Justo cuando Cheng Sheng estaba a punto de entregarse a la melancolía, su corazón se congeló de golpe. Fue entonces cuando sintió, por fin, que el suelo bajo su cuerpo no era otra cosa que cemento duro y frío, y el escalofrío, empujado por la frase de Zhang Chen, se le metió directo hasta los huesos.
Pero en cuanto a desfachatez, Cheng Sheng tenía un don natural. Que lo descubrieran dos veces en un solo día no le provocó ni una pizca de esa vergüenza tan devastadora que haría a otro querer desaparecer del mundo. En cambio, estiró instintivamente un brazo y dijo en voz baja:
—Dame la mano, no puedo salir.
Zhang Chen miró el brazo que se asomaba desde debajo de la cama: la manga blanca de la camisa estaba gris de polvo, y en la muñeca se veían unas cuantas marcas rojas de raspones.
—Sal solo —dijo.
Cheng Sheng se quedó sin recursos. Le dio vergüenza insistir, así que no tuvo más remedio que buscar apoyo a la altura de los hombros y empezar a arrastrarse hacia un lado, con la espalda rozando el suelo, como un pingüino torpe, poco a poco. Pero después de un buen rato, apenas había logrado mover medio cuerpo. La espalda, frotándose contra el cemento, le ardía con un dolor punzante.
Justo cuando Cheng Sheng estaba sopesando si debía tragar su orgullo y volver a pedir ayuda, la persona junto a la cama le agarró la muñeca de repente y, como si arrastrara un animal, lo sacó de debajo de la cama de un tirón.
Cheng Sheng no se lo esperaba. Su espalda, ya llena de moretones por la caída anterior, volvió a ser torturada por el duro suelo de cemento. Al principio no sentía dolor, pero en cuanto tuvo a alguien vivo delante, ya no pudo aguantarse y soltó un grito:
—¡Ay! ¡Me vas a dislocar el hombro!
El otro no le hizo caso. Después de sacarlo, lo sostuvo por la camisa blanca, ahora sucia y manchada de polvo, y le lanzó una advertencia:
—¿Acaso quieres que llame a la policía?
La primera reacción de Cheng Sheng no fue el miedo, sino un pensamiento sarcástico: en este pueblo tan cutre, ni que llamar a la policía sirviera de algo. Pero como estaba acostumbrado a que Lao Cheng lo regañara por tener «problemas de pensamiento», enseguida se corrigió internamente, hizo que las palabras dieran una vuelta en su estómago y dijo en voz alta:
—No, por favor, solo quería venir a verte, estaba muy aburrido allá solo.
—¿Y no podías entrar por la puerta como la gente normal?
—¡Eso habría sido muy incómodo!
—¿Y colarse por la ventana no lo es?
Cheng Sheng soltó una risita nerviosa y mintió:
—Es que no quería molestar a tu familia, ¿sabes?
Zhang Chen asintió, como si de pronto entendiera algo, y de repente lo agarró del hombro y lo empujó hacia la puerta mientras le decía:
—Vamos.
Cheng Sheng tropezó con el empujón; la hostilidad en ese gesto era tan evidente que le dio un poco de miedo. No pudo evitar preguntar:
—¿A dónde?
—A la comisaría —respondió Zhang Chen.
¿La comisaría? El miedo que había sentido en ese breve silencio anterior se volvió, de pronto, más liviano ante esa respuesta tan clara. ¿Estaba tratando de asustarlo? No estaba seguro. Pero en el fondo Cheng Sheng intuía que Zhang Chen no era capaz de hacer algo así. Por eso, con una sonrisa casi burlona, le dijo:
—Soy un desgraciado, un intruso, cometí un delito. Lo admito, perdón. Pero si me llevas a la comisaría, ¿cómo vas a seguir haciendo negocios en casa de mi abuela?
Zhang Chen se detuvo, sin decir nada. Se limitó a mirarlo.
Cheng Sheng se recargó torpemente contra la puerta. Esa mirada oscura y pesada lo tenía incómodo; intentó disimular dándose palmaditas en la ropa para sacudirse el polvo, pero era como si esa mugre estuviera imantada: cuanto más se la sacudía, más se le pegaba.
