—Fue cuestión de unos meses. Logramos publicar el resultado más importante de los últimos años. Incluso hubo periodistas que quisieron venir a entrevistarnos, pero el equipo de investigación estaba demasiado ocupado, y Zhang Chen, que no quería mostrarse en público, los rechazó.
El profesor negó con la cabeza.
—En realidad, todo tenía solución. Podía tomarse un año sabático y volver a postular al siguiente. Con un logro tan grande, no creo que lo hubieran rechazado. Pero no quiso. Fue más desprendido que yo, y eso que soy su tutor. Dijo que si alguien quería pelear por ese puesto, que lo hiciera, que él ya no quería intentar. Se dio la vuelta y se dedicó a la música. En las fiestas viene a visitarme un par de veces. Cuando le pregunto cómo va su trabajo, me dice que, aunque escribir canciones y tener una banda le hace perder dinero, es feliz. Y yo pienso: seguramente ni considera lo de la empresa como un trabajo de verdad.
Cheng Sheng observaba la mesa de centro, donde había depositado una pila de regalos que él mismo había traído, sin terminar creérselo del todo.
—¿De verdad no le importa?
—Nadie lo sabe. Jamás me habló de estas cosas. Desde que empezó a trabajar conmigo, en segundo año, ha sido siempre igual,muy tranquilo, tanto en lo bueno como en lo malo. No reaccionaba ante los resultados, ni se ponía nervioso en las presentaciones. El día que le comuniqué que habían aceptado nuestro artículo, estaba en su empresa; hasta su director se mostró más emocionado que él. —El profesor fue a la cocina a preparar una tetera de té, se sujetó la cintura al caminar de regreso y le hizo señas a Cheng Sheng—: ¿Por qué preguntas con tanto detalle? ¿De verdad te preocupa tanto tu empleado?
Cheng Sheng apoyó las manos sobre sus muslos, frotándose las rodillas con insistencia. Tras vacilar un buen rato, decidió ser sincero.
—Estoy intentando ligar con él. Por eso quiero saber más de su pasado.
El viejo profesor, que acababa de tragar un sorbo de té, carraspeó violentamente y se quedó desconcertado.
Cheng Sheng se inclinó enseguida hacia la mesa y tomó una servilleta para ofrecérsela, murmurando:
—¿Tampoco era para asustarse tanto, no? ¿Acaso no es guapo? ¿Es tan difícil de entender que me guste?
El profesor aceptó la servilleta, se limpió la boca y negó con la cabeza.
—Es que… él es un hombre.
—Ya sé que es un hombre.
—¿Pero tu familia lo sabe? ¿Tu padre lo sabe?
—¿Que me gustan los hombres? Mis padres lo saben, pero ya no pueden hacer nada al respecto. Tengo veintiocho años.
El profesor lo escuchó hablar con tanta naturalidad, sin una pizca de vergüenza, que no pudo evitar sacudir la cabeza con un suspiro.
—Cómo han cambiado los tiempos… Los jóvenes de hoy pueden hablar de estas cosas con tanta soltura y dignidad.
Cheng Sheng no discutió. Le dijo, con serenidad:
—De verdad me gusta mucho.
El profesor, sentado en el sofá, bebía su té mientras alzaba la vista hacia una esquina del mueble del televisor. Allí había una foto grupal tomada en el laboratorio, con todos sus estudiantes: chicos y chicas, altos y delgados. Zhang Chen, naturalmente, estaba de pie justo a su lado, hombro con hombro, sin ninguna distancia entre ellos. El profesor sonreía abiertamente en la imagen, con una expresión afectuosa, como la de un padre, abrazando con cercanía el hombro de Zhang Chen.
De pronto, recordó aquella vez, hacía ya unos años, cuando el padre de Cheng Sheng se había tomado un tiempo para visitarlo. Viejos compañeros, reencontrados, compartieron un té y conversaron sobre sus vidas. Cuando se preguntaron mutuamente en qué andaban, el profesor le contó con franqueza que estaba criando a una nueva generación: un grupo de jóvenes brillantes en su laboratorio, a quienes guiaba personalmente.
Mientras hablaba, señaló hacia el mueble del televisor frente a ellos.
