Capítulo 42. Quién

Cheng Sheng había regresado.

Apenas cruzó el umbral de su casa, dejó caer el portátil y los documentos sobre el sofá. Ni siquiera se cambió de ropa: entró directamente al dormitorio y se dejó caer de bruces sobre la cama, con la mirada clavada en el techo, aturdido.

El trabajo lo agotaba, la gente lo exasperaba y, para colmo, estaba ese gran problema llamado Zhang Chen. El desencuentro de días atrás lo había sumido en una bruma de incertidumbre. Tendido en la cama, mirando el techo, Cheng Sheng estaba convencido de que Zhang Chen debía guardarle cierto odio. A menos que, sencillamente, no le importara en absoluto; y en ese caso, ni el amor ni el odio tendrían ya lugar. Esa realización le causó gran sufrimiento. Por un lado, deseaba que Zhang Chen lo odiara menos; por otro, anhelaba que lo odiara más. Sentía cierto alivio al saber que ahora le iba tan bien, pero, al mismo tiempo, una tristeza secreta: ¿cómo era posible que le fuera tan bien? Debería estar como él, dando vueltas en la cama noche tras noche, incapaz de conciliar el sueño, ahogándose día tras día en el sufrimiento y la culpa.

Cheng Sheng se reconocía como un masoquista. Sabía que era imposible que Zhang Chen diera el primer paso. Y, aun así, aquel jueves, apenas terminó una reunión en su oficina, avisó a su asistente y se dirigió a la empresa de Zhang Chen a solo dos calles de distancia, dispuesto a tenderle una emboscada.

De camino, compró dos cafés de Starbucks y los llevó en la mano hasta la entrada de la empresa donde trabajaba Zhang Chen, pensando en qué asuntos laborales podría tocar luego con él: No debía cruzar límites ni  asustarlo; solo necesitaba un momento a solas con él.

En menos de diez minutos, empezaron a salir grupos de jóvenes riendo y charlando. Tras ellos apareció una figura alta, delgada y erguida que le era familiar: Zhang Chen, con compañeros colgados de sus hombros, arrastrándolo hacia la salida.

En el trabajo, Zhang Chen irradiaba eficiencia. Su camisa, impecablemente planchada, y el balón de baloncesto que sostenía lo hacían destacar al instante entre sus colegas, todos vestidos con camisetas holgadas y pantalones cortos desarreglados.

Cheng Sheng, al verlo, intentó abrirse paso entre la multitud para alcanzarlo al otro lado, pero apenas había dado dos pasos cuando una avalancha de oficinistas que salían a cenar lo empujó de un lado a otro.

—¡Zhang Chen! —gritó Cheng Sheng con urgencia desde atrás, y cuando la multitud se dispersó, corrió precipitadamente hacia su dirección.

Esa voz le resultaba demasiado familiar. Zhang Chen había reconocido al instante de quién se trataba, pero no hizo caso. Sin embargo, varios de sus compañeros de trabajo volvieron la cabeza curiosos y, al ver a aquel joven de camisa a cuadros que llevaba dos tazas de Starbucks y parecía estar buscando a Zhang Chen, le dieron unas palmaditas en el hombro y murmuraron en voz baja:

—Parece que ese tipo de ahí atrás te busca.

La reacción de Zhang Chen fue idéntica a la que había tenido aquel día en el local de masajes, incluso más fría. Se giró para saludar con indiferencia a Cheng Sheng, que estaba sudando profusamente, y se limitó a presentarlo a sus compañeros diciendo:

—Es alguien que conocí antes.

Al escuchar que ni siquiera merecía el título de «amigo», Cheng Sheng sintió como si una aguja fina se le clavara lentamente en el corazón, tan delgada que ni siquiera dejaba marca. Forzó una sonrisa tiesa hacia los colegas de Zhang Chen y, fingiendo despreocupación, se dirigió a ellos con falsa camaradería:

—Zhang Chen y yo somos amigos desde la infancia. También trabajo por aquí cerca. Hacía mucho que no nos veíamos, así que hoy vine a buscarlo. 

Los hombres exclamaron al unísono con sorpresa:

—¡Oh! —Y volvieron la mirada hacia Zhang Chen—: ¿Desde cuándo tienes un amigo de la infancia? Por su estilo, parece que también es de nuestra industria.

