Capítulo 1: Nieve cubriendo el arco y la espada

Una ventisca ruge sobre un campo de nieve que parece no tener fin. El ejército se mueve a través de la blancura como una serpiente deslizándose; un millar de soldados de caballería avanza cual tsunami en pos de un solo guerrero. Ataviado con una armadura de hierro negro puro, cabalga sobre un corcel cuyo hocico espuma sangre de tanto galopar. Enjambres de flechas caen sobre él desde el cielo, cubriendo densamente la llanura nevada.

—¡Te sobreestimas demasiado! ¡Qué necedad! —grita el líder enemigo a lo lejos—. Si tienes un ápice de cordura, detén esta lucha de inmediato y déjate arrestar. ¡Regresa a la capital oriental para ser juzgado!

—¡Hasta tú me has traicionado! —brama el guerrero.

—Jianhong. —Otro batallón de soldados se aproxima por su flanco, y ambos bandos parecen empeñados en cercarlo. De pronto, las tropas enemigas se tornan omnipresentes.

—Mi príncipe, todos te han dado la espalda. No puedes hacer esto solo. ¿Por qué no desistir? Si sigues resistiéndote con tanta terquedad, no conseguirás otra cosa más que hacer que estos oficiales tiren sus vidas por la borda. —En la formación reforzada del enemigo, resuena una voz fragorosa—. ¿Acaso la amistad que solías tener con tus hermanos de armas no significa para ti tanto como antes?

—¿Amistad? ¿Hermanos de armas? —El guerrero envaina su espada y resopla con desdén—. Los votos del pasado no son más que mentiras. ¡¿Quién puede recordar las promesas que hicimos antes de todo esto?! Aun si significa sacrificar a estos hombres hoy, ¿en verdad debes derrocarme a toda costa?

—¡Vida o muerte, al final todo es lo mismo![1] El mundo puede ser grande, ¡pero ya no hay sitio en él para ti!

La nieve se arremolina y el tambor de guerra se pone en marcha.

El tamborileo suena como un gigante divino que avanza hacia el mundo de los mortales desde el borde del horizonte, y cada paso que da levanta un frenesí de vendaval y nieve.

—No insistas, mi príncipe. No tienes adónde huir.

El tercer batallón de perseguidores toma forma en la ventisca. Un joven y apuesto guerrero se quita el casco y lo arroja sobre la nieve.

El polvo blanco salpica. La voz del hombre resuena por todo el campo.

—¿Por qué no me entregas la Zhenshanhe[2], bebes una copa de vino y me permites enviarte al más allá?

»Todos mueren —agrega la voz resonante—. ¿Por qué te empeñas en complicártelo?

—Tienes razón. —Los bordes de la túnica de Li Jianhong ondean bajo su armadura. Con la espalda erguida, se mantiene firme sobre su caballo contra el rugido del viento y proclama con voz clara—: Todo el mundo muere, pero sé que mi tiempo aún no ha terminado. ¡El que muera hoy aquí no seré yo!

Yubiguan[3] está lejos de la civilización, pero alguien, en algún lugar, ha empezado a tocar la flauta qiang[4]; su solitaria melodía flota en el aire, cayendo sobre la tierra junto a la nieve polvo. Los soldados a caballo levantan sus lanzas al mismo tiempo que suenan los tambores de guerra. En cuanto deje de sonar el tambor, tres batallones de soldados se unirán y lanzarán sus lanzas hacia Li Jianhong, el príncipe de Beiliang.

—Basta ya de insensateces —dice este con frialdad—. ¿Quién quiere ser el primero en encontrar su muerte?

—Si estás dispuesto a luchar a muerte aquí y renunciar a toda tu antigua gloria, también está bien. —La voz del joven se eleva de pronto en un aullido furioso—: ¡Mil taeles de oro a quien logre cortar hoy la cabeza de Li Jianhong! ¡Lo haré marqués[5]!

El tamborileo se detiene. La caballería ruge, pero el gruñido de furia de Li Jianhong resuena desde la tierra hasta el cielo. Entonces espolea a su caballo hasta llevarlo al máximo, y vira, corriendo hacia la ladera. Las tropas que defienden el terreno más alto gritan y cargan contra él.

Más de diez mil hombres intentan capturar a uno solo; su formación de batalla está completa, convergiendo hacia el centro. Li Jianhong se aferra a su caballo con las piernas, y, con la lanza en la mano izquierda y la espada desenvainada en la derecha, avanza de frente contra la abrumadora fuerza que se abalanza sobre él, como si nadara contra una corriente embravecida. Con un estruendo, la cima de la colina de nieve se derrumba; los soldados que lo perseguían implacablemente se ahogan bajo un caos de polvo blanco y niebla.

La sangre salpica. Con un solo golpe de espada, Li Jianhong parte por la mitad la hoja que se le acerca y hace tropezar a la caballería al galope con su larga lanza, dejando a su paso un rastro de miembros cercenados por su espada. Esta, que corta el hierro con la misma facilidad que el barro, se abre paso a través de la avalancha que se precipita sobre él.

Diez mil contra uno, y aun así, Li Jianhong es como un tigre atravesando un rebaño de ovejas, desgarrando la formación enemiga en medio del caos.

En la colina nevada, solo se oye el relincho de los caballos de guerra, el ruido sordo de las botas al detenerse, el estruendo de un alud; la oscuridad se extiende hacia ellos desde el cielo como ominosas nubes de tormenta, cubriendo el gran norte. El líder a caballo de las tropas rebeldes se detiene ante el precipicio. La nieve cae fina y densa, dejando una capa de polvo blanco sobre su armadura de cobre rojo.

—General, hemos perdido el rastro del traidor. —Olvídenlo. Retírense por ahora.


[1] Hay muchas citas de textos antiguos en esta historia. Esto es de un poema de Bai Juyi; trata sobre el taoísmo y la fugacidad de la vida.

[2] 鎮山河 Zhenshanhe significa “guardián de la tierra”. Es una espada [sable, espada ancha] pesada que Li Jianhong sostiene en una mano.

[3] Literalmente significa “puerta de la muralla de jade”.

[4]Video de referencia. No son han, es un instrumento de una de las muchas tribus minoritarias de China.

[5] 萬戶侯: a veces traducido como marqués. Literalmente significa “señor de diez mil hogares”.

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