—Esos son mis estudiantes del laboratorio. El chico alto a mi derecha se llama Zhang Chen. Hace poco publicamos juntos un artículo en una de las mejores conferencias. A la izquierda está…
El padre de Cheng Sheng, que hasta hacía un momento sonreía, se puso furioso en cuanto oyó el nombre de Zhang Chen. De pronto, cruzó la sala a grandes zancadas, tomó con brusquedad la foto enmarcada del mueble del televisor y la examinó de cerca, como si quien aparecía en ella fuera su enemigo acérrimo.
El profesor, que sentía un afecto genuino por sus alumnos, no pudo soportar ver esa expresión hostil dirigida hacia uno de ellos. Con disgusto, se acercó, le quitó la foto de las manos de un manotazo y la volvió a colocar boca abajo, negándole así el derecho de seguir mirándola.
Al ver que el hijo de Lao Cheng parecía tener las palabras atoradas en la garganta, el profesor comentó a propósito:
—Antes siempre había una chica que venía al laboratorio a buscar a Zhang Chen. Hasta llegué a pensar que era su novia.
Lo dijo como al pasar, pero la reacción de Cheng Sheng fue inmediata: su rostro perdió el color al instante, y con voz seca, casi incrédula, murmuró:
—¿Tuvo novia? No puede ser…
Al ver que no se lo tomaba como una broma, el profesor se apresuró a agitar la mano y aclarar:
—No, no, nada de eso. Era la baterista de su banda, una chica muy alborotada. Todos los sábados por la noche iba a buscar a Zhang Chen para ensayar, y siempre me pedía que no fuera tan estricto con él.
Pero Cheng Sheng no sintió alivio; ni siquiera sabía por qué estaba tan mal. Solo con pensar que todo lo pasado de Zhang Chen no tenía nada que ver con él, era como si alguien le hubiera pisoteado el corazón.
Miró el portarretrato del otro lado y murmuró:
—¿Qi Yuan? Con razón… así que se conocen desde hace tanto.
Cuando salió de casa del profesor, el cielo ardía en tonos rojos. Cheng Sheng caminó por la calle sin rumbo, con la mente dando vueltas a todas esas historias, grandes y pequeñas, sobre la vida de Zhang Chen durante la universidad y el posgrado.
Sin darse cuenta, Cheng Sheng había llegado hasta la puerta este de la universidad. Aún no lograba entender del todo por qué se sentía tan mal. Instintivamente quiso entrar al campus, pero de pronto un guardia de seguridad en la entrada lo detuvo.
—Muéstrame tu credencial de estudiante. Si no eres alumno, no puedes entrar.
Cheng Sheng se quedó un momento sin reaccionar, y soltó una mentira al vuelo:
—La dejé en la biblioteca.
Después nombró un par de edificios del campus. El guardia lo miró con sospecha y le hizo algunas preguntas más, pero al ver que realmente conocía bien el lugar, terminó por dejarlo pasar.
El campus no había cambiado mucho. Seguía siendo tan grande como siempre. Cheng Sheng deambuló hasta llegar frente al antiguo edificio donde había vivido, se frotó las mejillas ardientes un par de veces y se agachó junto al bordillo frente a esa vieja construcción desvencijada. Sacó una botella de agua, la abrió y tragó dos pastillas.
Después de tomarlas, la cabeza le daba vueltas. Mareado, no pudo evitar sacar el teléfono celular. Escribió con rapidez un montón de palabras, pero ninguna le pareció la adecuada. Borró, corrigió, volvió a escribir…
Al final, solo le envió a Zhang Chen un mensaje sencillo: «¿Qué estás haciendo?».
Del otro lado no hubo respuesta por un buen rato. Cheng Sheng no sabía si era a propósito. Con una mano sosteniéndose la frente y con la otra escribiendo, volvió a mandar otro mensaje: «Estoy en la universidad, ¿quieres venir a comer conmigo?».
Esta vez la respuesta llegó rápido: «¿Qué haces en la universidad?».
Cheng Sheng se dejó caer de golpe en el borde de la acera, bajó la cabeza y contestó: «De repente me dieron ganas de volver, de ver cuánto ha cambiado todo. También quería comer en la cafetería, hace mucho que no como algo tan barato».
