Capítulo 71. La historia moderna de una persona

Zhang Chen subió a la montaña cargando con las dos últimas cajas; contenían todas las partituras que había escrito durante los once años transcurridos entre los diecisiete y los veintiocho.

En la cima, rodeado por la espesura de un bosque exuberante, se alzaba un pequeño templo de color bermellón. Qin Xiao le había hablado de aquel lugar recóndito. Según él, cuando Cheng Sheng estaba en la universidad y atravesaba un periodo de profunda melancolía, su tía le presentó a un viejo maestro que se había retirado a vivir allí. El anciano llevaba años recluido en el bosque, no recibía a cualquiera y se decía que poseía poderes extraordinarios.

Tras una pausa, Qin Xiao añadió:

—Cuando Cheng Sheng regresó, estaba como ido, no paraba de desvariar. Nadie sabe qué hizo exactamente con aquel maestro, ni si de verdad le sirvieron de algo los supuestos poderes del anciano.

—Está bien —dijo Zhang Chen—, iré a verlo.

Qin Xiao enmudeció.

—¿Para qué vas a buscarlo?

Zhang Chen no respondió.

El camino de subida era largo y la carga demasiado pesada. Zhang Chen caminó desde el amanecer hasta el ocaso antes de lograr subir aquellas dos enormes cajas de partituras a la cima.

Al llegar allí, Zhang Chen estaba algo sudado; se quitó la chaqueta, se la echó al hombro y sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo. Encendió uno y se quedó allí, fumando con parsimonia en lo alto de la montaña.

La montaña era tan alta que las nubes y la bruma lo rodeaban todo, impidiendo ver con claridad el paisaje que quedaba abajo. Zhang Chen ladeó la cabeza, intentando distinguir qué había al otro lado de la niebla, pero por más que clavó la vista en aquella inmensidad blanca sin parpadear, no logró ver nada.

Sacudió la ceniza del cigarrillo y, de pronto, bajó la cabeza y sonrió: se había acordado de su nuevo mundo.

El día que volvió a casa tras la extracción de sangre, Zhang Chen se quedó absorto, apoyado en el alféizar de su habitación, ese lugar donde se había reclinado desde que era niño. De repente, descubrió que sus ojos podían ver cosas extrañas: aparecían su madre, Mingming, Cheng Sheng, pantallas digitales, densas líneas de código, la inteligencia artificial del futuro…

No le dio importancia y, cuando empezó a chispear, no abandonó aquel rincón que sentía tan suyo. La lluvia arreció hasta convertirse en un aguacero que restallaba contra el suelo como petardos. Mientras Zhang Chen escuchaba el estrépito de la tormenta, volvió a mirar al exterior y descubrió, con asombro, un tenue nuevo mundo surgiendo entre la lluvia.

Aquel nuevo mundo casi se solapaba con la realidad, pero era de un verde botella. Era tan nuevo que su interior estaba envuelto en una bruma blanca, similar a la atmósfera terrestre. A su vez, se sentía tan frágil y desolado que, más allá de los vastos océanos y los yermos desiertos, que en aquella tierra infinita solo asomaba una capa de brotes rebosantes de vida.

Cuando Zhang Chen terminó de componer su primera canción, Alcantarilla, en sus borradores, apareció una cálida cabaña de madera en ese nuevo mundo. Allí el frío no existía; sin importar la estación, siempre reinaba la temperatura más agradable.

A medida que escribía canción tras canción, las casas acogedoras fueron multiplicándose en aquel nuevo mundo, y con ellas, un sinfín de ornamentos de toda clase.

La noche del cambio de milenio, Zhang Chen subió a la azotea para tocar la guitarra para toda la universidad. En la oscuridad, se oía el estrépito de pasos que corrían de un lado a otro. Entre la multitud, alguien alzó una linterna y gritó en mitad de la calle convocando a sus amigos: «¡Zhang Chen, el de Informática, está en la azotea de la residencia de chicos tocando la guitarra! ¡Se pueden pedir canciones, vengan rápido a verlo!».

