Capítulo 55. Viaje de negocios

El estado anómalo de Cheng Sheng se prolongó durante algún tiempo. Cuando alguien le preguntaba de manera casual, él se limitaba a responder que estaba agotado, que trabajaba de día y por la noche salía a algún bar. Pero ¿quién no sabía que Cheng Sheng hacía horas extras hasta la madrugada? Nadie creía que tuviera tiempo para frecuentar bares. La mayoría asumía que solo estaba bromeando y no insistía en indagar más.

El único que se sentía vagamente inquieto era Lao Fu. Ese día, al entregarle el café, le dio una palmada en el hombro y, frunciendo el ceño, le dijo con preocupación:

—¿Por qué no vas a hacerte un chequeo? Tengo la impresión de que últimamente estás demasiado inestable… No sé si será el trabajo o alguna otra cosa.

Cheng Sheng se limitó a agitar la mano con despreocupación.

—No pasa nada, de verdad que no pasa nada —dijo, y cambió el tema con naturalidad—. La próxima semana me voy de viaje de negocios. Tendrás que encargarte bien de todo por aquí.

Lao Fu suspiró.

—Esto es agotador, siempre gastando dinero, sin saber cuándo vamos a empezar a tener ganancias reales. A veces pienso que esos productos a medio hacer no sirven para nada, no logran despegar. Mejor sería hacer productos con un público más amplio y así ir acumulando usuarios.

Esta vez fue Cheng Sheng quien consoló a Lao Fu, pasando un brazo sobre su hombro con un suspiro.

—Espera nomás, el mercado aún no está abierto. Ahora tenemos que construir buenas relaciones con las plataformas institucionales, que sean ellos quienes prueben primero el producto, si no, todo será en vano.

Relacionarse con esas plataformas debía ser la especialidad de Cheng Sheng; su padre tenía una red de contactos inmensa que podía aprovechar. Pero él, justamente, evitaba hacerlo, prefiriendo negociar solo con unas pocas plataformas pequeñas. Hasta que un día, Xiao Huang, que tenía buenos contactos, vino a hablarle sobre las políticas en otras ciudades y los nuevos sitios. Tras una reunión con varios, decidieron enseguida dirigir la mirada fuera de Pekín.

El primer gran evento de ese viaje de negocios era asistir a una feria de startups tecnológicas, para conocer los logros de otros, presumir los suyos y, de paso, hacer contactos. La segunda cosa en la agenda era el proyecto de colaboración que Xiao Huang le había presentado.

Para Cheng Sheng, promocionar la empresa era incluso más importante que cerrar contratos, y en esto coincidía perfectamente con Zhang Chen. Durante una reunión, Zhang Chen afirmó:

—En un campo poco conocido para el público general, hacerse un nombre es lo más importante.

En cuanto a cómo dar el golpe –si tirar por atajos o seguir el camino correcto–, Xiao Huang aseguraba tener sus propias ideas. Dijo:

—Con lo enloquecido que anda hoy en día el mundo con los títulos, las universidades prestigiosas y el fervor ciego hacia Silicon Valley, ¿cuál debería ser el primer paso de la estrategia de publicidad? ¡Pues crear dioses, claro! Primero hay que convertir a nuestro CEO, Cheng Sheng, y a nuestro CTO, Lao Fu, en talentos de élite perfectos. Bah, que ya lo son de por sí. Top 2, las Big Four y venidos de Silicon Valley, eso lo dice todo. Dejaron los sueldazos de allá para emprender aquí; aunque nadie haya visto todavía el producto, ya se sabe que no puede ser malo.

Al ver que, al otro lado de la mesa, el rostro de Cheng Sheng se ponía verde de rabia con lo que decía, Xiao Huang soltó una risita y siguió con la broma:

—Y luego, aprovechando las ferias tecnológicas y las entrevistas, hay que inflar nuestro producto por todos lados, que si «nacido en el laboratorio», que si «nuestro equipo es la caña», que si «nuestra tecnología central es una bestialidad»… del tipo: «el primer modelo en el mundo que, en tal campo, en tal rama, bajo tal circunstancia específica, alcanza tal porcentaje de precisión». Vale, los calificativos sobran un poco, pero al fin y al cabo es el primero del mundo, ¿no? Y si hace falta, hasta se puede falsear un poco, aunque claro, los entendidos se van a reír de nosotros.

