Duan Ling acaba de llegar a la habitación de Mu Qing, pero apenas tienen oportunidad de hablar antes de que lo llamen de nuevo. Esta vez, Chang Pin se retira con tacto, cierra la puerta tras de sí y le dice a Wu Du que no entre, dejando a Mu Kuangda y Duan Ling a solas.
Mu Kuangda ya no está enojado. Mirando a Duan Ling, dice:
—Anoche organicé un banquete y Huang Jian esperó toda la noche por ustedes dos, pero no se presentaron. Tendrás que disculparte con él.
—Por supuesto —contesta Duan Ling con humildad.
Dos zorros astutos, guardando silencio sobre lo que no se dice; por supuesto, Mu Kuangda no va a decir tonterías como advertirle a Duan Ling que no revele lo ocurrido la noche anterior, y Duan Ling tampoco va a ir a contarlo por ahí.
—¿Recuerdas el contenido de las cartas? Es bastante extraño que los mongoles se envíen cartas en han.
Una mentira solo engendra más mentiras para que la primera funcione; Duan Ling parece haber olvidado esto y solo puede decir:
—Realmente estaban en han. También me sorprendió y me pareció raro.
Mu Kuangda guarda silencio un rato.
—Escríbelo y veamos.
Duan Ling toma el pincel e imita el tono de Batú para escribir la primera carta.
—No recuerdo todos los detalles con claridad.
Mu Kuangda llama a Chang Pin.
—Ve a la biblioteca y trae la última carta que envió Borjigin Batú.
El corazón de Duan Ling late desbocado en su pecho mientras escribe una segunda página. Apila ambas hojas juntas.
—La segunda carta también la escribió Batú, pero era sobre la alianza. No recuerdo bien qué decía.
Cuando termina, Chang Pin ya les ha traído otra carta. La deja frente a Mu Kuangda. Mu Kuangda las compara de un vistazo.
—Efectivamente, parece del príncipe mongol.
Es otro obstáculo superado por Duan Ling, y deja escapar un suspiro de alivio. Chang Pin le echa un vistazo casual y sonríe.
—Tu caligrafía se parece un poco a la suya, en realidad.
En su juventud, cuando Batú aprendió a escribir en han, a leer y a redactar ensayos, gran parte de esa enseñanza vino de Duan Ling. Solo ahora Duan Ling se da cuenta de esto.
—¿En serio?
Toma la carta y la examina detenidamente. Al ver la escritura familiar de Batú, aún plagada de muchos errores gramaticales, Duan Ling no puede evitar encontrarla divertida y nostálgica, y no puede evitar extrañarlo. Una mezcla de sentimientos surge en su corazón.
—Borjigin Batú creció en Shangjing —sopesa Chang Pin—. Eso es cierto. Debió aprender a escribir en han, y como Jochi nunca aprendió a leer, Batú debió olvidar el mongol de sus ancestros; probablemente solo lo hable, pero no lo escriba. Por eso envía todos sus mensajes en han.
—Por el contrario, tengo la sensación de que —juzga Mu Kuangda, mirando la carta que Duan Ling acaba de escribir— es muy probable que Batú no quiera que su propia gente se entere. Para evitar que la noticia se difunda y la situación se descontrole, escribió sus cartas a Amga y Khatanbaatar en han.
Duan Ling se siente agradecido con Mu Kuangda, que de alguna manera ha justificado su mentira.
—No importa —dice Mu Kuangda—. Guardaremos esto por ahora y lo verificaremos después. —Luego le entrega las tres cartas a Chang Pin para que las guarde y se dirige a Duan Ling—: Wang Shan, te daré unos días libres para que vayas a casa y visites a tus padres. Debes regresar en quince días para ayudar al maestro Chang Pin y así podrás aprender a gestionar la propiedad también.
Duan Ling se da cuenta de que finalmente ha superado la prueba y hace una reverencia a Mu Kuangda antes de salir de la sala.
—Me he dado cuenta de que, pase lo que pase —observa Chang Pin—, Wang Shan siempre mantiene esa expresión. Es bastante sereno.
—Puede asumir grandes responsabilidades, y en el futuro deberíamos invertir en su desarrollo. Una amistad como la que tiene con Qing’er es difícil de encontrar. Chang Pin, parece que tendremos que ajustar nuestros planes una vez más.
Chang Pin guarda silencio un rato y luego asiente.