Zhang Chen observó a Cheng Sheng, que permanecía erguido como un poste de luz, pero no confirmó lo de «amigos de la infancia». Solo dijo: 

—Digamos que es medio colega. 

Eran compañeros del departamento de seguridad, de un área distinta a la de Zhang Chen, y se mostraron mucho más cordiales que él. Al ver que Cheng Sheng incluso había tenido la delicadeza de traer bebidas, tomaron la iniciativa sin consultar:

—Justo íbamos a jugar un partido. ¿Te animas a unirte?

Cheng Sheng no podía rechazarlos. Le lanzó una mirada furtiva a Zhang Chen, que seguía ignorándolo, y aceptó con resignación:

—Claro, justo quería ir a echar un vistazo. 

Pero tras decirlo, no se movió, porque Zhang Chen no mostraba la más mínima intención de invitarlo. No tuvo más remedio que quedarse parado en el mismo lugar, incómodo.

Zhang Chen mantuvo cierta distancia con sus colegas, caminando detrás de ellos con un balón de baloncesto en los brazos. Tras unos pasos, al notar que Cheng Sheng no lo seguía, volvió la mirada hacia él y preguntó:

—¿Te compraste dos cafés solo para ti?

Cheng Sheng, que se había quedado paralizado, reaccionó de golpe. Un torrente de «ah» le salió de la boca, seguido de un «uno es para ti», antes de apresurarse a unirse al grupo que se dirigía a la cancha. 

Por el camino, los demás empezaron a hablar animadamente sobre novedades de la industria y problemas laborales, bromeando de vez en cuando a costa de Zhang Chen, a quien todos se referían con respeto como «el maestro». Cheng Sheng, caminando a su lado, los escuchaba con extrañeza: sus bromas y comentarios giraban en torno a algoritmos de cifrado y ataques informáticos, temas que no tenían absolutamente nada que ver con el trabajo de Zhang Chen. 

—¿Zhang Chen trabaja en el mismo departamento que ustedes? —preguntó Cheng Sheng, incapaz de contener su curiosidad.

Un tipo con gafas gruesas, caminando junto a la calle, respondió con entusiasmo antes de que las palabras hubieran terminado de resonar:

—No, nosotros somos todos del equipo de seguridad. Zhang Chen antes trabajaba en backend, pero el año pasado de repente se cambió a investigación de usuarios. 

Cheng Sheng soltó un «ah» y volvió a preguntar: 

—¿Y cómo es que todos se llevan tan bien con él? 

El de las gafas gruesas se acercó un poco más y, señalando a Zhang Chen con la barbilla, respondió medio en broma: 

—Es el favorito del director de seguridad. Hay que congraciarse con él para que luego ponga una buena palabra por nosotros ante los jefes. 

—Ya está bien, hasta al amigo de Zhang Chen se atreven a tomarle el pelo.

Uno del grupo le dio una palmada en la espalda al de las gafas gruesas y, riendo, le explicó a Cheng Sheng:

—Zhang Chen es un as de la seguridad. Cuando tenemos problemas, no podemos estar molestando siempre a los supervisores, ¿no? Quedaría fatal. Así que acudimos a él. 

Apenas terminó de hablar, Zhang Chen los cortó con un:

—Basta. Lo pasado, pasado está. 

Los otros alzaron las manos en gesto de disculpa hacia Cheng Sheng, sonriendo.

—No decimos más, no decimos más. A Zhang Chen no le gusta hablar de sus logros pasados. 

Todo esto era completamente nuevo para Cheng Sheng. No aparecía por ningún lado en el currículum de Zhang Chen, lo que significaba una ocultación deliberada. Miró de reojo a Zhang Chen, pero su expresión seguía igual de impasible, como si no le preocupara en absoluto que su posible futuro jefe descubriera sus secretos laborales. 

«Claro que no le preocupa —pensó Cheng Sheng con amargura, agachando la cabeza—. Porque le da igual». 

El grupo llegó alborotado al polideportivo. En el corto trayecto, los compañeros más extrovertidos ya trataban a Cheng Sheng como a uno más, echándole el brazo por los hombros con naturalidad. Al llegar a la pista, le preguntaron si quería unirse al partido.

Cheng Sheng negó rápidamente con la cabeza.

