La puerta principal de la casa de baños es de cristal. De uno de los picaportes colgaba una cadena oxidada, puro adorno, que al menor roce se desprendía y caía al suelo. Zhang Chen, cargando a un Cheng Sheng que de pronto parecía incapaz de mantenerse en pie o caminar derecho, logró con dificultad apartar la cadena y entrar.
Aun así, tuvo un momento de conciencia, porque sacó de su bolsillo dos yuanes y los arrojó sobre la desierta mesa de madera de la recepción antes de llevar a Cheng Sheng al rincón apartado donde se cambiaban de ropa.
Cheng Sheng, mareado y desorientado, se apoyaba en el brazo de Zhang Chen mientras caminaba. Los letreros rojos brillantes del callejón Mudan seguían grabados en su mente, imposibles de sacudir. En un estado cercano al delirio, siguió a Zhang Chen hasta el área de baños, atravesó el vestuario y, solo cuando quedó completamente desnudo y el bullicio de la calle se transformó en hileras de regaderas semioxidadas, comprendió dónde estaba.
Afortunadamente, el interior del baño estaba sumido en una oscuridad total, y ninguno de los dos podía distinguir el cuerpo del otro. En esa negrura absoluta, Cheng Sheng encontró una extraña sensación de seguridad, como si hubiera escapado de un peligro inminente. Tan abstraído estaba que ni siquiera ajustó la temperatura del agua antes de abrir de golpe el grifo.
Nadie le advirtió que el agua que caería sobre él estaría helada. Cheng Sheng, completamente desprevenido, recibió el chorro a alta presión de la regadera y soltó un grito:
—¡¿Por qué está fría?!
—Cierran la válvula del agua caliente antes de salir del trabajo.
—¿Y ahora qué? ¿Nos bañamos con agua fría?
—Voy a prender la luz para ver.
Al oír que encenderían el interruptor, Cheng Sheng se estremeció. Una mezcla de miedo y expectación lo recorrió y agarró con fuerza el tubo oxidado de la regadera, intentando calmar sus nervios. Acababa de entender qué era ese sentimiento que lo había estado invadiendo, y ahora, la idea de quedar expuesto bajo la luz le hizo sonrojarse de vergüenza.
Unos meses atrás, antes de las vacaciones, Cheng Sheng había escuchado una historia bastante curiosa. Se la contó Qin Xiao: al parecer, un chico de su escuela de lo más decente había sido visto una noche entrando en los baños de Hanlinchun, en Xinjiekou. Cualquiera con un mínimo de conocimiento sobre la comunidad gay sabría qué clase de sitio era Hanlinchun. Se decía que, además del área habitual de baños, al fondo había un pequeño cuarto oscuro donde los que se gustaban podían dar un paso más.
Cheng Sheng había interrumpido a Qin Xiao a mitad de la historia, pensando para sí mismo lo asqueroso que era todo aquello. Jamás se le habría pasado por la cabeza que él mismo pudiera tener esa clase de inclinaciones.
Desconcertado, se apoyó en la áspera pared de la ducha, sin lograr entender nada por más que lo intentaba. Su corazón se debatía en una plegaria contradictoria: en un instante rogaba que no abrieran la llave de paso principal, y al siguiente anhelaba con frustración que las luces se encendieran.
Zhang Chen, por su parte, no se complicaba la vida con pensamientos tan enredados. En el norte, era de lo más normal que un grupo de chicos, después de jugar como locos, acudieran en masa a los baños públicos. La cantidad de cuerpos desnudos del mismo sexo que habían visto rivalizaba con el número de piezas en una línea de producción de Foxconn. ¿Qué tenía de especial que dos chicos se ducharan juntos? Zhang Chen lo asumía con naturalidad. Fue directo a encender el interruptor principal y a abrir la válvula del agua. Cheng Sheng aún no había logrado descifrar qué era lo que realmente deseaba cuando las luces sobre su cabeza parpadearon repentinamente, tomándolo por sorpresa.
Con un clic seco, el baño antes sumido en la oscuridad quedó completamente iluminado. Los dos estaban desnudos. Ya no quedaba nada que ocultar.
Cheng Sheng, hecho un manojo de nervios, agarró una toalla de un lado y se cubrió como pudo las partes más comprometedoras. Por una vez, se comportó como un mudo: no dijo ni una palabra durante un buen rato. Simplemente abrió la ducha en silencio y dejó que el agua, poco a poco más cálida, le empapara el cuerpo.
