Capítulo 5. Un hablador también puede reflexionar sobre la definición de las relaciones

Yuncheng era un lugar tan insignificante que ni los pájaros se dignaban a cagar en él, pero en sus afueras se esparcían una decena de minas de carbón, grandes y pequeñas, algunas estatales y otras privadas. Durante los años setenta y ochenta, junto con la acerería, hicieron brotar chispas de dinero, atrayendo a forasteros que terminaron estafados sin remedio. Pero tras el engaño, desaparecían sin dejar rastro en las minas. Los dueños, agarrando sus contratos de servidumbre, los encerraban en grandes barracones cerca de las minas, de los que nadie podía escapar. Había tantas minas de carbón privadas aquí que las personas de fuera que no entendían la situación seguían llegando en oleadas, pisando la estación de tren con sus bolsas de plástico al hombro, rumbo a su próximo destino.

Cuando Zhang Chen y Cheng Sheng pasaron entre esos trabajadores de rostros macilentos, Cheng Sheng iba subido a la espalda de Zhang Chen, preguntándole entre los tumbos de la moto:

—¿Te diste cuenta de que fui yo quien rompió el radiador?

El viento nocturno era fuerte, y Zhang Chen apenas captó unas palabras. Con esfuerzo las unió hasta descifrar la pregunta. Entre las ráfagas, se limitó a asentir con un «Mm-hmm». Luego añadió:

—Fue demasiado obvio.

Cuando los animales quieren acercarse, primero se prueban, miden distancias, hasta que por fin hay contacto. Solo entonces completan el primer paso del acercamiento. Ahora que Cheng Sheng estaba apoyado en la espalda de Zhang Chen, asumió que eso ya contaba como cercanía, aunque apenas se hubieran visto dos veces y ni siquiera pudieran considerarse amigos.

Así que, ante esas palabras suaves, casi carentes de reproche, Cheng Sheng no sintió ni un ápice de vergüenza. Al contrario, soltó una risita contra su espalda y, armándose de valor, preguntó

—¿Sabes por qué rompí el radiador?

—No.

—Porque estoy loco. Quería que ganaras un dinero extra.

Tras decir esto, Cheng Sheng estalló en carcajadas, su pecho sacudiéndose contra la espalda de Zhang Chen, como si hubiera dicho algo tremendamente gracioso. Cuando terminó de reír, añadió:

—Eso es lo que mi padre me dice cuando me regaña. Me lo ha dicho tantas veces que he empezado a creerlo.

Zhang Chen escuchaba desde delante. La moto giró hacia un callejón, un atajo poco transitado. De repente, el bullicio de la gente y el viento quedaron fuera. El calor entre sus cuerpos, donde se tocaban, que antes no se notaba tanto por el viento, ahora se hacía evidente.

Cheng Sheng, pegado a su espalda, continuó:

—Creo que mi padre tiene razón al regañarme, pero estar loco no es necesariamente algo malo. Tengo un tío que toda la vida fue recto, jamás hizo nada incorrecto, y aun así terminó denunciado por sus propios alumnos cuando era profesor. ¿Crees que estaba loco? Para mi padre, ese tipo de personas «honradas» están locas, y las alimañas como yo también. Entonces, ¿quién lo está? Yo más bien pienso que él es el loco. Al final, todos estamos locos a ojos de alguien. Así que más vale relajarse y hacer lo que a uno le plazca y, si es posible, estropearlo todo por completo.

«Pero incluso al estropear las cosas hay clases. Por ejemplo, yo no tengo mucho que estropear», pensó Zhang Chen, reduciendo la velocidad de la moto. La verdad, esas palabras lo habían fascinado, tanto que por una vez se dejó llevar y preguntó:

—¿Y qué pasó con él después?

—Nada. En los ochenta se largó a Pekín a dar clases de historia. ¿Historia? ¿Qué hay que enseñar de eso? ¿No es la historia simplemente una jovencita que cualquiera puede vestir a su gusto?

