Cuando este señor inmortal aún era un mortal, un pobre erudito –que había fracasado repetidamente en los exámenes imperiales– envió a alguien a entregarme varios poemas desgarradores como muestra de su talento. En aquel entonces aún no me habían roto el corazón, y por un tiempo me divertí leyendo aquellos versos dolientes y quejumbrosos. Recordaba en particular dos líneas, que hablaban de los ojos de una mujer en sus aposentos, una mujer hace tiempo separada de su esposo.
Como aguas otoñales de cerca y montañas a lo lejos; lloran los manzanos silvestres en la oscuridad de la noche.
Al leerlo, me estremecí profundamente. Ojos que, vistos de cerca, parecían agua; y de lejos, montañas. Y en plena noche, semejaban dos flores de manzano silvestre derramando lágrimas de rocío. ¿Alguien se imagina lo aterrador que sería ver una mirada así en el rostro de una persona?
Transmití con toda sinceridad lo que pensaba. La persona que entregó el poema se marchó sin decir una palabra y repitió mis palabras al poeta, palabra por palabra. Se dice que el pobre erudito desplegó el manuscrito del poema, soltó tres carcajadas histéricas, luego tosió una bocanada de sangre fresca sobre el papel y se marchó agitando las mangas. Y –se dice también– se internó en una montaña remota y boscosa para cultivar el Tao o se hizo budista.
Al pensarlo ahora, en verdad lo había agraviado. Mi ignorancia e ineptitud habían forzado a un talento literario tan grande a retirarse a lo profundo del bosque montañoso. ¡Qué perspicaces eran esos dos versos! Miren qué bien encajaban con la escena que se desarrollaba ahora.
Los ojos de Tianshu eran como aguas otoñales vistas de cerca, mientras que los de Nanming eran como montañas yermas vistas desde la distancia. En los primeros rebosaban una miseria indescriptible, tristeza, anhelo, dicha y una ternura inagotable; los otros estaban cargados de un profundo deseo y un amor desnudo, desbordante.
Una mirada, eso era todo, apenas una mirada.
Shan Shengling recogió los orinales y salió del patio sin mostrar la menor expresión, mientras que Mu Ruoyan fingió entereza y se volvió, aunque inevitablemente su rostro se había vuelto un poco más pálido, y al dar un paso, su cuerpo tembló.
—Los tortolitos siendo separados a golpes son realmente lastimosos —comentó Hengwen.
—Y el palo que los golpea, detestable, ¿no es así? —repuse yo.
Hengwen bostezó.
—Nanming Dijun no tiene derecho de culparte. Cuando él era el palo en el pasado, sus golpes fueron mucho más despiadados. —Me miró de soslayo—. Todavía le guardas rencor por lo que les pasó a Qingtong y Zhilan, ¿verdad?
Dejé escapar una risa amarga.
—¿Cómo podría no acordarme?
Qingtong fue un mensajero joven bajo las órdenes de Donghua Dijun, quién había estado en buenos términos con Hengwen Xingjun, por lo que a menudo también me invitaba a jugar ajedrez o a tomar el té. Siempre era Qingtong quién me entregaba los mensajes, y tras algunas conversaciones, ambos nos familiarizamos. Qingtong era brillante y de ingenio rápido. Cómo su trabajo consistía en entregar mensajes, podía viajar a las diferentes zonas de la Corte Celestial. ¿Quién podría haber imaginado que, en el transcurso de sus frecuentes contactos, iniciaría una relación amorosa ilícita con una doncella celestial subordinada del palacio Pixiang? Afectados por el amor y deseos seculares, hicieron algo que no se debe hacer en la Corte Celestial. Un día, durante una cita secreta, por desgracia fueron atrapados con las manos en la masa por los soldados celestiales en turno, y fueron enviados directamente al Emperador de Jade.
Al principio, con Donghua Dijun, Hengwen y yo intercediendo por ellos, el Emperador de Jade parecía inclinado a castigarlos de forma superficial y desterrados al mundo mortal, pero entonces Nanming Dijun dio un paso al frente y dijo que la Corte Celestial tenía sus propias reglas, por lo que no debíamos tolerar la acción por sentimientos personales; tenían que ser castigados estrictamente de acuerdo a las leyes celestiales. Nanming expuso su opinión con tal rectitud y justicia en el Palacio Lingxiao que el Emperador de Jade le confió el asunto para que lo resolviera. Siguiendo sus instrucciones, Qingtong y Zhilan fueron llevados a la Terraza de Ejecución Inmortal, donde se les cortaron las raíces inmortales y fueron arrojados al Sendero de las Bestias para reencarnarse como animales. Si Qingtong renacía como un astuto conejo, Zhilan no podía sino renacer como un fiero tigre; si Zhilan era una hormiga, Qingtong sería un pangolín; y si Qingtong se convertía en un camarón, Zhilan sería, sin falta, un pez que se alimenta de camarones. Solo de este modo –matándose mutuamente, viviendo enfrentados durante nueve vidas– podrían reencarnarse como humanos. Y aun así, seguirían siendo enemigos acérrimos, destinados a no estar nunca juntos.
En aquel entonces, el Nanming Dijun no se atrevió a ofender a Donghua ni a Hengwen, así que presentó una acusación contra este señor inmortal en el Palacio Lingxiao: el crimen de incitación y complicidad. Alegó que yo no tenía cultivación alguna y que mi raíz mortal aún no había sido cortada, insinuando así al Emperador de Jade que fue este señor inmortal quien instigó a Qingtong a coquetear con Zhilan.
¿Quién habría imaginado que sería ese mismo Nanming Dijun quien acabaría teniendo un romance con el Tianshu Xingjun? Ahora que ha caído tan bajo, este señor inmortal solo tiene una cosa que decir: karma.
«Nanming, esa mirada robada con Tianshu es, en efecto, conmovedora. Pero cuando diste la orden de arrojar a Qingtong y a Zhilan al Sendero de las Bestia, ¿alguna vez pensaste que llegaría este día?».
—Siempre que pienso en Qingtong y Zhilan, siento que el Emperador de Jade fue bastante justo al castigar a Nanming Dijun como lo hizo —dije—. Pero Tianshu nunca ha cometido algo tan cruel, y sin embargo sufre mucho más que Nanming. Eso sí que es injusto.
—¿No te da miedo que el Emperador de Jade te oiga decir eso? —dijo Hengwen.
Uno por delante y otro por detrás, regresamos a la habitación de Hengwen, y este señor inmortal volvió a convertirse en Li Siming. Hengwen tenía que ir a presentarse ante el príncipe de la Comandancia del Este para la llamada matinal, así que volví solo al patio Han.
Mu Ruoyan estaba sentado en la habitación con un libro entre las manos, aunque sus ojos no estaban fijos en las páginas; miraba a otro lado, con la mente en otra parte.
Este señor inmortal se acercó a él.
—Ruoyan, pareces absorto. ¿Piensas en tu hogar, o en tu amado?
