Guangyunzi no parecía tener ni cincuenta años; más bien andaría por los cuarenta. En el instante en que abrí los ojos, lo primero que sentí fue un hedor rancio que me mareó. Este hombre no se había aseado en muchísimo tiempo. Extendí la mano para tocarme: bajo la barbilla tenía una barba bastante larga, pegajosa al tacto. La levanté para echarle un vistazo, justo a tiempo para ver un insecto escabullirse entre los densos huecos como si buscara comida. No pude continuar. Hengwen me lanzó una frase desde el aire:
—Qué maestro taoísta tan apestoso y desaliñado. No esperes que me quede a tu lado. Volveré cuando te hayas aseado.
Y, dicho eso, desapareció.
«En serio, ¿acaso este maestro taoísta está más desaliñado que el cadáver de Li Siming? Qué lindas palabras entonaste junto al ataúd, y mírate ahora», pensé.
Me picaba todo el cuerpo. Me rasqué la nuca y froté hasta sacar un buen bulto de mugre gris. Lo sacudí, froté de nuevo y volví a sacudir. Bastante entretenido, la verdad.
La parte superior de mi cabeza me picaba horrores, y sentía vagamente que algo corría por allí. Escuché que existía un tipo de bicho llamado pulga, y con toda probabilidad, ese era el culpable. Los golpes en la puerta continuaban. Me rasqué el cuero cabelludo mientras con la otra mano frotaba una bola de mugre, y abrí la puerta.
La persona afuera también era un maestro taoísta. Tenía el rostro ligeramente ovalado, y lucía algo rechoncho, de aspecto bonachón.
—Por fin despertaste —dijo a voz en cuello—. Pensé que te habías inmortalizado ahí dentro.
¿Y no fue eso justamente lo que ocurrió? Primero él exhaló su último aliento, y luego este gran señor vino a inmortalizarlo.
—Así es —dije—. Recorrí miles de montañas pobladas por inmortales, y de pronto todo se volvió un sueño. He olvidado prácticamente todos los asuntos del mundo secular; ni siquiera recuerdo quién eres.
—Entonces tienes que recordarlo, Inmortal Guangyun —dijo el maestro taoísta—. Este humilde taoísta se llama Chang Shan, el mandadero del Templo Mingyue. No te olvides de mí cuando asciendas al mundo inmortal —soltó una risotada jovial mientras se frotaba las manos—. Tú mismo me pediste que viniera a recordarte esta mañana que no te quedaras dormido, así que vine temprano a despertarte. Hoy no es un día cualquiera, ¿eh? Es la ceremonia ritual de la residencia del príncipe. En el templo andamos muy escasos de gente. No fue fácil conseguir el permiso del maestro para que tú vinieras a completar el grupo. Lo mínimo que puedes hacer es asearte un poco y ponerte algo más presentable.
Mis ojos brillaron al oír las palabras «asearte un poco».
—¿Dónde está el agua?
—¡Increíble! —exclamó Chang Shan mientras me guiaba al patio trasero—. Siempre dices que no te bañas por miedo a enfermarte con tanta agua. ¡Y ahora resulta que te has iluminado!
En el patio había un cobertizo de madera. Dentro del cobertizo había un pozo, con un balde y una gran palangana de madera al lado. Atranqué la puerta por dentro, llené la palangana con agua y estiré mi cuello para echar un vistazo.
Apareció una cabeza desgreñada. Este señor inmortal permaneció junto al pozo, sacando varias palanganas de agua y gastando más de una libra de jabón antes de lograr que mi cabello y mi barba se suavizaran, y que la mugre saliera de mi piel hasta dejar al descubierto un tono de tez normal. Chang Shan preparó un juego de ropa nueva para que me cambiara. Una vez recogido el cabello y bien peinada la barba, me sentía ligero como una pluma. Solo entonces apareció Hengwen, deslizándose tranquilamente. Aprovechando que no había mirones, sacudí mi flamante túnica taoísta y pregunté:
—¿Irradio el aura del Inmortal Lü de los Ocho Inmortales?
—Si digo que sí, Lü Dongbin vendrá a destruir mi Palacio Weiyuan —respondió Hengwen.
Solté una risa irónica.
—¿A poco no estoy mucho más apuesto que esta mañana?
Tras un breve silencio, Hengwen respondió con sinceridad:
—Ahora pareces humano.
Seguí a los maestros taoístas del Templo Mingyue hasta llegar a la residencia del príncipe de la Comandancia del Este.
Al cruzar el umbral, me embargaron las emociones.
Hacía apenas unos días, era parte de esta familia. Aunque Li Siming no tenía el porte refinado de este señor inmortal, al menos era un joven señor apuesto y lleno de vigor. Pero ahora, yacía pudriéndose en su ataúd, y a cambio, este señor inmortal había recibido el cuerpo de un maestro taoísta de mediana edad con un cutis que parecía la piel seca de un caqui arrugado por el viento.
