Eran casi las ocho cuando llegaron a casa. Aunque Zhang Chen era eficiente, instalar aquellos dos radiadores nuevos le llevó una hora entera: apretar tuercas, desmontar tubos de aluminio, soldar conexiones… Solo tras un buen rato logró fijar ambos radiadores. Al abrir la válvula principal para comprobar la presión del agua, le lanzó una mirada fugaz a Cheng Sheng, en cuclillas cerca de él. Aquella mirada claramente decía: «Mira lo que has hecho. Dos hachazos tuyos y ahora alguien tuvo que correr de un lado a otro trabajando medio día».
Cheng Sheng, agachado detrás observando aquella demostración de habilidad, se quedó boquiabierto. Absorto, asumió con gusto aquella mirada poco amistosa. Al fin y al cabo, su único objetivo había sido ver a Zhang Chen en persona; unas cuantas miradas de reproche no significaban nada.
Antes de irse, la abuela le entregó a Zhang Chen ocho yuanes como pago por la reparación e instalación. Esta vez, Zhang Chen los aceptó con naturalidad, sin mostrar la expresión de humillación que había tenido cuando Cheng Sheng intentó darle dinero. Le agradeció a la abuela, se volvió hacia Cheng Sheng y también se despidió con un «adiós». Se echó al hombro la mochila que había traído y bajó las escaleras sin más.
Ese «adiós» dejó a Cheng Sheng con una extraña sensación de vacío. Una despedida tan común, tan corriente, como si no fueran más que dos desconocidos que se cruzan por casualidad, sin ningún lazo especial entre ellos.
¿Qué tipo de relación tenían? La pregunta que Cheng Sheng se había estado haciendo durante todo el camino parecía tener ahora una respuesta clara. ¿Qué más podían ser dos personas que se habían visto solo dos veces sino extraños? Una relación de comprador y vendedor, unidos solo por el hilo del negocio. Una vez concluido el trato, ese hilo se cortaría, dejando únicamente aire invisible y vacío entre ellos.
Cheng Sheng miró la silueta que descendía por las escaleras y, de pronto, cayó en la cuenta de esta realidad.
La abuela, que estaba al lado, acababa de quitarse las gafas de lectura que colgaban de su nariz, completamente ajena a los pensamientos que rondaban la cabeza de su nieto. En voz baja, le comentó:
—Qué buen chico, de verdad. Si hubiera nacido en nuestra familia, qué maravilla sería. Tu tío no tiene hijos, si tuviera uno así, tan sensato y hasta con maña para las tareas de la casa, estaría encantado. Yo creo que ese chico, Xiao Zhang, no es menos listo que tú. Si se hubiera criado entre los libros del estudio de tu tío, creciendo en ese ambiente, quién sabe, tal vez también podría entrar en Tsinghua o Beida…
Antes de que ella pudiera terminar de hablar, Cheng Sheng de repente gritó:
—¡Esta noche voy a quedarme en casa de Zhang Chen! ¡Acuéstese temprano, abuela! —Sin esperar su reacción, corrió de vuelta a la sala de estar, sacó su billetera del cajón y bajó las escaleras a toda velocidad.
Cheng Sheng salió del complejo justo cuando Zhang Chen acababa de montar en su motocicleta. Tenía la mano en el acelerador, el motor ya zumbaba, listo para partir.
Ese estruendo casi le partía la cabeza, pero entre el ruido, Cheng Sheng recobró la claridad. La mano que había levantado con intención de detenerlo cayó de golpe; ¿para qué detenerlo? Zhang Chen sólo estaba haciendo su trabajo, con la cuerda del negocio en mano, y fuera de ese trato, tal vez no tendría razón para prestarle atención.
Mientras pensaba esto, la figura de Zhang Chen desapareció por completo, dejándole solo una estela de gases de escape asfixiantes.
En realidad, Cheng Sheng estaba bastante lejos. Tan lejos, que no podía oler en absoluto los gases del escape. Tan lejos, que Zhang Chen ni siquiera se dio cuenta de que alguien lo había seguido. Y, aun así, de forma inexplicable, Cheng Sheng creyó percibir ese olor en el aire, una mezcla de gasolina y aceite de motor.
Junto al bordillo de la calle, cerca de la entrada, un pequeño toldo de plástico cobijaba un puestecito del mercado nocturno. Varios conductores de mototaxis ilegales estaban sentados alrededor de una mesita baja, tomando cerveza. Cheng Sheng se quedó parado solo unos segundos. De pronto, echó a correr, tan rápido que llegó jadeando al puesto. Agarró al azar a uno de los conductores, señaló con la mano en dirección a donde Zhang Chen acababa de desaparecer y, entre toses, dijo:
—¡Jefe, al complejo residencial de la Acería N.º 3, siga a ese chico de adelante, rápido!