—No, no, con el baloncesto soy un desastre. Pero si algún día juegan fútbol, cuenten conmigo.

—Bueno, la verdad es que casi nunca jugamos fútbol.

Lanzaron el balón al aire y comenzó el partido. Cheng Sheng, con sus dos tazas de Starbucks, se dirigió a las gradas en busca de asiento y se dispuso a observar el juego con atención. Nunca antes había visto a Zhang Chen jugar baloncesto. En sus recuerdos, desde pequeño, Zhang Chen había rehuido las actividades grupales; aparte de aquel único amigo que mencionó alguna vez, jamás habló de nadie más. Hasta su abuela solía contarle que aquel chico siempre andaba solo en la escuela: su mochila no contenía más que tareas escolares, libros de segunda mano y DVDs ahorrados penosamente, y pasaba horas absorto en sus pensamientos junto a la ventana, con una expresión tan seria que nadie podía adivinar qué diablos pasaba por su cabeza.

Este Zhang Chen, tan integrado en el grupo, resultaba casi un extraño. Desde las gradas al otro lado de la cancha, Cheng Sheng lo observaba correr, pasar el balón y coordinarse con sus compañeros con una soltura casi íntima, mientras una amarga sensación le subía irrefrenable a la garganta.

¿En qué estaría pensando? Cheng Sheng aún no lograba descifrarlo cuando, de pronto, el teléfono en su bolsillo empezó a sonar con insistencia. Se levantó de su asiento para atender la llamada y, apenas contestó, una voz femenina cargada de impaciencia brotó del auricular:

—¡Cheng Sheng! ¿No dijiste que solo saldrías media hora? ¡Vuelve ya! Lo de la reunión no podemos decidirlo sin ti.

Cheng Sheng respondió con un par de «sí, sí» y, al voltear hacia Zhang Chen, lo vio concentrado driblando el balón, sin el menor interés o tiempo para fijarse en él. A propósito, alzó la voz con fuerza hacia el otro lado de la cancha:

—¡Ya vuelvo! Organízalo tú primero, y en cuanto llegue hacemos una reunión express.

Tras colgar, volvió a mirar en dirección a Zhang Chen justo a tiempo para verlo correr y pasarle el balón a un compañero. Ni remotamente se había percatado de que él acababa de recibir una llamada urgente.

Esta vez, a Cheng Sheng se le fue por completo el ánimo. Se dio un golpe fuerte en la pierna y, frustrado, sacó de la bolsa para llevar su café americano. Como desahogo, empezó a pinchar con rabia la tapa con la pajilla. En ese momento se sintió como un payaso, sin más. Entonces, con despecho, dejó la bebida de Zhang Chen junto con la bolsa sobre las gradas y se marchó solo.

Apenas habían pasado unos minutos desde su partida cuando el partido en la cancha se interrumpió de repente. Zhang Chen se abanicó distraídamente con la mano, lanzó una mirada en dirección a las gradas –quién sabe si con disgusto o satisfacción–, y estampó el balón contra el suelo con fuerza. Luego se giró hacia sus compañeros y dijo:

—Ya no juego. Me acordé de una tarea que tenía pendiente con el equipo de producto, mejor la termino de una vez.

¿De dónde había salido eso ahora?, se preguntaron todos, intercambiando miradas desconcertadas.

Todo el mundo sabía que Zhang Chen nunca necesitaba que lo apuraran. Ni siquiera cuando recién había entrado a la empresa y sostenía el trabajo junto al jefe de seguridad. Nunca hubo necesidad de presionarlo. Más tarde, cuando pasó a encargarse del backend, escribía y probaba el código más rápido que los demás, y a diario presionaba a los del frontend para que acabaran sus pruebas y trabajaran con él. Y qué decir de cuando fue transferido al grupo de proyectos marginales para hacer investigaciones: en comparación con su ritmo anterior, eso era casi como jubilarse.

A Zhang Chen no le importó si esa excusa improvisada contaba como una mentira descarada o simplemente una forma de salir del paso. De todos modos, recogió el pobre balón del suelo y se fue solo hacia las gradas. Levantó el café americano que alguien había dejado allí y le dio un largo sorbo.

En la etiqueta del vaso había dibujada una gran carita sonriente con un corazón, probablemente un encargo especial de Cheng Sheng cuando compró el café. Zhang Chen se quedó mirándolo un momento más y notó que el nombre escrito en el vaso era «Chen Chen».