La moto aminoró la marcha, el viento amainó, y, afortunadamente, las palabras no se las llevó la ráfaga, llegando intactas a los oídos de Zhang Chen.

—Estudiar historia tampoco está mal. 

—¿Eh?

Zhang Chen siempre hablaba en voz baja, así que Cheng Sheng no lo escuchó bien. Apoyó la cabeza con naturalidad sobre su hombro, todo el cuerpo pegado a su espalda, y repitió:

—¿Qué dijiste que estaba bien?

—Que estudiar historia está bien. Estudiar cualquier cosa está bien.

Esta vez Cheng Sheng lo oyó claramente, pero no apartó la cabeza. Al contrario, hundió la barbilla en el hombro de Zhang Chen y se frotó varias veces. El tenue aroma a detergente en la tela fue elevándose poco a poco y le entró en los pulmones. Se sintió extrañamente fascinado por ese olor y por la sensación de la tela rozándose contra su piel, así que, creyendo pasar desapercibido, repitió el gesto un par de veces más antes de decirle al que tenía delante:

—¿Cómo puedes ser tan indiferente? Te lo digo yo, que tengo experiencia: el futuro es de la era digital. Si vas a estudiar algo, que sea informática o finanzas.

Zhang Chen respondió con un «Mm-hmm». Tanto la informática como las finanzas le parecían demasiado lejanas. No sabía para qué servían esas carreras. Si tuviera la opción de elegir, lo que más desearía sería estudiar literatura o cine. Ni siquiera sabía cómo se llamaban estas carreras en la universidad, solo que si las estudiaba, probablemente tendría libros y películas interminables cada día. A través de ellos, podría ir a cualquier lugar del planeta: el ecuador, el Ártico, montañas, lagos y mares. Sin polvo de carbón ni escoria de acero. Sin tener que ganarse la vida con sus manos. No podía imaginar nada más feliz en el mundo.

El sol comenzaba a ocultarse y los dos recorrían el puente bañado por los últimos rayos. Justo debajo, pasó un tren verde emitiendo un silbido agudo, retumbando junto a los rieles con un estruendo ensordecedor. Cheng Sheng observó el tren y, de pronto, preguntó: 

—¿Has viajado alguna vez en tren?

El sonido del tren ahogó sus palabras entre los rieles. Sin remedio, se inclinó ligeramente hacia adelante, acercando los labios al oído de Zhang Chen, y repitió:

—¿Has viajado alguna vez en tren?

La persona delante de él negó levemente con la cabeza.

Cheng Sheng mantuvo sus labios pegados a la piel del lóbulo de su oreja y dijo:

—Creo que el sonido del tren cuando comienza a moverse se parece mucho al latido del corazón, un golpe tras otro. La próxima vez, presta atención, quizás coincida con los latidos del tuyo. Te lo digo en serio, a mí me ha pasado varias veces.

Por desgracia, Zhang Chen nunca había salido de Yuncheng, así que no tenía forma de comprobar si lo que decía Cheng Sheng era verdad o no. Ni siquiera sabía si alguna vez tendría la oportunidad de hacerlo. Lo único que pudo hacer fue responder con un simple «mn» como señal de que había escuchado.

Al cruzar el puente, llegaron pronto al mercado de materiales de construcción: una calle repleta de acero inoxidable que, vista desde la entrada, brillaba plateada como un río de estrellas atravesando un mar negro. Pero al adentrarse, uno se daba cuenta de que no había tal río de plata, sino más bien un río de chatarra oxidada.

Zhang Chen, llevando a Cheng Sheng en la moto, encontró rápidamente la tienda de siempre, un local pequeño con un letrero cuadrado de grandes caracteres negros y una puerta de cristal con algunos anuncios en rojo que decían cosas como «acero inoxidable», «reparaciones» y «repuestos», todos muy llamativos.

