Capítulo 69. Amor

Al tercer día de recibir el alta, Cheng Sheng y Frank llevaron regalos e invitaron a los inversores, uno por uno, a un gran banquete en un restaurante. Se sentía bastante apenado por haber retrasado tanto los proyectos debido a su salud, así que en la mesa no dejaba de disculparse:

—Quisiera brindar con cada uno, pero el médico me lo ha prohibido. Espero que me comprendan.

Uno de ellos soltó un «¡eh!» y agitó la mano repetidamente:

—¿Brindar? Estamos en una industria emergente, aquí no seguimos toda esa parafernalia de las reuniones de copas.

Dicho eso, el hombre se bebió de golpe un gran vaso y, suspirando una y otra vez, añadió:

—¿Que nos compren no es algo bueno? Es que no sabes en qué estado están nuestros proyectos: los que tenían que morir ya murieron, y los que sobreviven agonizan. Con que uno solo logre salir adelante será un gran triunfo; en cuanto a los demás, hay que apechugar.

Cheng Sheng se llenó la copa de Coca-Cola y brindó con él simbólicamente, también comentando con un suspiro:

—En todas partes hay que apechugar.

Al día siguiente, Cheng Sheng se presentó fresco como una lechuga para firmar el contrato. En el momento en que firmara, se convertiría oficialmente en un desempleado sin nada en la cartera; no hay identidad más despreocupada que la de un parado. Había reunido todas sus energías y desde primera hora de la mañana se había tomado varios cafés seguidos. Antes de acudir a la cita contractual, se hizo un hueco para pasar por la empresa, montado en su vieja bicicleta, la misma que usaba a diario para ir y volver del trabajo.

El edificio de la empresa era imponente. Cuando se mudaron allí, incluso habían cortado una cinta inaugural como es debido. Cheng Sheng subió en el ascensor, se ajustó la gorra hacia abajo y se subió un poco más el tapabocas. Caminó por el pasillo que solía recorrer a diario, directo hacia la sala de reuniones.

En esos dos meses había adelgazado aún más, y con la gorra y el tapabocas puestos, nadie lo reconoció en el trayecto. Avanzó sin prisa, tocando cosas aquí y allá, hasta que abrió la puerta de la sala de reuniones. Al instante, las dos filas de personas alrededor de la mesa, que tenían la cabeza gacha, alzaron la vista al mismo tiempo. Cada par de ojos reflejaba una emoción distinta. Cheng Sheng recorrió la sala con la mirada, luego la bajó, se quitó el tapabocas y la gorra, e hizo una profunda reverencia, con el rostro hacia el suelo, sin enderezarse. 

Todos pensaron que se quedaría así indefinidamente. Nadie se atrevió a decir nada. Pero, al poco rato, Cheng Sheng rompió el silencio desde la puerta con unas palabras: 

—Lo siento. Sé que han trabajado muy duro este tiempo. 

Las dos filas de personas permanecieron en silencio. Nadie dijo una palabra.

Cheng Sheng aún no había levantado la cabeza y, con el rostro hacia el suelo, continuó hablando: 

—La nueva empresa es mucho más grande que la nuestra. Tienen mejores oportunidades de crecimiento y un sistema de ascensos más claro. En todos los aspectos son superiores. Ir allá sin duda les ayudará más en su desarrollo profesional. Pero, al final, la decisión de quedarse o irse debe ser personal y valiente. Si se van, pueden odiarme todo lo que quieran. Si se quedan, desde ahora les deseo que superen pronto el período de adaptación en la nueva compañía. Sea como sea, espero que cada uno de ustedes abra pronto su propio camino. Yo, siendo egoísta, me retiro un paso antes. 

Todos seguían en silencio, hasta que Xiao Jin, sentado al frente, miró a ambos lados y, al ver que todos bajaban la cabeza, vaciló un momento antes de decir: 

—Un buen final es mejor que un mal principio. No te culpes. 

—Gracias —respondió Cheng Sheng. 

