La primera guitarra acústica de Zhang Chen ya no se podía tocar.
En el jardín, tocó una por una, con aquella vieja guitarra que lo había acompañado durante veinticuatro años, las diez canciones de Rain y Green; ninguna nota sonó afinada, e incluso varias cuerdas se rompieron a mitad de la interpretación.
Las diez canciones de estos dos álbumes fueron compuestas por él en la azotea de su universidad. En más de una decena de páginas de manuscritos se agolpaban melodías a raudales, pero carecían de objetivo y tema. Al terminar de escribirlas, Zhang Chen había colocado un signo de número en el encabezado, pensando en decidir más tarde cómo llamar a aquellas melodías.
Esos manuscritos los llevaba siempre consigo, guardados entre los libros de texto de su especialidad. Todos los días pensaba en qué nombre ponerles a estos dos álbumes; incluso cuando la grabación de las diez canciones estaba a punto de terminar, aún no lo había decidido. No sabía por qué, pero al final terminaron llamándose así. Zhang Chen no lo entendía: su vida, siempre tan ordenada, en cuanto se cruzaba con Cheng Sheng, de inmediato perdía toda lógica.
Zhang Chen fue desmontando el puente, las cuerdas y el diapasón uno por uno. Con una pala, cavó un hoyo en la nieve y fue enterrando, una por una, las piezas inservibles de la guitarra en la tierra.
Finalmente, la guitarra había regresado a su mundo original.
Cheng Sheng, mirando la espalda de Zhang Chen mientras este enterraba la guitarra, preguntó a sabiendas:
—¿Por qué has conservado esta guitarra todo este tiempo? Si al final casi no volviste a tocar la guitarra acústica.
—Precisamente porque casi no la toqué pudo conservarse hasta ahora. Si no, con la calidad de la guitarra que me regalaste, ya habría quedado inservible hace mucho.
Zhang Chen terminó de enterrar la guitarra y fue cubriéndola, capa por capa, con la nieve.
Cheng Sheng, riendo, corrió hacia allí y, con una rama, dibujó con toda seriedad una tumba para él y para Zhang Chen junto a la de la guitarra.
Zhang Chen se tumbó directamente en la tumba que Cheng Sheng había dibujado, alzó la cabeza hacia él –que seguía dibujando en la nieve–, estiró el brazo y lo tiró con fuerza.
—¿No vas a acostarte? ¿Vas a dejarme aquí solo?
—¡Cómo se te ocurre! —Cheng Sheng tiró la rama y, con un golpe sordo, se lanzó sobre la nieve blanda. Con sus manos sucias y cubiertas de nieve, se abalanzó sobre Zhang Chen para abrazarlo.
Zhang Chen se desabrochó la chaqueta de plumas, la abrió de par en par y lo llamó:
—Tienes tres segundos, rápido.
Cheng Sheng, de un tirón, se quitó la chaqueta y la lanzó a la nieve. Con solo una delgada camisa, se metió en la chaqueta de plumas de Zhang Chen, enterró el rostro en el hueco de su cuello y, resoplando, se quejó:
—Qué frío, qué frío, ¿cómo puede hacer tanto frío?
—Quizás porque ya estamos viejos. Antes no sentíamos tanto frío. —Dentro de la chaqueta de plumas, Zhang Chen abrazó a Cheng Sheng y, con una mano, sacó del bolsillo interior una caja de malvaviscos que había horneado esa misma tarde. Se la tendió y dijo—: Come algo dulce para entrar en calor. Los horneé en casa esta tarde, mientras tú estabas en la escuela en la reunión con los estudiantes. Son de fresa.
—¿Por qué no son de pomelo? ¿Sabes que siempre hueles un poco a pomelo?
—Los malvaviscos de pomelo son horribles, agrios. —Zhang Chen lo afirmó con total convicción, e incluso cuestionó el gusto de Cheng Sheng—: ¿Cómo puede gustarte ese sabor?
Cheng Sheng, muy seguro de su propio gusto, soltó un «¡Tch!» y dijo:
—A ti no te gustas tu mismo, pero a mí sí me gustas tú. ¿No está clarísimo? ¡A mí me encanta lo agrio, ¿y qué?!
Zhang Chen soltó una risa repentina y enseguida decidió quedarse con lo que había preparado toda la tarde. Abrió el paquete por su cuenta y le anunció a Cheng Sheng:
—Entonces no te doy, ahora es todo para mí. Si quieres comer, no hay.
