozos.

—Ya han pasado más de dos meses… No he vuelto a ver ni tu cara. Si no hacía esto, nunca ibas a aparecer.

—No me gustas y no quiero tener una relación contigo. Te lo he dejado más que claro. ¿Por qué no entiendes el lenguaje humano? Fuiste a buscar a mi padre sin mi consentimiento y ahora me amenazas en público con algo que ni siquiera es verdad. ¿Qué más planeas hacer?

Wenwen alzó la vista justo a tiempo para ver en los ojos de Zhang Chen una aversión imposible de ocultar. Supo entonces que todo había caído irremediablemente por un abismo. Murmuró:

—¿Y qué puedo hacer ahora…? Si tuviera siquiera una salida, jamás habría recurrido a algo tan rastrero para hacerte venir…

—Ya veo. ¿Así que estás usando los ojos de los demás para chantajearme, no? —Zhang Chen tomó con fuerza la mano ensangrentada que lo aferraba del brazo, la alzó frente a los dos y preguntó—: ¿Piensas seguir maltratándote?

«¿Cómo podría eso considerarse maltratarme? Es obvio que esta es mi carta de negociación. Hay personas que necesitan usar este tipo de cosas para ganarse la mirada de otros», pensó Wenwen mientras observaba su rostro.

—Sí, claro que no entiendes. Amar de verdad es como lo que yo estoy haciendo. —Acercó su brazo ensangrentado al rostro de Zhang Chen, con una expresión llena de autocompasión—. ¿Quién más haría esto por ti, si no yo? ¿Qi Yuan? ¿Alguna fan tuya? Todas esas solo hablan, pero no sienten nada. No te conocen. Qi Yuan pisotea tu trabajo como si fuera basura, y sabiendo lo orgulloso que eres, aun así no puede dejar de burlarse. Ellas no te aman, ninguna. Solo yo te amo de verdad, ¿entiendes?

La mención del «amor» arrastró a Zhang Chen inevitablemente a los recuerdos de años atrás, a Yuncheng. Una ciudad cubierta de humo y neblina oscura, donde también hubo alguien que le dijo «te amo». Su madre le había dicho que lo amaba antes de abandonarlo. Otra persona también le había dicho que lo amaba, pero al final, con lágrimas en los ojos, había regresado a su vida perfecta.

Con el tiempo, conoció a más personas. Gente que iba y venía, sin rastro de sinceridad. Las palabras perdían la mitad de su verdad al ser pronunciadas, y cuando hablaban de amor, ni una sola sílaba merecía crédito.

Una sonrisa indiferente asomó en el rostro de Zhang Chen, una que volvió aún más gélido el aire que ya lo rodeaba. Su voz bajó, helada, mientras le preguntaba a Wenwen:

—¿Quién quiere tu amor? ¿No te parece aterrador andar hablando de amor frente al lugar de trabajo de otro?

Detrás de ellos, la multitud bulliciosa no dejaba de moverse. Aquellas miradas inquisitivas y burlonas eran como flechas heladas, cientos, miles de ellas lanzadas al mismo tiempo contra ellos.

Zhang Chen volvió a preguntar:

—¿Por qué son todos así? ¿Por qué tienen que arrinconarme hasta hacerme quedar tan mal?

Wenwen lo miró, aturdida. El Zhang Chen que tenía delante no se parecía en nada al que había visto tocando el piano sobre el escenario. En sus ojos oscuros solo había confusión y desilusión.

Sabía que había cometido un error enorme. Le tomó la mano con un temblor y le suplicó:

—Me equivoqué. Fui demasiado impulsiva, no pensé en cómo ibas a estar en la empresa. Te pido perdón. Lo siento, lo siento mucho…

Pero no llegó a terminar. Su mano ensangrentada fue apartada con un gesto seco. Zhang Chen, que un instante antes estaba frente a ella, le dejó únicamente su espalda y una frase carente de toda emoción.