***

Cheng Sheng, ajeno a todo esto, seguía masticando su rabia mientras hacía horas extra en la oficina hasta pasada la medianoche. Trabajó hasta que el rostro se le puso ceniciento, y no fue sino hasta entonces que regresó a casa junto a Frank, cuyo rostro también lucía igual de demacrado.

En el camino, el viejo Cheng llamó varias veces. Al ver su nombre en la pantalla, Cheng Sheng colgó de inmediato. No pasó mucho antes de que el teléfono empezara a vibrar de nuevo. Era un mensaje:

«Hijo, ¿todo bien en la empresa? Hay que saber retirarse a tiempo cuando el riesgo es alto. Si se trata de una cuestión académica, papá te apoyará con todo. Papá siempre será tu respaldo».

Cheng Sheng echó un vistazo al mensaje, y estuvo a punto de reírse de la rabia, ahí mismo, en plena calle.

Bajo las farolas parpadeantes, Cheng Sheng recordó de pronto algo que su tutor universitario solía decirles: «En nuestra universidad nadie puede decir: “no sirvo”, “no sé”, “no entiendo”». Algunos estudiantes se quejaban de que realmente no sabían, que en las clases muchos temas se rozaban apenas con unas pocas palabras: demasiado rápido, demasiado difícil. El tutor les respondía: «No es posible que no puedan. Si se calman y estudian por su cuenta, tarde o temprano lo entenderán todo. No estén todo el día en los cibercafés jugando al Red Alert. Si de verdad quieren jugar, participen en las competiciones de combate de agentes IA del departamento». Pero muchos seguían sin entender. Cuando salieron las notas finales, casi la mitad pasó raspando la línea de aprobación. Alguien había explotado: «No lo soporto más. En la preparatoria fui el mejor de mi condado, y ahora estoy entre los últimos. ¿Se está educando o seleccionando genios?». Cheng Sheng sacó setenta y ocho en esa materia: un resultado mediocre, sin más. Pero su compañero de cuarto, Xiao Jun –un chico que ni siquiera tenía computadora y que enviaba íntegra su beca a casa–, obtuvo ciento diez: cien era la nota máxima y, además, resolvió el bonus problem, que valía diez puntos extra. Desde la litera de abajo, Xiao Jun se lo dijo con la mayor naturalidad:

—Era fácil. La otra materia también. La del departamento de electrónica sí que fue difícil; me pasé una semana entera sin pegar ojo.

Cheng Sheng se sentó en la cama a calcular su promedio, con la sensación de que lo habían humillado de principio a fin.

Fue entonces cuando comprendió que la brecha objetiva estaba allí, cruel y evidente, atravesándolo todo, y que la fuerza de una sola persona jamás podría cruzarla.

Se detuvo al borde de la calle y respondió a su padre con un mensaje cargado de rabia contenida:

«¿De verdad crees que soy tan inútil como para necesitar que me organices el futuro?».

Después de enviarlo, sacó una cajetilla de cigarros y encendió uno tras otro. Dejó que el teléfono vibrara sin cesar en el bolsillo sin prestarle atención.

Al llegar a casa, abrió el cajón de la mesita de noche, sacó una navaja y empezó a cortarse una y otra vez. Sentía que cualquiera a su alrededor era un genio, y que él era el único inútil, un inepto sin esperanza. Ojalá pudiera intercambiar su vida con la de Zhang Chen. Quizás entonces, como su compañero de cuarto Xiao Jun, también habría logrado un expediente académico casi perfecto y sería mucho más exitoso de lo que era ahora.

Después de cortarse, Cheng Sheng rompió en un sudor frío. Sus piernas, cubiertas de sangre, temblaban sin parar, pero se sentía mucho más aliviado. Esa nube espesa de angustia que lo había acompañado desde que salió de la oficina parecía, de algún modo, irse drenando junto con la sangre, disolviéndose poco a poco en el aire.

Al día siguiente, Cheng Sheng llegó temprano a la empresa. Apenas había llegado a su escritorio con una taza de café, cuando Recursos Humanos vino a avisarle que tenía que entrevistar a dos candidatos. Sin tiempo siquiera para respirar, dejó la taza, sujetó la laptop bajo el brazo y salió disparado rumbo a la sala de reuniones.