Los dos se bajaron de la moto. Zhang Chen la encadenó a un árbol de un verde oscuro frente a la tienda y tiró dos veces del candado para asegurarse, tal como lo había hecho aquella noche al cerrar la puerta de la casa de la abuela Li. Solo cuando se cercioró de que todo estaba en orden, entró con Cheng Sheng al local.

Dentro, el dueño y su familia estaban sentados sin mucho que hacer. Al ver a Zhang Chen a través del cristal, el hombre se levantó de un salto, apartó el cortinaje de plástico y lo saludó con entusiasmo:

—¡Chenchen, has venido!

La hija del dueño también salió, llevando en la mano un cuaderno de tareas de verano a medio terminar. Con un poco de timidez,  lo saludó: 

—Hola, gege.

Cheng Sheng, que estaba al lado, la observó con agudeza. La chica tendría unos trece o catorce años, con pinta de estudiante de secundaria. Sus ojos oscilaron entre la hija del dueño y Zhang Chen, y no pudo evitar soltar una risita en voz baja.

Zhang Chen no pareció darse cuenta de nada. O quizá lo notó todo, pero no estaba acostumbrado a lidiar con esas emociones humanas tan sutiles. Así que mantuvo su expresión habitual, limitándose a responder con un par de «Mm» antes de recorrer el local con familiaridad: tocando esto y mirando aquello. De vez en cuando, se volvía para preguntarle a Cheng Sheng, que lo seguía:

—¿Este está bien? Es de hierro fundido. También hay de acero, ¿cuál prefieres? 

Cheng Sheng no entendía nada de eso, así que le dijo:

—Tú elige lo que creas mejor. Compra lo más caro y de mejor calidad. Si el dinero que nos dio la abuela no es suficiente, yo tengo más en el bolsillo. Cuando salí de Pekín, me traje varios miles de yuanes.

Zhang Chen no respondió otra vez. Era un poco hipersensible a las menciones del dinero. Se limitó a tocar un radiador recubierto de pintura y le dijo al dueño:

—Dos de estos. 

Luego, volviéndose hacia Cheng Sheng para informarle: 

—Están hechos de aleación de cobre y aluminio. Duran más y no se estropean fácilmente. 

Cheng Sheng recorrió con la mirada aquel local lleno de herramientas y piezas que le resultaban completamente ajenas. Asintió sin mucha convicción. La verdad era que no entendía nada del asunto, así que solo dijo:

—Ya te dije que me fío de ti. No entiendo nada de estas cosas. 

El dueño, por su parte, respondió con un entusiasta  «¡Claro!» y se dirigió al almacén a buscar dos radiadores nuevos. Sacó también dos cuerdas de debajo del viejo mostrador de madera donde cobraba y, mientras los iba envolviendo con movimientos expertos, siguió charlando con Zhang Chen con toda naturalidad. 

Cheng Sheng observaba cómo Zhang Chen conversaba hábilmente con el dueño sobre asuntos cotidianos, temas que parecían no tener nada que ver con él personalmente, pero que estaban íntimamente relacionados con su vida diaria. Durante esta charla informal, se enteró del precio por kilo de la col y los tomates en el mercado, cuánto pagaba aproximadamente una familia por agua y electricidad al mes, y que hace unos días habían muerto varios trabajadores en la mina. Los familiares de las víctimas habían ido a pedir explicaciones al dueño, pero en su lugar fueron golpeados por hombres contratados por el propietario y acabaron en el hospital con heridas graves.

Al final, Zhang Chen sacó varios billetes de diez yuanes, pagó por los radiadores y luego, con un tono despreocupado, le preguntó al dueño cuánto podría obtener si vendiera su motocicleta de segunda mano.

Cheng Sheng permanecía de pie a un lado, escuchando con total atención aquellas trivialidades. Eran tan mundanas que de pronto cayó en la cuenta de que nunca había sabido cuánto costaba un kilo de col o tomates, ni dónde se pagaban las facturas del agua y la luz. Incluso los muertos en las noticias no eran para él más que frías cifras.