Al salir de la empresa, Cheng Sheng dio una vuelta saltarina como un pájaro recién liberado junto a la hilera de árboles ornamentales, como si quisiera desahogar esa sensación indescriptible de libertad. Cuando por fin se sintió completamente liviano, casi eufórico, metió la mano en su bolso para palpar el contrato y recordar el tiempo exacto que le quedaba antes de desvincularse por completo del trabajo.

El contrato ya estaba negociado desde hacía tiempo. Firmarlo por la tarde era solo un trámite, pero Cheng Sheng estaba inusualmente animado. Al ver la astronómica cifra escrita en el documento, sus ojos brillaron como si atrapasen oro. Lao Fu, sentado a su lado, movió la cabeza ante su actitud de «primerizo». ¿Acaso los hijos de familias ricas no amaban los coches, las mansiones, los lujos, todo lo que el dinero podía comprar, excepto el dinero en sí, justo lo que más tenían? ¿Por qué Cheng Sheng era justo lo contrario?

Cheng Sheng no tenía idea de lo que Frank rumiaba en su cabeza. Exteriormente, se limitaba a lidiar con los veteranos negociadores al otro lado de la mesa, mientras que internamente hacía cálculos sobre cuántos años de derroche le asegurarían este dinero a Zhang Chen. Aunque Zhang Chen ya no necesitaba su dinero desde hacía mucho.

De camino a casa, Cheng Sheng compró un calendario. Cada noche, antes de dormir, tachaba un día con un bolígrafo verde oscuro. La primera vez que lo hizo, ocurrieron cosas inesperadas: de pronto comenzó a notar detalles que antes pasaban desapercibidos: por ejemplo, un perro que siempre daba vueltas alrededor de la fuente del vecindario, aunque jamás había visto a su dueño; las verduras del supermercado junto a la puerta lateral eran siempre dos o tres pesos más baratas y mucho más frescas que las del gran supermercado de cadena en la esquina: sus padres ya habían dejado por completo de entrometerse en sus asuntos, e incluso su madre, de vez en cuando, sacaba a relucir a Zhang Chen, y cada vez le pedía a Cheng Sheng que se llevara un montón de cosas, diciendo que todo era para Xiao Zhang.

Los días de abril en aquel calendario pronto quedaron ahogados bajo la tinta verde oscuro del marcador. Y entonces llegó la última semana. 

En esa última semana, Cheng Sheng se acercó a la floristería cerca de la entrada principal de su urbanización y compró varias macetas: potos, sansevierias de bordes dorados y un gran ramo de tulipanes morados. Ya en casa, colocó las plantas una por una en el balcón y se quedó agachado frente a ellas durante horas, contemplándolas en silencio y pensando que, en el futuro, tener algunas plantas y flores acompañando a Zhang Chen sería mejor que su propia presencia ruidosa. 

Cuando terminó de observarlas, fue a la cocina, lavó el jarrón nuevo, lo llenó de agua y sumergió los tulipanes, cuyos tallos acababa de recortar. Satisfecho, lo colocó en el centro exacto de la mesa del salón.

Pero incluso después de ocuparse de las flores, Cheng Sheng sintió que faltaba algo. Así que desempolvó los cientos de dibujos que había hecho durante ese mes y medio y los hojeó al azar. Había paisajes y personas: sus padres, sus amigos de la infancia, Haiyan y Zhang Chen. Tenía a Zhang Chen sentado en las escaleras afinando su equipo de frente, con los auriculares puestos mientras discutía ideas con otros de perfil, y de espaldas dirigiendo a alguien en una grabación a través del cristal del estudio. Todos esos momentos los había dibujado de memoria y usando su imaginación, sin enseñárselos a nadie, guardandolos para sí uno a uno. Pero ese día, los metió para siempre en el rincón más profundo de la cajonera.