Pero la entrevista no fue del todo bien. Después de las preguntas de rutina, Cheng Sheng les lanzó un par de conceptos que consideraba bastante básicos, y ninguno de los dos supo responderlos por completo. Mientras los miraba, suspiró por dentro, aunque por fuera mantenía la sonrisa. Sacó unas hojas del portafolios, junto con dos bolígrafos, se los pasó y les planteó una función para que la codificaran a mano.

Los dos candidatos parecían no estar acostumbrados a escribir código a mano; se quedaron pasmados un buen rato antes de empezar a escribir con timidez, y como era de esperarse, lo que entregaron fue un completo desastre. Al terminar la entrevista, Cheng Sheng los despidió con amabilidad, pero al ver el revoltijo de código sobre la mesa, ni siquiera le quedaron ganas de suspirar.

—¿Qué tal fue la entrevista? —Lao Fu acababa de volver con una taza de café. Al ver a Cheng Sheng con la laptop bajo el brazo y el rostro lleno de frustración, ya se imaginaba la respuesta—. ¿Ninguno sirve?

Cheng Sheng negó con la cabeza, con cara de pocos amigos.

—Se la pasaron resolviendo preguntas tipo examen, pero no tienen base.

—Solo en las grandes empresas se pueden dar el lujo de elegir —dijo Lao Fu con naturalidad, dándole una palmada en el hombro—. Nosotros mejor seguimos engañando a nuestros viejos compañeros de escuela.

En medio del tecleo incesante que llenaba la oficina, pareció recordar algo y le preguntó en voz baja:

—Oye, ¿y ese amigo tuyo, Zhang Chen? ¿Cuándo llega?

Apenas oyó ese nombre, Cheng Sheng, que hasta hace un momento tenía la cabeza baja, la levantó de inmediato. Lo mal que había salido la entrevista dejó de importarle en el acto. Respondió con entusiasmo:

—Llega la próxima semana. En su empresa anterior trabajaba en el backend. Cuando estudiaba también hacía cosas de hacking, así que sabe bastante de seguridad. Vamos, que él solo vale por tres.

Lao Fu chasqueó la lengua dos veces.

—Si aceptó venir aquí, seguro fue por ti.

—Claro que no. Fue por la paga.

Lao Fu negó con la cabeza.

—Si uno ya está bien asentado en una gran empresa, ¿quién querría venirse a pelear en una startup? ¿De verdad crees que ese discursito tuyo de pintar castillos en el aire lo convenciste? Y además, si ves su trayectoria profesional, se nota que busca estabilidad. No parece alguien que esté dispuesto a arriesgarlo todo solo por dinero. Seguro viene por ti.

Cheng Sheng no dijo nada. Se quedó en silencio unos segundos, luego se fue corriendo al baño a echarse agua fría en la cara.

Lao Fu lo vio desaparecer como una ráfaga, y se quedó parado en el mismo sitio, murmurando para sí, confundido:

—¿Y ahora qué le pasó?

Hasta la fecha, Lao Fu todavía no entendía qué le pasaba a Cheng Sheng. Ese domingo, que por fin tenía un rato libre para descansar, estaba en su habitación ensamblando un robot casero, cuando de pronto el timbre sonó con insistencia.

Ding-ling-ling-ling

La frecuencia era tan familiar que no necesitó escuchar más: ya sabía exactamente quién era.

Lao Fu le dio una palmadita al robot reluciente que estaba armando y suspiró.

—Seguro es tu hermano Cheng Sheng. Últimamente no anda muy bien de la cabeza.

En cuanto abrió la puerta, tal y como esperaba, ahí estaba Cheng Sheng, apoyado en el marco, y sin decir ni una palabra lo agarró del brazo y empezó a arrastrarlo hacia su casa.

Lao Fu, tambaleándose detrás de él, preguntó desconcertado:

—¿Qué haces?

—Ayúdame a elegir ropa. Me voy al bar.

—¿Ah? —Lao Fu entró a su apartamento sin entender nada. Antes de que pudiera hacer preguntas, ya lo habían llevado al dormitorio, donde una montaña de ropa estaba tirada sobre la cama. Se quedó mirando sin saber qué pensar, incluso con la luz del día, no lograba entender qué estaba tramando Cheng Sheng.

