Capítulo 59. Consulta médica

La semana de espera hasta la consulta se le hizo insoportablemente larga. Cheng Sheng era incapaz de concentrarse. El martes, en plena reunión importante, tuvo la sensación de que todo a su alrededor no era más que ruido; su mente divagaba. Entonces, su asistente se inclinó y le susurró al oído:

—Es su turno.

—Ah —respondió él, sobresaltado, regresando de golpe a la realidad. Empezó a hurgar entre los papeles con torpeza, sin encontrar nada. Bajo la atención de todos, apenas consiguió articular—: ¿En qué punto nos habíamos quedado?

Desde el otro lado de la mesa, Frank advirtió de inmediato que algo no iba bien. Al concluir la reunión, detuvo a Cheng Sheng, que ya se marchaba con el portátil bajo el brazo, y lo hizo permanecer en la sala. Con voz baja y medida, le preguntó:

—¿Por qué no te tomas un descanso?

—Aunque quisiera, el trabajo no puede prescindir de mí —dijo Cheng Sheng, llevándose la mano al puente de la nariz. Luego, incluso intentó tranquilizarlo—: No te preocupes. El viernes pedí medio día libre para ir al hospital a hacerme un chequeo. No debe de ser nada grave; el trabajo, desde luego, no se verá afectado.

Durante un largo rato no hubo respuesta. Cheng Sheng percibió algo extraño; le dio un golpecito en el hombro a Frank y dijo:

—¿Y esa cara? Hoy en día tener algún problema psicológico es de lo más normal. No es algo que no tenga tratamiento. No pongas esa expresión, como si fuera el fin del mundo.

Pero Frank no se dejó convencer por aquella actitud. Se apartó bruscamente de la mano de Cheng Sheng, con el rostro despojado de cualquier atisbo de humor. Con gravedad, preguntó:

—¿Zhang Chen lo sabe? ¿Ustedes dos…?

Al oír ese nombre, Cheng Sheng perdió de inmediato el tono apenas burlón que había conservado hasta un segundo antes. Su expresión se endureció y la voz dejó de sonar liviana.

—Capaz que cuando me hagan la revisión el viernes, la doctora me diga que estoy perfectamente bien. Por ahora, ni se te ocurra decirle nada.

Sin embargo, el estado en que andaba últimamente, siempre distraído, no lograba convencer a Frank. Hacía tiempo que había advertido la relación entre ellos dos, aunque nunca había tenido interés en inmiscuirse en la vida sentimental de nadie. A punto estuvo de decir algo, pero al final se contuvo y se limitó a decir:

—Cuando salgas del chequeo, avísame. Si pasa algo, lo hablamos entre los dos. La empresa no es solo nuestra.

Después de despachar al desconfiado Frank, Cheng Sheng se quedó solo un rato en la sala de reuniones vacía. No pensó en nada; simplemente se apoyó contra la mesa y cerró los ojos para descansar. No habían pasado ni unos minutos cuando el teléfono, en el bolsillo de sus vaqueros, empezó a vibrar de repente. Cheng Sheng dio por hecho que era Zhang Chen.

Desde que se habían mudado al nuevo edificio, trabajaban en pisos distintos, con dos niveles de por medio, y casi no se veían durante la semana. Zhang Chen aprovechaba cualquier oportunidad para enviarle un mensaje, y casi siempre decía lo mismo: Mira tu computadora.

Abrió el teléfono, y efectivamente, era ese mensaje otra vez.

Cheng Sheng arrastró una silla cercana y se sentó. Apenas levantó la tapa del portátil, el escritorio desapareció de golpe y dio paso a la interfaz de un programa de edición musical. Estaba a punto de tocar la pantalla cuando la pista comenzó a reproducirse sola. No era el estilo habitual de Zhang Chen; esta vez, la música era ligera y melódica, con una línea claramente marcada por una guitarra.

