Capítulo 56. Visita a mamá

El vagón no estaba desordenado, pero sí ruidoso. Todos hablaban de cualquier cosa, y alguien incluso tenía la música puesta en altavoz.

Zhang Chen iba sentado junto a la ventana, con los auriculares puestos, aislado del mundo. Jugaba con una cámara, revisando una y otra vez las fotos, y de vez en cuando se inclinaba hacia la ventana para capturar alguna toma del paisaje que volaba afuera.

Enfrente se sentaban un anciano y una mujer que llevaba en brazos a un niño de unos siete u ocho años. El anciano tenía la voz áspera, como si tuviera grava en la garganta, el timbre inconfundible de quien ha pasado la vida entre cigarrillos. Reclinándose con desparpajo en el respaldo de la silla, les contaba a la madre e hijo historias de antaño. Cheng Sheng, al otro lado, alcanzó a oír retazos de aquella charla: el anciano decía que su propio hijo era un desagradecido, un malnacido. Apenas terminó la secundaria, abandonó los estudios para meterse en los negocios y, aprovechando la fiebre de la apertura económica, hizo fortuna. Desde entonces se fue al norte, haciéndose pasar por capitalino, y renegó de su propio padre. Ni siquiera le enviaba dinero para su manutención. Él, una y otra vez, viajaba desde el pueblo hasta Pekín con la esperanza de pedirle unas monedas, pero ni bien ponía un pie en la puerta, la nuera llamaba a los guardias de seguridad para echarlo.

La mujer lo escuchaba con la mente en otra parte, así que el viejo, desanimado, cambió de tema y se puso a hablarle al niño que ella llevaba en brazos. Entrecerrando los ojos le decía:

—Tienes que estudiar bien, no aprendas porquerías inútiles.

Mientras hablaba, echó un vistazo a Zhang Chen, que seguía con sus auriculares puestos al otro lado del vagón, y le dijo al niño:

—Mira al joven que tienes enfrente, ¿qué es esa porquería que lleva en la nariz? Seguro en la escuela era un desastre. Una persona decente no se ve así.

Cheng Sheng alzó la vista y miró hacia el frente, justo cuando sus ojos se cruzaron con los del anciano. El viejo se quedó en silencio.

Entonces Cheng Sheng volvió la mirada hacia Zhang Chen. En ese momento, él estaba recostado junto a la ventana, fotografiando el paisaje.

La luz tibia del sol se filtraba por el cristal y bañaba medio rostro suyo, difuminando sus pestañas y la punta de la nariz en un resplandor cálido, casi borroso. Cheng Sheng pensó que se veía tan concentrado, tan metido en lo suyo… demasiado, como si de verdad amara la vida más de lo que parecía.

Al rato, Cheng Sheng le dio unos golpecitos a Zhang Chen, que seguía trasteando con la cámara, y se inclinó a su oído para preguntarle:

—¿Me dejas jugar un rato con tu cámara?

Zhang Chen giró la cabeza, se quitó los auriculares, y de golpe regresó al bullicio del vagón. Su expresión se apagó un poco.

—¿Qué dijiste? —preguntó, como si no hubiera oído bien.

Cheng Sheng repitió:

—Quiero jugar un rato con tu cámara.

Sin mediar palabra, Zhang Chen se la alcanzó. Acto seguido, volvió a ponerse los auriculares y se recostó contra la ventanilla.

Dejó caer una mano sobre el hombro de Cheng Sheng, y de vez en cuando le acariciaba el cabello con desgana, casi por costumbre.

Hai Yan, sentada al lado de Cheng Sheng y habiendo escuchado el intercambio, se acercó a su oído y le susurró:

—Qué empalagosos son ustedes… Nunca había visto a mi hermano comportarse así con nadie.

—¿Esto te parece empalagoso? Si casi ni me habla.

Cheng Sheng seguía trasteando con la cámara entre las manos.

Haiyan se recostó suavemente sobre su hombro y le susurró al oído:

—Precisamente, el empalago de verdad no necesita palabras. Él, que no soporta hablar con nadie, ha tenido la mano sobre ti todo el rato. Imagina cuánto le tienes que gustar para querer tocarte así sin parar. Soy su hermana, créeme.