Los ojos de Zhang Chen vagaban en la gélida oscuridad de la noche, viendo a los cientos de estudiantes que, desde abajo, alzaban la vista hacia él. Al mismo tiempo, en aquel nuevo mundo estalló de repente una ventisca, y de entre la nieve surgieron de la tierra, en fila india, cientos de estelas con rostros humanos.

Casi a medianoche, todos se unieron en una emocionante cuenta regresiva; en la azotea, Zhang Chen soltó la guitarra y contó con ellos: «tres, dos, uno». Al llegar a cero, sobrevino un silencio colectivo inesperado, un silencio cargado de desconcierto, como si no supieran de qué manera dar la bienvenida a ese nuevo hito.

Pero en menos de un segundo la multitud entró en ebullición; alguien gritó con voz aguda: «¡Ha llegado el nuevo siglo!», las parejas se abrazaron para besarse y, a lo lejos, estallaron fuegos artificiales.

El nuevo siglo había llegado; en el mundo nuevo de Zhang Chen, se erigía un hito con la inscripción «2000».

El tren de siete horas de Yuncheng a Pekín se transformó de repente en un largo dragón dorado que vaga errante. La vasta escuela parecía un antiguo palacio atrincherado sobre la tierra. En el laboratorio, el profesor le dio una palmada en el hombro con gesto de aprobación y lo elogió: «Si perseveras, en el futuro sin duda lograrás grandes cosas».

En ese mismo instante, el soberbio anciano de una tribu extranjera, empuñando su bastón, golpeó la espalda de Zhang Chen, ¡tac, tac, tac!, y declaró con total convicción: «Si perseveras, en el futuro sin duda lograrás grandes cosas; me superarás, ¡me superarás!».

En la empresa, el director de seguridad, apoyado en la barandilla de la azotea mientras fumaba, le aconsejó con toda seriedad a Zhang Chen: «No le hagas caso a tu tutor; esos resultados no sirven para nada. En este sector dependemos más de la experiencia práctica».

Al mismo tiempo, un hombre transparente que sostenía un cenicero le decía: «No le hagas caso a tu tutor; esos resultados no sirven para nada. En nuestro sector dependemos más de la experiencia práctica. Porque yo solo tengo experiencia; de teorías de vanguardia no tengo ni la más remota idea».

La carta de rechazo de la universidad de sus sueños llegó puntual. En ella se leía cortésmente: «Lamentamos informarle que hemos denegado su solicitud».

Una pluma de ave empapada en tinta escribía frenéticamente sobre el correo, cubriendo el contenido original: «De origen mediocre, inferior a los demás por naturaleza. Investigaciones apenas pasables, lejos de ser un talento innato; solo tu propio tutor está dispuesto a dar la cara por ti, pero en la industria no tienes ni contactos ni puertas abiertas. ¿Crees que con eso mereces una beca completa para estudiar aquí? ¿Tú?».

Tras dejar a un lado una pila de hojas llenas de demostraciones, códigos y borradores, se colgó la guitarra eléctrica y se fue al bar. Un fanático de Qi Yuan, al ver desde el público a varias chicas esperando a que Zhang Chen tocara, sacudió la cabeza y comentó: «Las chicas de hoy tienen muy mal gusto. Ese Zhang Chen se ve que es un desastre con su vida privada; no me extrañaría que tuviera diez novias a escondidas. No sé qué le verán».

Las luces del escenario se atenuaron y el fan que murmuraba con desdén se transformó de pronto en un pollo chillón que gritaba furioso: «¡Maldita sea! La chica que me gusta prefiere a un tipo que no es más que una cara bonita. Está ciega, ¡completamente ciega!».

En los baños, el guitarrista buscapleitos de una banda de heavy le decía al batería: «Lo de Zhang Chen y su grupo es que no hay por dónde cogerlo; no se entiende qué quieren decir. ¿Qué pasa, que porque nadie los entiende ya son “artistas”? La verdad es que su música es una basura».

La sustancia flotante a su lado le decía a Zhang Chen, que esperaba fuera para entrar al baño: «Lo que yo no entiendo es basura; por lo tanto, todo el alma que pusiste en esto también lo es».