La canción apenas había empezado cuando, de pronto, comenzó a caer una nevada espesa y silenciosa. Cheng Sheng dejó el portátil sobre la mesa, se acercó a la ventana y la abrió de par en par. El viento helado entró de golpe, pero él no sintió frío. Al contrario, se apoyó con los brazos para sacar medio cuerpo hacia fuera y extendió la mano para atrapar los copos de nieve que descendían sin cesar.

Llevaba un suéter grueso; con los brazos doblados hacia el cielo, cerró los ojos en medio de la nevada, alzó el rostro y escuchó con atención la melodía que venía desde la computadora. No tenía ni una sola letra, pero Cheng Sheng la entendió perfectamente.

El celular en su bolsillo volvió a vibrar. Cheng Sheng retiró la parte superior del cuerpo que tenía asomada por la ventana y regresó al calor del interior. Se limpió la nieve de la cara con la mano, sacó el teléfono y vio otro mensaje de Zhang Chen: «¿Te gustó?».

La canción ya había terminado, y la pantalla de la computadora había vuelto al fondo de escritorio original. Cheng Sheng se dejó caer otra vez en la silla y tecleó en el celular una respuesta: «Me encantó, eres un geniecillo del arreglo musical».

Apenas lo envió, en la pantalla de la computadora saltó de pronto una foto: la nieve cayendo fuera de la ventana. Pocos segundos después, llegó otro mensaje al teléfono: «Está nevando. La acabo de tomar».

Cheng Sheng miró esa serie de mensajes y no pudo evitar reír en voz baja. Sin dejar de teclear, le respondió a Zhang Chen: «Vaya métodos los tuyos, entraste directo a mi compu. Sé sincero, ¿antes te dedicabas a cosas ilegales?».

No tardó en llegar la respuesta: «¿No lo sabes ya? En la universidad fui hacker».

Cheng Sheng seguía sonriendo mientras escribía: «Entonces evalúa mi nivel».

La respuesta llegó enseguida: «Totalmente académico. Como esos estudiantes que hasta los borradores los hacen en hoja cuadriculada y bien ordenada».

Al poco rato, se oyeron pasos en el pasillo. Zhang Chen entró empujando la puerta, con unas bolas de arroz y una bebida recién comprados en la tienda de conveniencia. Hoy llevaba un cortavientos ligero, traía consigo el frío de la calle, y en los hombros aún colgaban rastros de agua por la nieve derretida. Apenas cruzó la puerta, le agitó a Cheng Sheng las bolas de arroz humeantes que tenía en la mano.

—Es hora de cenar.

Cheng Sheng dio unos saltitos y corrió a recibirle la bolsa de las manos. Se acercó a su rostro, siempre serio e inexpresivo, y empezó a molestarlo entre risas:

—¿Me extrañabas? Llegaste tan rápido y encima me trajiste la cena.

Pero apenas terminó de hablar, Zhang Chen lo sorprendió con un beso fugaz en los labios; luego, al apartar un poco la cabeza, le tocó la punta de la nariz con un dedo, y sin más se giró para dejar la comida sobre la mesa, como si nada hubiera pasado.

Cheng Sheng tardó un momento en reaccionar. Se tocó los labios con incomodidad, se dejó caer despacio junto a él y murmuró:

—Te atreves a hacer estas cosas en la sala de juntas… qué descaro.

Zhang Chen partió los palillos, se los tendió y le dio un toquecito en la frente.

—Si alguien revisa las cámaras, todo lo que hicimos en la sala de reuniones y en la cocina va a quedar al descubierto. ¿No te da miedo?

Cheng Sheng lo picó con los palillos y le respondió con tranquilidad:

—Si tu no tenés miedo, ¿por qué habría de tenerlo yo?

A mitad de la cena se movieron de sitio, con las cajas en la mano se sentaron en el alféizar a ver nevar. Afuera la nieve caía cada vez más densa; en poco tiempo ya no quedaba otro color en el suelo ni en los árboles. Cheng Sheng le dio un mordisco enorme a una bola de arroz de rousong y, con la boca llena, le dijo a Zhang Chen:

—Nos conocemos desde hace diez años y este es el primer invierno que pasamos juntos.