Zhang Chen aún estaba ajustando las válvulas. Al ver que Cheng Sheng ya había abierto el agua, se giró y le preguntó:
—¿Ya sale caliente? Acabo de abrir la válvula del agua caliente.
Cheng Sheng respondió con un «Mm» y no dijo nada más, imitando justo la actitud que solía tener Zhang Chen.
Zhang Chen se dio cuenta de que algo le pasaba. Desde que cruzaron el callejón Mudan, Cheng Sheng parecía estar en trance, como si se le hubiera escapado el alma del cuerpo. Zhang Chen tenía una sensibilidad casi intuitiva para percibir los cambios emocionales en los demás; lo veía todo con claridad, pero simplemente no le importaba. Actuó como si no se hubiera dado cuenta, manteniendo su expresión indiferente, y regresó a su sitio. Abrió el grifo de la regadera que estaba junto a la de Cheng Sheng.
Siempre había sido Cheng Sheng quien mantenía animado el ambiente entre ellos. Ahora que ninguno de los dos decía una palabra, lo único que se oía era el golpeteo constante del agua sobre la piel y el suelo.
Ese sonido hizo que Cheng Sheng recordara su batería. Al escuchar el repiqueteo de las gotas cayendo, pensó que se parecía mucho al ritmo de los redobles de sus tambores: apenas comenzaba, y ya le hacía enrojecer el rostro y acelerarle el corazón.
Tomó una pastilla de jabón del estante, la mojó y comenzó a frotársela por el cuerpo. Al llegar al pecho, de pronto reconoció un aroma extrañamente familiar. ¿No era este el mismo olor que siempre llevaba Zhang Chen?, pensó. Al instante, se le erizó la piel por completo: ahora ambos olían exactamente igual. ¿Y eso no era, acaso, como si sus cuerpos estuvieran pegados?
Cheng Sheng no se atrevió a seguir pensando. Temía hacer el ridículo en plena casa de baños, así que recitó mentalmente unas cuantas veces «Amitabha». No sabía si eso servía de algo, pero igual lo repitió al azar, sin ton ni son, mientras, con el cuero cabelludo tenso, se frotaba el cuerpo a lo loco con la toalla de baño.
Zhang Chen, a su lado, lo miró de reojo y de pronto soltó:
—¿No me pediste que te tallara la espalda?
Solo entonces Cheng Sheng recordó aquella frase absurda que había soltado al pasar por el callejón Mudan. Farfulló una respuesta ininteligible, giró la cabeza y le tendió la toalla.
Al girar la cabeza, casualmente vio el rostro de Zhang Chen. El agua le corría incesantemente por las mejillas. Tenía la mirada baja, y las pestañas, empapadas, estaban húmedas y brillantes. Cheng Sheng lo miró unos segundos antes de apartar la vista, pero no pudo evitar girar la cabeza de nuevo. Esta vez, su mirada se posó en el cuello y la clavícula; luego siguió descendiendo. Justo cuando sus ojos alcanzaron el pecho, fue como si una aguja lo pinchara de repente: dio un traspié y se golpeó contra la tubería que tenía detrás.
Zhang Chen, sosteniendo la esponja de baño, lo miró con extrañeza.
—Inclínate, lo haremos rápido —dijo.
Cheng Sheng apoyó una mano en la pared y dejó su espalda al descubierto. Justo debajo de los omóplatos tenía tatuada una frase en inglés. Zhang Chen la miró de reojo, esforzándose por recordar el significado de la última palabra. Sabía desde antes que Cheng Sheng tenía un tatuaje sin sentido en la espalda, y hasta le había causado rechazo. Pero ahora que podía verlo bien, pensó que no le quedaba tan mal. Todos se tatuaban alguna palabra; él, en cambio, se había tatuado una pregunta.
Zhang Chen apenas echó una ojeada antes de colocar la mano sobre su hombro y empezar a frotar. Sus movimientos eran suaves, deslizándose lentamente hacia abajo. Sin embargo, por alguna razón, cada lugar que tocaban sus dedos desencadenaba en Cheng Sheng un ligero temblor, como si le hicieran cosquillas, aunque sin las ganas de reír que suelen acompañar a esos juegos.