Finalmente, cuando Cheng Sheng colocó sobre la mesilla de noche el contrato de transferencia de bienes que había hecho redactar días antes por su abogado, sintió por primera vez la tangible certeza de que todo estaba a punto de terminar. No  tenía cosas más complicadas que preparar, solo ver el concierto y encontrar una ventana adecuada y saltar, con la misma libertad despreocupada con que de niño saltaba los muros. 

Aferrando un cojín contra su pecho, se dejó caer en el sofá, liberado de todo pensamiento.

En los últimos días, Zhang Chen había estado muy distinto, haciendo cosas que normalmente jamás haría: llevó a Cheng Sheng a la tienda de piercings donde solía ir cuando estudiaba para hacerse varias perforaciones en las orejas, fue con él a comprar ropa nueva, y cuando no había nadie alrededor de repente lo abrazaba por detrás.

El último fin de semana, compraron bolsas llenas de prendas nuevas y las dejaron amontonadas en el suelo de la sala. Ellos, en cambio, estaban acostados en la cama grande del dormitorio, cuerpo contra cuerpo, sin que ninguno dijera palabra.

No sabía cuántas horas habían pasado, pero Cheng Sheng seguía sin poder dormir. Sintió que Zhang Chen a su lado tampoco dormía, así que tentó su brazo con un dedo. Pero apenas hizo el movimiento, su muñeca fue atrapada.

—¿Qué haces despierto? —le preguntó Zhang Chen. 

Tendido boca arriba, Cheng Sheng clavó la mirada en el techo.

—No puedo dormir. ¿Y tú? ¿Por qué sigues despierto? 

—Yo no necesito dormir para tener energía —respondió Zhang Chen. 

Cheng Sheng chasqueó la lengua y giró hacia él.

—Con razón siempre estás tan lleno de vigor. Mi profesora de arte decía que los que llevan el arte al extremo son todos unos locos. Energía desbordante, mente excéntrica. Incluso me asustaba con eso de «No te fíes aunque parezcan tranquilos, cuando empuñan sus herramientas, los locos que llevan dentro rompen la jaula». 

Tras decirlo, Cheng Sheng miró a Zhang Chen con una sonrisa y le preguntó:

—¿Tú eres así?

Zhang Chen lo miró.

—Yo no lo he llevado al extremo; lo hago bastante mal, en realidad.

—¿Y a qué extremo más querrías llegar? ¿Perfección técnica? —Cheng Sheng negó con la cabeza—. Yo escucho cosas distintas a los demás. Eso, para mí, es el extremo.

Zhang Chen solo sonrió, sin decir nada más. 

Los dos permanecieron acostados en silencio un rato, pero ninguno lograba dormirse. Cheng Sheng, bajo las cobijas, tomó la mano de Zhang Chen y entrelazó sus dedos con los de él, ajustándolos perfectamente. De pronto, preguntó:

—Si hubiera una próxima vida, ¿qué te gustaría hacer?

—Nada en especial —respondió Zhang Chen casualmente—. ¿Tú sí?

—Déjame pensar… —Cheng Sheng se acercó poco a poco hacia Zhang Chen hasta apoyar la cabeza en su hombro. Su expresión en la oscuridad era inusualmente seria—. ¿Seguir estudiando? La verdad, no hacer el doctorado fue un arrepentimiento. No debí oponerme a mi padre; él sabe bien para qué soy bueno.

Al pensar en algo que le llenaba de alegría, Cheng Sheng se incorporó de golpe, con el torso erguido. Dentro del edredón no dejaba de sacudir la mano de Zhang Chen que tenía asida, y parecía tan exaltado que hasta sus palabras salían entrecortadas, sin llegar a encadenarse del todo.

—¡Ya sé qué quiero hacer! En la próxima vida, definitivamente aprenderé otros estilos de batería, y los dos iremos a tocar a la calle. Tú con la guitarra y yo con la batería, con una lata para las monedas en el suelo. Si nos va bien, por la noche nos daremos un buen banquete; si nos va mal, pues a alimentarnos del aire frío. ¿No sería genial?