Cheng Sheng giró la cabeza y miró a Zhang Chen, que seguía con la vista clavada en el paisaje al otro lado de la ventana. No le había dicho casi nada en horas, pero su mano… su mano no se había movido de su hombro ni un solo momento.

Haiyan, al ver que no respondía, pensó que no le creía, así que añadió:

—Mira cómo se comporta con la gente que no le gusta y lo entenderás. ¿Has visto a la baterista de Afluente? Estudiaron en la misma universidad. Ella estaba loca por él. Apenas se graduó se vino a trabajar a Pekín solo por estar cerca. ¿Y qué consiguió? Nada. A Zhang Chen cuando alguien no le gusta ni siquiera los toca. Te lo digo yo, que lo sé bien.

Tras decir eso, Haiyan suspiró.

—Esa chica hasta me veía como su rival… qué injusto. Pero bueno, cuando uno está enamorado no piensa con claridad, ¿no? Todos nos volvemos un poco tontos.

Al oír el nombre de Qi Yuan, Cheng Sheng no pudo evitar sentirse algo incómodo. Por dentro empezó a hacer cálculos: Zhang Chen formó su banda en segundo año de universidad… eso significaba que llevaban al menos siete años juntos.

Siete años y ni una chispa. No sabía si eso hablaba de la frialdad absoluta de Zhang Chen o de la perseverancia casi irracional de Qi Yuan.

Haiyan seguía recostada sobre su hombro, y le dio unos toquecitos en el dorso de la mano mientras le preguntaba:

—Dime, ¿cómo es Zhang Chen, realmente? Para mí es solo una sombra borrosa. No le veo una cara concreta… pero si veo una silueta en la distancia, y de pronto todo a mi alrededor se enfría, entonces sé que es mi hermano.

Cheng Sheng, con la cabeza gacha, pasaba las fotos de la cámara mientras respondía distraídamente:

—Es alto y delgado. Su cara se parece mucho a la de su madre.

Haiyan soltó una carcajada.

—Entonces él y yo también nos parecemos, ¿no? Él dice que de joven su madre se parecía un poco a mí.

Aquellas palabras hicieron que Cheng Sheng se volviera de golpe. Observó con atención el rostro de aquella mujer: en realidad, sus facciones no se parecían en nada, ni su figura guardaba semejanza alguna. Lo único similar era esa vaga aura de maternidad que las envolvía a ambas.

Cheng Sheng estuvo a punto de decir que no se parecían, pero de repente se quedó inmóvil. En un instante, comprendió casi con claridad por qué Zhang Chen había dicho que quería llevarlo a casa.

Aquel día, al despertar, Zhang Chen le estaba dando de beber la sopa para la resaca que acababa de comprar, mientras le preguntaba si recordaba lo ocurrido la noche anterior. Pero Cheng Sheng, con la cabeza a punto de estallar tras varias copas de baijiu, solo alcanzaba a atisbar, entre brumas, que se había puesto a hacer el loco tirado en la calle, soltando disparates. Los detalles exactos de sus palabras se habían esfumado; en su mente solo quedaba un revoltijo de «perros y más perros», y al final… parecía incluso haberse abrazado a la pierna de Zhang Chen, suplicándole que se lo llevara.

Al recordar eso, Cheng Sheng se sintió algo avergonzado. Le devolvió con cuidado el cuenco vacío y, al ver que Zhang Chen lo tomaba y se disponía a irse, le agarró la muñeca instintivamente.

—Todo lo que dije era de verdad. Los borrachos y los niños siempre dicen la verdad…

Zhang Chen volvió la cabeza para mirarlo; en sus ojos, negros y profundos, no había más que escrutinio. Observó un momento a Cheng Sheng, con la ropa y el cabello revueltos, y de pronto dijo:

—El fin de semana, saca un rato y ven conmigo a casa. Quiero que visites a mis padres.