—¡No hagas eso, me encanta todo lo que preparas! —Cheng Sheng, sin soltarle la cintura, sacó una mano para intentar arrebatarle el paquete. Como no pudo ganarle, acabó mordiéndole el brazo, usándolo como malvavisco para desahogarse, mientras refunfuñaba—: Siempre tienes que burlarte de mí. ¿No estás tranquilo si no me molestas?
Dentro de la ropa estaba oscuro, no se podía ver nada. En esa penumbra, de repente, alguien le sujetó la nuca y, acto seguido, un dulce sabor se extendió por la comisura de sus labios. Mentalmente puso los ojos en blanco y, mientras agarraba la boca de Zhang Chen, dijo con dificultad para articular:
—¿Se te ha olvidado cuántos años tenemos ya? Seguimos jugando a esas cosas que solo hacen los jóvenes cuando se enamoran.
Zhang Chen lo soltó y, en la oscuridad, golpeó suavemente su frente contra la del otro, quejándose:
—¿Quién dijo que sólo los jóvenes pueden ser románticos? Nosotros podemos serlo toda la vida.
Eso sí era cierto, pensó Cheng Sheng para sí. Esa mañana, al levantarse, había visto a Zhang Chen escribiendo solo su nombre con una rama en la nieve, llenando todo el jardín, para después tumbarse entre esa maraña de caracteres durante un largo rato, y al incorporarse, borrar inmediatamente toda evidencia, con la intención obvia de no querer que Cheng Sheng lo viera.
Acurrucados juntos dentro de un mismo abrigo, calentándose con su abrazo, sobre la tumba que Cheng Sheng había dibujado para ellos, ninguno sintió que yacer allí fuera de mal augurio.
Después de un rato abrazados, Cheng Sheng dijo de repente:
—El tiempo pasa tan rápido, ya tenemos más de cuarenta.
—En nuestro estudio de composición ya hay músicos nacidos después del año 2000 —comentó Zhang Chen.
—La chica que acaban de contratar en mi grupo ha publicado varios artículos en un año, mucho más talentosa que yo a su edad —dijo Cheng Sheng riendo—. Será mejor que nos retiremos pronto, ¿eh?
—¿Qué te parece si pasamos una temporada cerca del ecuador? Aquí hace demasiado frío —dijo Zhang Chen con seriedad—. Allá podríamos bucear, escalar, vivir metidos en la naturaleza.
—¿Qué países hay cerca de la línea ecuatorial? —preguntó Cheng Sheng apoyándose en él.
—Varios países africanos, las Maldivas, Indonesia, Ecuador… y muchos más.
—¿Entonces vamos a Ecuador?
—Y después, a otros lugares.
—Parece que no nos queda mucho tiempo —murmuró Cheng Sheng con los ojos cerrados—. Los dos tenemos una salud bastante frágil. Llegar a los cincuenta o sesenta sería ya un milagro del cielo.
Vivir hasta los cincuenta o sesenta se le antojaba algo corto, pensó Zhang Chen. Apenas alcanzaría para recorrer los pequeños países que aún no habían visitado, aprender algunas cosas nuevas, escribir unas cuantas decenas de canciones más, grabar unos pocos álbumes más y esforzarse por dejar alguna huella más en el mundo.
—A los diecisiete años quería morirme, pensaba que con vivir hasta los treinta sería más que suficiente, que después no quería un día más. —Zhang Chen dejó que Cheng Sheng recostara la cabeza en su pecho y le rodeó el hombro con el brazo mientras le acariciaba suavemente el cabello—. Pero ahora de repente le tengo miedo a la muerte. Me he dado cuenta de que aún no he vivido lo suficiente.
—Yo tampoco me he cansado de vivir, quiero llegar a los quinientos años —murmuró Cheng Sheng recostado sobre su pecho, con los ojos cerrados.
—Primero lleguemos a los quinientos, y luego volvamos aquí, a descomponernos poco a poco, hasta fundirnos por completo con la naturaleza —respondió Zhang Chen.
—Eso sería suficiente. Después de todo, siempre tenemos que regresar al lugar de origen —dijo Cheng Sheng.
Llegó el Año Nuevo, y con él, la nieve. En el jardín cubierto por una fina capa de blanco, se dibujaron una tumba. Envueltos en gruesos plumones, invisibles para todos, sólo ellos podían distinguirse en la oscuridad de la noche.
El reloj marcó la medianoche. Los dos se abrazaban torpemente dentro del abrigo y, con tácita complicidad, le pidieron al cielo el mismo deseo: «Déjanos vivir un poco más, a los dos juntos».