Pero no importaba. Nada de eso importaba en realidad. Los elogios no valían la pena y los desprecios no merecían ni un pensamiento. «Tengo un mundo nuevo que me pertenece solo a mí», pensó Zhang Chen mientras esperaba ante la puerta.

Esos cajones repletos de manuscritos con partituras eran los ladrillos con los que Zhang Chen construía su mundo en el aire. Las melodías en ellos eran los cimientos y pilares, los ritmos eran criaturas extrañas y maravillosas que surcaban el cielo, y la orquestación de instrumentos era un clima impredecible. Al sonar los redobles de batería explosivos, en la cúspide de este nuevo mundo relampagueaba y tronaba; al conectar la guitarra eléctrica a varios efectos, sobre sus cabezas silbaban el viento y la lluvia; cuando irrumpían el piano y el violín, el rugiente aguacero se suavizaba, transformándose en una brisa suave y una llovizna delicada. Él se detenía en el centro de la lluvia fina como hilos, admirando cómo el público del mundo exterior era conmovido por un arco y unas cuantas cuerdas.

Pero un mundo así ya no podía satisfacer a Zhang Chen. Comenzó a estudiar música clásica, y así en su mundo aparecieron palacios e iglesias espléndidos; empezó a aprender jazz, y frente a las hileras de palacios surgieron piscinas y jardines donde la gente podía nadar y pasear libremente. Las púas, las tenazas y los destornilladores creaban chispas de acero sobre las seis cuerdas de la guitarra eléctrica; las baquetas y escobillas rebotaban sobre los parches de la batería, y así, en ese nuevo mundo suspendido en el aire, ardillas pasaban felices con piñones en sus brazos, mientras en la tierra fértil brotaban matas de hierba nueva y flores.

Zhang Chen casi no necesitaba ya conectarse con aquellas cosas de las que antes dependía para sobrevivir.

Pero solo «casi», y esa palabra «casi» es como un valor aproximado en matemáticas: siempre se acerca a la verdad, pero siempre le falta un poco. Ese espacio angosto, casi aplastado hasta desaparecer por el nuevo mundo, era para Zhang Chen un helado de crema, un refresco de naranja, labios humedecidos con cerveza fría y esas cualidades indefinibles que compartían dos cuerpos.

Eran precisamente esas cosas, esas cosas molestas, desagradables, impregnadas de esencia humana, las que lo obligaban a regresar al mundo real.

Pero el mundo que él mismo había creado seguía existiendo, flotando en el aire como un planeta semitransparente de color verde oscuro, donde solo Zhang Chen podía ver la tormenta que se desataba en su interior.

El maestro del templo, sosteniendo un cuenco de agua, salió y vio a un joven descansando sobre una caja. Frente a él, varias volutas de espeso humo blanco casi ocultaban por completo sus facciones.

Al ver que alguien salía, Zhang Chen volvió en sí de entre la niebla blanca de la montaña, se levantó y le preguntó cortésmente al maestro de apariencia amable que tenía frente a él:

—Buenas, ¿puedo preguntar por alguien?

El maestro asintió con una sonrisa y lo invitó a entrar al templo.

Dentro solo vivía el maestro; no había urnas para donaciones de incienso. Después de que Zhang Chen entrara, lo invitó a sentarse junto a una mesita baja, sirvió un cuenco de arroz recién cocido y se lo entregó, sin preguntarle por quién venía a preguntar.

—No has cenado, ¿verdad? —El maestro volvió a tomar un poco de guarnición del plato, la puso en un platillo pequeño y se la pasó a Zhang Chen—. Los cultivé yo mismo en el patio trasero, totalmente naturales y sin pesticidas.

Zhang Chen tampoco tenía prisa; aceptó la comida y comenzó a comer lentamente, considerándolo un suplemento nutricional tras haber cargado unos veinte o treinta kilos montaña arriba durante el día.

Después de que ambos terminaron de comer y lavaron los platos, el maestro dijo de repente:

—¿Has venido a preguntar por Cheng Sheng, verdad?

—¿Cómo lo supo?

—Porque yo fui el primer amor de su tía. —El maestro sonrió—. Ella me lo presentó y, en todos estos años, él ha sido el único que ha venido por aquí.