El otro apartó finalmente la mirada, se giró y sacó del cajón una cajetilla de cigarrillos y un encendedor. Sin ningún apuro ni ceremonia, encendió uno. Como si Cheng Sheng no existiera, se fue hacia la ventana y se quedó allí, fumando despacio, dejando que el viento se llevara cada bocanada.
Cheng Sheng se dio cuenta de que su maldita boca había vuelto a desbocarse. Incómodo, se quedó de pie detrás de Zhang Chen, preguntándose si había sonado demasiado frívolo. Notaba que el otro estaba molesto, y se arrepintió un poco, así que comenzó a hablar por hablar:
—Vaya, ¿hasta los estudiantes de prepa fuman?
Zhang Chen le lanzó una mirada de reojo, sin molestarse en responder.
Cheng Sheng volvió a intentar entablar conversación:
—Oye, ¿en tu casa se puede uno bañar? Tengo la ropa llena de polvo.
El otro no se dio la vuelta. Tenía medio cuerpo ya fuera de la ventana, dejando que la brisa nocturna lo acariciara.
—Aquí pocas casas tienen baño propio —le contestó—. Todos vamos a los baños comunales.
—Los baños comunales también me vienen bien. Llévame, ¿sí?
—Vete a casa de tu abuela.
Cheng Sheng pensó que, al final, Zhang Chen no era tan callado como parecía. Más bien, era su expresión lo que lo hacía parecer difícil de tratar. Mientras uno tuviera la cara dura, no había manera de que él pudiera hacer nada al respecto. Después de darse cuenta de esto con cierta presunción, se sintió inmediatamente aliviado y se atrevió a decir cualquier cosa, hablando sin filtro:
—Le dije a mi abuela que me quedaría esta noche en tu casa.
Estas palabras hicieron que Zhang Chen diera una calada brusca al cigarrillo que tenía en la mano, y tras recuperar el aliento, exhaló el humo ligero. Se volteó hacia Cheng Sheng, apoyó el cuerpo en el alféizar de la ventana y, después de observarlo un momento, de repente intentó aplastar la colilla encendida contra su cuello.
Cheng Sheng pegó un brinco, se echó hacia atrás con una expresión de incredulidad.
—¿Estás loco? —exclamó, como si hubiera sido traicionado por el mundo—. Y tú que decías que no eras enojón… ¡Llevas la cuenta de todo por dentro, eh!
Zhang Chen apagó el cigarro en el marco de la ventana, sacudió las cenizas sobre un pedazo de papel higiénico, lo hizo una bolita y lo tiró al basurero junto al escritorio. Y solo entonces respondió a la pregunta que Cheng Sheng le había lanzado antes:
—Ya son las nueve y media. Los baños públicos cerraron hace rato.
Dicho por Zhang Chen, no sonaba a una negativa. Cheng Sheng captó al vuelo esa oportunidad y, olvidando por completo que casi le queman el cuello, se entusiasmó de nuevo.
—¡Pues nos colamos! Total, no cierran con llave. Dejamos el dinero en el mostrador y listo. ¿Ves qué honrados somos?
Este comentario tan despreocupado logró que Zhang Chen levantara la mirada y le preguntara:
—¿Así es como se comportan los estudiantes de las universidades de élite?
—No, no, mi alma máter es excelente, los estudiantes ahí son muy honestos y súper inteligentes. El problema soy yo.
Mientras hablaba, Zhang Chen abrió el armario, sacó dos conjuntos de ropa y luego encontró una bolsa en el fondo del mueble. Dobló todo con cuidado y lo guardó dentro. Al terminar, señaló la ventana y dijo:
—Baja por ahí.
—¿Qué?
—¿No querías ir a los baños públicos? Te llevo.
—¿Y por qué no salgo por la puerta principal?
Zhang Chen seguía empacando y respondió sin prestar atención:
—No quiero que mis papás se enteren.
Cheng Sheng murmuró un «oh», pero de pronto se dio cuenta de que los gritos afuera no solo continuaban, sino que iban en aumento. El ruido de cristales rotos había dado paso al estruendo de electrodomésticos estrellándose contra el suelo. Parecía una película bélica, con explosiones por todas partes.