Así que era por eso… Su inseguridad era tan grande, su ansia de amor tan desesperada, que hasta sin tener nada en común necesitaba inventar lazos para convencerse a sí mismo. Sentado en el tren que traqueteaba, Cheng Sheng pensó en ello y, en silencio, se hizo la firme promesa de amarlo bien.

El vagón seguía siendo un hervidero de ruidos. El anciano sentado enfrente no cesaba de exponer sus «juiciosas opiniones». A su lado, Hai Yan, apoyada contra él, murmuraba:

—Ahora que mi hermano ya tiene compañía, yo también me quedo tranquila.

Cheng Sheng, recostado de lado sobre el hombro de Zhang Chen, seguía hojeando las fotos de su cámara. Estaban repletas de paisajes de todo el país: el desierto, la playa, puestas de sol, cielos estrellados. También había muchos retratos, la mayoría de los miembros de la banda. En una, Qi Yuan abrazaba la guitarra de Zhang Chen subida al techo de una camioneta, con un cielo rojo encendido al fondo, justo antes del atardecer. En otra, varios realizaban una actuación callejera en el casco antiguo de Yunnan; Qi Yuan cargaba el bombo y sonreía hacia la cámara. Luego, en la sala de ensayo abarrotada de altavoces, cables e instrumentos, el viejo Liu se apoyaba contra la pared. En una foto de los tres colgada allí, había escrito: «Concierto en el Estadio de los Trabajadores». Pero en la siguiente, esa frase ya estaba borrada. La mano huesuda de Zhang Chen aparecía en la foto y, al lado, añadía: «Primero hagamos diez álbumes». En la siguiente, las palabras cambiaban otra vez: solo se había añadido una más: «Primero hagamos diez buenos álbumes».

Cheng Sheng siguió pasando fotos.

Había más paisajes, muchos desenfocados: luces de semáforos en la ciudad, siluetas borrosas de transeúntes, terrenos en demolición, niños frente a tiendas de música arrastrados por sus padres, grandes centros comerciales recién construidos y enormes carteles publicitarios pegados a fachadas de concreto.

Pasó una a una, miles de fotos, y de pronto se dio cuenta de algo. Entre todas ellas no había ni una sola en la que apareciera Zhang Chen.

Salió del modo galería y cambió a modo cámara. Con manos expertas ajustó los parámetros, los dedos girando con soltura las ruedas, mientras sus ojos se fijaban en el visor dividido en cuadrículas, buscando de un lado a otro su objetivo.

A su lado, Zhang Chen seguía apoyado en la ventana mirando el paisaje. Solo media cara quedaba a la vista de Cheng Sheng, bañada por la luz del sol. La línea de la mandíbula –justo la que daba hacia él– era lo único nítido en esa media sombra.

Esa silueta entró pronto en el encuadre: oscilante, recortada por las líneas blancas del visor que la contenían con una quietud frágil.

El vagón, ruidoso hasta hacía un instante, pareció apagarse. Cheng Sheng ya no oía nada del mundo exterior, concentrado solo en el encuadre, ajustando poco a poco la composición.

De pronto, el niño sentado enfrente hizo un alboroto: tironeó del brazo de su madre y exclamó:

—Ese hermano de allá no deja de mirar a ese otro hermano, ¡y hasta le tomó una foto! —Y luego añadió, aún más fuerte, como si a propósito quisiera que lo oyeran y así le prestaran la cámara—. Yo también quiero jugar con la cámara, pero me da pena pedirla.

Justo entonces, Zhang Chen –que seguía mirando el paisaje– giró la cabeza. La mitad de su rostro, antes bañado por el sol, volvió al interior del vagón, a esa luz irregular, entrecortada, que parpadeaba sobre sus facciones. No llevaba consigo la expresión fría de siempre, solo una cierta incomodidad: la del que es traído de vuelta, de golpe, al mundo real. Pero esa mirada perdida, desorientada, se estabilizó en cuanto se cruzó con la de Cheng Sheng, como si al encontrarse con él, incluso su dueño encontrara paz.

A través del visor, Cheng Sheng vio a Zhang Chen recortado contra la luz, mirándolo fijamente. La mano le tembló sin querer, disparando una ráfaga de fotos.