No solo no podía reír: incluso sentía ganas de llorar. Las piernas le flaqueaban, mientras oleadas de electricidad le recorrían el cuerpo. Tenía la sensación de que ni su cuerpo ni su mente le pertenecían, y un amargo resentimiento se apoderó de su corazón. Nunca en su vida se había sentido tan vulnerable.
La alcachofa de la ducha a un lado no cerraba bien, y el agua goteaba sin cesar. El sonido que producía le brindó una leve, casi imperceptible sensación de seguridad. Pero esa frágil seguridad, tan difícil de conseguir, no duró mucho: pronto sintió algo extraño en su cuerpo.
Zhang Chen deslizó la mano que estaba sobre su hombro hacia abajo, para facilitar el movimiento de su otra mano. Pero cuando llegó al costado de Cheng Sheng y apenas posó los dedos sobre su cintura, este, con expresión alarmada, le apartó bruscamente la mano y, con la otra, abrió de un tirón el agua fría.
Ante esa reacción tan violenta, Zhang Chen pensó que iba a saltar como un saltamontes, pero en lugar de eso, Cheng Sheng juntó las piernas con fuerza y se agachó a toda velocidad.
Allí, agazapado sobre los viejos azulejos del baño público, el agua fría le golpeaba el pelo y la espalda en oleadas. Mantenía los muslos apretados con una tensión exagerada, mientras encorvaba al máximo el torso sobre ellos, tratando de ocultar la vergüenza entre sus piernas.
Encogido en un ovillo, se sumergió en el agua fría durante casi cinco minutos. Cuanto más pensaba, más agraviado se sentía. ¿Cómo había terminado, de la noche a la mañana, igual que esos hombres en Pekín que iban a los baños para homosexuales? Se le vino a la cabeza la imagen de su amigo de la infancia, con esa sonrisa traviesa mientras chismeaba con él, contando cómo aquel compañero de clase iba a escondidas a ese tipo de lugares y cómo luego salía con otro hombre para meterse juntos en un jardín cercano a coquetear entre sombras.
—¿Qué es lo que tienes tatuado en la espalda? —le preguntó Zhang Chen de pronto.
Cheng Sheng se sorprendió, como si no hubiera esperado que Zhang Chen planteara esa pregunta. Permaneció agachado, y lentamente repitió en voz baja la frase en inglés que llevaba escrita en su espalda.
—Tu inglés es muy bueno, como el de un extranjero.
Este comentario hizo que Cheng Sheng se relajara un poco. Respondió como solía hacerlo cuando hablaba de sus asuntos familiares:
—Quizás porque empecé a aprenderlo desde niño. Mi madre insistió en enseñarme cuando apenas tenía dos o tres años. Mi padre es muy tradicionalista y no quería que aprendiera un idioma extranjero tan joven. Pero mi madre decía que sin saber un idioma extranjero no podría entender muchos libros, así que era necesario. Y así fue como empecé a aprender.
Zhang Chen respondió con un «oh» y luego preguntó:
—¿Toda la gente de allá es tan buena en idiomas extranjeros?
Cheng Sheng no sabía cómo responder. Para él, era algo natural; lo raro sería no ser bueno en idiomas estando inmerso en ese ambiente. Aun así, dijo:
—Sí, supongo. A veces lo necesitamos para leer libros que no están traducidos al chino. Ah, y en la escuela también podemos aprender un segundo idioma extranjero, como francés o español. He oído que en los últimos años Sudamérica está muy de moda, así que mucha gente está aprendiendo español.
Zhang Chen miraba al frente, donde había una hilera de duchas viejas como las de su lado. Observando esos tubos de metal oxidados y rectos, asintió y preguntó:
—¿Qué estudias?
Esta vez, Cheng Sheng sintió que por fin se había calmado del todo. Aquello que antes se levantaba entre sus piernas fue poco a poco volviendo a su estado normal. Al sentirse algo más tranquilo, respondió:
—Informática. Pero recién estoy en primer año, así que solo vemos cosas muy básicas, como teoría de la comunicación, análisis de circuitos… Pero ya puedo escribir pequeños programas. Lo aprendí por mi cuenta.
Zhang Chen preguntó de nuevo:
—¿Adelantaste un año, verdad?