»¡Ah, no, no! —se interrumpió a sí mismo, negando con la cabeza—. Solo tocar no sirve. ¿Y si no nos da para vivir? Deberíamos abrir primero un pequeño local, una cafetería o un restaurante, asegurarnos de no morir de hambre antes de salir a tocar.

Cheng Sheng lo meditaba con una seriedad casi absurda, el rostro iluminado, completamente sumergido en su fantasía.

—Vaya si sabes soñar despierto. 

Cheng Sheng se volvió a meter bajo las cobijas y, al imaginar que en su próxima vida podrían empezar de nuevo, no pudo contener una risita tonta.

—Ya que dices que son sueños, pues claro que hay que soñar a lo grande. Total, en la próxima vida hay que hacer lo que de verdad nos guste.

Zhang Chen le apretó la mano y le lanzó un balde de agua fría:

—Pero nadie nace sabiendo qué le gusta de verdad. Hay que pasar por muchas cosas que no nos gustan para descubrirlo, ¿no?

Las palabras lo despertaron de golpe. La expresión ilusionada de Cheng Sheng se desvaneció por completo, y asintió, desanimado.

—Tienes razón. Aunque volviera a vivir, sería lo mismo. Vaya callejón sin salida.

Zhang Chen se giró hacia él y lo miró fijamente en la oscuridad, sin ofrecer consuelo. 

Cheng Sheng, perceptivo, notó esa mirada. En un instante se acurrucó contra él, abrazándolo con fuerza bajo las sábanas, envolviéndolo con brazos y piernas. El breve desánimo por lo de la próxima vida ya se había esfumado; apenas se calmó un instante, ya volvió a parlotear sin descanso acerca de nimiedades sin importancia.

—Últimamente he descubierto un montón de cosas. Hay un perro ciego que siempre anda rondando la fuente de nuestro vecindario. Todos los días, cuando voy a cierta hora, lo veo dando vueltas y vueltas. Y también me enteré de que los vegetales en el supermercado de la puerta lateral son varios centavos más baratos que los del super de la esquina. Por eso hoy, al volver por ahí, compré un montón de lechuga celta y tomates. Todavía quedan en el refrigerador esas albóndigas y el tofu frito que me mandó mi mamá. ¿Quieres comer cazuela? Mañana me levanto temprano y te lo preparo, así salimos bien calentitos para el festival de música y armar tremendo escándalo. ¡Te aseguro que gritaré más fuerte que tus fans!

Zhang Chen no respondió, pero no apartaba los ojos de él. Al poco rato, lo rodeó lentamente con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro, y escuchó atentamente cada palabra. 

Cheng Sheng se sintió algo inquieto por el gesto íntimo tan repentino, pero aun así lo abrazó con fuerza y siguió divagando sobre esas nimiedades: 

—Además de los tulipanes del jarrón en la mesa, compré varias macetas de potos y sansevierias. Las verás si vas al balcón. Hablando de eso, pasé mil veces por esa florería, pero nunca entré. Hoy cuando fui a comprar flores me di cuenta de lo superamable que es la dueña, me regaló una tarjeta de descuento y hasta me enseñó a hacer unos arreglos florales sencillos. Estuve practicando un rato y me sentí tan relajado. La tarjeta la dejé en el cajón de la mesa. ¿Te animarías a aprender? 

—No —dijo Zhang Chen.

Cheng Sheng chasqueó la lengua, pero no le dio importancia. En menos de un segundo ya había cambiado de tema, pasando con naturalidad a hablar de su familia: 

—En realidad, a mi mamá le caes muy bien. Y mi papá no te odia tanto como crees. ¿Sabes a qué tipo de gente odia más? A los ricos. ¿No es ridículo? Un tipo como él, que siempre anda sacando provecho, ¿con qué derecho odia a los adinerados? Encima siente lástima por los que sufren. A veces vemos las noticias juntos y, de la nada, se le llenan los ojos de lágrimas diciendo: «Esos pobres, ojalá pudiera ayudarlos». ¿Cómo puede alguien ser tan contradictorio? Después de todas las maldades que ha hecho él mismo… 

»Bueno, tampoco soy quién para juzgarlo. ¿Acaso yo no soy igual de contradictorio? 