Nunca había presenciado algo así. Un poco incómodo, señaló hacia la puerta.
—¿No vas a intervenir?
—¿Intervenir para qué? Si vas a ir, vámonos ya.
Cheng Sheng se acercó al alféizar y miró hacia abajo. Estaba todo completamente oscuro; no se veía nada. El valor que había tenido al subir ya lo había abandonado por completo, y murmuró con cierta duda:
—¿Y si me caigo?
Para su sorpresa, Zhang Chen le respondió:
—Yo bajaré primero y te ayudaré. No te vas a caer.
Cheng Sheng se volteó bruscamente a mirarlo y lo señaló con incredulidad.
—¿Tú tampoco vas a salir por la puerta? Estás más loco de lo que pensaba.
Zhang Chen acababa de meter sus artículos de aseo y ropa limpia en su mochila negra. Se la colgó al hombro, se acercó al balcón y, con total agilidad, se encaramó a la baranda mientras respondía:
—No quiero salir por la puerta.
Apenas terminó de hablar, saltó por encima del alféizar de la ventana y desapareció en la oscuridad de la noche.
Cheng Sheng, alarmado, se aferró al marco de la ventana y miró hacia abajo, pero no distinguía nada. Apenas si lograba percibir una silueta moviéndose, junto con el susurro de hojas secas o ropas rozando algo.
Al poco rato, el haz de una linterna se proyectó hacia arriba, como una espada atravesando la oscuridad, y le apuñaló los ojos con fuerza.
La persona de abajo que alumbraba hacia arriba con la linterna le gritó:
—Baja ya, con cuidado.
En realidad, Cheng Sheng trepaba mucho mejor que Zhang Chen. Podía subirse sin esfuerzo hasta lo alto de un árbol pelado, así que unas rejas antirrobo y una tubería de desagüe no eran nada para él. Trepó por el alféizar, se agarró al tubo y a la reja del primer piso, y en cuestión de segundos ya estaba por tocar el suelo. Justo antes de dar el último salto, se le ocurrió una trampa y gritó hacia abajo:
—No me quedan fuerzas, ¡atrápame!
Zhang Chen, con la barbilla en alto, observaba con total claridad la expresión presumida y triunfante de Cheng Sheng. Parecía haber visto a través de su pobre actuación desde el principio. Le dijo a Cheng Sheng, que seguía colgado de la reja antirrobo:
—No pareces estar sin fuerzas.
Aun así, después de decirlo, abrió los brazos y lo recibió por completo cuando saltó.
Cheng Sheng no esperaba que Zhang Chen realmente lo fuera a atrapar. Creyendo disimular, le pasó un brazo por el cuello y, aprovechando el momento, aspiró profundamente el aroma de su piel.
—Qué bien hueles —murmuró.
Zhang Chen, al ver que ya estaba de pie, lo apartó de su cuerpo.
—Estás cubierto de polvo.
Cheng Sheng bajó la vista y miró su ropa toda sucia. Luego vio las manchas de polvo que había dejado en la ropa de Zhang Chen, y una oleada de satisfacción le llenó el corazón. Soltó un resoplido, le dio un par de palmadas en el pecho y comentó:
—Tan joven y ya haciéndote el duro, pero con un corazón blando.
Zhang Chen apartó su mano traviesa y le dijo:
—Vamos.
—¿Están lejos los baños públicos? ¿Vamos en moto o a pie?
—A pie. Diez minutos cruzando por el callejón Mudan.
Eran entre las nueve y diez de la noche, y la pequeña ciudad ya estaba sumida en la oscuridad. Pero cuando pasaron por el callejón Mudan, todo seguía iluminado con un brillo chillón y abrumador. Había hostales junto a salones de masajes, todos con rótulos llamativos y coloridos, con letras enormes que anunciaban «servicio de masajistas».
De pronto, Cheng Sheng recordó la discusión entre los padres de Zhang Chen: los gritos, los vasos estrellándose en el suelo del salón. Algo le hizo clic. Los adolescentes –o los chicos que acaban de entrar en la adultez– siempre tienden a presumir cuando algo roza lo sexual, y Cheng Sheng no era la excepción. Tiró de la chaqueta de Zhang Chen, como si nada, y le preguntó:
—¿El callejón Mudan es como una zona roja?