Zhang Chen asintió con un «mm» y luego agregó:

—Todavía nos falta pasar una primavera. Ya casi llega.

Cheng Sheng tenía la boca llena de migas de carne deshebrada. Justo cuando giraba para alcanzar la caja de pañuelos, Zhang Chen se le adelantó y le limpió la boca con una servilleta. Lo miró desde arriba y, de pronto, dijo:

—Alice ya puede hablar.

Cheng Sheng exclamó un «¡guau!» y enseguida sacó el celular para mirar la fecha, murmurando para sí:

—Esto hay que anotarlo: 25 de diciembre de 2007, nuestra Alice por fin aprendió a hablar con humanos.

Zhang Chen se levantó, recogió todos los envoltorios de la mesa y los tiró a la basura. Al ver a Cheng Sheng apoyado en el alféizar, con la nieve de fondo, le vino de golpe a la mente la escena de esa tarde: varios compañeros reunidos frente a Alice para probarla por primera vez. En ese momento Cheng Sheng estaba en una reunión general y no pudo asistir a la demostración inicial del prototipo. Fue Xiao Jin el primero en romper el hielo:

—Rápido, que Zhang Chen le diga algo. A ver si puede entender al más difícil de entender de toda la oficina.

Varios rieron por lo bajo y le dieron unas palmadas a Zhang Chen en el hombro.

—Anda, dile algo.

Zhang Chen no se negó. Miró a Alice y dijo al azar:

—Últimamente no me siento muy bien.

Alice respondió:

—¿Por qué no te sientes bien?

Al oír la voz del robot, los que estaban alrededor soltaron exclamaciones de asombro.

—¡Nada mal! Suena bastante decente.

Zhang Chen continuó hablándole:

—Porque Cheng Sheng está demasiado ocupado con el trabajo.

Alice, con su voz mecánica y sin emociones, respondió:

—Es porque lo extrañas.

Los compañeros, que hasta hacía un segundo hablaban todos a la vez, se quedaron en silencio. No pasó mucho antes de que uno de ellos rompiera la tensión.

—Todavía hay que pulirla… Esa lógica de la IA está un poco rara, ¿no?

Zhang Chen, mirando el rostro metálico de Alice, pensó: «La lógica no está mal. A partir de ahora, vas a ser mi amiga. La que diga lo que yo no puedo decir».

Cuando Zhang Chen volvió a mirarlo, la nieve afuera ya había empezado a amainar. Lo observó fijamente, contemplando sus mejillas delgadas, y de pronto volvió a hablar:

—Desde que volvimos de Yuncheng estás raro. ¿Es por mi papá? Ese tipo no está bien de la cabeza, no importa lo que te haya dicho, no le hagas caso.

Cheng Sheng soltó un «¡ah!» y giró la cabeza de golpe, temiendo que Zhang Chen notara algo. Se apresuró a explicar, hablando a toda velocidad:

—No, no, tu papá no me dijo nada. Al contrario, me pidió que te cuidara mucho. —Su habilidad para improvisar mentiras era asombrosa; lo dijo con tanta naturalidad que hasta parecía verdad—. ¿No tenemos ese proyecto enorme últimamente? Estoy hasta el cuello de trabajo, pero en cuanto pase esta etapa, salgamos de viaje, ¿te parece? Como si fuera nuestra luna de miel. ¿A dónde quieres ir? ¿Dentro del país o al extranjero?

Al ver que Zhang Chen seguía impasible, con esa mirada llena de escrutinio, Cheng Sheng se puso nervioso. Mientras la nevada seguía cayendo, se apuró a regresar al interior y, sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre él, rodeándole el cuello con los brazos. Entre mimos, a medio en broma y a medio en serio, le dijo:

—Te lo juro, de verdad. En dos semanas termino con todo, ¿sí? Vámonos de viaje, ¿está bien?

