Capítulo 11: Lazos de sangre

El último día antes de que dejen el Salón Ilustre para dirigirse al Colegio Biyong, el director entrega a cada niño una piedra ryuoh con sus nombres grabados en kitano y han; en una cara lleva un sello han, que al girarla se convierte en un sello kitano.

—Esta piedra fue extraída del monte Yuheng[1] —dice el director, sentado en el centro del salón mientras sorbe tranquilamente su té—. Nunca olviden de dónde proviene esta piedra.

Más de una docena de niños se inclinan ante el director. A partir de hoy, han terminado sus estudios en el Salón Ilustre, y en el sexto mes deberán llevar la carta de recomendación, firmada tanto por el director como por sus profesores, al Colegio Biyong para participar en los exámenes de ingreso.

Mientras sostiene la carta, un sentimiento repentino y bastante peculiar invade el corazón de Duan Ling.

—¿Soy han? —Ese mismo día, Duan Ling no puede evitar preguntarle a Lang Junxia.

—Por supuesto que eres han —responde Lang Junxia al tiempo que corta ventresca de pescado en la cocina, su tono casual de siempre—. Eres un han entre los han.

Duan Ling ya no es el niño ignorante y confundido de antes; ahora capta con claridad las palabras que Lang Junxia esconde entre líneas.

—¿Qué significa eso?

Lang Junxia, distraído, responde:

—Significa exactamente lo que dicen las palabras. Ve a estudiar.

—Pero mi apellido es Duan y no uno de los cuatro nombres más comunes[2] de la Llanura Central.

—Algún día te enterarás de todo —dice Lang Junxia.

Duan Ling permanece a un lado sin hacer nada, con las manos en las mangas, observando cómo Lang Junxia corta el pescado. Los dedos de Lang Junxia son extraordinariamente diestros y, con unos pocos cortes fáciles, consigue que las rodajas de pescado sean finas como el papel. Duan Ling se ofrece a ayudar, pero Lang Junxia le dice:

—Un caballero se mantiene alejado de la cocina.[3] Tu trabajo es estudiar.

Duan Ling solo está aburrido, pero al haber pasado tanto tiempo en compañía de Lang Junxia, se ha acostumbrado a obedecerlo. Así pues, sale al patio y, recogiendo un palo largo, lo blande para dar unos cuantos golpes al aire.

—¿Cuándo vas a enseñarme artes marciales? —pregunta Duan Ling—. Me prometiste que cuando terminara mis estudios en el Salón Ilustre me enseñarías equitación, tiro con arco y me entrenarías en las artes marciales.

—Los héroes populares violan la ley con poder marcial —responde Lang Junxia—. Solo los vulgares analfabetos se entrenan en las artes marciales. ¿Para qué aprenderlas? Aprender a luchar no hace sino meterte en problemas.

—Los eruditos alteran la ley con el lenguaje[4] —dice Duan Ling—. ¿Pero acaso los Cuatro libros y Cinco clásicos no son estudiados por todo el mundo?

Lang Junxia se queda sin palabras. Duan Ling ya no es el niño que obedecía sin cuestionar cada una de sus palabras; es inteligente y perspicaz, y en las discusiones los engranajes de su mente giran con rapidez. Ahora, incluso Lang Junxia pierde alguna que otra vez.

—Cuando los demás son cuchillos, yo soy un pez sobre la tabla de cortar[5]. Si no aprendo a luchar, solo podré ser golpeado —razona Duan Ling con absoluta seriedad.

—En esta vida siempre habrá quienes se encarguen de protegerte. —Lang Junxia se limpia las manos—. Deja el acero y toma el pincel. El camino del gobierno benevolente es tu verdadera espada. En una sola vida, una persona solo puede hacer bien una cosa; ¿de dónde sacarías la concentración suficiente para estudiar al mismo tiempo medicina y artes marciales?

—Borjigin me dijo que no se puede confiar en nadie; todo lo que uno tiene es a sí mismo.

Las comisuras de los labios de Lang Junxia se elevan apenas.