Zhang Chen volvió a contestar enseguida: «¿En cuál comedor quieres comer?».
La pregunta lo hizo pensar un buen rato. Entre tantos comedores con buena comida, eligió tras muchas dudas y respondió con cierta dificultad: «En el séptimo, me dieron ganas de comer la berenjena guisada de ahí».
Zhang Chen escribió casi al instante, como si no estuviera ocupado: «Ya no existe. Ahora a todos los comedores los llaman “Jardín algo”. Y además, ya no tenemos tarjeta, no podemos pedir comida».
Cheng Sheng estaba a punto de escribir algo como: «Podemos pedirle prestada la tarjeta a algún estudiante, después de todo seguimos siendo sus mayores», pero antes de que pudiera enviar el mensaje, Zhang Chen le respondió primero: «En Wudaokou tampoco hay gran cosa para comer. Mejor te llevo a Shuangma, me gustaba ir cuando hacía la maestría».
A Cheng Sheng no le gustaba la comida de estilo japonés, pero al saber que era el sitio al que Zhang Chen solía ir de estudiante, lo que antes rechazaba de pronto le pareció apetecible. Respondió enseguida: «¡Perfecto, me encanta! ¡Ven a buscarme ya!».
Después de enviar el mensaje, no se movió del sitio. Se quedó allí sentado, mirando a los estudiantes que iban y venían. Los observó salir a toda prisa de los dormitorios, con libros bajo el brazo o cargando sus portátiles. Escuchó sus conversaciones sobre clases, trabajo social, prácticas, investigación, planes para irse al extranjero…
Y mientras los miraba, pensaba que esos jóvenes eran demasiado ambiciosos con respecto al futuro. Tanto, que lo hacían sentirse viejo en comparación, como si ya no tuviera ningún interés por lo que vendría.
A esa hora ya casi era el atardecer. Más de la mitad del sol se había hundido, y todo estaba bañado por una luz roja que fluía como olas, envolviendo las desiguales construcciones y los árboles. Cheng Sheng escuchaba el murmullo de la gente que pasaba mientras entrecerraba los ojos, disfrutando del ocaso. Pero no alcanzó a admirarlo del todo cuando, de pronto, una figura pasó frente a él como una ráfaga de viento. Antes de que pudiera reaccionar, oyó el chirrido de una bicicleta frenando de golpe. La figura que acababa de pasar giró bruscamente y se detuvo justo frente a él.
Zhang Chen llevaba una camiseta blanca simple, sin ningún estampado. Con una mano apoyada en el manillar de la bicicleta, estaba de espaldas al sol poniente, envuelto por capas de luz rojiza, mirando a Cheng Sheng, que sostenía su mochila en brazos y parecía perdido en sus pensamientos. Lo observó casi un minuto entero, hasta que finalmente se impacientó y dijo:
—¿Por qué no te subes? ¿No íbamos a Shuangma?
—¡Ah! ¡Ah, sí! —Cheng Sheng por fin volvió en sí. Apartó la mirada de Zhang Chen, se echó la mochila al hombro con un movimiento rápido y, con pasos ágiles, corrió hasta la bicicleta y se montó con total soltura, como si lo hubiera hecho mil veces antes.
—Nos vamos —avisó Zhang Chen desde el frente.
—Vamos.
Pero Zhang Chen no se movió.
—Agárrate de mi cintura —dijo.
«¿También hay que abrazar la cintura para ir en bici?», pensó Cheng Sheng con un poco de duda. Pero, dadas las circunstancias, no podía pedir más. Lo rodeó con ambos brazos y pegó la cara con fuerza a su espalda.
La temperatura era baja, y flotaba un fresco aroma a detergente. Al pegarse a él, había una extraña sensación de comodidad, sin nada del calor sofocante y opresivo que solía sentir al estar cerca de otros hombres.
Cheng Sheng, complacido, se frotó varias veces contra él. Cada vez que el camino se volvía irregular, estrechaba aún más la cintura de Zhang Chen, pegándose sin disimulo a su cuerpo para aspirar su aroma con total descaro.