En la sala de reuniones todos se reían de esas ideas poco decorosas. Solo Zhang Chen, frente a la computadora, asintió y dijo:

—Aunque sea vergonzoso no deja de ser un método. Aun así, es mejor no recurrir a falsear información.

Apenas terminó de hablar, Xiao Huang dirigió enseguida la punta de la lanza hacia él.

—¡No podemos desperdiciar a Zhang Chen! Si la responsable de la contraparte resulta ser mujer, yo me retiro voluntariamente. Antes de irme, apago un par de luces en el restaurante o en el KTV y que Zhang Chen se lleve el contrato a negociar: en la penumbra la convences de beber un par de copas y así firmamos el acuerdo de una vez.

Los demás soltaron risas, pero Cheng Sheng de repente golpeó dos veces la mesa con fuerza. Con el rostro serio, dijo:

—Basta de bromas. Hablemos del asunto principal, que pasado mañana nos vamos.

Las reservas de avión y hotel ya las había gestionado la asistente de Cheng Sheng. Cuando estaba sacando los boletos, él mismo se quedó a un lado mirándola; luego, con toda naturalidad, carraspeó y le dijo:

—Zhang Chen y yo tenemos cosas de trabajo que discutir, así que ponnos a los dos juntos, mismo vuelo y mismo hotel.

La asistente lo miró desconcertada y pensó: «Con que me lo dijeras era suficiente, no hacía falta tanta explicación».

La exposición fue bien. Cheng Sheng conoció varias startups parecidas a la suya: unas vendían drones, otras desarrollaban reconocimiento de voz o traducción automática. Todas muy técnicas, formadas por equipos de jóvenes de entre veinte y treinta años.

Le tocó subir al escenario con los organizadores y presentar brevemente el trabajo de su equipo. Dentro de lo razonable, se permitió adornar un poco las cosas –nada exagerado–, pero después, al escuchar todas las demás presentaciones de principio a fin, empezó a arrepentirse.

Los otros eran mucho mejores vendiéndose. Cada equipo sabía cómo impresionar, y su propia exposición, comparada con las demás, se perdió como una gota en el mar, sin nada especialmente llamativo.

Casi al final, Xiao Huang negó con la cabeza y le comentó a Cheng Sheng con un suspiro:

—Quién iba a pensar que lo que dijimos en broma en la reunión se haría realidad. Esta gente de verdad sabe cómo exagerar. Nosotros fuimos demasiado ingenuos.

Cheng Sheng también suspiró.

—Para hacer negocios, hay que aprender a perder la vergüenza.

Cuando terminó la exposición, se lanzaron de inmediato a negociar contratos. Se dividieron en dos grupos: Xiao Huang y los demás por un lado, Cheng Sheng y Zhang Chen por el otro.

A ellos les tocó una negociación especialmente difícil. Al principio, Cheng Sheng había enviado un correo al responsable del otro lado, pero pasó una semana entera sin recibir respuesta. Luego intentó llamarlo directamente y lo único que le dijeron fue que un proyecto de ese nivel debía discutirse con el superior del responsable. Después de soltarle una larga cadena de números de teléfono, desaparecieron sin dejar rastro.

Sin más opciones, Cheng Sheng cambió de estrategia y contactó directamente con el superior. Le mandó toda la propuesta del proyecto y, por teléfono, le explicó pacientemente la proyección y el potencial de su equipo.

Solo entonces, al cabo de mucho insistir, el otro accedió a hablar en persona y le dijo que se reunirían en la ciudad para discutir los detalles.

Cheng Sheng reservó con antelación una sala de reuniones en el hotel más cercano al recinto, junto con un salón privado para invitarlo a cenar por la noche. Dejó todo preparado y, dos días antes, le envió la dirección a la otra parte.