¿De verdad esperaban Mingge y el Emperador de Jade que sedujera a Tianshu con esta cara?
La ceremonia ritual del trigésimo quinto día de la muerte de Li Siming era fastuosa, con un total de ocho templos taoístas involucrados y sesenta y seis maestros recitando escrituras. En medio de aquella multitud, agitaba yo una campanilla.
Vi al príncipe de la Comandancia del Este, así como a Li Siyuan y Li Sixian. Este señor inmortal comprendía que estaban profundamente unidos a Li Siming, pero por muy hondos que fueran sus sentimientos, o por muchas lágrimas que hubieran derramado, a estas alturas, para el trigésimo quinto día, ya debían habérseles secado los ojos.
Así que, cuando estaban quemando ofrendas de papel frente a su tablilla espiritual, todos se lamentaban con ojos secos.
Solo una frase pronunciada por el príncipe logró despertar el ánimo de este señor inmortal.
Frente a la tablilla espiritual, el príncipe de la Comandancia del Este arrojó un fajo de papel moneda a la vasija de fuego y declaró:
—Ming’er, descansa en paz, que padre sin falta arrancará el corazón de ese tal Shan Shengling y lo sacrificará en tu nombre.
Mientras recogíamos el pago por nuestros servicios, Chang Shan se inclinó hacia mí y me susurró al oído:
—Por lo que dijo su señoría hoy, seguro que nuestra Comandancia del Este acabará enfrentándose con la Comandancia del Sur. Ay, qué desgracia. Hablando claro, podría decirse que la muerte del joven señor estaba escrita y que él mismo se la buscó. Cuando estalle la guerra, los que van a sufrir son los plebeyos.
Bajando aún más la voz, me preguntó:
—¿Sabes cómo murió ese joven señor?
Nadie en este mundo lo sabía mejor que yo.
Chang Shan prosiguió:
—Oí que era un tonto de nacimiento, pero por alguna razón, un día se le despejaron las ideas. Y al hacerlo, ¡madre mía! Lo primero que hizo fue meter en su patio a un hombre joven de orígenes más que dudosos. Dicen que lo tenía muy mimado —continuó Chang Shan—. Pero no pasaron ni dos días cuando su señoría invitó a otro joven señor a la residencia como consejero. Se decía que aquel consejero era un personaje fuera de lo común, como un inmortal bajado del cielo. Apenas lo vio, nuestro joven señor relegó al joven del patio y le entregó el corazón por completo al consejero. El del patio, consumido por los celos, se enrolló con un viejo amor, y entre los dos apuñalaron al joven señor. Después, saltaron el muro y huyeron. ¿No te parece de lo más curioso?
Me tembló un poquitín la punta de la barba.
—Curioso —dije.
—Y por si fuera poco —añadió Chang Shan—, ese viejo amor resultó ser nada menos que el gran general de la Comandancia del Sur, Shan Shengling. Después de la muerte del joven señor, el consejero también desapareció sin dejar rastro. Toda esta historia parece sacada de una obra de teatro. Solo que terminó siendo una tragedia. Él perdió la vida, y ahora los plebeyos pagarán las consecuencias.
Desolado, no dije nada. «Emperador de Jade, Mingge, todo esto es culpa suya».
Me guardé bajo la manga las dos hileras de monedas de cobre y seguí a la multitud fuera de la residencia. Desde lejos, vi a Jinning y Jinshu, usando sus bandas de luto, moviéndose entre la gente. Jinning echaba el ojo al altar de ofrendas, como si tuviera en la mira ese plato de pastelillos ofrecido al difunto.
Ya había preguntado a Mingge por el destino de esos dos niños. El príncipe de la Comandancia del Este moriría de un ataque cerebral dentro de cinco años. Tres años después, Li Siyuan tendría una muerte repentina, y al año siguiente, Li Sixian caería en el campo de batalla. Jinning, aún joven, llegaría a ser comandante en jefe y cosecharía victoria tras victoria. Sin embargo, quien terminaría tomando las riendas de la Comandancia del Este no sería él, sino Jinshu. Este tímido Jinshu, que pasaba el día entero siguiendo los pasos de Jinning, acabaría convirtiéndose en el soberano fundador de una nueva dinastía. El mundo, en verdad, no deja de dar vueltas. Había estado de pie frente al pabellón fúnebre por un buen rato, cuando los ojos inquietos de Jinning se clavaron en mí. Se acercó dando pasos torpes.
—Eh, el viejo taoísta de barba larga, ¿qué tanto miras?
Como era habitual, Jinshu lo seguía de cerca.