—Como hombre con criterio estético normal —dijo Cheng Sheng con toda seriedad desde un rincón—, ayúdame a elegir el conjunto más seductor. Uno que haga que con solo verlo, den ganas de acostarse con él.

Lao Fu lo miró con recelo y respondió con sinceridad:

—Como hombre con criterio estético normal, no me parece que ningún hombre sea seductor.

Cheng Sheng no se dio por vencido y volvió a preguntar:

—Entonces con mujeres. Piensa en tus exnovias. ¿Qué tendría que hacer alguien para seducirte?

—Depende de la persona, ¿no? En mi caso… —Lao Fu lo pensó un momento—. Me gustan las chicas con carácter, que no sean sumisas con todo el mundo. Si de vez en cuando son dulces, eso me parece adorable.

Cheng Sheng soltó un «oh» cargado de significado y asintió.

—Ah… Creo que también le gustan con carácter. Tendré que llamar más la atención entonces… —dijo, luego le señaló a Frank la pila de ropa sobre la cama y le ordenó—: Anda, ayúdame a escoger algo que resalte.

—Ah… Creo que también le gustan con carácter. Tendré que llamar más la atención entonces… —dijo, luego le señaló a Frank la pila de ropa sobre la cama y le ordenó—: Anda, ayúdame a escoger algo que resalte.

Lao Fu echó un vistazo a aquel revoltijo de telas arrugadas en blanco, negro, gris y caqui y, tras mucho rebuscar, consiguió sacar un conjunto «llamativo», que le pasó.

—Vas al bar de tu amigo, ¿no? Entonces mejor ponte algo un poco más atrevido.

—A mí también me parece que un poco más atrevido quedaría bien… —Cheng Sheng se probaba la ropa frente al espejo, comparándola con su figura, cuando de pronto se volvió hacia Lao Fu—. ¿Tú qué opinas? ¿Cómo crees que me comparo con Zhang Chen?

—¿Eh? —Lao Fu dejó escapar una risita—. ¿Y por qué tendrías que compararte con él? Ustedes dos no son del mismo tipo.

Pero Cheng Sheng insistió:

—¿Y yo qué tipo soy?

—Tú eres el tipo codiciado. Tres generaciones con un linaje impecable: padre funcionario, madre profesora. Tú, graduado de una de las dos mejores universidades del país, máster en una Ivy League; familia con tres casas patio y quién sabe cuántos departamentos más. Fortuna de miles de millones. En el mercado matrimonial, los padres te adoran: más del noventa por ciento quiere casar a su hija contigo.

—¿Y Zhang Chen?

—Él… —Lao Fu se rascó la barbilla, pensativo. Tardó un buen rato en responder—. Él es del tipo alternativo. Aunque tiene mucho menos dinero que tú y su currículum no es tan impresionante como el tuyo, tiene ese no sé qué que a ciertas personas les encanta. En el mercado matrimonial no destaca mucho, pero es el tipo de hombre por el que alguien podría llegar a pelearse con su familia.

Cheng Sheng soltó un «¡mierda!» para sus adentros, preguntándose cómo era posible que Frank pareciera un adivino. Algo distraído, volvió a preguntar:

—¿Tú crees que él podría tenerme celos?

Lao Fu acababa de regresar del refrigerador con una botella de agua helada. Apenas la destapó y dio un sorbo, estuvo a punto de escupirla; por suerte logró tragarla a tiempo. Después de vaciarla de un trago, con los ojos muy abiertos, le respondió a Cheng Sheng:

—¿Tú crees que él te tendría celos? Yo diría que ni siquiera tiene ese botón en su sistema.

—No, no es eso —dijo Cheng Sheng con melancolía—. Me refiero a si podría llegar a odiarme por lo bien que me va.

—¿Estás loco o qué? —Lao Fu le tocó la frente con una mano y negó con la cabeza—. Si no te compras ropa nueva ni una vez cada seis meses, y todo lo que usas es viejo. Cualquiera pensaría que no vienes de una familia adinerada. ¿Qué se supone que va a envidiarte?

Pero Cheng Sheng no lo escuchó. En su lugar, dejó escapar un largo suspiro:

—Aun así… siento que igual podría envidiarme. O hasta odiarme.