Zhang Chen siguió callado. Cheng Sheng, sin más recursos, se acercó hasta su oído, le rozó con el aliento y susurró:

—El otro día compré lubricante con varios aromas, también látigos, cuerdas y pinzas. ¿Querés jugar esta noche? Puedes atarme. —Dicho esto, no olvidó tomar la mano de Zhang Chen y colocarla sobre su cabeza, guiándola para que alisara su cabello una y otra vez. Con voz angustiada, añadió—: Gege, no me ignores. Cuando termine todo esto, te juro que voy a estar a tu lado las veinticuatro horas del día, aunque me pegues, me corras o me patees, no me iré.

Una promesa tan rotunda logró, por fin, suavizar la expresión de Zhang Chen. Aprovechó el momento para revolverle un poco más el cabello y le advirtió:

—Si me mientes, te voy a castigar. ¿Entendido?

—Claro que sí. ¿Cómo podría mentirte? Te he entregado mi corazón, delante de ti soy una persona transparente —mintió Cheng Sheng.

Por fin llegó el viernes. Cheng Sheng se escabulló de la empresa sin que Zhang Chen se diera cuenta, bien abrigado con su chamarra de plumas, y se dirigió en silencio hacia el hospital. En el camino no pudo evitar tararear la canción que Zhang Chen le había escrito días atrás, mientras por dentro rogaba que todo saliera bien en el chequeo.

No había demasiada gente en el hospital. Poco después de sacar su número, lo llamaron para entrar.

La doctora que lo esperaba era una mujer de voz y aspecto amables, alguien que, con solo una mirada, transmitía una profunda sensación de seguridad. Apenas cruzó la puerta, comenzó a hacerle algunas preguntas básicas. A mitad de la conversación, le entregó varios formularios para completar.

Cheng Sheng los llenó con rapidez: hoja tras hoja, como si no necesitara pensarlo demasiado. Luego, siguiendo las indicaciones de la doctora, fue a otra sala para hacerse unas pruebas con aparatos. Cuando regresó, alguien lloraba dentro del consultorio: probablemente el paciente que había pasado después de él. Cheng Sheng se quedó un momento frente a la puerta cerrada, escuchando con atención lo que ocurría dentro. Los sollozos, entrecortados, provenían de una chica joven. Lloraba con contención, en un susurro apenas audible. Cheng Sheng podía imaginarla apretando la garganta con fuerza, intentando reprimir aquellas emociones fuera de control.

Cuando Cheng Sheng oyó que ella decía que, llevando ya tres años en el doctorado, aún no había obtenido ningún resultado, que su tutor no solo no la orientaba sino que incluso, de manera habitual ya fuera sutil o explícita, le insinuaba que si no hacía ciertos sacrificios no podría graduarse, se quedó un momento en la puerta escuchando. De pronto, esta se abrió y salió una joven que se tapaba media cara con la mano; lo que se veía de sus párpados estaba hinchado y enrojecido. Ni siquiera alzó la vista hacia Cheng Sheng: pasó de largo y se dirigió directamente hacia las escaleras.

Cuando él entró, estaba algo tenso. La doctora frente a él tenía en las manos la pila de resultados recién salidos de sus pruebas y los revisaba con atención; sin embargo, su expresión era bastante más seria que antes. Llevaba el ceño fruncido de continuo, y sus ojos, fijos en los datos, se entornaban hasta casi cerrarse en una rendija.

Al ver aquel ceño fruncido, enroscado como si fuese a formar un remolino, a Cheng Sheng se le heló medio corazón: comprendió que su situación no era leve, sino grave.

La doctora dejó a un lado los resultados y comenzó a preguntarle con detalle por su historial médico y los fármacos que había tomado anteriormente. Cheng Sheng pensó que era una buena médica, pues él, alguien que siempre había detestado los hospitales, no sentía el menor rechazo hacia ninguna de sus palabras, e incluso hallaba su voz cálida y digna de confianza.