—Sí. —Cheng Sheng se sobresaltó por dentro. Zhang Chen parecía saber mucho más sobre él de lo que había imaginado. «Tiene una capacidad de observación demasiado aguda —pensó con un leve desespero—. Seguro que ya se dio cuenta de por qué estaba así hace un rato». Pero lo que más le inquietaba era justamente esa falta de reacción. Cuanto más tranquilo se mostraba Zhang Chen, más miedo sentía Cheng Sheng. Tras darle muchas vueltas, se armó de valor y comenzó a hablar, ambiguo—: ¿Sabes? Hoy en día la cultura es muy diversa y abierta.
Zhang Chen de repente giró la cabeza para mirarlo, con una emoción indescifrable en sus pupilas, pero con el rostro imperturbable.
—¿A qué te refieres? —preguntó.
Cheng Sheng no sabía por dónde empezar. Tartamudeó:
—Me refiero a todo, a que las relaciones son más abiertas ahora. Ahora están de moda las relaciones entre una mujer mayor y un hombre más joven.. Las mujeres pueden estar con mujeres, y los hombres con hombres también… ¿Has visto Adiós a mi concubina[1]?
Cuanto más hablaba, más evidente sentía que era su insinuación. Estaba a punto de soltarlo de una vez: «Puede que yo también sea así, me acabo de dar cuenta hoy. ¿No me odiarás, verdad?». La frase se atoró en su garganta, a punto de estallar, pero algo dentro de él luchaba ferozmente para contenerlas.
Zhang Chen respondió con seriedad a sus palabras ambiguas:
—Sí, la vi. Mi vecino alquiló el DVD y la vimos juntos.
Hizo una larga pausa antes de añadir:
—Pero el final no es muy bueno. Parece que todos los que se ven atrapados en el torbellino de la época acaban volviéndose locos.
Cheng Sheng sintió un gran alivio y, con un tono optimista, afirmó:
—Ahora ya no es así. Estamos en 1997, a punto de entrar en el nuevo siglo. En el nuevo milenio podremos alcanzar la prosperidad para todos.
De pronto, Zhang Chen esbozó una leve sonrisa y preguntó con voz suave:
—¿Tú crees?
Cheng Sheng no supo qué decir. Sentía que relacionarse con Zhang Chen era como librar una batalla; en pocas palabras ya le brotaba el sudor, cada frase debía ser analizada varias veces antes de responder. Aunque era un estudiante destacado de una universidad de élite, capaz de manejar el inglés como lengua materna, no lograba comprender el chino que salía de la boca de Zhang Chen. Parecía que jamás podría adivinar qué pasaba por la mente de esa persona.
Al cabo de un rato, Zhang Chen se levantó, esta vez procurando cubrir su parte inferior con una toalla. Cheng Sheng percibió el gesto con agudeza y finalmente confirmó sus sospechas: Zhang Chen definitivamente sabía a qué se debía su comportamiento anterior.
Cheng Sheng se incorporó tras él. Su cuerpo estaba mucho más sereno que su mente; daba igual usar toalla o no. Tras enjuagarse un poco más, cerró la llave de la ducha y observó cómo Zhang Chen se dirigía a cerrar la válvula general y la de agua caliente.
El clic de la llave al cerrarse resonó, y el lugar volvió a sumirse en la oscuridad.
Ambos se vistieron a tientas en la penumbra. Cheng Sheng se puso la ropa que Zhang Chen le había traído. Le quedaba un poco grande, pero no demasiado. Aprovechando la oscuridad, se acercó con audacia la prenda a la nariz y la olió largamente antes de ponérsela.
De repente, una voz rompió la oscuridad.
—Eres uno de esos, ¿verdad?
Cheng Sheng acababa de ponerse la ropa que le quedaba grande. Se sentía expuesto. El aire del pasillo se colaba por todos lados. Un escalofrío lo recorrió y el sudor frío brotó casi instantáneamente.
Probablemente Cheng Sheng no era consciente de lo obvio que había sido estos días, de lo contrario no habría intentado fingir ignorancia.
—¿Qué? ¿Uno de qué? Ja, ja, ja.
Apenas terminó, la persona a su lado volvió a hablar:
—Adiós a mi concubina, Cheng Dieyi[2].
[1] Adiós a mi concubina (1993) es una película china basada en la novela homónima de la autora Lilian Lee.
[2] Cheng Dieyi es el personaje principal de Adiós a mi concubina, un actor de la ópera de Pekín que está secretamente enamorado de su mejor amigo de toda la vida, Duan Xiaolou.