»Y en cuatro meses cumpliré veintinueve. Me acerco a los treinta, pero no quiero envejecer. Ojalá pudiera quedarme para siempre en los veintes. —Hizo una pausa, frotando la barbilla contra el hombro de Zhang Chen con una sonrisa—. Pero tú sí puedes envejecer. Mejor aún, hazlo ya.

»Ah, y si tienes oportunidad, tienes que conocer a mi tío abuelo. El viejo es todo un personaje. Parece un mapache pelirrojo, y lo que más le gusta es pasear a sus pájaros, jugar ajedrez y recorrer el supermercado. Cuando juega, se queda inmóvil, clavando los ojos en el tablero con una mirada, bueno, como la que yo te dirijo a ti.  —Al llegar aquí, hizo una mueca—. Bueno, en realidad no sé qué cara pongo cuando te miro. Todo esto me lo estoy inventando. Siempre estoy imaginando cosas raras. 

»Dime, ¿qué diablos es el amor? ¿Quién se inventó esa palabra? ¿Acaso quien la creó sabía lo que era? Y si no lo sabía, ¿para qué la inventó? ¿Solo para torturar a gente como yo?

»Te amo, aunque no tenga ni idea de lo que significa esa palabra, todavía te amo.

En la oscuridad, Zhang Chen no se había movido en todo ese tiempo. Esperó a que ese tipo que hablaba como una ametralladora finalmente se callara, y entonces dijo:

—Hablas demasiado.

Cheng Sheng lo admitió con naturalidad: 

—No sé qué me pasa. Desde pequeño he sido un parlanchín, como un petardo incansable que agota a todo el mundo a fuerza de hablar. 

—Esa boca también podría usarse para otras cosas.

—¡Guau! —exclamó Cheng Sheng al instante, enganchando el mentón de Zhang Chen con el dedo medio—. ¿Tanto te gusta mi boca? 

—Claro. Es mía.

Cheng Sheng lo miró a los ojos y, al ver cómo en ellos iba asomando poco a poco una sonrisa, sintió de pronto unas ganas inexplicables de llorar. Sin embargo, se contuvo con fuerza: no dejó caer ni una lágrima. Al final, para no delatarse, se precipitó bajo la colcha que cubría a los dos; enseguida, desde fuera, se dibujó la silueta de una espalda humana. No pasaron ni unos segundos antes de que aquel edredón doble empezara a ondular como una ola al compás de los movimientos que ocurrían dentro.

Zhang Chen cerró los ojos. Bajo el edredón, sus dos manos peinaban una y otra vez el cabello de Cheng Sheng. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando empezó a jadear levemente; sus pestañas temblaban siguiendo el movimiento de quien estaba debajo. Aquellas manos, que hasta entonces podían considerarse tiernas, de repente apretaron el cabello del otro.

El de abajo percibió su reacción. Dentro de las cobijas, tomó una de sus manos y la guió desde su mejilla hasta el pecho, deteniéndola finalmente sobre su corazón. 

Al poco rato, Cheng Sheng sacó la cabeza de entre las cobijas con el rostro cubierto de líquido, sin molestarse en secarse. Recostó la cabeza en el pecho de Zhang Chen y murmuró:

—Llevamos casi once años conociéndonos. ¿Por qué mi corazón sigue latiendo tan rápido? ¿Por qué nunca me canso de esto? 

Zhang Chen apretó contra sí su cuerpo completamente desnudo, lo movió un poco hacia arriba y apoyó la barbilla en su coronilla, aún algo húmeda. 

—¿Once años? Fueron dos meses, y luego diez. En total, ni siquiera un año completo.

Cheng Sheng, que estaba recostado sobre su pecho, al oír esas palabras se dio la vuelta de repente. Apoyó un brazo sobre el cuello de Zhang Chen y lo miró fijamente a los ojos, sin apartar la vista.