El camino de regreso a Yuncheng ya tenía línea de tren rápido, así que los tres no tardaron mucho en llegar. La estación también había sido renovada hace tiempo: el aire acondicionado soplaba con fuerza en el vestíbulo, se había añadido toda una fila nueva de taquillas, y la salida era ahora amplia y despejada. Ya no se respiraba ese olor humano denso, mezcla de sudor y polvo, que antes impregnaba el paso de la multitud.

Cheng Sheng salió con ellos por la nueva salida. Del otro lado de la calle, los viejos edificios grises de pocos pisos habían desaparecido, reemplazados por un hotel de cadena de más de diez plantas. Y más allá, el camino se había ensanchado al doble. Las pequeñas tiendas de cristales con letras rojas que se apretujaban a un lado de la calle también habían sido demolidas, y en su lugar ahora se extendía una franja verde, cubierta de árboles y césped frondoso.

Mientras caminaban, Cheng Sheng comentó:

—Ha cambiado tanto, ya no lo reconozco.

A su lado, Haiyan lo tomó del brazo. Por alguna razón, sentía un aprecio especial por Cheng Sheng y siempre quería estar pegada a él. Cada vez que hablaba, ella se apresuraba a responderle, con una expresión de satisfacción en el rostro.

—¡Te lo dije! Sabía que no ibas a reconocerlo.

Zhang Chen paró un taxi y dijo el nombre de un hotel conocido. Los tres se apretujaron en el asiento trasero, zarandeados por el trayecto durante casi veinte minutos hasta llegar al hotel que él había reservado. En el pasado, Yuncheng no tenía ni un solo hotel decente. En cambio, junto a la estación de tren y la terminal de autobuses, abundaban los hostales destartalados. Pero en los últimos años, algún empresario obstinado había insistido en construir hoteles de lujo justo aquí. Así que, sorprendentemente, en el centro de la ciudad ahora se alzaban varios edificios hoteleros que parecían querer alcanzar el cielo.

Justo cuando estaban por bajarse, Haiyan de pronto le dijo al taxista otra dirección. Luego se giró hacia los dos que ya habían salido del coche y les dijo:

—Yo no voy al hotel, he decidido volver a casa y quedarme unos meses antes de regresar a Pekín. Tenía ganas de ver Yun Cheng. Por muy destartalado que esté, sigue siendo mi hogar.

Zhang Chen apoyó el brazo sobre el hombro de Cheng Sheng y, al mirar el rostro pálido de Haiyan en el taxi, murmuró:

—Está bien. —Luego añadió—: Esa noche, cuando vayamos al cementerio, tienes que venir con nosotros, ¿vale?

—Claro que sí. Además quiero ver cómo era tu madre de joven.

Se despidieron de Haiyan y, cargados con su equipaje, entraron al hotel caminando uno al lado del otro. Solo pensaban quedarse en Yuncheng tres días: los dos primeros para visitar tumbas y pasear un poco, y el último para visitar a Zhang Licheng antes de tomar el tren de alta velocidad de la tarde. El trabajo acumulado, pensaban, tendrían que atenderlo a ratos, en el tren y en la habitación del hotel.

Cheng Sheng no dejaba de darle vueltas en la cabeza: todo había sucedido con una rapidez y un desenfreno casi irracionales. Dos emprendedores agotados, el día anterior enfrascados en la feria tecnológica y en cerrar contratos, que al volver a la oficina dejaron todo de lado sin decir palabra, reservaron billetes y hotel a toda prisa, como si temieran que un segundo de duda lo arruinase todo.Tras registrarse, Cheng Sheng por fin sintió de verdad que había regresado a este lugar. Pero todo ya había cambiado por completo: una mitad era una zona urbana limpia y luminosa; la otra mitad aún estaba en proceso de reconstrucción. Por todas partes había obras valladas y edificios a medio construir; las avenidas estaban colapsadas por el tráfico, y los postes eléctricos llenos de anuncios pegados por todas partes. Al contemplar desde el hotel aquel paisaje tan contradictorio, Cheng Sheng de repente se acobardó un poco.