Los demás conductores, al oírlo, alzaron la voz y agitaron los brazos como si el asunto fuera propio. Lanzaron un «¡Anda!» al afortunado conductor elegido, animándolo.
—¡No es fácil conseguir trabajo por la noche. Ve rápido y vuelve pronto. ¡Te guardaremos un par de cervezas!
El conductor sonreía de oreja a oreja, sin preguntarse por qué debía seguir a aquella otra moto. Matar, incendiar… mientras hubiera paga, daba igual. Así que, con toda naturalidad, empujó su moto tipo cub y llevó a Cheng Sheng rumbo al complejo residencial de la Acería N.º 3.
Durante todo el trayecto, Cheng Sheng no se abrazó en ningún momento a la cintura del conductor de la moto. Se limitó a sujetarse, como era debido, de las barras metálicas a los lados del asiento. El camino por la noche estaba en mal estado, y los baches lo hacían tambalearse sin parar, pero él, testarudo, no cedió. Incluso se inclinó hacia atrás, alejando a propósito su cuerpo del del conductor.
El complejo residencial de la Acería N.º 3 no estaba muy lejos del del Instituto de Diseño. Las dos motos, a toda velocidad, tardaron menos de diez minutos en llegar a la entrada.
Probablemente Zhang Chen jamás había vivido la experiencia de ser perseguido, así que, durante todo el trayecto, no notó que una motocicleta lo venía siguiendo a poca distancia, hasta que entró al complejo residencial de trabajadores.
El complejo tenía unas diez filas de edificios, todos de solo tres pisos. Temiendo ser descubierto, Cheng Sheng no se atrevió a pedirle al conductor que entrara, así que le indicó que se detuviera en la puerta y saltó de la moto.
Aquel conductor parecía honrado, pero pidió un ojo de la cara. Al ver que Cheng Sheng miraba inquieto a todos lados, vestido con elegancia y sin acento local, soltó sin dudar:
—Tres yuanes.
Cheng Sheng se quedó sin palabras. Zhang Chen había ganado solo ocho yuanes por todo el lío de cambiar los radiadores, ¿y este tipo se atrevía a pedirle tres por un viaje de apenas tres kilómetros?
El conductor soltó una sonrisa algo incómoda, pero no soltó prenda. Con acento local, explicó:
—¡Es la tarifa nocturna!
En otros tiempos, tres o cinco yuanes no le habrían hecho la menor diferencia, todo era lo mismo, un montón de billetes. Pero hoy, al recordar los ocho yuanes en la mano de Zhang Chen, se le apretó el pecho y sintió un malestar inexplicable y repentino. No quería que ese conductor de mototaxi ilegal se llevara el dinero tan fácilmente.
Miró a lo lejos: Zhang Chen ya había aparcado la moto junto a un árbol y la aseguraba con la cadena. Como de costumbre, tiró un par de veces del candado después de cerrarlo, y solo tras asegurarse de que estaba bien, caminó hacia su edificio.
Al verlo entrar en la unidad residencial, Cheng Sheng se puso un poco nervioso. Entonces trató de razonar con el conductor:
—Del Instituto de Diseño a la estación de tren solo cobran dos yuanes, ¿y esto cuántos kilómetros fueron? ¿Cómo va a pedir tres yuanes de entrada?
El conductor, como un loro, repitió la misma frase una y otra vez:
—¡Esta es la tarifa nocturna!
—Pero solo me quedan dos yuanes —mintió Cheng Sheng.
Ante esto, el conductor se quedó sin argumentos. Ya no sonreía; con cara de pocos amigos, tomó los dos yuanes que Cheng Sheng le ofrecía y, dándose la vuelta, escupió al suelo con desprecio.
Cheng Sheng no tuvo tiempo de reflexionar sobre esta hostilidad que había surgido en apenas unos minutos. Murmurando para sí mismo el número del edificio al que Zhang Chen acababa de entrar –Edificio 3–, dio la vuelta y corrió hacia la parte trasera del bloque para inspeccionar los apartamentos uno por uno.
Eran las nueve de la noche. Casi todos los departamentos tenían la luz encendida. En la unidad tres, de los tres pisos, solo el segundo estaba completamente a oscuras. Cheng Sheng se quedó mirando fijamente esa ventana. No estaba seguro. ¿Y si era otro apartamento? ¿Y si en realidad la casa de Zhang Chen era una de las ventanas iluminadas?
Se quedó de pie, erguido, bajo la sombra en la parte trasera del edificio. Las hojas del árbol junto a él, agitadas por una brisa pesada, le rozaban el cuello al levantar la cabeza, como un cosquilleo insistente, el mismo tipo de picazón que sentía por dentro en ese momento: una inquietud que no podía rascarse.