Zhang Chen pedaleaba contra el viento. Hacía rato que sentía el cuerpo cálido pegado a su espalda, pero al principio no le dio importancia. Sin embargo, la persona se volvió cada vez más atrevida, hasta que sus manos estuvieron a punto de colarse bajo la camiseta de Zhang Chen. Este no pudo evitar llamarle la atención:
—Lo haces a propósito, ¿verdad, Cheng Sheng?
—No, solo temía caerme —mintió Cheng Sheng; incluso lo abrazó un poco más fuerte, y con naturalidad cambió de tema—: ¿Cómo supiste que estaba aquí? Ni siquiera te dije dónde.
—Lo adiviné. Vine a mirar y, en efecto, estabas.
—Vaya, soy tan fácil de leer. —Cheng Sheng apoyó la barbilla en su hombro y clavó la mirada en la nuez de Adán de Zhang Chen, que subía y bajaba con el ritmo de la respiración. De pronto, preguntó—: Dime, ¿cómo lograste entrar?
—En bicicleta.
Cheng Sheng alzó la cabeza de golpe, indignado.
—¿Y por qué el guardia no te detuvo? ¡A mí me interrogó media hora!
—¿Sabes que ahora mismo pareces un borracho? Obvio que te detendrían en la entrada.
—¿Ah, sí? Yo no me veo —respondió Cheng Sheng, tocándose la cara. Supuso que debía ser el efecto de la medicina.
Shuangma estaba en Chengfu Road, no muy lejos, y los dos no tardaron mucho en llegar a la puerta del restaurante, juntos bajo la brisa nocturna. Al llegar, Zhang Chen dejó la bicicleta apoyada en la entrada sin asegurarla y entró directamente con Cheng Sheng.
Cheng Sheng siguió su espalda, pero antes de entrar echó un vistazo a la bicicleta. Pensó: «Zhang Chen es realmente un cabrón insensible, ni siquiera se molesta en asegurar su propia bici». Sacudió la cabeza hacia ella y, en silencio, le rindió un pequeño duelo: «Si algún ladrón te lleva, o si te vas por tu cuenta, Zhang Chen ni siquiera se molestará en buscarte».
El restaurante estaba concurrido, coreanos y japoneses agrupados en sus respectivos grupos. Escogieron una mesita pegada a la pared. Zhang Chen pidió su plato habitual –arroz con chuleta de cerdo al curry– y luego se quedó apoyando la barbilla en la mano, observando a Cheng Sheng.
Este recorrió el menú con la mirada sin decidirse, completamente ajeno a los ojos que lo escrutaban desde el otro lado. Todos los platos le parecían igual de insípidos comparados con sus gustos de antes. Tras dar vueltas, optó por el arroz con milanesa de pollo, planeando en secreto intercambiarlo después con el de Zhang Chen. Pero cuando llegó la comida y probó el primer bocado, una expresión de sorpresa le iluminó el rostro: estaba mucho más sabroso que antes. Justo cuando alzaba la vista hacia su compañero, la voz de Zhang Chen lo adelantó:
—¿Qué tal el sabor? Queda cerca de la universidad. Antes venía siempre en bici.
—¿Solo? ¿O con alguien más? —Cheng Sheng soltó la pregunta sin filtrarla.
La densidad de lo no dicho pesaba en el aire. Zhang Chen, como anticipando su intención, lo miró de frente y respondió con sinceridad:
—Casi siempre solo. A veces con compañeros de posgrado. Otras con Lao Liu y Qi Yuan.
El «oh» de Cheng Sheng resonó hueco. Jugueteó con el arroz en su plato, los dedos apretando los palillos hasta blanquear los nudillos. ¿Y si lo soltaba de una vez? La pregunta le quemaba la lengua: «¿Sabes que tu tutor está desconsolado porque no seguiste con la teoría? Dice que a los veinte años, cuando expusiste tu algoritmo de encriptación mejorado ante investigadores el doble de veteranos que tú, estabas radiante de entusiasmo. Dijo que solo fue mala suerte, ¿por qué no insististe? ¿Por qué te negaste hasta el último resquicio de oportunidad?