Aquellos sentimientos indefinibles que lo acompañaban durante el camino se transformaron bruscamente en un malestar discordante, una incomodidad que llevaba consigo un tenue matiz de humillación. Porque esas nimiedades que siempre había menospreciado resultaban ser, en realidad, el tema principal en la vida de la mayoría.

Cheng Sheng incluso podía imaginar que si él les hablara de rock y del espíritu de la libertad, seguramente lo mirarían como se mira a un payaso en el circo, con lástima, y responderían entre risas: «¡Ja, ja, ja! ¿De qué estás hablando? ¡A nosotros no nos interesan esas cosas!».

Este sentimiento le hizo retroceder al comienzo del verano, cuando aún estaba en Pekín. El año académico acababa de terminar. Su departamento, oficialmente llamado Departamento de Ciencias e Ingeniería Informática, se había clasificado como el primero en la evaluación nacional de carreras de informática de 1996. En una época en la que los cibercafés aún no habían proliferado por todo el país, él ya sabía programar e incluso usaba sus propias creaciones para escribir partituras musicales. Sin embargo, seguía sintiendo que a su vida le faltaba algo. Cada día, flotando en el aire sofocante del verano, le asaltaba la idea de desahogarse con algo de música punk, pero por más que lo intentaba, no lograba liberarse.

Zhang Chen notó que la persona a su lado de pronto había guardado silencio, pero no le dio importancia. En realidad, nada le importaba. Metió en una bolsa el radiador que el dueño del local le había pasado, ya bien atado. La hija del dueño estaba de pie junto a una mesa de madera, en diagonal a él. Llevaba buena parte de la tarde escuchando la conversación entre su padre y Zhang Chen. Cuando por fin terminaron de hablar, ella se animó a decir, algo tímida:

—Gege, este semestre quedé entre los cinco primeros de mi clase.

Zhang Chen le dedicó una leve sonrisa sin dejar de mover las manos, y respondió:

—Excelente.

Cheng Sheng volvió la vista hacia él y pudo ver con claridad su expresión. No lograba saber si ese «excelente» era sincero o solo una frase de cortesía. Pero no tuvo tiempo de pensarlo demasiado, porque la hija del dueño volvió a hablar, con un tono aún más tímido:

—¿Es cierto que el próximo año ya no estarás en Yuncheng? Mi papá dice que te vas a ir a estudiar a una ciudad grande, y que una vez que te vayas, no vas a volver más a este pueblito.

—No es seguro que apruebe el examen de ingreso —respondió Zhang Chen.

La hija del dueño, aún sujetando su cuaderno de tareas de verano, sonrió con convicción y dijo:

—¡Imposible! Si ni siquiera tú puedes aprobar, entonces nadie de por aquí podría hacerlo. Mi papá siempre me dice que no siga el ejemplo de mi hermano mayor, que salió de esa escuela técnica de minería, sino que aprenda de Zhang Chen-ge. Dice que quizás en tres años logre entrar en un politécnico de la capital de la provincia.

Estas palabras le produjeron a Cheng Sheng una opresión en el pecho, como si el aire no pudiera ni entrar ni salir. Sintió que había cometido un error gravísimo al venir, como si hubiera caído en una caverna oscura habitada por salvajes que hablaban una lengua incomprensible. Allí, él, el único civilizado, se había convertido en el verdadero extraño.

Cuanto más lo pensaba, más furioso se sentía. Cuando Zhang Chen le extendió el dinero que sobraba, no pudo contener la rabia que le hervía por dentro y, de pronto, se lo empujó. Pero en cuanto lo hizo, se arrepintió. Con un giro de la mano, le sujetó la muñeca y, con la otra, le devolvió el dinero. En un arrebato, soltó:

—No tienes que devolverme el cambio. No diré nada, la abuela no lo sabrá.