Llegada la hora acordada, no se oía ni un solo ruido fuera de la sala. Cheng Sheng miró el reloj, sacó el teléfono celular con intención de llamar para preguntar qué pasaba, pero al pensarlo mejor, temió que sonara a presión o queja, y al final lo dejó estar.

Pasó media hora más y seguía sin aparecer nadie. Cheng Sheng empezó a impacientarse; no dejaba de trastear con el teléfono, pasaba de una pantalla a otra, pero aún así, no se decidió a hacer la llamada.

En cambio, Zhang Chen, sentado a su lado, se mantenía completamente tranquilo. Miró la mesa vacía y comentó con calma:

—Esperemos un poco más. Esto es porque nos ven pequeños y quieren hacerse los importantes.

Así estuvieron, con las computadoras en el regazo, aburridos y sin hacer nada en la sala de reuniones durante casi una hora. Justo cuando se cumplía la hora, del pasillo llegó de pronto una sucesión de pasos, y enseguida se abrió la puerta principal ante ellos. Afuera había tres hombres, vestidos de manera poco formal; a la cabeza venía un sujeto de unos cuarenta o cincuenta años, corpulento, la cara llena de carnes y facciones toscas.

Al oír el ruido, Cheng Sheng volvió en sí. Estaba a punto de levantarse para darles un saludo formal; pero en el instante en que alzó la vista y reconoció al recién llegado, se quedó completamente paralizado.

El hombre que encabezaba al grupo, al parecer, tampoco esperaba encontrarse con quienes lo aguardaban en la sala. Con la mano aún apoyada en el picaporte, se quedó inmóvil, entrecerrando los ojos para fijarse bien en el rostro de Cheng Sheng. Lo observó varios segundos, hasta que en él reconoció una sombra familiar; entonces la comisura de sus labios se alzó de golpe, y con ella las hendiduras de la grasa en su cara se marcaron aún más bajo aquella expresión exagerada.

Avanzó con pasos rápidos y, antes siquiera de llegar hasta el centro de la mesa principal, ya había extendido la mano hacia Cheng Sheng, adoptando un tono de fingida familiaridad:

—¡Pero si es Xiao Cheng!

Cheng Sheng no sabía si ponerse de pie o quedarse sentado. Con cierta incomodidad, al final no tuvo más remedio que tomar la mano regordeta que le ofrecían y estrecharla con cortesía, mientras decía con torpeza:

—Hola, tío.

La presentación fue una verdadera tortura. Mientras Cheng Sheng exponía con toda seriedad, el responsable apenas mostraba interés: revisaba el teléfono celular de vez en cuando y, cuando levantaba la vista, apenas echaba un vistazo distraído a la pantalla.

En cambio, las personas que venían con él sí prestaban atención con semblantes serios, y no dejaban de lanzar preguntas sobre el contenido, una tras otra, dirigidas directamente a Cheng Sheng.

Cuando por fin terminó aquella agotadora presentación, ya casi eran las nueve de la noche. El responsable, por fin, levantó la vista del móvil, vio a Cheng Sheng inclinado sobre la mesa bebiendo agua con la garganta reseca y, de buen humor, comentó con ligereza:

—¿No decían en el correo que tenían una mesa reservada al lado? Vamos a tomar unas copas y seguimos hablando de negocios.

Cheng Sheng, con el vaso aún a medio camino, lo dejó enseguida sobre la mesa, sonrió y asintió.

—Claro.

El salón privado lo había reservado Cheng Sheng junto con la sala de reuniones, con antelación. Apenas entró, empezó a asentir y sonreír servilmente mientras distribuía los asientos para todos, tan solícito y efusivo que hasta los camareros parecían quedar en ridículo a su lado. Zhang Chen se sentó junto a él, observando en silencio aquella actitud humilde y obsequiosa, sin pronunciar palabra.

Los platos fueron llegando uno tras otro, pero el responsable sentado enfrente no mostró la menor intención de hablar de negocios. Al contrario, se aferró sin descanso a los asuntos familiares de Cheng Sheng. Apenas se acomodó a la mesa, su primera pregunta fue:

—¿Cómo está tu padre?