Zhang Chen soltó un «ajá», sin opinar al respecto.
Eso dejó a Cheng Sheng bastante frustrado. Aún sosteniéndolo por la manga de la chaqueta, recorría con la mirada a las chicas sentadas en banquitos a la orilla de la calle: maquillaje recargado, tirantes finísimos, sin sostén, medio pecho al aire. Cheng Sheng intentó mirarlas con ojos de «hombre», pero se dio cuenta de que no sentía el más mínimo interés. Esa frustración le giró en el pecho como un tornado, y con cierta incomodidad, volvió a preguntar:
—¿Todas son putas?
La palabra «putas» hizo que Zhang Chen frunciera el ceño, pero aun así asintió con un «mm». Tras unos segundos de silencio, no pudo evitar añadir:
—Se están ganando la vida. No las llames así.
Cheng Sheng soltó un «oh» y no volvió a usar esa palabra.
En lo más hondo, ya tenía asumido que Zhang Chen era un obseso de buscarle tres pies al gato, capaz de sacarle punta a cualquier tontería para soltarle una indirecta. Pero la curiosidad le pudo y, sin ganas de caer mal, optó por reformular la pregunta:
—¿O sea que toda la calle ofrece servicios especiales?
La respuesta fue otro «ajá» seco.
Cheng Sheng recorría los letreros con los ojos. Cuando alguna de las mujeres sentadas en la puerta lo pillaba mirando, al instante le lanzaba una mirada provocativa y le gritaba en dialecto:
—¿Masaje, guapo? Quince yuanes la sesión.
Cheng Sheng se apresuraba a evitar esas miradas tan directas, pero cuando desvió nerviosamente la vista, sus ojos fueron a dar por casualidad en la ventana de cristal de un salón de masajes de al lado. Era la ventana más común del callejón Modan, con letras rojo fuego pegadas en el cristal: «Masajes y tuina: masajistas hombres y mujeres, quince yuanes por sesión. No incluye pasar la noche».
Lo había visto de rápido, pero cuando ya había pasado de largo, de pronto se dio cuenta de algo. Se detuvo, volvió la mirada y se quedó mirando fijamente aquellas letras pegadas al cristal: «Masajistas hombres y mujeres. Quince yuanes por sesión».
Tragó saliva, con la mirada clavada en ese rojo encendido de la palabra «hombres». Entonces, volvió a hacerle a Zhang Chen la misma pregunta tonta de antes:
—¿Todos ofrecen servicios especiales?
Zhang Chen ya empezaba a fastidiarse. Su tono fue mucho menos paciente que antes:
—Sí. Ya te lo he dicho varias veces.
Él seguía caminando, pero Cheng Sheng se quedó enraizado en el mismo sitio, inmóvil. Miraba fijamente la espalda alta y delgada de Zhang Chen que avanzaba frente a él, como si de pronto hubiera entendido qué le pasaba. Su mente volvió a traerle la imagen de aquella mujer que le había lanzado una mirada provocativa, mostrando generosos trozos de piel mientras le preguntaba si quería entrar. Pero enseguida, su figura fue reemplazada por la de Zhang Chen: apoyado en el marco de una puerta bañada por luces temblorosas, con medio rostro oculto entre claroscuros, inclinaba ligeramente la cabeza mientras sus ojos largos y rasgados se clavaban en él, preguntando con tono insinuante:
—¿Entras?
A Cheng Sheng le comenzaron a palpitar las sienes con fuerza, como si alguien pasara en moto aplastándole el cerebro por dentro, una y otra vez. Se agachó, sujetándose la frente con ambas manos, sintiendo que la cabeza le iba a estallar.
Zhang Chen había caminado un buen rato sin que nadie lo siguiera. No pudo evitar volver la vista atrás. Pero apenas se giró, un cuerpo blando y cálido se le enganchó del brazo.
Cheng Sheng acababa de ponerse de pie cuando dio un traspié y se agarró del brazo de Zhang Chen para mantener el equilibrio. Con voz ahogada, le preguntó:
—No me siento bien. ¿Podrías ayudarme luego a tallarme la espalda?