Es un día brillante y soleado. En el palacio, Li Yanqiu está sentado en uno de los salones, y la única persona cerca de él es Zheng Yan.
—¿Estás bromeando? —Li Yanqiu frunce el ceño al terminar de escucharlo.
Zheng Yan no responde y simplemente lo mira.
—¿Quién más escuchó lo que dijo?
—Chang Liujun, Wuluohou Mu, Wu Du, Feng Duo, y también Wang Shan de la mansión del canciller.
—Es absolutamente imposible. ¿Cómo se explica la Espada del Reino? ¿Acaso el difunto emperador le enseñaría su estilo a alguien que no es de la familia?
—Pero ¿y si incluso el difunto emperador fue engañado? Después de todo, Amga nunca explicó la situación real. Si Wuluohou Mu fue quien engañó al emperador desde el principio…
—Si incluso él fue engañado, está bien para mí. Él decidió que era su hijo, así que ¿quiénes somos nosotros para decir lo contrario?
Zheng Yan se quedó mudo de repente; no esperaba que Li Yanqiu dijera algo así.
—El príncipe heredero pide audiencia —canta el eunuco desde fuera.
Cai Yan está aquí, con un ánimo bastante alegre. Mira a Zheng Yan y le hace un gesto de asentimiento. Li Yanqiu observa a Cai Yan; este lo saluda primero y luego se arrodilla a su lado sin decir nada, solo sonríe.
—¿Qué pasa? —le pregunta Li Yanqiu—. ¿Me extrañaste?
—Los mongoles dicen que soy un impostor —dice Cai Yan.
La expresión de Zheng Yan se ensombrece un poco, pero Li Yanqiu le dice a Cai Yan:
—No tienes que preocuparte por lo que digan.
—Eso es lo que dijeron antes también —añade Cai Yan.
Li Yanqiu escudriña cuidadosamente el rostro de Cai Yan, y de repente esboza una sonrisa. Cai Yan, por otro lado, ha dejado de hablar, sus ojos se enrojecen y desvía la mirada.
Li Yanqiu extiende la mano y abraza a Cai Yan por el cuello. Cai Yan se inclina sobre el hombro de Li Yanqiu y comienza a sollozar.
—Todavía estás pensando en todo lo que te dije en aquel entonces, ¿verdad? Eres igual de rencoroso que tu padre. Aún recuerdo que el día que regresaste, me abrazaste y lloraste así también.
Cai Yan sigue sollozando y temblando. Li Yanqiu le dice:
—Una vez que pase el tercer día del tercer mes, habrán pasado dos años desde entonces. Yo ya no lloro, ¿por qué sigues comportándote como un niño que no crece?
Zheng Yan sigue observando a Cai Yan, frunciendo el ceño, sin estar seguro de si está actuando.
Cai Yan frota su cara contra el hombro de Li Yanqiu, quien le hace una señal a Zheng Yan para que salga, mientras abraza a Cai Yan y le dedica interminables palabras de consuelo.
En un mar de flores de melocotón que se agitan, Duan Ling regresa a casa, pero Wu Du no está por ninguna parte. Al llegar, busca las dos hojas de papel, pero al abrir el estuche, se da cuenta de que han desaparecido.
Duan Ling se sorprende al encontrar un papel que Wu Du ha dejado en el estuche de la espada: «Te espero debajo del puente».
A Duan Ling casi se le sale el alma del susto, pero una vez que se da cuenta de que Wu Du sólo le está tomando el pelo, mira a su alrededor, sintiéndose bastante paranoico. Reúne sus cosas, sale de la casa y ve a Wu Du pasar rápidamente por un callejón. Pensándolo bien, aunque Wu Du esté jugando con él, no se alejaría demasiado.
Tres montañas rodean las orillas del Yangtsé y nueve ríos serpentean por la ciudad de primavera. Los canales cruzan Jiangzhou, con nueve puentes de piedra caliza y pequeñas barcas que se desplazan de un lado a otro. Muchos pescadores navegan por las vías fluviales con sus barcos llenos de productos del río para vender en la orilla.
Las flores de melocotón llenan el aire. La calle principal no está lejos del puente, y al llegar abajo de él, Duan Ling mira en todas direcciones. Al levantar la vista, choca con una rama de melocotón y mira hacia arriba.
Wu Du está inclinado sobre la baranda, sonriéndole a Duan Ling qué está abajo. Duan Ling corre hacia él, para entonces Wu Du ya ha huido.
—¡Wu Du! ¡Quédate ahí!