—Está rodeado de chicas guapas, ¿y tú crees que va a envidiar a un soltero empedernido como tú? —Lao Fu chasqueó la lengua un par de veces—. Yo más bien creo que eres tú el que le tiene celos porque está más en el centro de atención que tú.

Al oír eso, Cheng Sheng pareció espabilarse. Soltó una grosería y dijo:

—¡Eso es porque él está en una banda! Con una guitarra eléctrica al hombro, parado en el escenario, claro que las chicas se le tiran encima. ¿Cómo vas a compararlo conmigo, que paso el día sentado en una oficina? En la secundaria y en la uni, cuando yo también tocaba en una banda, había un montón de chicas que me buscaban.

Lao Fu ya sentía que no podía seguirle el ritmo a esa conversación. Se encogió de hombros.

—Bueno, cuando él empiece a trabajar con nosotros, ¿por qué no dejamos que nuestras compañeras opinen?

Cheng Sheng soltó un «¡pss!» desdeñoso y, siendo bastante consciente de la realidad, descartó la propuesta de Frank:

—Bah, déjalo. Con saber cómo es ya me basta. No voy a compararme con él.

Después de despedirse de Frank, Cheng Sheng arrojó sobre la cama la camisa floreada más apropiada para surfear en Hawái. La miró un momento pero, por más que la veía, seguía pensando que nada era más cómodo que una camisa de cuadros.

En estos últimos años, Cheng Sheng casi solo vestía ropa vieja: camisas, sudaderas y pantalones vaqueros gastados. En verano usaba camisetas tan lavadas que ya tenían bolitas, y cuando llegaba el invierno, se ponía un plumífero con los bolsillos remendados. Para ir a trabajar solía llevar un maletín grande que había comprado en su primer año trabajando en el extranjero, como recuerdo, y que seguía usando hasta hoy. O, en su defecto, una mochila negra sencilla, la misma desde sus años de estudiante, donde siempre cargaba un enorme termo.

 Zhang Chen, en cambio, era totalmente distinto a él. Tenía montones de ropa: camisetas de todos los estilos, camisas, sudaderas, chaquetas, cazadoras de cuero, gabardinas… Cada vez que Cheng Sheng lo veía, jamás le descubría puesta la misma prenda. También tenía muchas botellas de alcohol, de esas vistosas y llamativas que Cheng Sheng jamás probaría; cuando de vez en cuando le atacaba el ansia de beber, se limitaba a una cerveza industrial de envase verde.

Cuando Frank terminó de ayudarlo a elegir ropa y se fue de su casa, Cheng Sheng se acercó al espejo de cuerpo entero. Tomó la ropa que Frank le había dejado lista antes de irse, se desnudó con calma, quitándose el pijama, y se quedó frente al espejo, observando con atención su cuerpo delgado como una vara, cubierto aquí y allá por costras de heridas secas en los brazos y las piernas.

Cheng Sheng se miró en el espejo. Su aspecto, al menos en cuanto a energía, estaba bastante mejor que hace un tiempo. Se tocó con los dedos las viejas cicatrices en brazos y piernas, y de pronto se sintió de buen ánimo. Rápidamente se puso una camisa llamativa, de esas que no se ponía desde hacía años, y salió con la idea de ir al bar de Lao Qin a encontrarse con Zhang Chen.

Pero para su sorpresa, esa noche Zhang Chen no estaba.

Qin Xiao, que vio desde lejos cómo su amigo de la infancia entraba al bar con un aire totalmente renovado, le gritó un «¡eh!» desde el otro extremo del local. Cuando Cheng Sheng se acercó y se dejó caer en una silla, Qin Xiao le dijo para molestar:

—¿Qué te pasa hoy, por qué vienes vestido como si acabaras de salir de una disco? A tu edad, ¿todavía no se te pasa lo exhibicionista?

—¿Zhang Chen no tiene más o menos nuestra edad? Si él puede vestirse así, ¿por qué yo no? —Cheng Sheng trataba al lugar como si fuera su propia casa. Apenas se sentó, alargó la mano hacia Qin y lo apuró—: Anda, prepárame algo dulce para tomar.

—¿Y tú qué te crees? ¿Que el dueño del bar te va a servir en persona? —refunfuñó Qin Xiao, aunque mientras lo decía ya estaba detrás de la barra, mezclando con soltura botellas y frascos hasta servirle un trago dulce sobre la barra.