—Si lo vuelves a hacer, llamaré a la policía.

De camino al hospital, Wenwen mantuvo todo el tiempo la muñeca cubierta con un pañuelo de seda. No le importaba si el sol y el viento sobre la tela podían causarle una infección; simplemente no quería que nadie más viera su vergonzoso estado.

Durante todo el trayecto, se sintió como si estuviera atrapada en una especie de trance irreal. El sol sobre su cabeza era como el carbón encendido bajo una plancha caliente, y ella, tendida sobre esa plancha, se dejaba asar en silencio hasta que su cuerpo se vaciara por completo de cualquier resto de humedad o fuerza. No recordaba bien lo que le dijo el médico en el hospital; solo tenía presente que, al salir, se encontró en la parada del autobús con una mujer conocida.

Apenas verla, la mujer bromeó:

—¡Oye, guapa! ¿A dónde vas?

Pero al notar la gruesa capa de vendas en su muñeca, su expresión burlona se desdibujó. Incómoda, preguntó:

—¿Vienes del hospital? ¿Te hiciste daño?

Wenwen alzó la vista y, al mirarla, se dio cuenta de que la mujer frente a ella era Qi Yuan.

Cuando volvió en sí, ya estaban sentadas frente a frente en una cafetería. Qi Yuan sostenía un vaso de latte helado, del que sorbía a pequeños tragos mientras negaba con la cabeza.

—Las mujeres son tan estúpidamente ingenuas…

—¿Y los hombres no lo son? —preguntó Wenwen, con voz apagada.

—Claro que sí. ¡Cualquiera que se enamora se vuelve un idiota! —Qi Yuan chasqueó la lengua—. Yo lo que no puedo evitar es esa manía de ponerme celosa. Pero tú, tú sí que te pasaste de ingenua.

—Tú siempre lo lastimas. Siempre lo hieres —dijo Wenwen.

Qi Yuan dejó el vaso sobre la mesa, y con él, también bajó la cabeza.

—Es que él es así, es de esos que parece que necesitan ser heridos. Si no lo haces sufrir, nunca sabrás si le importas o no.

—Y al final descubres que en realidad no le importas —añadió Wenwen desde el otro lado.

—¡Ja, ja, ja, ja, maldita sea, tal cual! —Qi Yuan soltó una carcajada—. Por eso he podido estar tantos años con él. Yo suelto cualquier burrada, luego pongo cara de palo y le pido perdón, y ya está. Él nunca me lo reprocha. Pero eso de amar con tanto drama, como tú, ¡da miedo! Lo que más odia es que le digan que lo aman. Mientras no le digas que te enamoraste de él, puede seguir siendo tu amigo para siempre.

Wenwen guardó silencio un momento antes de decir:

—Él no te reprocha nada porque no te quiere, ni un poco.

Por un instante, Qi Yuan se quedó paralizada, con el vaso de café helado entre las manos.

Wenwen continuó:

—Hoy me dijo: «¿Por qué tienen que arrinconarme hasta hacerme quedar tan mal?». Tú también tienes parte en eso, ¿no?

Qi Yuan soltó la taza con un golpe seco y giró la cabeza con rigidez hacia la ventana. Pero apenas habían pasado unos minutos cuando se volvió de nuevo, agarró una servilleta de la mesa y se secó las lágrimas. Entre sollozos ahogados, dijo:

—¿Por qué tiene que ser tan odioso? Si al menos siempre tratara un poco peor a los demás, si no fuera tan frío unas veces y cálido otras, ¿quién querría lastimarlo solo para descifrar lo que siente?

—Tal vez es que, en realidad, nunca le gustamos. Y nosotras lo malinterpretamos todo. —Wenwen se recostó en la silla, con la cabeza medio inclinada hacia atrás.

Qi Yuan no respondió. Seguía de perfil, mirando por la ventana, con un rastro seco de lágrimas marcado bajo el pómulo.

