Es de noche y la oscuridad lo envuelve todo, salvo por una lámpara que cuelga del muelle y se mece suavemente con la brisa sobre el río.
Las olas llegan una tras otra a la orilla. Escondidos tras unas rocas, Lang Lunxia y Zheng Yan vigilan el muelle.
Al final del muelle, hay un pequeño bulto envuelto en un trapo. Zheng Yan sonríe de pronto.
—Hay algo en la manera de hablar de Wang Shan… —dice—. Me recuerda a alguien en particular.
Lang Junxia no responde. Se mantiene con los brazos cruzados y la mirada fija en el muelle. Ha pasado más de media hora sin que nadie se acerque al bulto.
Ambos permanecen en silencio, como estatuas de madera.
De repente, del río sale un hombre empapado.
Se apoya con una mano en el suelo y con la otra arrastra el bulto hacia él bajo el agua.
Zheng Yan y Lang Junxia se sobresaltan y corren hacia el muelle, pero ya es tarde: la figura se hunde de nuevo en las aguas oscuras. Zheng Yan se arroja al río, mientras Lang Junxia corre por la orilla, siguiéndolo.
Dentro del Pabellón de las Flores.
Escenas del pasado desfilan ante los ojos de Cai Yan y Duan Ling.
Parecen haber regresado a aquella primavera en la que florecían los melocotoneros; a los días en los que se cruzaban en el Salón Ilustre y se saludaban inclinándose con los brazos cruzados; a la noche en que, bajo la guía de Li Jianhong, aprendieron juntos la Espada del Reino; a los días de lamentos, cuando la ciudad cayó y la sangre corrió por las calles.
Cai Yan regresa al instante en que retiró el paño blanco que cubría el cuerpo de su hermano, cuando sus ojos rebosaban de miedo e impotencia. El terror lo consume; su estómago se retuerce y, en su nerviosismo, derrama la copa vacía frente a él.
Duan Ling sólo lo observa, sereno y en silencio, mientras el miedo de Cai Yan crece con cada segundo, como si el hombre sentado frente a él fuera un espectro vengativo, cargado con la furia de Li Jianhong y la condena de todo el Gran Chen.
Cai Yan está aterrado. Y Duan Ling lo sabe. ¿De qué tiene tanto miedo?
A Duan Ling, de pronto, le resulta casi cómico descubrir el origen de ese miedo. Cai Yan no lo teme a él, sino a su padre. Qué curioso: temer todavía a un hombre ya muerto. El poder intimidatorio de su padre no parece haber desaparecido con su caída en batalla; permanece agazapado en algún rincón invisible, como una cuchilla oculta que se clava en el alma de Cai Yan, incrustada en una estela conmemorativa.
—Su alteza, por favor —dice Duan Ling con una sonrisa, dándole un codazo a Wu Du.
El literato que acompaña a Cai Yan responde con frialdad:
—Qué cortesía.
Wu Du toma su jarra y el literato hace lo mismo. Ambos sirven una copa de vino para el joven a su lado.
Wu Du se recompone y le dice a Cai Yan:
—Su alteza, este es mi hijo adoptivo, Wang Shan.
—Wang… Wang Shan —repite Cai Yan con voz temblorosa—. Así que eres tú.
—Yo beberé en nombre de su alteza —dice el literato.
Duan Ling ofrece el vino, y el literato lo bebe de un trago en representación de Cai Yan.
El silencio se prolonga entre ambos, hasta que el literato comienza a notar que algo no está bien.
—¿Su alteza se siente mal? —le pregunta a Cai Yan.
Cai Yan sólo quiere marcharse cuanto antes. Con esfuerzo logra decir:
—Hacía demasiado viento… y me ha dado un poco de dolor de estómago.
«Qué difícil debe de ser para ti inventar una excusa en un momento como este», piensa Duan Ling. La furia que lo consume desde que vio a Cai Yan nubla su juicio; lo único que desea es provocarlo aún más. Pero justo cuando abre la boca para hablar de nuevo, un gran alboroto estalla afuera.
—¡No lo dejen escapar! —Es la voz de Zheng Yan.
La mente de Duan Ling queda en blanco por un instante, hasta que un pensamiento lo atraviesa: «¡Amga ha vuelto!». No alcanza a procesarlo cuando otro estruendo sacude la sala: Amga rompe la barandilla y se desploma en el suelo. Wu Du y el literato se ocupan cada uno protegiendo a quienes tienen a su cargo, y el grupo se divide en dos frentes. Wu Du desenfunda su espada con decisión.
Al momento siguiente, otra persona da una voltereta en el aire, patea el biombo y lo lanza volando hacia Amga. El biombo se hace añicos con un estrepitoso impacto.
Duan Ling retrocede repetidamente, protegido detrás de Wu Du y alejándose de Cai Yan. Entonces, Amga atrapa a Cai Yan, patea al literato y pone su espada en el cuello del primero.