Siguió la espalda de Zhang Chen hasta el piso de arriba. Al ver que en el pasillo del ascensor no había nadie, enganchó un dedo en la mano de Zhang Chen con timidez, se apoyó en su brazo y susurró:

—Tengo un poco de miedo… miedo de que la tía no quiera verme.

Al escuchar eso, Zhang Chen volvió la cabeza para mirarlo y descubrió que su estado volvía a presentar los mismos altibajos de hace un tiempo. Percibiendo con claridad lo que ocurría, negó con la cabeza y dijo:

—Mi madre no es una persona rencorosa.

Esa noche, al ir al cementerio, Cheng Sheng siguió abatido, con el ánimo en constante vaivén: a ratos apretaba con fuerza la mano de Zhang Chen, y a ratos, con la mirada perdida en el vacío, murmuraba:

—Seguro que, en el fondo, tu madre no quiere verme…

Zhang Chen lo sostuvo de la mano y le preguntó:

—¿No quieres entrar entonces?

Cheng Sheng negó con la cabeza y, sin soltarlo, tiró de él para seguir caminando hacia el cementerio.

Durante todos estos años siempre había soñado con Li Xiaoyun. En los sueños, aquella mujer hermosa que a los cuarenta aún conservaba su encanto le acariciaba suavemente el rostro. Sus manos eran secas y cálidas, con callos en las palmas y yemas de los dedos que habían ido formándose a lo largo de los años. Cheng Sheng disfrutaba esa caricia con aroma a tierra, pero, mientras lo tocaba, ella se transformaba en un charco de sangre. Solo quedaba una voz aguda que le penetraba los tímpanos; en el sueño ella decía: «Los maldigo para siempre a ti y a toda tu hipócrita familia».

En esos momentos, Cheng Sheng solía despertarse de golpe del mal sueño, envuelto en la más densa oscuridad, con el cuerpo empapado en sudor frío. No podía distinguir nada, y lo único que hacía era murmurar una y otra vez al aire:

—Perdón… perdón…

Cheng Sheng no creía en ninguna religión, solo buscaba una salida. Había rezado a todos los dioses, señores o budas del mundo. Alguien le habló del Espíritu Santo, otros le dijeron que leer y copiar sutras curaba todo tipo de males. Los probó todos y descubrió que la forma más eficaz de expiar sus culpas era herirse a sí mismo con un cuchillo o con la punta de una pluma.

Tras cada automutilación le sobrevenía un arrepentimiento frenético, temiendo haber dañado su mérito kármico en un arranque de impulsividad. Entonces sacaba papeles, pinceles y sutras de su mochila y copiaba textos devocionales junto a la mesa de noche. Transcribía principalmente un sutra para transferir méritos a los difuntos, que dedicaba por completo a Li Xiaoyun y a quienes creía haber defraudado. Solo cuando el nudo de culpa en su pecho se deshacía un poco, detenía el pincel. Juntaba ambas palmas ante su nariz, recitando con cadencia monótona, rogando con devoción que Li Xiaoyun recibiera su ofrenda al otro lado.

Años de transcripciones después, ignoraba si sus plegarias habían llegado, pero estaba seguro de que el perdón no existía. Los sueños con ella persistían y lo despertaban bañado en sudor frío. Ahora, al venir a disputarle su propio hijo, presagiaba que se hundiría en pesadillas sin fin.

Siguiendo a Zhang Chen y Haiyan hasta la última fila del cementerio, Cheng Sheng reconoció al instante la lápida de Li Xiaoyun. Se desplomó de rodillas ante la tumba con un golpe sordo, estampando repetidas veces su frente contra la losa mientras mascullaba:

—Tía, no oso pedirle que me perdone, solo le ruego que acepte mi expiación. Zhang Chen está muy solo; aunque siempre tiene esa actitud de que nada le importa, sé que él también quiere ser amado. Yo puedo darle todo el amor de mi vida, otros no pueden dar tanto, solo yo puedo. Aunque sea por consideración a Zhang Chen, acepte mi expiación, por favor. Prometo amarlo bien, incluyendo la parte que le correspondía a usted.