Zhang Chen, que hacía apenas un momento sonreía mientras le decía «excelente» a la chica, se quedó con el rostro inmóvil. Le lanzó una mirada a Cheng Sheng, se despidió rápido de la familia del dueño y salió solo, con paso rápido.

Detrás de él se escuchaban la voz del dueño diciéndole «ten cuidado por la noche» y la de la chica llamándolo «¡adiós, gege!». La muchacha parecía algo reacia a dejarlo ir, pero pronto volvió a la trastienda con su cuaderno de deberes, dispuesta a prepararse juiciosamente para ingresar en el politécnico dentro de unos años.

Cheng Sheng soltó una maldición por lo bajo. Sabía que Zhang Chen estaba molesto,  y además por razones que no entendía. Corrió tras su silueta mientras salía, y en el camino siguió murmurando algunas maldiciones más, sucias y sin mucho sentido. Pero no iban dirigidas a nadie –ni a sí mismo, ni a Zhang Chen–. Solo se sentía herido. Si él había dado una sugerencia brillante, si el dinero de la abuela también era suyo, si no lo había robado ni quitado a nadie, ¿por qué estaba mal ayudar de otra forma? ¿Acaso dar dinero de otra manera también era un error?

Afuera ya había oscurecido casi por completo. Zhang Chen abrió el candado de la moto que estaba bajo el árbol, se subió solo y, sin siquiera mirar a Cheng Sheng, que había salido corriendo tras él, pasó de largo sin decir una palabra.

El rugido del motor estalló en el aire justo cuando Zhang Chen giraba el acelerador para partir. De pronto, Cheng Sheng surgió de un salto a su lado y le agarró el brazo con tal fuerza que casi lo hace caer de la moto al arrancar. Pero no soltó su agarre, y jadeante, dijo: 

—¿No piensas llevarme? ¿Cómo se supone que regrese? 

Zhang Chen apagó el motor. Su rostro permaneció inexpresivo, imposible de leer si estaba enojado o no. Solo dijo: 

—La calle está llena de mototaxis buscando pasaje. Por dos yuanes llegas al instituto de diseño. 

Ajá. Esta vez Cheng Sheng lo tuvo claro: definitivamente estaba molesto por su sugerencia de quedarse con el cambio. Los libros siempre tenían esos clichés –cuanto más pobre era alguien, más dignidad ostentaba, y menos toleraba cualquier afrenta–. Ahora que entendía el motivo del enojo, Cheng Sheng soltó una risita en su interior. Los libros, al parecer, no mentían. 

Apoyó el pie en el pedal trasero de la moto y de un salto se montó en el asiento de atrás. Esta vez lo hizo con mucha más soltura: en un instante ya estaba arriba, abrazando la cintura de Zhang Chen. Una vez que se acomodó, dijo:

—¿No te diste cuenta de que estaba bromeando? ¿Tan enojón eres?

Por un momento pensó que Zhang Chen le soltaría un «no me hagas ese tipo de bromas», pero para su sorpresa, el otro guardó silencio un instante antes de responder:

—No soy enojón.

En toda su vida, Cheng Sheng jamás había conocido a alguien tan contradictorio y que dijera lo contrario de lo que pensaba. ¿Con qué clase de gente se había criado? Con muchachos bocones y provocadores, que de niños se revolcaban hediondos entre la tierra, y de grandes se volvieron unos farsantes sentimentales, incapaces de hablar sin soltar una grosería. ¿Cuándo había conocido a alguien como Zhang Chen? Cheng Sheng no sabía cómo lidiar con ese tipo de personas. Por suerte, tenía buen instinto, aprendía rápido cualquier cosa –incluido cómo acercarse a alguien–, y después del contacto físico de antes, ya no le costó nada rodear con fuerza la cintura de Zhang Chen y decir:

—Vámonos ya, que si no la abuela va a pensar que nos comieron unos salvajes.