—¿Ni siquiera en mí?

—Claro que tú me protegerás, pero, por si acaso… si tú también estuvieras en peligro, ¿cómo te protegería yo?

—Si no lograra protegerte —dice Lang Junxia con sencillez—, entonces habría faltado a mi deber. Llegado ese día, aunque no estuviera muerto, alguien vendría a acabar conmigo. Pero eso no importa. Una vez que yo muera, aún habrá muchos otros dispuestos a resguardarte del peligro…

No alcanza a terminar la frase. Duan Ling lo abraza por la espalda y frota la nariz contra su espalda.

—De ninguna manera, quiero ser yo quien te proteja —declara Duan Ling antes de darse la vuelta y salir de la cocina.

La luz del sol se derrama sobre la tabla de cortar. Sin darse cuenta, Lang Junxia se ha hecho un pequeño corte en el dedo con el cuchillo que aún sostiene en la mano.

En el patio trasero, Duan Ling endereza los palos del tendedero y empieza a colgar los pantalones y la ropa interior recién lavados para que se sequen. Al final, Lang Junxia decidió no contratar a ningún sirviente; en su lugar, él mismo se ha hecho cargo de todo. Cuando Duan Ling está en la escuela, Lang Junxia también lo visita de vez en cuando en el Salón Ilustre para llevarle cosas.

Cuando Duan Ling tenía sus días libres, Lang Junxia pagaba todos los gastos diarios para que a Duan Ling nunca le faltara de nada.

A veces, Duan Ling se sentía desconcertado y se preguntaba en voz alta de dónde sacaba Lang Junxia el dinero, pero él solo le decía a Duan Ling que no tenía que preocuparse por eso.

A principios de la primavera, Duan Ling está desganado en su estudio, y Lang Junxia se sienta sobre sus talones cerca de Duan Ling ayudándolo a moler tinta y encender incienso y preparándole una toalla caliente con la que limpiarse las manos. Duan Ling está lánguido por todas partes; siente que algo extraño se agita sin descanso en el fondo de su corazón que le hace difícil quedarse quieto. Cuando ve que Lang Junxia ha salido, se escabulle de la habitación y se lleva una pala para cuidar las flores del parterre.

Allá en Runan, solía ver al jardinero plantar flores, podar e injertar a menudo, y así fue como llegó a amar esta vocación. Lang Junxia ha intentado disuadirlo en repetidas ocasiones, sin éxito, y ahora lo deja hacer lo que quiera siempre que no interfiera con sus estudios.

Estudiar, estudiar, nada más que estudiar… aunque Duan Ling no se opone al estudio, en exceso llega a asfixiarlo. Cai Yan es dos años mayor que él y hace tiempo que ingresó al Colegio Biyong; Batú, en cambio, carece de motivación para aplicarse en ese ámbito y, tras graduarse, desapareció quién sabe adónde sin siquiera despedirse. Duan Ling acudió varias veces a su casa, pero nunca logró verlo. La vivienda de Batú es oscura y sombría, lúgubre hasta resultar aterradora, y el padre de Batú lo fulminó con la mirada y le ordenó que no volviera, solo porque es han.

El contraste con la madre de Helian Bo es absoluto. Ella se muestra cordial con Duan Ling, quizá porque los pueblos han y tangut mantienen una relación amistosa; le toma la mano, le pregunta cómo está y le da las gracias por cuidar de su hijo tartamudo.

Duan Ling, que ya se ha graduado del Salón Ilustre pero aún no ha ingresado en el Colegio Biyong, se encuentra desocupado y pasa la mayor parte del tiempo en casa atendiendo su jardín.

Ese día, está desenterrando con cuidado una plántula de peonía para trasplantarla a otro arriate cuando la voz de Lang Junxia resuena a su espalda:

—Algún día contrataremos a un jardinero; esto te está distrayendo de tus estudios.

Duan Ling se sobresalta y por poco rompe la raíz. 

—Puedo ocuparme de esto yo mismo.