Cuando llegaron al tema de los medicamentos, Cheng Sheng se dio cuenta de que no recordaba los nombres complicados de los que había tomado. Quiso sacar del bolso las cajas de pastillas que había estado usando para mostrárselas, pero no lograba controlar el temblor de sus manos. Por más que lo intentaba, no podía sujetar bien el bolso. Se puso nervioso, y sus movimientos comenzaron a tornarse torpes, extraños, incluso un poco desesperados.

La doctora lo observó en silencio desde el otro lado y, con dulzura, le dijo:

—Tómate tu tiempo. No hay prisa.

Cheng Sheng volcó todas las pastillas sobre la mesa. Los frascos de plástico cayeron haciendo un ruido seco, metálico. La doctora tomó uno de los envases, con etiquetas completamente en inglés, lo examinó un momento y lo devolvió a la mesa. Luego, con el bolígrafo entre los dedos, empezó a clasificar sus síntomas.

—Tienes un historial de enfermedad de diez años, y llevas cinco tomando medicación. ¿Los primeros cinco años no eras consciente de tu condición, cierto?

Cheng Sheng asintió.

La doctora suspiró y añadió:

—Ahora mismo estás atravesando una fase de depresión severa. Necesitas cambiar de medicación.

La cabeza de Cheng Sheng se inclinó de inmediato, como si todo su cuerpo perdiera fuerza. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y las frotaba sin parar. De pronto pareció recordar algo, alzó la vista de golpe y preguntó con voz apagada, como dudando de sus propias palabras:

—Si no se lo digo a mi pareja… ¿podría notar que algo anda mal conmigo?

La doctora respondió con calma:

—Lo mejor sería que se lo contaras con honestidad. Será más saludable para ambos.

Cheng Sheng tragaba saliva una y otra vez, pero la garganta seguía seca. Con esfuerzo, logró decir:

—No puedo decírselo. Porque sé que, si se lo digo, él va a quedarse a mi lado. Él es ese tipo de persona, nunca dice palabras bonitas, pero siempre me da todo lo que puede darme. Y eso solo haría que me doliera más.

Que los pacientes no quieran contarle a su pareja es algo comprensible. Pero la razón de Cheng Sheng resultaba inusual. La doctora levantó la vista para mirarlo. Él tenía el ceño fruncido, los músculos de la cara tensos, como si dentro de sí estuviera librando una batalla emocional. La doctora dejó el bolígrafo sobre la mesa y, con cautela, le preguntó:

—Si te parece bien, ¿puedes contarme por qué? Podemos hablar un poco sobre tu vida sentimental. Eso puede ayudarte a entenderte mejor a ti mismo y también a tu pareja.

Cheng Sheng se quedó mirando sus ojos. Eran ojos en los que se podía confiar. Y entonces se dio cuenta de cuán fuerte era su necesidad de hablar. Como si hubiera sido rescatado, asintió con fuerza, y sin esperar respuesta del otro lado, empezó a contar su historia:

—Soy homosexual. Yo mismo no lo sabía antes, lo supe después de conocer a mi actual pareja.

Al terminar esa frase, Cheng Sheng notó cómo los ojos de la doctora temblaban ligeramente. Bajó la cabeza y sonrió.

—También soy un pecador —dijo.

La doctora no lo interrumpió, lo miraba con atención. Cheng Sheng tenía las manos apoyadas en una rodilla, una aferrada con fuerza a la otra, como si estuviera muy nervioso. Su voz temblaba al hablar, pero ella se daba cuenta de que estaba haciendo un gran esfuerzo: cada palabra salía medida, nítida, como si esa conversación fuera su última tabla de salvación.