Zhang Chen leyó su mensaje sin palabras.

—Bésame si quieres —dijo. 

Cheng Sheng, de repente, apoyó su frente contra la de él y lo besó. Cruzó los brazos detrás de su cuello y dejó que su cuerpo se meciera lentamente al ritmo del beso.

Esta vez se besaron con una intensidad inusual. No era como de costumbre, un simple enredo de cuerpos: ahora parecía más un forcejeo psicológico. Apenas Cheng Sheng mostró un atisbo de ofensiva, Zhang Chen lo presionó contra la cama; quedó tendido boca arriba, inmóvil, sin la menor posibilidad de resistirse. 

Cheng Sheng sentía calor; el aire ardiente llenaba todos los rincones de la habitación. Alzó los brazos bien alto y los colgó sobre el cuello de Zhang Chen. Sus ojos vagaban una y otra vez por su rostro, intentando grabar en su memoria cada uno de sus rasgos y cada centímetro de su piel.

Cuando hubo memorizado lo suficiente, Cheng Sheng alzó la cabeza y le besó las gotas de sudor de las pestañas, luego le dio un beso en los párpados, y después, conscientemente, se retiró de vuelta a su propio territorio.

Todo alrededor estaba impregnado del aroma de Zhang Chen. Cheng Sheng sintió como si se hubiera refugiado dentro de un frasco, donde los disturbios del mundo exterior no tenían nada que ver con ellos. No había lugar más seguro que este en todo el mundo. Abrazado al cuello de Zhang Chen, pensó con codicia: «Si de verdad Zhang Chen pudiera estar en perfecta sintonía conmigo…».

Aún no había terminado de pensar cuando Zhang Chen se inclinó sobre él, dominante, con una intención que no admitía rechazo, borrando por completo todos sus pensamientos complejos de hacía un momento.

Al día siguiente, frente al espejo, Cheng Sheng descubrió que tenía los labios despellejados, y en la comisura de la boca una costra de sangre reseca. Seguramente, la noche anterior Zhang Chen lo había besado hasta hacerlo sangrar.

Con aquella boca que a simple vista delataba lo que había estado haciendo, Cheng Sheng fue a visitar a su tío paterno. El anciano lo miró de reojo, negó con la cabeza y no dijo nada; se limitó, como cada vez que Cheng Sheng lo visitaba, a sentarse con él en el patio para jugar una partida de ajedrez.

El tío de Cheng Sheng podía considerarse casi un maestro en el ajedrez; : en sus tiempos había vencido a todos los de varias calles. En cuanto el anciano agarraba una pieza, parecía transformarse: de sus ojos, antes apacibles, brotaba de pronto un fuego intenso. Cada movimiento lo hacía con más firmeza que al caminar, y cada vez que la mano quedaba suspendida en el aire, dudando, no dejaba de soltar un par de suspiros.

—Si se tratara de cualquier otra cosa, seguro que no vacilaría así. Pero al ajedrez lo amo de corazón, y no hay manera de convencerme a mí mismo de despacharlo a la ligera. Por eso termino atormentado entre el avanzar y el retroceder.

Esta vez Cheng Sheng entendió. Mirando el tablero, le dijo:

—Tío, haga la jugada sin vueltas. Yo nunca le gano, y usted lo sabe de sobra.

Apenas había terminado de hablar cuando el teléfono vibró en su bolsillo. Cheng Sheng echó una ojeada a su tío: el anciano seguía con una ficha blanca en la mano, el ceño fruncido, sin decidirse a colocarla en el tablero. Aprovechando ese momento, contestó la llamada delante de él.

Al otro lado estaba Zhang Chen. Hoy debía de estar ocupado en el estudio de grabación, y sin embargo, de pronto lo llamaba con un tono inusualmente apremiante, como si temiera que Cheng Sheng hubiera salido solo y le pasara algo. Su tono al hablar no fue nada amable; preguntó de frente:

—¿Dónde te habías metido?