«¿Por eso te desahogas en las canciones? ¿Son bombas emocionales acaso? ¿Quieres destrozar a tus oyentes, hacerlos volar en pedazos? ¿Y si esa intensidad que viertes en la música atrapa a quien la escucha y no consigue escapar? ¿Y si proyectan esas emociones en ti? Cuando tocas esas canciones, es como entregarte directamente a los demás. ¿Sabes que podrían enamorarse de ti? Si necesitas tanto componer, ¿por qué no hablas más conmigo? ¿O es que no confías en mí?».
El arroz con pollo empanizado del plato quedó casi hecho trizas. De pronto, Cheng Sheng volvió en sí.
Así que el problema es que no soy de fiar. Por eso no quieres contarme nada.
—¿Sabes que últimamente estás en muy mal estado? Siempre estás en las nubes —dijo de pronto Zhang Chen desde el otro lado de la mesa. Apenas había tocado su comida.
—¿Eh?
Cheng Sheng volvió en sí de golpe. Las voces en su cabeza se desvanecieron, y lo único que quedaba era el bullicio del restaurante a su alrededor.
Alzó la vista y miró a Zhang Chen, que lo observaba con atención. Incómodo, se dio unas palmaditas en la cara y forzó una sonrisa.
—Últimamente he estado muy estresado. Estamos gastando dinero a lo loco, los inversionistas están nerviosos y no dejan de preguntarme cosas. Yo mismo ya estoy empezando a ponerme nervioso.
—Gastar dinero es normal, ¿qué te asusta tanto? —Zhang Chen acercó el jugo a Cheng Sheng y continuó—: De Wudaokou a Silicon Valley y de Silicon Valley de vuelta a Wudaokou. Los inversionistas adoran a los emprendedores que recorren ese camino. Hasta quienes no tienen tecnología ni un equipo sólido consiguen inversión. ¿Por qué tú siempre dudas de ti mismo?
Solo lo dijo al pasar, sin ningún sarcasmo ni segunda intención. Pero Cheng Sheng se tensó de inmediato y, casi por reflejo, replicó:
—Eso fue gracias a mi alma máter y a los compañeros de universidad. Yo no tengo nada especial; en el posgrado apenas salí del paso, en el trabajo también, y ahora estoy empezando de cero.
Apenas terminó de hablar, se dio cuenta de que había metido la pata. Era como si un joven aristócrata de antaño le alardeara a un agente que arriesga la vida cada día sobre lo fácil que ha sido todo para él. Se apresuró a guardar silencio y tragarse las palabras que aún no salían de su boca.
Después de callar, Cheng Sheng levantó la vista con cautela y miró a Zhang Chen. Lo vio bebiendo jugo, sin que en su rostro apareciera la incomodidad que él había supuesto.
—Yo no diría eso —dijo Zhang Chen, dejando el vaso—. Recuerdo que publicaste un par de artículos bastante buenos; no se puede llamar «salir del paso». Acto seguido, tomó una chuleta de cerdo de su plato y la puso en el de Cheng Sheng, para luego pinchar una pieza de pollo del suyo y añadir, como si nada—: Te la cambio por tu pollo.
—¿Ah? ¿Qué? —Cheng Sheng, que había estado cabizbajo todo el tiempo, alzó la cabeza de golpe. La sensación de aturdimiento desapareció al instante, el corazón le latía con fuerza y los ojos se le abrieron de par en par—. ¿Cómo sabes qué artículos publiqué? ¿Me buscaste en internet?
—Simplemente me crucé con dos de ellos —respondió Zhang Chen, y luego volvió a concentrarse en su comida. Al notar que del otro lado no había movimiento por un buen rato, levantó la vista y vio a Cheng Sheng completamente paralizado.
—¿No vas a comer? —preguntó, sin entender.
—¡No! ¡Explícamelo bien! Tienes que decirme por qué me buscaste. ¿Acaso es que me extrañabas tanto, que no pudiste evitar buscarme? —Cheng Sheng se puso de pie de un salto, apoyó las manos sobre la mesa, con el ceño profundamente fruncido. Quería aprovechar el impulso y soltar tres preguntas seguidas, una tras otra, pero al mirar alrededor notó que varios comensales lo miraban con sorpresa. De pronto se sintió terriblemente avergonzado por haber hecho semejante escena en público. A regañadientes, volvió a sentarse.