—Nos conocemos desde hace diez años. La primera vez que lo vi, él era solo un estudiante normal de último año de preparatoria en una pequeña ciudad. Allí la contaminación era insoportable: fábricas por todas partes, un cielo gris, sin una sola nube, nada que ver con la capital. La mayoría de la gente no tenía más destino que entrar a una fábrica o a una mina de carbón; todos andaban tiznados y sucios. Solo unos pocos lograban salir para estudiar, y él estaba entre esa ínfima minoría. Siempre iba bien arreglado y su ropa llevaba un tenue olor a jabón.

»Yo sentía curiosidad por él, porque en aquel entonces yo era rebelde y arrogante. Pero mi rebeldía era como un postre después de haber comido hasta saciarse: empalagosa, vacía. Cuando me encontré con alguien como él, quedé en evidencia y me hice pedazos.

»Recuerdo que siempre vestía camisetas y vaqueros; a veces iba en moto para reparar cosas en casas ajenas, otras lo veía apoyado junto a la calle, fumando. Nunca se acercaba a hablarme, pero sus ojos siempre pasaban sobre mí, fugazmente, como sin querer. Se parecía a unos de esos protagonistas de las películas de arte que veía: callado, reservado, siempre con cara de tener mil cosas en la cabeza.

»Hasta entonces yo nunca había conocido el amor, ni sabía qué se sentía al abrazar o besar a una chica. Imaginaba que ellas, en general, debían de ser dulces y delicadas. Pero él era distinto. Era más alto que yo, podía dominarme, y en el sexo parecía saber exactamente qué hacer. Cuando me sentaba en su regazo, podía oler en sus mangas el tenue olor a tabaco mezclado con jabón. Y entonces nos besábamos; me empujaba contra la cama, me miraba desde arriba, y en mis ojos no cabía nadie más que él.

»Conocerlo me volvió loco. Solo quería arder con toda la intensidad, convertirme en cenizas y desaparecer de este mundo.

Al hablar de Zhang Chen, Cheng Sheng ya no pudo controlar sus expresiones. Sonrió con una ternura profunda, y al otro lado del escritorio, la doctora que lo observaba atentamente también sonrió.

Cheng Sheng siguió contando algunos enredos entre ellos, los malentendidos, los errores que él mismo había cometido. Su brazo temblaba levemente, y la garganta seca parecía cubrir sus palabras con una capa de polvo áspero. Aun así, siguió:

—Lo amo mucho. Pero mi amor, para él, ha sido solo error y culpa. No he hecho más que herirlo, a él y a su familia. En la muerte de su madre yo llevo la mitad de la responsabilidad. Y todas las humillaciones que sufrió después también fueron responsabilidad mía. Él no me culpa. Me dijo que lo ha olvidado. Pero yo no puedo olvidar. Me dijo que me perdona. Pero yo no puedo perdonarme. Yo lo herí… y no sé cómo sanar las heridas que dejé. Solo puedo seguir hiriéndome a mí mismo, una y otra vez. Las cosas que uno hace mal no desaparecen solo porque te perdonen, ¿verdad? —Cheng Sheng se quedó en silencio un momento, y luego forzó una sonrisa fuera de lugar, mientras miraba a la doctora y le preguntaba—: ¿Lo entiende usted?

La doctora asintió. Y aunque volvió a hablar con voz suave, su consejo fue firme:

—Deberías intentar hablar con tu pareja. Sin su participación, me temo que este problema nunca podrá resolverse de verdad.

Cheng Sheng seguía con la cabeza agachada, varios dedos encogidos, frotando una y otra vez sus piernas. No respondió a la sugerencia de la doctora; en cambio, apenas logró calmarse un poco de la agitación anterior, desvió rápidamente la conversación hacia otro tema:

—¿El cambio de medicación no afectará mi trabajo, verdad?

La doctora captó perfectamente todos esos pequeños gestos suyos, pero no lo forzó a enfrentar lo que acababan de hablar. Solo hizo una breve pausa, luego tomó el expediente de Cheng Sheng y retomó el tema del tratamiento.