—Los exámenes son en el sexto mes. —Las cejas de Lang Junxia se fruncen ligeramente—. Mira qué preocupado estás.

Duan Ling se estira.

—Estudiaré en un rato.

—Yo también debería conseguirme una regla de castigo. De lo contrario, una vez que ya no estés en la escuela, nadie estará aquí para golpearte las palmas y mantenerte a raya.

Duan Ling se echa a reír de buena gana. Lang Junxia nunca le ha pegado; incluso cuando lo reprende, lo hace con mesura, sin picos bruscos de alegría ni de tristeza. Se limita a permanecer de pie, en silencio, como el bambú que enmarca los corredores exteriores.

—¿O quizá debería llevarte al Viburnum para pasar la noche? —sugiere Lang Junxia.

Duan Ling se sonroja al instante. Muchos de los estudiantes del Salón Ilustre ya son adolescentes y hablan sin tapujos de los asuntos entre hombres y mujeres. En otra ocasión, Batú y Helian Bo incluso lo sacaron a escondidas: se arrastraron bajo la valla del jardín y se colaron en el Viburnum, donde vieron a Ding Zhi atender al hermano mayor de Cai Yan y servirle vino

Duan Ling ya tiene una idea aproximada de qué clase de lugar es el Viburnum. Con las mejillas aún ardiendo, se da la vuelta para entrar en la casa.

—¿Por qué te ruborizas? —pregunta Lang Junxia.

Los días de primavera son indolentes; al regresar a su habitación, Duan Ling ve la sombra de Lang Junxia ir y venir por los corredores y no puede evitar quedarse dormido. Duerme la siesta hasta el anochecer y, después de cenar, ya no consigue conciliar el sueño: da vueltas y más vueltas en la cama.

—¿Quieres un poco de agua? —pregunta Lang Junxia a través de la puerta. Hace ya muchos años que no comparte cama con Lang Junxia, y lo único que oye de él son ruidos ocasionales procedentes de la habitación contigua.

Duan Ling dice algo similar a un «sí» pero no recibe respuesta. Al notar que Lang Junxia se ha sentado en lugar de ir, se gira de lado y murmura, medio dormido:

—No puedo dormir —repone Lang Junxia—. Me sentaré aquí un rato.

Al día siguiente amanece despejado y luminoso. Después de levantarse y vestirse, Lang Junxia dice a través de la puerta:

—Duan Ling, voy a salir a hacer algunas cosas, así que estaré fuera todo el día. Volveré al anochecer.

Duan Ling responde con un murmullo, aún entre sueños. Cuando la tibia luz del sol que se cuela por la ventana le cae en el rostro, ladea la cabeza para esquivar los rayos.

El sol va avanzando poco a poco, y Duan Ling también se mueve, acomodándose una y otra vez cada vez que la luz cambia de lugar, para evitarla.

Li Jianghong está de pie junto a la celosía de la ventana, observándolo sin decir palabra. Está agotado por el viaje, vestido con ropas tejidas de cáñamo, y sus labios, secos hasta el punto de pelarse, tiemblan imperceptiblemente.

—Es mi hijo —dice Li Jianhong.

—Sí, su alteza —responde Lang Junxia, sacando de debajo de su solapa un certificado de nacimiento amarillento, que presenta con ambas manos a Li Jianhong.

Li Jianhong no lo toma, ni le dedica una mirada.

—Cuando la princesa se dirigió al sur por Yubiguan y regresó con los Duan ya estaba encinta —continua Lang Junxia—. Tras la caída de Shangzi, no se atrevió a proclamar la identidad del joven príncipe. El parto fue difícil…, al único que pudieron salvar fue al niño.

Marcas de cuchillas cubren las muñecas expuestas de Li Jianhong, y otra más se enrosca bajo su oreja. Cuando, muchos años atrás, emprendió su vida como fugitivo, perseguido por todo el país por los asesinos de Chen del Sur, estaba solo. Soportó penurias que ninguna persona común podría resistir. Y en estos últimos años, por temor a implicar a su único hijo, no se había atrevido a viajar al norte de manera imprudente.