Al escuchar una relación tan rocambolesca, Zhang Chen movió la cabeza y comentó:

—La vida de Cheng Sheng sí que está llena de personas inesperadas.

El maestro soltó una carcajada.

—En la vida de todos abundan las personas inesperadas. ¿Acaso en la tuya no?

Zhang Chen bajó la cabeza y, sin saber muy bien por qué, de repente le entraron ganas de reír.

—Demasiadas, no podría contarlas. —Hizo una pausa y añadió—: Pero la más inesperada de todas sigue siendo Cheng Sheng.

El maestro volvió la mirada para observar detenidamente al joven y de repente exclamó:

—Conque eras tú. No me extraña. Este muchacho, Cheng Sheng, estaba destinado a sentirse atraído por alguien como tú. Así lo quiso el destino.

Dicho esto, movió la cabeza y, sin esperar a que Zhang Chen hablara, continuó por su cuenta:

—¿Qué querías preguntar? Adelante, pregunta rápido.

—¿Qué hizo él cuando vino? —preguntó Zhang Chen.

El maestro se levantó de repente, caminó hacia un armario cercano, tomó un cuchillo afilado de entre los cajones y, al regresar, hizo un pequeño corte en el brazo de Zhang Chen. Mientras observaba la sangre que brotaba, dijo:

—Hizo esto.

Zhang Chen ya sabía sobre las autolesiones de Cheng Sheng. Miró su brazo sangrante, pero no quedó satisfecho con la respuesta y negó con la cabeza.

—Se ha autolesionado durante muchos años. Si vino hasta aquí, no solo habrá hecho eso. ¿Hay algo más?

—Le hice copiar sutras budistas toda la noche y luego recitarlos toda la mañana.

Aunque ya conocía la respuesta, Zhang Chen insistió obstinadamente:

—¿Sirvió de algo?

—Si no se tiene a Buda en el corazón, la calma es solo efímera —respondió el maestro.

—¿Hay algo más? ¿Qué más hizo?

Esta vez, el maestro tomó un bolígrafo de la mesa e hizo una seña a Zhang Chen para que se acercara.

Zhang Chen tuvo la vaga sensación de lo que el maestro iba a hacer, así que se apartó conscientemente el flequillo antes de acercarse. Enseguida sintió la fría y húmeda punta del bolígrafo tocándole poco a poco la cara.

El maestro examinó detenidamente el rostro del joven. Una mano envejecida se posó en su hombro; con la otra, sosteniendo el bolígrafo, fue trazando con cuidado, línea por línea, el carácter «culpa» sobre su piel.

—También hizo esto —dijo el maestro, mirándolo a los ojos

Zhang Chen lo sostuvo la mirada, clavando los ojos en el maestro, y preguntó:

—¿Lo escribió él mismo?

—Sí. —El maestro apartó el cabello que le caía sobre las cejas y escribió un enorme carácter «culpa» en su frente. Luego preguntó en calma—: ¿Sabes qué he escrito en tu rostro?

—Lo sé. Ha escrito el carácter «culpa».

El maestro sonrió al mirarlo a los ojos y no añadió nada más.

—Maestro, quiero escribirlo yo mismo. —De repente, Zhang Chen colocó su mano sobre el dorso de la del maestro, lo miró a los ojos, tomó el bolígrafo y, dándose la vuelta, salió del templo.

Afuera se extendía un vasto bosque, un verde en su expresión más verdadera. Zhang Chen caminó hacia los dos grandes baúles que había traído consigo y se detuvo junto a un charco de agua cristalina cercano. Allí, trazó pausadamente el carácter «culpa» una y otra vez sobre su propio rostro. Esas «culpas», de distintos tamaños y formas, se marcaban en su piel con tonalidades variables, como si realmente reflejaran los distintos grados de culpa que existen en el mundo.

Mirando su reflejo en la superficie del agua, Zhang Chen le dijo al maestro que lo seguía:

—Hay culpas que me impusieron otros, culpas que la época cargó sobre mis hombros; hay culpas que nacen de perder el juicio por amor, y otras de herir a los demás una y otra vez para encontrarme a mí mismo. Pero sean cuales sean, mías o ajenas, al final todas están grabadas en mi rostro.