Hai Yan, que estaba quemando papel frente a otra fila de lápidas, se sobresaltó con aquel ruido inesperado. Al reconocer la fuente de los golpes y murmullos, soltó un suspiro de alivio y murmuró:

—Con plata o sin plata, con poder o sin él, las culpas y remordimientos pesan igual; no son mejores que nosotros.

Los tres quemaron montones de fajos de dinero de papel. Zhang Chen y Cheng Sheng ante una lápida, Haiyan frente a otra contigua, mascullando:

—Mingming, bien que te he cuidado. Tantos años sin faltar a tu ofrenda, y eso que a mí me falta hasta para el arroz.

Golpeaba la tumba con su bastón mientras el eco de las reverencias de Cheng Sheng retumbaba sordo. De pronto soltó una risa cortante, escupiendo hacia la losa.

—Mingming, siempre pensé que moriste demasiado pronto, que fue una lástima. Pero mira, vivir tampoco tiene nada de bueno. El señor Cheng, con toda su riqueza y poder, ¿no la está pasando tan mal como nosotros, aguantando a duras penas? ¿No te alivia un poco pensarlo así?

El viento llevó sus palabras por el camposanto desolado. A unos pasos, Cheng Sheng yacía entre hierba seca junto al sepulcro, sus dedos acariciando sin cesar la superficie rugosa de la lápida áspera.

Zhang Chen quemó todo lo que había comprado por la tarde. Luego sacó una caja metálica de su mochila y, tras revisar las fotos recién reveladas, eligió algunas y las colocó dentro.

Cheng Sheng se apoyó contra la lápida, abrazándola con las manos mientras la tocaba. Al escuchar los ruidos metálicos, alzó la cabeza para mirar a Zhang Chen y alcanzó a ver las esquinas de un fajo de fotos en sus manos. Con la voz apagada preguntó:

—¿Qué estás haciendo?

—Quiero mostrárselas a mi mamá —respondió Zhang Chen con movimientos suaves, sin aristas, como si todo lo que tocara lo hiciera con afecto: una pluma, un teclado, una guitarra, un piano, una persona, incluso una foto.

Fue colocando una a una las fotos elegidas dentro de la caja, mientras le hablaba a Cheng Sheng:

—Mi mamá nunca salió de Yuncheng, ni siquiera llegó a conocer la capital de la provincia. El mayor deseo de su vida era que yo pudiera irme. Así que cada vez que visito un lugar nuevo, le saco fotos y se las mando, con la esperanza de que, de algún modo, ella también pueda recorrer otros rincones del mundo.

De repente, Cheng Sheng extendió la mano y, apoyándose en la tierra sucia, se levantó. Llevaba demasiado tiempo arrodillado y las piernas se le habían entumecido; al ponerse de pie, dio un traspié hacia adelante. Zhang Chen lo sostuvo para que no cayera, y entonces se dio cuenta de que el otro no apartaba la mirada del fajo de fotos que él tenía en la mano. Con cuidado, fue apartando unas y escogiendo otras, hasta que sacó una: la que había tomado de Zhang Chen esa misma mañana en el tren.

La foto estaba un poco borrosa: Zhang Chen, recostado contra la ventanilla, con un extenso bosque de álamos verdes a sus espaldas. La luz lo envolvía en un resplandor suave, y en su rostro asomaba una expresión serena que Cheng Sheng jamás le había visto antes. Al contemplar aquella cara, Cheng Sheng pensó: si puede mostrar una expresión así, ¿cómo podría tener el corazón de verdad?

Cheng Sheng, sostenido por Zhang Chen, pasó un brazo sobre él y dijo:

—Deja que la tía vea cómo eres ahora. Lo que más debe querer ver es a ti.

Zhang Chen lo miró un instante, sin decir nada, pero colocó esa foto encima del resto, cerró con cuidado la tapa de metal y revisó todo de nuevo antes de empezar a trabajar. Conocía bien aquel cementerio descuidado; con destreza tomó las herramientas y removió la tierra blanda frente a la lápida, colocó ordenadamente la caja recién sellada y, palada tras palada, fue cubriendo el resto de tierra hasta dejarlo completamente nivelado.