«Otra vez con mi papá —pensó Cheng Sheng con fastidio—. Siempre mi papá». Pero en la superficie mantenía la sonrisa cortés.—Muy bien, la verdad. Pasa los días leyendo, tomando té y últimamente se ha aficionado al solitario en la computadora.

El otro soltó un largo «oh» y añadió:

—Recuerdo que en la secundaria jugabas al fútbol con mi Xiao Bo. Incluso se pelearon una vez, ¿lo recuerdas?

Cheng Sheng estaba a punto de decir: «Lo recuerdo, pero mejor vayamos al grano», cuando el otro siguió con un suspiro.

—Quién diría que ya te habías independizado y estabas levantando un negocio por tu cuenta. Dale unos años más y seguro que logras dejar atrás a tu padre. Realmente admirable.

El hombre divagaba sin rozar ni un ápice de negocios, y al final incluso se puso a quejarse de su propio hijo delante de toda la mesa.

—Xiao Bo ya no se contacta contigo, ¿verdad? El maldito ahora derrocha en el extranjero: compra barcos, islas, y hace meses hasta dejó embarazada a una chica. Una pesadilla. —Luego mencionó a su hija—: ¿Recuerdas a Xiao Lan? Aquella vez que le echaste salsa de soya en su Coca-Cola en Año Nuevo y te arañó llorando. Ahora ya no llora, ¡pero es peor! El año pasado volvió con los ojos hinchados: resultó que se operó los párpados. A los seis meses apareció con una barbilla afilada que nos heló la sangre a tu tía y a mí. Ahora descubrimos que se hizo cirugía ósea facial. En vez de estudiar sólo piensa en operaciones y antros. Comparar a la gente puede sacarte de quicio. Tú padre sí sabe educar.

A Cheng Sheng casi se le erizó la piel de incomodidad; no pudo evitar girar la cabeza para mirar a Zhang Chen, descubriendo que él también fruncía el ceño.

El contrato seguía apretado en su mano dentro del maletín, y aunque varias veces intentó aprovechar un resquicio para intervenir, siempre era interrumpido por aquel viejo zorro de al lado.

El responsable, al ver lo tenso que estaba Cheng Sheng frente a él, esbozó una sonrisa, tomó el licor blanco que tenía delante y, tras destaparlo, llenó los dos vasos vacíos que había frente a Cheng Sheng. Le pasó uno y se quedó con el otro, y con desenfado lo animó a beber:

—Hace años que no nos vemos, primero tres copas y luego hablamos.

Cheng Sheng lo tomó y se lo bebió de un solo trago, sin levantar la vista. Apenas dejó el vaso sobre la mesa, ya se lo habían vuelto a llenar. Lo tomó y se lo bebió de nuevo. Cuando estaba a punto de terminar el tercer vaso, alguien de repente le agarró la mano y le quitó el vaso antes de que pudiera seguir.

El responsable del otro lado de la mesa por fin reparó en Zhang Chen. Lo recorrió con la mirada de arriba abajo y, al ver que ni su porte ni su aspecto encajaban con la empresa ni con el negocio del contrato, dijo con un desdén apenas disimulado:

—¿Y tú quién eres? Aquí estamos entre familia tomando unas copas, un extraño como tú no debería venir a beber en su lugar.

Tras decir eso, apartó la vista y volvió a alzar la copa hacia Cheng Sheng:

—Venga, otras dos más, que esta noche hay que estar alegres.

Zhang Chen le apartó la mano de un manotazo y dijo:

—Ya basta. Su salud no se lo permite.

Pero apenas terminó de hablar, Cheng Sheng le dio un fuerte golpe en el dorso de la mano, dándole a entender que no debía intervenir.

Zhang Chen negó con la cabeza, bajó la mano y volvió a sentarse, sin intención de intervenir más.