Con la cara cubierta por el carácter «culpa», Zhang Chen cerró los ojos y, dirigiéndose a la bruma distante, dijo:

—Él y yo somos iguales.

Dicho esto, de pronto se puso a abrir las dos cajas de un peso descomunal que tenía al lado. En su interior se encontraba el mundo nuevo que había construido durante once años, desde los diecisiete hasta los veintiocho.

—Voy a quemarlo todo hasta que no quede nada —dijo.

Volcó en el suelo las dos cajas repletas de manuscritos. Al ver las miles de hojas de música esparcidas, les dio un par de puntapiés. Luego alzó la vista, miró al maestro a los ojos y dijo:

—Dentro solo estoy yo mismo.

—¿Y qué eres tú mismo? —preguntó de nuevo el maestro.

—Yo me divido en cuatro partes —Zhang Chen sacó un encendedor del bolsillo de sus vaqueros y, tras hurgar entre el montón de papeles del suelo, encontró por fin una hoja de manuscrito. Era la primera canción completa que había compuesto a los diecisiete años, el inicio de su nuevo mundo.

»La primera parte es mi ciudad natal en decadencia, donde el aire parecía inmóvil, siempre impregnada del olor del acero y del hollín; la segunda parte es la ciudad donde trabajo, saturada por el ruido de la gente y el hedor del dinero, un lugar donde los capitalistas producen sueños artificiales en masa para engañarme y que les venda el alma; la tercera parte son mis estudios académicos y mi producción científica, que son a la vez puros y vulgares, las armas que utilicé para luchar por mi futuro; la cuarta parte es mi música, donde no hay olor alguno, tan limpia como el vacío absoluto.

El maestro escuchaba a Zhang Chen con una sonrisa mientras este alzaba la primera partitura marcada con un signo de numeral. En ella solo había tres caracteres chinos, Xia Shui Dao[1], el título de la canción llamada Alcantarilla.

La hoja se encendió, y en las llamas que se alzaban había un aroma a vida. Rápidamente, el fuego se extendió hasta el título: el carácter «Dao» desapareció, luego el carácter «Shui» se desvaneció, y finalmente el último carácter, «Xia», también estaba a punto de desaparecer.

La primera y tosca cabaña cálida que apareció en el nuevo mundo de Zhang Chen se derrumbó al instante.

Zhang Chen arrojó la hoja pautada, ya casi consumida por las llamas, al centro de los ladrillos y tejas de su nuevo mundo. De pronto, la pequeña llama a punto de extinguirse, como si hubiera recibido aliento, saltó entre el montón de partituras y se alzó en grandes llamaradas; en un instante, el fuego se extendió con ímpetu arrasador, devorando con furia las hojas cubiertas de música.

3000 se consumió entre las llamas y, en poco tiempo, al igual que la partitura de Alcantarilla, desapareció sin dejar rastro. Esa torre en el aire sobre el futuro que nunca se construiría se desmoronó gradualmente.

Pronto, los palacios dorados y las iglesias barrocas ardieron en un gran incendio. Hileras de edificios, a medida que las llamas crecían, se ennegrecieron y emitieron crujidos insoportables, para luego quebrarse y colapsar.

Zhang Chen contemplaba el fuego que ardía con furia, sintiendo cómo las lenguas de fuego le levantaban la piel a tiras, y luego cómo las llamas, cada vez más desatadas, se le colaban en la carne y se filtraban entre los huesos. De pies a cabeza lo invadía un dolor abrasador, insoportable.