Al oírlo tan apremiante, Cheng Sheng sintió una mezcla de incomodidad y orgullo. Pero, temiendo que fuera por un asunto serio, no bromeó; con toda honestidad informó de su paradero:

—Estoy en casa de mi tío, jugando al ajedrez con él. ¿Qué pasa? ¿Por qué tanta prisa?

Del otro lado se escuchó un suspiro de alivio.

—No es nada. Tengo un regalo para ti. Cuando termines con tu tío, pásate por el estudio; todavía tengo que hacer algunas cosas aquí.

En cuanto oyó la palabra regalo, Cheng Sheng perdió toda concentración para acabar la partida. Sin importarle que su tío abuelo permaneciera frente al tablero con el ceño amargo, recogió a toda prisa sus piezas negras en la caja y, dejando al viejo solo ante el tablero, le dijo:

—Mi marido me llama, es cuestión de vida o muerte. Hoy no puedo acompañarlo.

Aquella forma de llamarlo fue tan impactante que el anciano estuvo a punto de escupir sangre. Al fin apartó la vista del tablero y la alzó hacia Cheng Sheng, sorprendido, solo para encontrarse con su expresión tranquila, como si no le diera mayor importancia. Con un gesto rápido de manga, guardó las fichas blancas en la caja y zanjó de plano:

—No jugamos más.

Cerró la caja, se volvió y exclamó con un suspiro.

—Sheng Sheng, esto es un deliberado desenfreno, es peligroso.

Cheng Sheng se ajustó la mochila que había traído y se encogió de hombros.

—Es una parte de mi carácter que no puedo cambiar, y lo he aceptado.

El anciano nunca había imaginado que Cheng Sheng diría algo así. Quiso detener su figura al verlo de espaldas, pero la mano que extendió se retrajo rápidamente en el aire. El viejo negó con la cabeza y volvió a sentarse solo en su asiento, susurrando entre dientes mientras sacaba una a una las piezas de ajedrez blancas y negras que acababa de guardar en la caja, jugando una partida solitaria consigo mismo.

Al salir de casa de su tío, Cheng Sheng tomó un taxi hacia el estudio de grabación de Zhang Chen. El vehículo avanzó a trompicones durante casi una hora sin llegar, y Cheng Shen, agonizando en el asiento, reflexionaba sobre qué regalo le habría preparado, sin poder adivinarlo por más que lo intentaba.

Hasta que Cheng Sheng llegó a su destino y, desde lejos, vio estacionada frente al estudio de grabación de Zhang Chen una imponente motocicleta gris plateada, reluciente como recién encerada.

Zhang Chen, vestido con una camiseta y pantalones vaqueros, el flequillo desordenado por el viento, jugueteaba con un casco en las manos. Al escuchar el chirrido de los frenos más adelante, levantó la cabeza y le hizo una seña con la mano a Cheng Sheng, que venía en el taxi.

Contemplando la motocicleta, Cheng Sheng quedó momentáneamente aturdido. Pagó apresuradamente y corrió hacia el otro lado de la calle, pero detuvo su marcha abruptamente tras unos pasos, quedándose paralizado en el lugar mientras observaba el nuevo objeto. Después de un largo rato, al fin logró articular una pregunta:

—¿Esto es el regalo? ¿Cuándo la compraste?

Zhang Chen se acercó y le lanzó el casco.

—La reservé hace mucho, y hace unos días saqué tiempo para recogerla en la tienda.

—¿Por qué de repente se te ocurrió comprar una moto?

—Quería llevarte a dar una vuelta.

Cheng Sheng preguntó de nuevo:

—¿Habrá sido muy cara? Se ve mucho más impresionante que aquella moto anticuada que tenías hace diez años.

Zhang Chen ya había anticipado esa pregunta y asintió con naturalidad.

—Claro que es cara. La compré vendiendo propiedades. Solo me quedan el estudio de grabación y el departamento donde vivo ahora.