—Lo ideal sería que consideraras tomar un descanso por un tiempo. Esperar a que mejores antes de volver al trabajo.

—No puedo —la interrumpió Cheng Sheng de inmediato—. Tengo una empresa. Mi socio no es chino, y todos los trámites del registro de la compañía quedaron a mi cargo. Además, ahora mismo estamos en una etapa de crecimiento, con miles de asuntos que requieren mi atención a diario. No puedo desaparecer, ni por un momento.

La doctora insistió con calma:

—Después del cambio de medicación, es probable que aparezcan efectos secundarios notables. Deberías saberlo: somnolencia, náuseas, dificultad para concentrarte… Trabajar en ese estado, forzándote, será muy difícil. Te aconsejo que lo hables con tu socio y lleguen a un acuerdo.

Cheng Sheng estaba a punto de decir algo cuando la doctora añadió:

—En tu situación actual, lo más recomendable sería un ingreso hospitalario durante un tiempo. Sería lo más seguro y estable.

Cuando salió del hospital, el cielo ya empezaba a oscurecer. Cheng Sheng no volvió a casa. Llevaba el informe del diagnóstico en la mano cuando entró a una cafetería. Se acercó al mostrador y pidió un americano con hielo, doble.

La chica que atendía levantó la vista, sorprendida en silencio al escuchar que alguien, a esa hora de la noche, pedía un americano y además cargado. Cheng Sheng no lo notó. Tomó su café, se dio la vuelta y fue a sentarse junto a la ventana.

Afuera seguía nevando, muy levemente. La nieve apenas tocaba el suelo y se derretía al instante. Cheng Sheng apoyó la cara contra el vidrio, observando los copos. La punta de su nariz se aplastaba contra el cristal, y en voz baja, tarareaba aquella melodía que Zhang Chen le había regalado el día que irrumpió en su computadora.

Sobre la mesa descansaba el diagnóstico. En la parte superior, bajo el membrete del hospital, se leía la primera línea: «28 de diciembre de 2007». La segunda línea decía: «Diagnóstico clínico: Trastorno afectivo bipolar, actualmente en episodio depresivo mayor sin síntomas psicóticos».

No fue hasta que la noche cayó por completo que Cheng Sheng apartó la mirada de la nieve y la dirigió de nuevo hacia el interior del local. Sacó el teléfono celular y le escribió un mensaje a Zhang Chen: «Hubo un problema con la empresa. Renuncia antes de tiempo. No se lo digas a los demás».

Después de enviar el mensaje, Cheng Sheng dejó el celular sobre la mesa y, casi sin pensarlo, tomó de nuevo el diagnóstico que aún yacía extendido frente a él. Se quedó mirando fijamente las palabras impresas, sin moverse, durante dos o tres minutos.

Entonces, con una calma extraña, alzó la delgada hoja de papel y comenzó a romperla, una y otra vez, hasta convertirla en finas tiras.

Muy pronto, junto a su taza de café, se formó una pequeña montaña de papel triturado. Sentado frente al vidrio que reflejaba su silueta, Cheng Sheng tomó un puñado de esas tiras y se las llevó a la boca.

Mientras masticaba el papel, pensaba: «Dios, ¿me estás mirando? Ya entendí que me equivoqué. Castígame a mí si quieres, pero no lo castigues a él. Él ya ha tenido suficiente con la vida como para encima tener que cargar con un enfermo. La persona que lo ame debería ser la mejor del mundo. Yo no lo soy. Pero puedo aprender. Por favor, no me quites también el tiempo y el derecho a aprender.

Solo quiero vivir una buena vida con él. ¿Por qué ni siquiera eso me concedes?».

Sus mejillas se inflaron visiblemente, llenas de tiras de papel. Aun así, seguía metiéndose más a la fuerza, hasta que su boca quedó repleta. Entonces empezó a masticar despacio, y mientras la nieve caía del otro lado del vidrio, se tragó cada pedazo del diagnóstico reducido a tiras.

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