De camino de regreso, el cielo ya se había oscurecido por completo. Zhang Chen encendió las luces de la moto, y en medio de la negrura, se abrió paso una delgada franja de luz. Cheng Sheng la miraba fijamente, mientras a su alrededor resonaban voces bulliciosas: mujeres que acababan de salir del trabajo llevaban a sus hijos de la mano rumbo a casa, pequeños vendedores callejeros ofrecían comida preparada a gritos, y por debajo de todo, retumbaba el rugido constante de las motocicletas.

El bullicio callejero le dio a Cheng Sheng una audacia inesperada. Con un atrevimiento repentino, preguntó: 

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres guapo?

El chico al frente esquivó hábilmente a unos peatones borrachos y respondió sin contestar realmente a la pregunta:

—Eso no sirve para nada.

Cheng Sheng soltó un «eh» y dijo:

—¿Cómo que no sirve? Tiene mil ventajas. Mira a la chica de la ferretería, por ejemplo. A ella le gustas. 

Era un comentario tremendamente inapropiado para alguien que apenas se había visto dos veces. Pero, después de todo, tampoco era muy apropiado ir abrazados en una moto habiéndose conocido hace nada. Hasta Zhang Chen parecía haberse contagiado de esa atmósfera, pues, inusualmente, no se enfadó, sino que respondió con calma:

—No sabía.

—¡Eh, no mientas! Sé honesto, ¿estás fingiendo no saberlo? —Cheng Sheng liberó una mano para golpear ligeramente el hombro de Zhang Chen, y continuó con descaro—: ¿De verdad hay quien no nota cuando le gusta a alguien? Hasta un ciego o un sordo lo sabría por otros sentidos.

Lo que decía Cheng Sheng tenía lógica, y Zhang Chen lo reconocía. Pero el problema fundamental era que él mismo no entendía bien qué era «gustar», y mucho menos podía afirmar con seguridad que alguien sentía eso por él. Así que simplemente respondió:

—Si tú lo dices, supongo que es así.

Otra vez esa frase, exactamente igual a la del conductor entusiasta que lo había traído a Yuncheng. ¿Será que todos los que no tienen un centavo en el bolsillo repiten ese tipo de frases tan despreocupadas? Cheng Sheng no expresó este pensamiento en voz alta, pero alzó de pronto la voz desde la espalda de Zhang Chen y preguntó:

—¿Sabes cómo llama la gente a los que son como tú?

El de adelante negó con la cabeza.

—Hombres malos. A ustedes, los que no admiten nada, solo piensan en sí mismos y en ganar dinero son lo peor, malos por dentro, de esos que nadie puede pillar en falta. Dame unos años y vas a ver, fijo terminas siendo de esos que engañan a las chicas por montones. ¡Por montones!

Otro comentario fuera de lugar, pero Zhang Chen tenía una capacidad de adaptación envidiable; ya se había acostumbrado al carácter imprevisible de Cheng Sheng y no le dio importancia. En vez de eso, se limitó a decir:

—Puede ser.

Cheng Sheng negó con la cabeza mientras pensaba: «Qué malo es este tipo, siempre dejando resquicios en sus palabras. Menos mal que la chica es joven y con la piel fina; si se encontrara con una más madura, más lanzada, seguro que se le entregaría sin pensarlo, y él seguiría diciendo que no sabe, que “puede ser”. ¡De verdad, este sí que va directo al corazón!».

Pero mientras reflexionaba sobre esa crueldad, sus pensamientos se desviaron hacia algún lugar incierto y, sin poder contenerse, empezó a reírse contra la espalda de Zhang Chen. 

La risa lo sacudía tanto que se tambaleaba contra la espalda del otro. Zhang Chen, que en un principio no tenía intención de hacerle caso, no pudo evitar advertirle:

—Deja de reírte, si te llenas el estómago de aire luego te sentirás mal.