Observó cómo los dos se lanzaban cumplidos de un lado a otro y no pudo evitar pensar en lo ingenuo que era Cheng Sheng. El otro lo estaba poniendo en aprietos a propósito, sin ninguna intención real de firmar el contrato. Solo quería burlarse de él y marcharse. Aun así, ese tonto caía en la trampa, con una sonrisa boba en la cara.

Cheng Sheng no tenía buena resistencia al alcohol; en días normales, con unas cuantas cervezas ya andaba mareado, y ni hablar de esta mesa repleta de licor blanco. Aun así, apretó los dientes y se tomó tres copas seguidas, alcanzando ya su límite. Su estómago vacío empezó a arder con el alcohol, y un enrojecimiento anormal comenzó a treparle por la piel.

El cambio era más que evidente, y el responsable del otro lado lo había notado hacía rato, pero no le importó en lo más mínimo. Siguió llenándole la copa mientras lo apuraba con tono insistente:

—¡¿Cuántos años sin vernos?! Hoy hay que beber como se debe. Si no tomas lo suficiente, no firmo ese contrato.

La luz suave del plafón se tornaba abrasadora a los ojos de Cheng Sheng. A mitad de la velada, se apoyó en la silla y, tambaleándose, se levantó con la excusa de ir al baño. Pero el responsable no se lo permitió, empecinado en que debía apurar todas las copas.

De pronto, Cheng Sheng sonrió para sí mismo. «Qué difícil es aprender a hacer negocios —pensó—, mucho más que desvelarse en la oficina hasta el amanecer, corriendo proyectos contra reloj». Entrecerró los ojos ante la hilera de copas frente a él y estaba a punto de tomar una para vaciarla, cuando Zhang Chen, sentado a su lado, por fin no pudo soportarlo más: se puso de pie de golpe, sin decir una palabra, lo agarró del brazo y se lo pasó por el hombro, ayudándolo a mantenerse en pie. Conduciéndolo hacia la puerta, dejó caer sobre la mesa una frase tajante:

—No vamos a firmar.

Justo cuando Zhang Chen lo sacaba casi a rastras, de repente sonó una voz a sus espaldas:

—¿Por qué tanto genio, joven? ¿Quién dijo que nosotros no íbamos a firmar?

Aferrado a su último hilo de lucidez, Cheng Sheng dio unas palmadas sobre la mano que lo sostenía del hombro y, con la cabeza embotada, murmuró cerca del oído de Zhang Chen:

—Tranquilo… Ya casi lo tenemos.

A Zhang Chen el aliento alcohólico le golpeó de lleno y frunció el ceño. Sin decir nada, lo ayudó a volver a su asiento, lo acomodó con cuidado y sacó del bolso un fajo de contratos arrugados. Con firmeza, le tendió los papeles y un bolígrafo al rechoncho responsable que estaba del otro lado de la mesa.

El responsable le echó un vistazo a Cheng Sheng, que yacía medio recostado sobre la silla, y luego levantó la vista hacia Zhang Chen. Sonrió mientras tomaba el contrato y el bolígrafo, y empezó a leerlo con aparente seriedad, repasando punto por punto. Durante la lectura, no perdió la oportunidad de hacer conversación con Zhang Chen:

—Tú no pareces del rubro. ¿De dónde te enganchó Cheng Sheng? —Al no obtener respuesta, volvió a soltar una risita—. Los jóvenes con ese carácter tan explosivo… no es bueno, ¿eh?

Una vez que terminó de leer y firmar todo, le entregó los contratos ordenados a Zhang Chen, que seguía con el rostro impasible. Pero sus palabras iban dirigidas a Cheng Sheng, medio inconsciente a su lado.

—Al hijo de la familia Cheng, claro que hay que echarle una mano. Lo saque adelante o no, yo igual firmo.

Zhang Chen tomó los contratos, pero al revisar la firma, vio una larga línea atravesando todo el espacio donde debía ir el nombre.

Soltó una risa silenciosa para sí, se remangó la camisa y dio unas palmadas en la silla a su lado. Estaba a punto de alzarla para estrellársela en la frente al responsable, cuando Cheng Sheng, como si de pronto intuyera lo que iba a hacer, le sujetó la mano y negó levemente con la cabeza.