Cheng Sheng, que aún no salía de su asombro, soltó un grito ahogado por la inesperada declaración:

—¿En serio? ¿Qué clase de moto es tan costosa? ¿Vendiste todas tus propiedades?

Zhang Chen ya se había puesto el casco y montado ágilmente en la moto. A través de la visera, hizo un gesto con la barbilla hacia Cheng Sheng, que seguía paralizado en el mismo sitio.

—Es broma. La moto no fue tan cara, pero sí vendí las propiedades. Antes de que fueras al hospital ya había contactado a un agente para ponerlas en venta. Hace un tiempo firmé la venta de las cuatro.

Cheng Sheng sostenía en sus manos un casco de moto que pesaba algo más de un kilo, tan pasmado que por un momento no supo cómo reaccionar. Pasó un buen rato antes de que, negando con la cabeza, se apresurara hacia él; en el camino seguía moviendo la cabeza mientras decía:

—Pero… con el rápido desarrollo actual, los precios de las propiedades sin duda se dispararán. Quién sabe cuántas veces se multiplicarán, ¿acaso no sabes que has incurrido en una enorme pérdida?

—Lo que pase en el futuro no me importa —dijo Zhang Chen—. Ahora no las necesito, solo quiero que nosotros seamos felices.

Cuando habló, su figura estaba bañada por la luz del sol, su rostro mostraba una expresión serena y su contorno brillaba intermitentemente bajo los deslumbrantes rayos. Cheng Sheng lo miró un instante y bajó rápidamente la vista, tocándose los párpados sin decir palabra.

Aprovechó ese momento con la cabeza agachada para recomponer su expresión descontrolada. Cuando alzó la vista nuevamente, no quedaba rastro de emoción. Se colocó el pesado casco y, torpemente, como hacía diez años, montó en la parte trasera de la moto. Antes de que Zhang Chen arrancara el motor, lo abrazó firmemente por la cintura.

Poco después, se escuchó el rugir del motor al encenderse. Antes de partir, Zhang Chen le dijo:

—Primero daremos una vuelta y luego iremos a comer a un restaurante.

El sol comenzaba a ocultarse. Los dos recorrieron una antigua calzada vacía hasta un puente desierto, envueltos por la luz rojiza del atardecer. Cheng Sheng, pegado a la espalda de Zhang Chen, sentía el viento soplar contra su rostro. Se sentía arder, con algo en su interior a punto de desbordarse, imposible de contener. Debía decirlo. De pronto, apoyó las manos en los hombros de Zhang Chen, enderezó medio cuerpo y gritó palabra por palabra en su oído:

—¡TE AMO!

Después de gritar, insatisfecho, alargó el tono y continuó vociferando contra el viento:

—¿TÚ ME AMAS?

El entorno estaba saturado de ruidos: la fila interminable de cláxones a lo lejos, el zumbido del motor de la motocicleta bajo ellos. Los dos gritos desgarradores de Cheng Sheng se disiparon rápidamente en el viento, como si nunca hubieran existido. Pero a él no le importó; necesitaba vociferar todo lo que llevaba dentro, incluso si Zhang Chen no respondía. Cheng Sheng no albergaba expectativa alguna en su corazón. Solo pretendía gritar al viento aprovechando que no había nadie alrededor, cuando de repente escuchó la respuesta de Zhang Chen a través del casco:

—Claro que te amo. ¿Cómo podría no amarte?

Cheng Sheng se quedó aturdido, sin saber cómo reaccionar. Su cuerpo descendió lentamente hacia el asiento trasero y reclinó la cabeza contra la espalda de Zhang Chen. Sus ojos, que habían contemplado el paisaje urbano durante todo el trayecto, ahora veían todo borroso, incapaces de distinguir forma alguna. Cheng Sheng parpadeó, esperó a que la fina humedad que nublaba sus cuencas se evaporara por completo, y entonces cerró los ojos sin pronunciar palabra más.

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