El que ha pateado el biombo es Lang Junxia, seguido de cerca por un empapado Zheng Yan. Al ver a Cai Yan prisionero, el terror se refleja en sus rostros.
—Dinos qué quieres —ordena Lang Junxia—. No perdamos más tiempo.
Amga jamás habría imaginado encontrarse con un pez tan gordo al caer por las escaleras. Solo cuando su oponente abre la boca, comprende que el rehén que ha atrapado es el príncipe heredero del Gran Chen. Una sonrisa se dibuja en su rostro.
—Interesante —dice—. Así que eres tú, ¿eh?
Hace girar el sable en la mano, y el filo resplandece bajo la luz de la lámpara. Cai Yan contiene la respiración. Todos observan la mano de Amga, mientras Cai Yan clava los ojos en Duan Ling.
—Dime cuáles son las condiciones —dice Amga—. Todos aquí somos inteligentes.
El silencio se apodera de la sala y nadie se atreve a decir nada. Para sorpresa de todos, Duan Ling es el primero en hablar.
—Todos retrocedan. Zheng Yan, ve a buscar tres caballos. ¿Khatanbaatar sigue aquí? Bájenlo y pónganlo en un caballo.
Lang Junxia y Zheng Yan comparten una mirada. Zheng Yan asiente y sale a preparar los caballos.
Mientras tanto, Lang Junxia repara en que Duan Ling y Cai Yan ya se han encontrado cara a cara. Primero se muestra sorprendido, pero luego, con una mirada tranquilizadora, le hace una señal a Cai Yan para que no se preocupe; él se encargará de la situación.
—Tú —le dice Amga a Wu Du—, aléjate. Mantén tu distancia.
Wu Du y Duan Ling se apartan sin discutir, como si decidieran disfrutar del espectáculo. Duan Ling tiene mil ideas en mente, palabras que hieren la punta de su lengua, pero al final se queda en silencio.
Poco después, se escuchan pasos apresurados y un hombre irrumpe corriendo en la sala.
—¡Su alteza…! ¿Qué está pasando aquí?
El hombre es Chang Liujun, quien, al ver la situación en el Pabellón de las Flores, comprende de inmediato lo que sucede.
—¡Todos salgan! —ordena Amga con voz autoritaria.
Uno a uno, todos comienzan a retroceder lentamente hacia la salida.
Lang Junxia mira entre Cai Yan y Duan Ling, como si dudara, pero Amga lo apremia:
—¡Muévete!
Al final, todos se alejan en silencio.
Duan Ling entiende lo que ha sucedido: Zheng Yan y Lang Junxia estaban esperando en el embarcadero y se encontraron con Amga cuando fue a recoger el paquete. Al conseguirlo, Amga debió regresar a toda prisa por los techos para entrar al Pabellón de las Flores, y cuando Lang Junxia y Zheng Yan intentaron detenerlo, él se vio acorralado y desesperado.
—Ya están listos los caballos. —Zheng Yan entra—. Suéltalo.
Los cuatro grandes asesinos se encuentran en la habitación: Amga y Cai Yan a un lado, y Duan Ling, Wu Du, Lang Junxia, Chang Liujun y Zheng Yan al otro.
Duan Ling piensa: «Qué suerte tienes, Cai Yan. Si te mataran ahora, la situación sería imposible de manejar».
—¿Está Khatanbaatar aquí? —pregunta Duan Ling.
—Llévenlo fuera de la ciudad —dice en voz baja—. El general Xie está en la entrada, así que no puede salir por sí solo. Nosotros nos encargaremos de abrir el camino. Vamos.
El Pabellón de las Flores no está lejos de la puerta de la ciudad. Caminan un trecho corto, con Duan Ling y los cuatro asesinos liderando, mientras Amga monta en el mismo caballo que Cai Yan, manteniéndose rezagado.
—Estamos arriesgándolo todo por ti —dice Zheng Yan—. Si no conseguimos recuperar a su alteza, tendremos que escapar y convertirnos en fugitivos.
A Duan Ling no le importaría que Amga se llevara a Cai Yan secuestrado al norte, después de todo, Batú lo trataría bien. Pero si el príncipe heredero de su país es secuestrado tan fácilmente, no sabe cómo van a explicarle eso a Li Yanqiu. Deshacerse de su oponente podría complicarle aún más las cosas.
Duan Lin g se vuelve para mirarlos mientras Chang Liujun les pregunta a los otros tres:
—¿Qué ocurrió?
—No tengo idea —responde Duan Ling—. Estaba bebiendo en el Pabellón de las Flores.
—Yo tampoco sé —dice Wu Du—. También estaba bebiendo en el Pabellón de las Flores.
—Amga fue a recoger el paquete en persona —dice Zheng Yan, todavía empapado, con la túnica pegada al cuerpo—. Corrió tan rápido que lo perdimos de vista al instante.