—Mañana tenemos trabajo… —murmuró—. Todavía hay que reunirse con Xiao Huang y los demás. Déjalo, ya está…

Cuando salieron del hotel, casi era medianoche. Cheng Sheng bajaba las escaleras a cuestas de Zhang Chen, con los brazos colgados alrededor de su cuello. Medio dormido, medio consciente, le murmuró:

—Ese tipo de antes era subordinado de mi padre… Tuvieron un pleito muy feo en su momento, y después lo transfirieron a otro sitio. Por eso hoy se ensañó conmigo. La verdad, en cuanto lo vi al abrir la puerta, no debí seguir negociando con esa ilusión tonta de que todo iría bien.

Zhang Chen respondió con un simple «ajá», sin decir más. Pero los brazos con los que sujetaba las piernas de Cheng Sheng se ajustaron un poco más, subiéndolos con firmeza para que no se deslizara.

Al cabo de un rato, Cheng Sheng, apoyado en su hombro, soltó una risa amarga. Su barbilla, apoyada en el hombro del otro, temblaba levemente mientras murmuraba con voz débil: 

—¿Por qué no soy capaz de hacer nada bien? 

Zhang Chen, que lo cargaba a cuestas, negó con la cabeza.

—Estás ido.

Pero Cheng Sheng, recostado en su hombro, no paraba quieto: en un momento le revolvía el cabello, en otro le manoseaba la cara al azar. Mientras lo hacía, mascullaba entre dientes:

—No estoy ido, soy listo, listísimo, el más listo del mundo, tan listo que no te lo acabas.

Zhang Chen soltó un resoplido y volvió a menear la cabeza.

—Sí, tan listo que no te lo acabas.

Cheng Sheng se rio bajito, pero con el estómago lleno de licor, al abrir la boca sintió como si le prendieran fuego por dentro, un ardor que le retorcía las entrañas. La risa se le convirtió en una mueca de dolor y, tras apenas dos carcajadas, no se atrevió a hacer más ruido. Poco a poco se calmó, y se quedó quieto, pegado a la espalda de Zhang Chen, sintiendo la brisa nocturna.

En la calle apenas se veían algunos transeúntes dispersos y algún que otro coche, pero nadie les prestaba atención. Cheng Sheng, aferrado a la espalda de Zhang Chen, solo aguantó un momento en silencio antes de empezar a moverse inquieto, frotando su barbilla contra la nuca de Zhang Chen, restregándose de un lado a otro, hasta que empezó a explorar y besar la piel del cuello que quedaba expuesta.

Zhang Chen se veía incapaz de caminar con normalidad por los caprichosos y descarados movimientos de Cheng Sheng. Le dio un leve golpecito en la cabeza con la mano.

—Deja de hacer tonterías.

Apenas terminó de decirlo, se oyó un golpe seco: ¡zaz! El mismo Cheng Sheng, tan enredado en sus manías, se le resbaló de la espalda y fue a dar de espaldas contra el suelo, quedando tirado a media calle, con los brazos en alto manoteando hacia la luna, hasta que poco a poco dejó de moverse.

Zhang Chen temía que se hubiera golpeado la cabeza, así que intentó levantarlo para llevarlo al hotel. Pero de pronto, el hombre tendido en la calle volvió a moverse: las dos manos de Cheng Sheng agarraron con fuerza el pantalón de Zhang Chen mientras mascullaba entre dientes: 

—Yo, Cheng Sheng, no he logrado hacer nada bien en mi vida. Todo lo que intento, lo arruino. Si tengo lo que tengo hoy es solo por mi padre. Le guardo rencor, lo odio, pero sin él allanándome el camino, ¿en qué habría terminado? Por mí mismo no soy capaz de nada. Absolutamente nada. 

Zhang Chen dejó de moverse. Se quedó erguido, mirando desde arriba al borracho que montaba el espectáculo en el suelo.