Cheng Sheng obedeció, pero en ese soplo de viento nocturno algo más interesante que la risa vino a su mente. Una melodía se le apareció sin avisar, como si lo hubiera estado esperando allí. Nada que ver con el punk, ni siquiera con el rock: era suave, del tipo de balada cursi que siempre había despreciado.

Sin poder resistirse, se acercó al oído de Zhang Chen y, abandonando su tono bullicioso, susurró:

—Ve más despacio, te voy a tararear una canción. 

Zhang Chen redujo la velocidad y el rugido impaciente de la moto se apagó. Cheng Sheng, pegado a su oreja, tarareó un par de versos en voz baja, el aliento cálido rozándole el pabellón auditivo. Zhang Chen escuchó con atención: no había letra, solo una breve melodía. 

—¿Te gusta? ¿Te gusta? Acabo de componerla.

Tan pronto como Cheng Sheng terminó de tararear, le preguntó ansiosamente. Pero mientras Zhang Chen pudo decirle «excelente» a la hija del dueño de la ferretería, a Cheng Sheng solo le dio una evaluación de «está bien».

Esto irritó un poco a Cheng Sheng, que, de mala gana, empezó a buscar excusas:

—Es que yo antes tocaba rock, las baladas no son lo mío. Ya verás, cualquier día te mostraré lo que es el punk de verdad, puro ruido, te vas a asustar. ¿Sabías que en mi escuela había un montón de chicas a las que les gustaba? Y en la escuela de al lado también. Se amontonaban frente a la sala de ensayo solo para verme tocar la batería. No me creas si no quieres, pero es la verdad. Hasta hay quien dice que me parezco a ese actor japonés… ¡Joder, de qué te ríes! ¡Lo digo en serio!

Mientras Cheng Sheng hablaba, Zhang Chen sonrió por un breve momento, una sonrisa fugaz, que se desvaneció de inmediato en la oscuridad. Pero Cheng Sheng la captó, y enseguida lo acorraló:

—No te estarás riendo de mí, ¿verdad?

Pasaron unos segundos. Al final, Zhang Chen cedió, y dijo para que lo oyera el otro:

—Sonaba muy bien. No me estaba burlando.

Cheng Sheng, convencido de que esa sonrisa había sido genuina, sintió que su corazón se elevaba, palpitando con tal fuerza que parecía querer salirse del pecho. Sin ton ni son, pensó: «Joder, ¿no estaré enfermo del corazón? ¿Los problemas graves requieren cirugía, eso de poner bypass, no? Debe costar una fortuna».

Mientras él divagaba así, el chico frente a él dejó de hablar. Ya habían cruzado el último puente y a su alrededor la gente se había vuelto escasa, solo algunos ancianos sentados al borde de la calle, disfrutando del fresco con sus nietos. 

En ese silencio casi idílico, Cheng Sheng sintió cómo su corazón –aquel que ya daba por sentado que necesitaría un bypass– recuperaba su ritmo normal. Pero entonces se hundió en un problema aún más inquietante: su relación no parecía la de amigos comunes. Pero, siendo dos chicos, ¿qué otra cosa podían ser? 

En los primeros dieciocho años de su vida como sabelotodo, Cheng Sheng había creído que entre chicos solo podía existir camaradería y bromas pesadas. Según su rudimentaria comprensión de los animales, dos machos juntos inevitablemente desprendían un aura de violencia y competencia. Pero él y Zhang Chen claramente no encajaban en eso.

Cheng Sheng se pegó por completo a Zhang Chen, rodeándole la cintura con los brazos, mientras reflexionaba sobre el asunto bajo una ráfaga de viento frío. Era de talante un tanto despreocupado, pero le encantaba darle vueltas a estas cosas sin importancia. Como ahora, tambaleándose en la moto, se preguntaba: si no eran exactamente amigos, pero tampoco encajaban en ninguna otra categoría, entonces ¿qué diablos eran?

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