Alzó la vista hacia ese viejo edificio de ladrillos oscuros. Su mente, fuera de control, se dispersaba bajo el cielo nocturno como una nube de vapor, aferrándose a esas tres ventanas, trepando con desesperación, como queriendo colarse dentro.
No pasó mucho antes de que, de pronto, se encendiera una luz en el segundo piso. Era una luz amarillenta, cálida. Aunque los separaban dos pisos, Cheng Sheng tuvo una inexplicable sensación de sobresalto en el corazón.
Tragó saliva y empujó con fuerza la billetera más al fondo del bolsillo de su pantalón, aturdido mientras se acercaba al edificio.
En el primer piso, las cortinas estaban bien cerradas, sin dejar siquiera una rendija. La luz tenue que se filtraba a través de la tela caía sobre el rostro de Cheng Sheng. El corazón le latía desbocado, incluso más que aquella tarde, cuando se había apoyado contra la espalda de Zhang Chen.
Sabía perfectamente que estaba a punto de hacer algo malo. Antes de continuar, escupió al suelo, como si con ese gesto expulsara toda su moral. Se dio dos palmadas en las manos, un acto simbólico, sin utilidad real, pero que, una vez hecho, le dio el valor para seguir adelante. Agarró con una mano los barrotes de hierro de alguna reja antirrobo del primer piso –la casa del desafortunado residente de la planta baja– y con la otra se sujetó de una vieja tubería oxidada. Impulsó el cuerpo hacia arriba y comenzó a trepar con soltura.
De niño, Cheng Sheng solía trepar árboles con frecuencia, llegando incluso a sufrir una leve conmoción cerebral por una caída, lo que hablaba bien de su habilidad para escalar.
Los que se ahogan son los que saben nadar, y lo mismo pasa con los árboles: solo se cae quien sabe trepar. Cheng Sheng era uno de esos. Subía con agilidad, en apenas un par de movimientos podía llegar a la cima. Pero tenía el defecto de presumir demasiado. Aquella vez, encaramado en la copa del árbol, se puso a fanfarronear frente a los niños de abajo, moviendo brazos y piernas con arrogancia, hasta que perdió el equilibrio y de pronto se desplomó de cabeza. Durante la caída, aún llevaba en la cara esa expresión de orgullo que no alcanzó a borrarse a tiempo. Bien merecida la leve conmoción cerebral con la que acabó.
Esta vez, en cambio, había aprendido la lección. Trepaba con cuidado: una mano en la tubería, la otra en la reja del primer piso. Y así, en medio del calor sofocante de la noche, paso a paso, fue subiendo en silencio hacia la ventana del segundo piso.
La ventana del segundo piso estaba completamente abierta, y las cortinas, corridas. Desde dentro se oía una voz recitando textos de chino clásico. La voz no era alta, sino un poco ronca, ligeramente nasal.
Cheng Sheng ni siquiera necesitó mirar: con solo escuchar, supo que había llegado al lugar correcto. Su mente seguía nublada, aturdida. El coraje que había tenido hasta ese momento se desvaneció por completo con aquella voz, disipándose como el viento en la noche.
Se colocó en un rincón oculto, apoyando los dos brazos sobre el borde del balcón. Un pie lo tenía posado sobre la parte superior de la reja del primer piso, el otro firme sobre la tubería al lado de su cuerpo.
Esperó largo rato, tanto que casi se quedó dormido, sin tener idea de qué se suponía que debía hacer después. De pronto le dieron ganas de darse un par de bofetadas. ¿Qué demonios estaba haciendo? Era asqueroso. Repulsivo. Usando las palabras de su padre, Cheng Ruchun, lo suyo era una violación de la ley y el orden, una perturbación del orden público. Si hubiera nacido unas décadas antes, ya lo habrían linchado a zapatazos entre todos. Incluso en esta época, debería estar encerrado en la comisaría un buen rato.
De pronto, la voz que recitaba se detuvo. Cheng Sheng volvió en sí, se armó de valor y asomó con cuidado la cabeza por encima del balcón, echando una mirada furtiva hacia el interior. Justo alcanzó a ver a Zhang Chen salir de la habitación con una taza de porcelana blanca en la mano, cerrando tras de sí la puerta de madera del dormitorio.
El cuerpo de Cheng Sheng siempre iba un paso por delante de su cerebro. Antes de que pudiera procesar lo que estaba haciendo, ya se había impulsado por el borde de la ventana y se había colado dentro.
Cayó de bruces al suelo con un golpe sordo. No fue demasiado ruidoso, y afuera la televisión transmitía el estruendo de una telenovela escandalosa, mezclado con los gritos de los padres de Zhang Chen, que discutían con tal furia que hasta harían palidecer a los bombardeos de una película bélica. En medio de semejante alboroto, el leve ruido que hizo Cheng Sheng quedó completamente sepultado. Nadie notó que un extraño acababa de colarse en el dormitorio.