El viento soplaba con fuerza en la noche. Cheng Sheng, que tiritaba bajo las ráfagas frías, se abrazó a sí mismo en busca de seguridad. Se dejaba llevar por el aire helado, pero su mirada permanecía fija en la espalda de Zhang Chen, que seguía concentrado en enterrar la caja. Sin pensarlo mucho, preguntó:

—¿Enterrada así no se echará a perder pronto?

Zhang Chen no giró siquiera la cabeza.

—Tal vez. Pero quién sabe, quizá mi madre la vea.

—No pensé que tú también fueras supersticioso.

Zhang Chen dijo:

—Si es algo bueno, ¿por qué no creer? Si es malo, mejor dejarlo pasar.

Cheng Sheng empezó a reír. Y mientras reía, notó la fila de estacas rojas junto a ellos, que desentonaban con el entorno, y preguntó:

—¿Y esas estacas rojas qué son?

Esta vez, Zhang Chen detuvo sus movimientos, lanzó el martillo sin mirarlo al matorral cercano y respondió con indiferencia:

—Las clavé para pasar el rato, acompañar un poco a mi mamá. No quiero que se sienta sola.

Cheng Sheng sabía que no era cierto. Zhang Chen no era alguien que hiciera cosas «por pasar el rato», pero también entendía que no obtendría más si insistía. Lo único que podía hacer era esperar a que él decidiera contárselo por sí mismo. Así que no preguntó más.

Entre los tres habían quemado varios fardos de papel moneda, y al lado aún quedaban casas y autos de papel, en cantidad tal que todo lo que no pudieron disfrutar en vida parecía estar siendo enviado ahora, tanto, que quizá ni en el cielo podrían acabar de disfrutarlo.

La frente y los pantalones de Cheng Sheng estaban cubiertos de polvo y tierra que se le habían pegado al arrodillarse y dar cabezazos contra el suelo. Zhang Chen, al verlo, sacó de su bolso un paquete de toallitas húmedas y, con cuidado, comenzó a limpiarle el rostro, con movimientos suaves y atentos. Cheng Sheng lo miraba fijamente, sin parpadear, observando cómo se concentraba en su frente, y de pronto dijo:

—Recuerdo aquel día. Tenías toda la frente llena de heridas y empapado por la lluvia. Estabas hecho un desastre.

—De joven sí que era un tonto —respondió Zhang Chen.

Cheng Sheng bajó la cabeza y guardó silencio durante mucho rato, hasta que de pronto murmuró:

—No eras tonto. Nunca había visto a alguien como tú. Aquella vez sentí que te habías entregado por completo a mí.

Hizo una pausa y añadió:

—Lo único que quería entonces era llevarte lejos, a un lugar donde no hubiera nadie más. Olvidarnos de todo, no hacer nada importante, solo estar tú y yo, juntos, todos los días.

Comenzó a lloviznar. Una lluvia fina como hilos de seda caía del cielo, tan sutil que apenas se notaba. Ninguno de los tres llevaba paraguas, y simplemente se quedaron ahí, de pie, bajo aquel velo plateado.

Antes de marcharse, Zhang Chen les pidió que se adelantaran. Dijo que iría enseguida. De espaldas a Cheng Sheng y Haiyan, se quedó un momento más a solas frente a la tumba de su madre. En la quietud de la noche, dijo en voz baja:

—Perdóname… Aun así, quise traerlo para que te visitara.

A su espalda sonó la voz de Hai Yan:

—¿Zhang Chen? ¿No vienes?

—Sí, ya voy —respondió él, dándose la vuelta para mirar a los dos. Vio que Cheng Sheng seguía esperándolo en el mismo lugar. Tenía el rostro pálido y el ánimo visiblemente decaído. Zhang Chen volvió la mirada una vez más hacia la lápida, cerró los ojos brevemente y dijo—: Tengo que irme, alguien me está esperando.

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