El bar estaba ensordecedor. Las luces sobre su cabeza le herían la vista, y salvo por el pequeño rincón donde se encontraba y el escenario, no se distinguía nada más. En medio de todo ese bullicio, Cheng Sheng echó una mirada a su alrededor con dificultad, pero no vio ni rastro de la persona que buscaba.

En el escenario estaba tocando otra banda. Hacían rock alternativo, no ese sonido psicodélico que solía tocar Zhang Chen con los suyos. Las letras eran bastante vulgares, pero mientras más escuchaba, más notaba que el compositor hablaba con sinceridad. Al final de cuentas, tener «demasiado buen gusto» también puede sonar falso.

Cheng Sheng se apoyó en la barra y se quedó un rato escuchando, observando cómo los músicos en el escenario gritaban como si no hubiera nadie más en el mundo. Entonces estiró el brazo y le dio un par de toques a Qin Xiao:

—¿Hoy no es sábado? ¿Cómo que Zhang Chen y los suyos no vinieron?

El ruido era tan fuerte que Qin Xiao tuvo que acercarse mucho para escucharlo. Cuando por fin entendió la pregunta, respondió con un «¡ah!» y dijo:

—Creo que no te lo había contado… Ellos no vienen todos los sábados. Todos tienen trabajo, están bastante ocupados. Con suerte se presentan aquí una o dos veces al mes.

Apenas oyó eso, a Cheng Sheng le cambió la cara. Se levantó de golpe de la silla:

—¿Entonces qué hago? ¿Dónde lo voy a encontrar ahora?

Qin Xiao ya tenía dolor de cabeza con los aspavientos de Cheng Sheng. Le puso una mano en el hombro y lo obligó a sentarse.

—¿No se supone que la semana que viene empieza a trabajar en tu empresa? ¿Por qué tanta prisa?

—¡Pero eso es la semana que viene! Yo necesito encontrarlo ahora —dijo Cheng Sheng, recordando de pronto que aún llevaba en su bolso un montón de documentos de la empresa, y soltó una mentira sin pensarlo demasiado—: ¿Tú sabes dónde vive? Es por algo urgente del trabajo.

—¿Tan urgente que tiene que ser el fin de semana? —Qin Xiao lo miró de reojo, extrañado—. Que tú trabajes los fines de semana por voluntad propia no significa que los demás quieran hacer lo mismo. ¿No puedes esperarte al lunes y buscarlo en su oficina?

—No, no, imposible —dijo Cheng Sheng, poniéndose de pie otra vez con impaciencia—. Es realmente urgente. Si sabes dónde vive, dímelo ya.

Qin Xiao lo miró, viendo lo apurado que estaba, y supo que no tenía caso discutir con él. Soltó un suspiro profundo.

—No sé dónde vive, pero sé que tiene un estudio de grabación por la zona de Tongzhou. Seguro está ahí ahora, trabajando en alguna canción.

Después de decirle la dirección exacta, Qin Xiao apenas terminó de hablar cuando Cheng Sheng ya lo estaba interrogando de nuevo:

—¿Y tú cómo sabes la dirección exacta de su estudio?

Qin Xiao le echó una mirada a su amigo de la infancia y notó en su rostro una expresión de sospecha. Soltó el vaso con resignación y levantó las manos, rindiéndose.

—Él también graba y produce canciones para otras bandas y cantantes. Mucha gente ha ido a su estudio. ¿Qué tiene de raro que yo lo sepa?

Esta vez, Cheng Sheng por fin se dio por satisfecho. Le soltó un sonoro agradecimiento, agarró el bolso que había traído y salió apurado del bar.

Al ver lo rápido que había llegado y lo deprisa que se marchaba, Qin Xiao sintió un leve mal presentimiento. Le gritó al ver cómo se alejaba:

—¡Cheng’er! ¡Cuando tengas tiempo, anda a hacerte ese chequeo! ¡No te lo tomes a la ligera!

Desde el otro extremo, Cheng Sheng respondió con un «¡eh!» sin detenerse. De verdad no se lo tomaba en serio. Contestó al vuelo:

—¡Tranquilo! Cuando me siento mal me tomo unas pastillas y ya está. El resto del tiempo, de verdad que estoy bien.

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