Le pareció ver almas errantes emergiendo de la tierra por todas partes; espectros sin rostro que le gritaban hasta desgarrarse la voz: «¡No lo hagas! ¿Sabes cuánto sudor y cuánta sangre te costó llegar hasta aquí? ¡No lo hagas! Ya eres uno entre un millón en tu tierra natal. Anteayer, a un obrero le trituró un brazo una máquina; ayer, una chica de la mina con el pelo teñido de colores murió arrollada en las vías mientras perseguía un globo. ¿Acaso no te basta? ¿Acaso no estás satisfecho? ¡No lo hagas! Genio, genio, ¡eres un genio!, ni tu cuerpo ni tu cerebro te pertenecen. Debes ser tasado, seleccionado según tu precio para convertirte en el tornillo adecuado, debes mirar la injusticia con absoluta indiferencia, debes cubrirte de etiquetas vacuas y entregar cada trozo de tu carne a tu familia y a tus amigos y a la sociedad y a todos menos a ti mismo. ¡A ti mismo no! ¡No lo hagas! El amor es odio, el amor es posesión; la posesión es una boca sangrienta de avaricia, un agujero negro de deseos vulgares. ¿Tanto ansías esa porquería? Los que se llenan la boca diciendo que te aman blanden cuchillos afilados, desgarran tu piel con crueldad y egoísmo y pelean como fieras rabiosas por ver quién te arranca primero el corazón, para luego alzarlo chorreando sangre y gritar: “¡Qué amor tan puro!”. ¡No lo hagas! Si el pasado es imposible de olvidar, si tu corazón está lleno de cicatrices, si el dolor se ha fusionado a ti como un siamés, entonces lee la Biblia, reza a los dioses y a Buda; ellos, con la luz de la compasión sobre sus frentes, bendicen a todos con la prosperidad absoluta, ¡con la prosperidad absoluta! ¡No lo hagas! ¿Por qué te empeñas en que el jade y la piedra ardan juntos? ¡¿Por qué te empeñas en que todo vuele por los aires?!».

Zhang Chen permaneció en calma, observando.

Muy pronto aquel nuevo mundo quedó reducido a cenizas: edificios desplomados, instalaciones en ruinas, y hasta los prados y las piedras del desierto, presentes desde el inicio, habían quedado impregnados de un hollín negro.

El mundo limpio, inodoro, de la fantasía había desaparecido por completo. El Zhang Chen de ese mundo ilusorio también se había consumido en las llamas, y al fin, de forma voluntaria, había regresado al mundo real.

—¿En qué piensas? —preguntó el maestro, que había salido del templo con una jofaina blanca de porcelana llena de agua fresca y una toalla colgada en la muñeca. Se acercó hasta él y lo interrogó.

—En muchas cosas, o quizá en nada.

—¿Y qué recuerdas entonces?

—El tacto, el olfato… las sensaciones más básicas de todo ser humano.

Zhang Chen tomó la jofaina de porcelana de manos del maestro, empapó la toalla y, con ella, empezó a frotarse con fuerza las marcas de tinta que llevaba en el rostro.

—¿Qué sensaciones? —insistió el maestro.

Los caracteres de «culpa», escritos de manera desigual, se iban borrando poco a poco bajo aquella presión implacable, y en el rostro de Zhang Chen comenzaron a abrirse finos surcos de sangre.

—La sensación de cuando mi madre me envolvía la mano, allí había una seguridad primitiva, inmensa. Y él también: el tenue aroma a detergente en su ropa, el calor de su piel al tocarla, su cabello suave, y el calor tibio de sus labios cuando me besaba.

Uno, dos, tres… aquellos caracteres de «culpa», mezclados con hilos de sangre, fueron desvaneciéndose poco a poco.

—¿De lo demás no recuerdas nada?

—Nada. Algún día él y yo no seremos más que un montón de huesos podridos y no dejaremos nada atrás —dijo Zhang Chen, mientras seguía frotando lentamente los últimos restos de la palabra «culpa» en su piel.

Solo quedaba uno, en la frente. Zhang Chen lo tocó con los dedos, dio vuelta a la toalla y siguió frotando.

Hasta que todo rastro de culpa desapareció por completo.

Zhang Chen arrojó la toalla manchada de tinta y sangre de nuevo en la jofaina de porcelana, apartó con la mano un mechón de cabello que le estorbaba y, después, mirando los ojos del maestro –hundidos, pero claros como un manantial–, señaló su propio rostro empapado y mostró una sonrisa diáfana:

—Ardió, se borró; al final siempre hay que volver a uno mismo.

Zhang Chen se disponía a marcharse. Se puso la chaqueta con la que había llegado, alisó las mangas y, frente al reflejo irregular en los charcos del patio, se acomodó el cabello, recuperando así la imagen arreglada y resuelta de siempre.