Lang Junxia no dice nada, pero esto confirma la teoría de Duan Ling.
—¿Y tú, qué hacías aquí? —le pregunta Duan Ling a Chang Liujun.
—El joven maestro me pidió que viniera a disculparme con su alteza por no poder venir esta noche —contesta Chang Liujun.
—¿Estás herido? —Duan Ling se ha dado cuenta de que hay sangre filtrándose del brazo de Zheng Yan, pero este le hace un gesto para restarle importancia.
Los cinco ya han llegado a las puertas de la ciudad. Lang Junxia muestra la placa colgante a los guardias de las Armaduras Negras.
—Tenemos que salir de la ciudad por asuntos del Palacio del Este.
Duan Ling pide prestado un arco y un carcaj a los soldados.
Zheng Yan y Lang Junxia habían salido de la ciudad antes, por lo que los soldados no los revisan. Luego preguntan:
—¿Qué pasa con esas personas detrás de ustedes?
—Ellos están con nosotros —responde Lang Junxia.
Amga escolta a Cai Yan, manteniendo una distancia de varios metros entre él y los asesinos, sin querer acercarse más.
—Wuluohou Mu, ve a preparar un bote para él —dice Duan Ling.
Lang Junxia se va a preparar el bote, y todos esperan su regreso.
—Necesito ir al baño —comenta Duan Ling mientras se aleja hacia la oscuridad, dirigiéndose a la orilla. Wu Du lo sigue.
Duan Ling arranca un trozo de tela de su túnica y escribe en él «Espero que te encuentres bien al recibir esta carta» con un trozo de carbón. Ata la tela a una flecha y la esconde bajo su manga antes de volver al muelle.
—Coloquen a Khatanbaatar en el bote —manda Duan Ling.
El literato también los ha seguido fuera de la ciudad, manteniéndose a distancia; mira a un grupo y a otro, preguntándose quién es Duan Ling para que los cuatro grandes asesinos sigan sus órdenes sin cuestionar.
Amga se burla con una sonrisa.
—Sin duda, eres la única persona inteligente aquí.
Duan Ling piensa para sí mismo: «Si realmente quieres al príncipe heredero, te lo puedes quedar sin problema». No obstante, dice:
—Adelante, sube al bote.
—¡Espera! —exclama Zheng Yan, alarmado—. ¿Qué dices? ¡Qué lo suelte!
Amga sube a Cai Yan al bote, y Lang Junxia y Zheng Yan corren unos pasos tras ellos. Chang Liujun, sorprendido, dice:
—No, Wang Shan. No juegues conmigo.
«Je, te asuste», piensa Duan Ling. Apenas el remo de Amga toca el agua y el bote comienza a moverse, Duan Ling grita:
—¡Atrápenlo!
Amga empuja a Cai Yan al agua. Lang Junxia, que había llegado al borde del muelle, se detiene en seco. Zheng Yan, sin embargo, se lanza al agua de nuevo.
Duan Ling sabía que Amga empujaría a Cai Yan al agua para ganar tiempo; nunca pensó que realmente se llevaría al príncipe.
Sin embargo, después del gran chapoteo cuando Zheng Yan se zambulló en el agua para salvar a Cai Yan, Amga les grita esto desde el ya lejano bote:
—¡Su príncipe heredero es falso! ¡Todos han sido engañados!
Duan Ling queda boquiabierto. Wu Du, Lang Junxia, Chang Liujun y el literato que ha llegado corriendo miran horrorizados. Incluso Duan Ling jamás imaginó que Amga fuera a gritarlo de esa manera.
Duan Ling, momentáneamente distraído, recuerda la flecha y la dispara de inmediato. La flecha se lanza como una estrella fugaz en la oscuridad, pero no sabe si se ha clavado en el bote o ha caído al agua.
Un momento después, Zheng Yan emerge del río con Cai Yan empapado en brazos. Lang Junxia y Chang Liujun se apresuran a su lado.
—¿Está bien, su alteza?
Duan Ling le da un codazo a Wu Du, indicándole que debería acercarse y mostrar al menos un gesto de preocupación. Wu Du se aproxima y revisa el pulso de Cai Yan.
—Su alteza —dice Duan Ling—, perdón si lo he ofendido. Todo ha sido culpa mía.
Cai Yan ni siquiera tiene fuerzas para hablar. Hace un gesto con la mano, luciendo muy abatido.
El literato se acerca con un caballo y ofrece apresuradamente:
—Su alteza, permítame escoltarlo de vuelta al palacio.
—Ustedes… ustedes… —murmura Cai Yan débilmente.
—¿Su alteza? —pregunta el literato.
—Feng Duo —ordena Zheng Yan—, lleva a su alteza de regreso enseguida. No permitas que se resfríe.
—Yo también regresaré —añade Lang Junxia.