Al caer, Cheng Sheng se golpeó la espalda. Probablemente amanecería con varios moretones, pero eso le daba igual. Agarrándose la cintura, se incorporó despacio y, con curiosidad, empezó a mirar a su alrededor, explorando el cuarto de Zhang Chen sin prestarle la menor atención a los golpes que se había dado.
El dormitorio de Zhang Chen no era grande: una cama de madera de un metro veinte, una sábana lavada hasta perder el color, un escritorio de madera con una hilera de libros apilados con esmero. Todos estaban forrados cuidadosamente con papel blanco, y en cada uno se leía, con letra pulcra, la materia y el nombre de Zhang Chen.
Los dormitorios de chicos suelen tener cierto desorden, pero el de Zhang Chen resultaba sorprendentemente impecable. Cheng Sheng chasqueó la lengua en silencio y, apoyando un brazo en el suelo de cemento, se incorporó torpemente.
Todavía no había decidido qué hacer, cuando de pronto, al otro lado de la puerta, se escucharon pasos sigilosos, el roce leve de unos zapatos.
Cheng Sheng maldijo internamente, y en un acto reflejo, se tiró al suelo a toda prisa. En su apuro, alcanzó a ver la pequeña cama de madera de Zhang Chen. Sin preocuparse por si había suciedad o polvo debajo, se arrodilló y, pegando la espalda al suelo, se arrastró con dificultad hasta meterse bajo la cama.
La puerta del dormitorio se abrió con un chirrido. Zhang Chen entró con su taza de porcelana blanca todavía en la mano. Había dado un par de sorbos de agua por el camino antes de sentarse junto al escritorio. Se frotó los ojos, cerró el libro de lengua que acababa de repasar y lo dejó a un lado, para luego sacar del estante un cuaderno de ejercicios y empezar a resolverlo.
Desde afuera, el ruido de una pelea se colaba con fuerza. A ratos se oía un «¡puta!», luego un «la pobreza arruina hasta el amor», y más tarde, un «pues anda, ve a venderte, las de la calle Mudan ganan mil yuanes al mes». A eso le siguieron ruidos de vidrios estrellándose y golpes metálicos, tan escandalosos que ni la puerta lograba contenerlos. Por más cerrada que estuviera, el estruendo se filtraba obstinadamente por cada rendija.
Sin embargo, Zhang Chen parecía estar ya acostumbrado. Seguía resolviendo sus ejercicios como si nada, haciendo oídos sordos al alboroto de afuera.
Cheng Sheng, con el rostro vuelto hacia las tablas bajo el colchón, escuchaba cada palabra de la pelea sin perderse una. Era desagradable. Verdaderamente desagradable. No como cuando su padre lo regañaba por no estar a la altura; aquellas palabras, por duras que fueran, siempre llevaban algo de afecto. Esto, en cambio, era una maldición. En toda su vida, Cheng Sheng nunca había imaginado que entre familiares pudieran decirse cosas tan repulsivas.
Debajo de la cama el espacio era estrecho, no podía girar el cuerpo, así que solo logró torcer un poco el cuello para mirar a Zhang Chen, que seguía resolviendo ejercicios. Lo único que alcanzaba a ver eran sus piernas delgadas: las puntas de sus pies golpeaban el suelo una y otra vez, marcando el ritmo de la discusión afuera, como si estuviera llevando el compás.
Cheng Sheng sonrió de pronto, en silencio. Y justo después, la acidez acumulada en su pecho estalló. Y enseguida se dio cuenta de que no era simple acidez, sino ácido sulfúrico: en un abrir y cerrar de ojos, lo empapó por completo, hasta corroerle los huesos. Sin desviar la mirada, siguió fijamente las piernas de Zhang Chen –esas que acompañaban la pelea como si le pusieran música–, y aquella acidez se volvió amargura.
Zhang Chen parecía mucho más tranquilo que él. Sus padres biológicos discutían como si el cielo se fuera a caer, y aun así, quien más lo sufría parecía ser Cheng Sheng. Pero justo cuando estaba hundido en sus emociones, sin poder salir de ellas, las dos largas piernas frente a su mirada se movieron de pronto.
Cheng Sheng pensó que Zhang Chen iba a salir a buscar más agua, o que, incapaz ya de soportar aquellos gritos tan desagradables, se lanzaría como un hombre hecho y derecho a enfrentarlos de una vez.
Jamás imaginó que esas dos piernas irían directo hacia él.
Zhang Chen se detuvo junto a la cama, alzó una pierna y le dio un leve golpe al somier. Luego, con voz tranquila, le dijo a la persona escondida debajo:
—Sal, se te ve la esquina de la camisa.