—¿Y si eres tú quien está equivocado? —preguntó de pronto el maestro, observando su silueta a punto de alejarse.

Zhang Chen volvió la cabeza; el viento en la cima de la montaña agitaba su flequillo oscuro, y bajo él unos ojos alargados se curvaron junto a la comisura de sus labios. Sus finos labios se movieron levemente con la brisa:

—Si estoy equivocado, estoy equivocado. No me arrepiento.

Zhang Chen descendió la montaña llevando consigo únicamente a su propio yo vacío.

En la floristería frente a su casa compró un ramo de tulipanes morados y encargó una maceta de dama de noche que aún no había llegado.

La dueña salió de la trastienda con un fajo de postales coloridas en la mano. Se palpó la cara, donde aún no se habían desvanecido los moretones, y le sonrió a Zhang Chen.

—¿Quieres escribir un mensaje?

Zhang Chen le echó una mirada más larga de lo habitual al rostro de la mujer, asintió, y de aquel montón abigarrado de postales escogió una con un bosque verde que lo cubría todo.

—Ese es el bosque noruego. Haruki Murakami[2] tiene una novela con ese título, aunque no es gran cosa. El maestro Wu Bai[3] también tiene una canción llamada así, rústica pero bonita —comentó la dueña, apoyada en el mostrador, mientras observaba la forma en que Zhang Chen escribía con toda atención.

Zhang Chen se remangó la camisa, y mientras escribía, le respondió:

—En el bosque noruego hay muchos abetos y pinos. Desde allí también se pueden ver las auroras boreales.

Al oírlo hablar con tanta familiaridad de los tipos de árboles, la dueña de la tienda soltó un «¡vaya!» de sorpresa.

—¿Sabes tanto de plantas?

—Sí, bastante —respondió Zhang Chen, con la cabeza gacha mientras escribía, sin el menor asomo de modestia—. Antes plantaba árboles; las especies comunes me las sé todas.

La dueña lo miraba: no tenía en absoluto pinta de alguien que supiera plantar nada, y su curiosidad se encendió enseguida.

—¿Dónde los plantaste? —preguntó.

—En otro mundo —contestó él.

La mujer se cubrió las mejillas amoratadas y soltó una risita.

—Vaya, eres todo un soñador.

Dicho esto, se quedó observando a Zhang Chen, que escribía y dibujaba con la cabeza gacha. De pronto señaló su nariz y dijo:

—Ese aro que llevas en la nariz te queda muy bien, brilla mucho.

—A mi pareja le gusta —dijo Zhang Chen, cerrando el bolígrafo. Dejó la postal terminada junto con la dirección de su casa sobre el mostrador—. Cuando llegue la flor, póngala en la puerta de mi casa. Mi pareja y yo nos iremos de aquí por mucho tiempo.

—¿Directamente en la puerta de tu casa?

—Sí, directamente en la puerta.

—¿De verdad basta con dejarla en la puerta?

—Sí, no pasa nada.

Al pagar, Zhang Chen compró también una rosa rosada. La dueña estaba a punto de envolverla cuando él ya la había tomado en la mano.

—No hace falta envolverla —dijo.

Y, acto seguido, se inclinó hacia adelante, colocó la rosa tras la oreja de la florista y, con su ramo de vivos tulipanes morados en brazos, se dio la vuelta y se marchó.

La florista, que se había quedado un momento distraída, se miró al espejo. Con la rosa rosada prendida, casi no se notaban ya las heridas que le cubrían la mejilla derecha: lo único visible era la flor.

Luego tomó la postal que había quedado sobre el mostrador.

En ella había solo una frase, pero Zhang Chen había dibujado montañas nevadas y espesos bosques, que encajaban a la perfección con el bosque impreso en la postal. Enredaderas y ramas tupidas, un verde sin límites, una vida sin límites.


[1] 下水道 (Xia Shui Dao).

[2] “Norwegian Wood”, aunque el título que se le dio en español es Tokio Blues. El suicidio es tema central del libro.

[3] La canción es esta. Y Wu Bai la escribió precisamente luego de leer Norwegian Wood.

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