No habían pasado ni unos segundos cuando Cheng Sheng se incorporó de golpe y se abalanzó sobre Zhang Chen, abrazándole las piernas con fuerza. Apretó la cara contra sus pantalones de algodón, y entre hipidos ahogados, farfulló: 

—Puedo ser tu perro, tu gato, tu bestia de carga. Te doy todo lo que tengo: mi dinero, mi casa. Lo que desees, es tuyo. Llévame lejos de aquí, por favor. Este lugar me ahoga. Todos los caminos están cerrados. Gege, llévame contigo.

—No soy tu gege. Soy más joven que tú. —Zhang Chen permaneció inmóvil en medio de la calle, permitiendo que se aferrara a su pierna mientras observaba aquella escena ridícula.

El otro no cesaba de frotar el rostro contra su pantalón, negando con la cabeza una y otra vez.

—No me importa, no me importa. La edad no significa nada. Solo quiero ser tu niño, tu mascota. 

Al terminar de hablar, se aferró con desesperación al pantalón de Zhang Chen como si temiera ser rechazado, balbuceando entre sollozos:

—¿Conoces a mi compañero Xiao Jun? En la universidad dormía en la litera de abajo. Yo entré un año antes que él, ¡pero era dos años menor! Sacaba notas perfectas en todo; si no era 100, era 98 o 99. Mi padre fue a visitarme una vez y habló con él hasta que anocheció. Le regaló computadoras y trajes carísimos, luego en casa me señalaba gritando: «¿Por qué no puedes ser como Xiao Jun?». Me escupía cifras de todo lo que había invertido en mí, como si mi mediocridad fuera un delito capital.

»Solo soy un don nadie afortunado: entré en la universidad por el mérito de mis ancestros, sobreviví porque Lao Cheng me protegía. Mi pecado original es esta familia. Desde niño me ahogaron con fertilizante mezclado con sangre ajena. No puedo competir con esos prodigios de jardín académico: campeones olímpicos, primeros puestos nacionales… Solo yo soy la escoria. Lo sé mejor que nadie. ¿Cómo demonios iba a convertirme en Xiao Jun?

Una ráfaga de viento despeinó a Cheng Sheng, cuyos ojos brillaban húmedos, mientras abrazaba con fuerza las piernas de Zhang Chen y murmuraba, repitiendo una vez más: 

—Llévame lejos, gege. Solo quiero ser una persona normal.

Zhang Chen se agachó a su nivel: con una mano le palmoteó la mejilla y con la otra le acarició el cabello. Cheng Sheng, reconfortado, alzó el rostro con una sonrisa boba, sin soltar su férreo abrazo alrededor de las piernas del otro. 

Tras acariciarlo un rato, Zhang Chen terminó sentándose directamente en la calle. Frente a Cheng Sheng, que seguía tirado en el suelo, encendió un cigarrillo y lo observó con mirada evaluadora mientras fumaba. Finalmente, dijo: 

—Llevarme a alguien conmigo tiene condiciones.

Con la cara completamente enrojecida por la borrachera, Cheng Sheng se incorporó tambaleante y miró a Zhang Chen, que estaba frente a él. Aturdido, preguntó:

—¿Qué condiciones? Todo lo que tengo es tuyo.  Y si no lo tengo… si no lo tengo, iré a robarlo y luego te lo traeré.

Temeroso de que Zhang Chen no le creyera, rebuscó torpemente en su bolsillo hasta sacar el celular. Tras varios intentos fallidos, logró abrir un mensaje del banco con su saldo y lo empujó frente a los ojos de Zhang Chen, balbuceando con lengua pastosa: 

—Es todo lo que mi padre me ha enviado en diez años. No he gastado ni un céntimo. Tómalo. ¿No es suficiente? Hasta el dinero que me dio mi tía te lo daré…

Zhang Chen echó un vistazo a la pantalla, sacudió la ceniza del cigarrillo y comentó con tono casual: 

—En mi vida jamás había visto tantos ceros. Y resulta que esto sólo es tu dinero de bolsillo.