—Al principio, yo no iba a enamorarme de Zhang Chen —dijo Wenwen—. A mí me gustan los hombres un poco mayores, más maduros, que puedan cuidarme, protegerme. Él no es para nada mi tipo.

Qi Yuan seguía mirando hacia afuera, con la cabeza ladeada, como si el viaje emocional de Wenwen no le despertara el menor interés.

Pero a Wenwen no le importó y continuó hablando por su cuenta:

—Ya sé que es guapo, pero hombres guapos hay muchos en el mundo. Yo también he visto varios. ¿Por qué tendría que ser él especial solo por eso? ¿Quieres saber la verdad? Solo puedo decir que la música es algo aterrador. Si me lo hubiera cruzado en la vida real, Zhang Chen no me habría gustado en absoluto. Mi error fue haberlo conocido en su estado musical. Zhang Chen es un hombre astuto; no es en absoluto tan frío como aparenta. Todo lo que no puede decir, todo lo que no se atreve a confesar, lo vuelca en su música. Su música es como una tormenta que empapa de pies a cabeza a quien lo escucha, sin dejarle dónde esconderse, forzándolo a entrar en su mundo. Y ese mundo está lleno de amor y de odio, todo tan real, tan intenso… Seguirlo en ese viaje es como haber sido amado por él sin reservas. ¿Tú podrías resistirte a una emoción así? Yo no pude. Nunca supe de qué hablaban exactamente sus canciones, ni para quién estaban escritas, pero esa forma suya de explotar emocionalmente, de autodestruirse, siempre termina hiriendo también a los que lo rodean. Cada vez que su mirada se cruzaba con la mía, yo creía que era especial para él. Con el tiempo, llegué a convencerme de que yo le importaba, incluso de que me amaba. Pero no era así. Todo había sido una ilusión mía. La semana pasada fui a su ciudad para buscar a su padre. Me echó. Me dijo que no me buscara problemas, que no me metiera con su hijo; que su hijo solo amaba la música y el dinero. Y creo que es cierto. Zhang Chen no quiere a nadie. Ni siquiera le importan quienes lo escuchamos. Solo quiere desahogarse en el escenario, entregarse al momento y luego marcharse con tranquilidad con la guitarra colgada a la espalda. Yo, en cambio, como una espectadora más, fui quien se lo tomó demasiado en serio y se quedó abajo, sola, incapaz de volver en sí.

Una confesión tan larga dejó también a Qi Yuan algo desorientada. Se secó las lágrimas bajo los pómulos con los dedos y, de pronto, dijo:

—A él sí puede llegarle a gustar alguien. Si no, yo no habría sido tan tonta. El álbum Rain, por ejemplo, creo que fue por un chico. Seguro tú también lo notaste. Hay varias canciones que parecen hablar de amor.

Wenwen, con la garganta seca, seguía cubriéndose la muñeca vendada. La miraba, aturdida, sin decir una palabra.

—Éramos compañeros en la universidad —continuó Qi Yuan, con la cabeza baja—. Una vez, los tres fuimos hasta Yuncheng para trasladar unos equipos a la escuela. Esa noche, mientras estaba frente a su casa, oí a unos vecinos charlar. Decían que una vez Zhang Chen anduvo con un chico de familia rica y fue todo un escándalo, tan grande que todo el vecindario se enteró. Aquel chico, delante de un montón de gente, insultó a su familia. Dijo que él tenía dinero, que solo él podía darle una buena vida. Pero al final, pese a tantas promesas, se fue. Lo dejó ahí, solo.

»Bah, da igual. —Qi Yuan se volvió hacia otro lado, se pasó una mano por la cara sin cuidado y se encogió de hombros—. Eran jóvenes. Seguro le atrajo lo nuevo, lo emocionante. A veces el calor del momento te empuja a hacer locuras, como andar con un chico, quién sabe. Pero a mí no me importa. Total, ese tipo ya no va a regresar.

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