Una vez recuperado de sus heridas, desapareció en la tierra natal de Lang Junxia, las montañas sagradas del pueblo xianbei, sin dejar rastro; después entró en Goryeo[6], se infiltró en una caravana de mercaderes y viajó a Xiqiang. Esperó hasta que la corte imperial de Chen del Sur lo diera por muerto antes de iniciar su viaje a Shangjing.

Este viaje le llevó demasiado tiempo; al final, todo lo que le quedaba para sostenerse era ese esquivo resto de fe. Al llegar al lugar donde Lang Junxia y él prometieron encontrarse, no se atrevió a dar un paso más, no se atrevió a creer que lo había logrado, ni siquiera se atrevió a adivinar lo que podría estar esperándolo.

Lo más probable es que no hubiera nada, que una vez que llamara a esa puerta lo único que lo recibiera fuera un destino de soledad eterna.

Pero el cielo le ha mostrado misericordia: le ha dejado una luz solitaria en su camino de negrura absoluta, una barca en el vasto río de la vida y la muerte. Y aunque esa luz es tenue y vacilante, ilumina toda su existencia.

En el mismo instante en que posa los ojos en Duan Ling, es como si, de algún modo, hubiera sido salvado.

Los ojos de Li Jianhong son como hondos estanques de aguas otoñales, frías y profundas, y aunque de su complexión poderosa emana una fuerza invisible, en ese instante, en su mirada no hay nada más que ternura.

—Mi hijo tiene los ojos de su madre —dice Li Jianhong—. Y los labios de mi padre. Los labios de un Li.

—Sí, su alteza —responde Lang Junxia.

Li Jianhong sigue observando a Duan Ling dormir, sin parpadear. El muchacho ha crecido notablemente en los cinco años transcurridos desde que dejó Runan. Es apuesto, sus labios describen una curva suave y su nariz es alta y recta, idéntica a la de Li Jianhong.

—Cumple trece años este año. —Las manos de Lang Junxia sostienen el trozo de papel como antes—. Su cumpleaños es el sexto día del duodécimo mes.

—Sí, correcto. Fue el segundo mes de ese año —murmura Li Jianhong— cuando Xiaowan me dejó y regresó al sur.

—Todo es culpa mía —dice Lang Junxia—. Fue un error tras otro, fui incapaz de mantener a salvo a la princesa, y tampoco fui capaz de proporcionar el apoyo adecuado a su alteza. Esa noche me fui a Huchang para encontrar a su alteza, pero fui obstaculizado por Wu Du…

—No —le asegura claramente Li Jianhong, enunciando cada palabra—. Lang Junxia, todos tus errores del pasado quedan anulados de una vez por todas.

Duan Ling se da la vuelta. La luz del sol ilumina su rostro, aún revestido de la inocencia de la infancia. Li Jianhong no puede evitar dar un paso adelante y por poco choca con la celosía de la ventana.

Al ver a Duan Ling, Li Jianhong se siente como un viajero exhausto bajo un sol abrasador, y a punto de morir descubre que a lo lejos ha aparecido por fin un oasis…

Y se siente a la vez lleno de anhelo y temeroso de dar otro paso adelante, aterrorizado de que no sea más que un espejismo, surgido de una tormenta de polvo.


[1] Este monte Yuheng está al norte de la actual capital de Chen del Sur.

[2] Los cuatro grandes apellidos de la dinastía Song eran Zhao, Qian, Sun y Li.

[3] Mencio decía que un caballero debe mantenerse alejado de la cocina, no porque cocinar sea malo, sino porque matar animales dificulta comerlos.

[4] “Los eruditos alteran la ley con el lenguaje; los héroes populares violan la ley con la fuerza marcial” son dos versos de Han Feizi, un filósofo chino.

[5] Del Registro del gran historiador de Sima Qian.

[6] Goryeo fue un reino de la península coreana durante la dinastía Song.

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