—¡Odio el maldito dinero! No lo quiero para nada. Si a ti te gusta, te lo doy todo. —Cheng Sheng se arrimó y se apoyó sobre sus rodillas. Murmuró—: ¿O es que a ti tampoco te gusta el dinero? Entonces, ¿qué es lo que te gusta? ¿Casas? Sí, claro, ahorras para comprarte tantas casas, seguro que te gustan las casas. Yo también tengo muchas casas, tengo siheyuanes y también edificios de apartamentos. ¿Los quieres? Te los doy todos.

Zhang Chen echó la cabeza hacia atrás y soltó una bocanada de humo, dejándolo desvariar en sus rodillas, y dijo con calma:

—No me gustan las casas. Comprar casas es como comprarse una mentira, un hogar que uno se inventa.

—¿Entonces qué es lo que te gusta? —Con esfuerzo, Cheng Sheng levantó la cabeza que tenía apoyada en sus rodillas; con una mano se golpeó fuerte el pecho, sacudió la cabeza y dijo—: ¿Quieres que me abra el pecho para mostrarte mi corazón? Pero no tengo un cuchillo. Dame uno y ahora mismo te lo muestro, para que veas cómo es en realidad.

Zhang Chen lo miraba de frente: la cara contraída, las dos manos aferrándose con desesperación al pecho, como si quisiera sacarse el corazón y no pudiera. Al pensar que era por él que sufría de esa manera, le dieron ganas de reír, pero al final solo sacudió la cabeza y dijo:

—No vas a poder. No te creo.

Cheng Sheng, desesperado hasta casi echarse a llorar, pataleaba sin rumbo en la calle mientras balbuceaba:

—¿Por qué no me crees? En toda mi vida solo me he enamorado una vez. Solo te he besado a ti y solo me he acostado contigo. Te lo di todo, mi cuerpo y mi corazón, ¿cómo puedes no creerme?

Dicho esto, se incorporó y, con movimientos lentos y torpes, se subió encima de Zhang Chen. Sin pedirle permiso, le quitó de entre los dedos el cigarro encendido y lo arrojó a un lado. Con ambas manos, le tomó el rostro para mirarlo fijamente. Cuanto más lo miraba, más sonreía; rozó la punta de su nariz contra la de él una y otra vez, murmurando sin parar:

—¿De verdad no me quieres? Zhang Chen, si en mí no hay nada que no sea tuyo.

Cheng Sheng le tomó entonces la mano y, con toda seriedad, la colocó sobre su propia cabeza, como si lo invitara a acariciarlo, igual que se acaricia a un perro.

El otro, casi sin pensar, le pasó la mano un par de veces por el cabello liso, pero sin darle ninguna respuesta. Cheng Sheng, agotado ya de recursos, dejó que la sonrisa se le torciera en llanto. Sintió de veras que se había convertido en un perro abandonado; desesperado, se aferró al brazo de Zhang Chen y, poco a poco, lo guió hasta acomodarlo sobre su propio cuerpo, obligándolo a rodearlo. Entonces él mismo se encogió hasta volverse pequeño, pequeñísimo, escondiéndose en su abrazo, cerrando los ojos con fuerza, apretado contra su pecho, y susurró:

—Ya encontré mi hogar. Aquí es donde pertenezco.

Aquí se está tan bien, aquí nadie puede pegarme ni gritarme y todo error puede ser perdonado. Cheng Sheng se restregaba contra su pecho. Al cabo de un rato, el hombre que lo sostenía movió los labios y, con seriedad, respondió:

—Si decides tener un dueño, ya no podrás cambiarlo en toda tu vida, ¿lo sabes?

Acurrucado en sus brazos, Cheng Sheng asintió con los ojos cerrados y murmuró contra su corazón:

—No te cambiaré. Te seguiré para siempre. A donde vayas, iré yo; todo mi amor es tuyo.

Nadie sabía si las palabras de Cheng Sheng eran desvaríos de borracho o confesión sincera; ni siquiera Zhang Chen lo sabía. Pero ya no podía detenerse a pensar en ello. Sentado allí, contemplaba la calle en la noche. Le volvió a pasar la mano por el cabello, y al final dijo en voz baja:

—Ven a casa conmigo. Quiero que visites a mis padres.

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