Tras aquel alboroto, Zhang Chen, sentado enfrente, ya se había enfriado por completo. Tomó una servilleta al azar y se limpió la boca, y sin que quedara claro si hablaba en reproche o lamentándose, dijo:
—Cheng Sheng, ¿cómo es que sigues sin poder controlarte?
Cheng Sheng no respondió. Solo se dio unas palmadas en la cara, forzándose a recobrar la compostura.
Se terminó de un trago el jugo que quedaba en su vaso y miró de nuevo a Zhang Chen. Notó que el cuello de su camiseta era amplio, y se alcanzaba a ver, apenas, un tatuaje azul verdoso que asomaba y se ocultaba con cada movimiento, siguiendo el borde de la tela. Bajo la luz, a ratos se mostraba por completo, y al momento siguiente volvía a esconderse, dejando solo un fragmento visible.
Subió la mirada: la prominente nuez de Adán de Zhang Chen se movía arriba y abajo. A un lado, apoyaba el rostro en la mano izquierda; en su muñeca delgada llevaba un reloj mecánico de acabado impecable.
Zhang Chen tenía una serenidad absoluta. Cada gesto era contenido, como si estuviera en una sala de conferencias, explicando ante cientos de personas su investigación científica. Lo imaginó de pie sobre el estrado, presentando con fluidez un nuevo algoritmo de cifrado basado en criptografía lattice, lleno de argumentos sólidos. Luego, al bajar del estrado, se ponía ropa informal, cargaba su guitarra al hombro y, en un instante, se convertía en un artista rebosante de emociones, a punto de desbordarse.
Cheng Sheng se sintió atrapado por esa mezcla seductora y contradictoria, como si lo tuviera justo delante. Estaba por volcar todo lo que llevaba en el pecho, pero justo entonces, ese mismo hombre –que minutos antes parecía lleno de amor, odio y deseo– volvía a su actitud fría, como si dijera: «¿Qué estás imaginando? En mí no hay amor, ni odio, ni deseo. Te equivocaste».
Cheng Sheng tenía la mirada perdida, de pronto se sintió como si lo hubieran manipulado con mala intención, seducido a propósito.
El restaurante estaba lleno de gente comiendo; el tintinear de los cubiertos, las conversaciones ruidosas, los pasos que iban y venían. Zhang Chen, recostado en su silla, lo miraba fijamente, captando al instante todo el cansancio y la tensión dibujados en su rostro.
—Estás en un estado anormal —dijo—. Siempre reaccionas con sobresaltos, explotas a la mínima.
«Ya casi estaba bien —pensó Cheng Sheng con desesperación—, ya casi no necesitaba medicación. Y ahora, por tu culpa, todo ha vuelto a empeorar».
Pero no se atrevía a decir eso en voz alta. Solo pudo responder, a medio camino entre la broma y la súplica:
—Si tú me hablaras un poco más de ti, te juro que mejoraría al instante.
—Muy bien, te voy a contar algo —dijo Zhang Chen de pronto, dejando el tenedor sobre el plato—. Tengo en mi computadora todos los artículos que publicaste. Te busqué antes, y de vez en cuando los vuelvo a leer.
Lo dijo con naturalidad, como si solo mencionara que, aparte del Qingfen Taoli, Shuangma había sido en el pasado el restaurante que más solía frecuentar. Pero, de pronto, la atmósfera se volvió silenciosa; el bullicio circundante desapareció por completo, sin dejar rastro. Cheng Sheng, con la cabeza apoyada en una mano, parecía incapaz de volver en sí, con la mirada fija, sin pestañear siquiera.
Frente a él, Zhang Chen parecía con ganas de fumar. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de descanso, y justo cuando sus dedos tocaron la cajetilla, se contuvo y la retiró. Se obligó a resistir el impulso. Alzando la vista y viendo el rostro pálido de Cheng Sheng, añadió:
—Cheng Sheng, ¿sabes que nunca cumples lo que dices? Estás incluso peor que antes.