Wu Du está al final del puente, con una actitud impecable. Duan Ling corre hacia él y, a la luz del sol, la sonrisa de Wu Du es más hermosa que cualquier otra cosa; sus ropas negras de artista marcial lo hacen parecer aún más imponente en la cálida primavera. Duan Ling no puede evitar acercarse y abrazarlo.
—¿Qué pasa? —pregunta Wu Du.
—¿Qué te pasa a ti? —Duan Ling le pregunta a su vez—. ¿Dónde están las cosas?
Wu Du le da una palmadita a su vaina.
—Mi espada, mi vida; su muerte, mi muerte.
Duan Ling se lleva la mano a la frente.
—¿Por qué a todos les gusta guardar cosas importantes en sus fundas?
Pensándolo bien, aparte de ese desafortunado Amga, una funda para espada o sable es el mejor lugar para esconder cosas. Después de todo, para un asesino, la espada siempre está a la mano.
—¿A dónde vamos? —pregunta Duan Ling—. ¿Pasa algo?
Wu Du parece un poco nervioso.
—Vamos, aquí abajo.
El ánimo de Duan Ling mejora considerablemente. Después de tantas dificultades, ahora siente que la neblina se ha despejado y el cielo es amplio y azul sobre él.
Wu Du camina hacia el muelle junto al arroyo e indica a Duan Ling que suba primero. Duan Ling sabe que Wu Du sabe manejar botes, y además se le da bastante bien, así que sube encantado
Wu Du suelta la amarra y salta a la barca de un brinco. Con un simple empujón de su larga pértiga en la orilla, la pequeña embarcación se pierde entre los barcos del mercado flotante. En un abrir y cerrar de ojos, sale disparada por el otro lado como una flecha y sigue su rumbo, serpenteando por los canales hasta llegar a la cola del control de las Armaduras Negras. Allí, en la angosta entrada del canal, espera su turno para salir de la ciudad.
Es la primera vez que Duan Ling viaja en barca, y no puede evitar sentirse emocionado. Wu Du pasa el puesto de control, empujando de nuevo con la pértiga; la barca deja el canal y se adentra en el cauce principal del Yangtsé, donde el horizonte se abre ante ellos y solo se ve agua, un torrente que se precipita hacia el este.
Miles de velas compiten en el Yangtsé; Wu Du iza la vela con unos rápidos tirones, enrolla la cuerda alrededor del mástil varias veces, luego la lanza por encima con descuido y se sienta junto a Duan Ling en la proa, codo con codo.
—Es precioso —dice Duan Ling—. ¿A dónde vamos?
—Al fin del mundo —contesta Wu Du—, ¿quieres ir?
De repente, Duan Ling se siente completamente agotado, pero también inmensamente feliz, sobre todo en el preciso instante en que capta el cielo azul brillante arriba fundiéndose con la vasta extensión de agua abajo; le hace pensar que toda la belleza de la tierra está aquí mismo.
—Quiero ir —responde Duan Ling.
Ninguno de los dos dice nada más, sentados con la espalda apoyada en la proa.
—Cuando volvamos a casa, tendrás que convertirte en emperador. Quizás pase mucho, mucho tiempo antes de que podamos volver a escaparnos así.
Duan Ling entiende lo que Wu Du quiere decir: ahora que tienen las pruebas, ha dado un paso más en sus planes para regresar a la corte. Antes de que se publiquen los resultados de los exámenes, quedarse en Jiangzhou no es la mejor idea.
La pequeña barca vuela sobre la superficie del río y entra en otro estrecho canal antes de virar hacia el norte. A ambos lados de la orilla se alzan imponentes montañas, más hermosas de lo que jamás hubiera imaginado. Wu Du se quita la túnica exterior, se remanga los pantalones y rema con la pértiga. Cuando se cruzan con un pescadero que pregona su mercancía desde otra barca, aprovechan para comprarle algo de comida.
Mientras tanto, Duan Ling ha encontrado un hornillo de carbón y enciende un fuego en la proa para cocinar una sopa de pescado y arroz.
No pregunta adónde van. Poco a poco empieza a pensar que si pudiera pasar toda su vida así, también estaría bien; vivir como lentejas de agua flotando en la superficie de un estanque, vagando lejos, vagando sin rumbo. El maravilloso mundo más allá y toda la gente en él se convertirían simplemente en pájaros surcando los cielos, dispersándose bajo las cumbres de las montañas. Todo se volvería tan sencillo.
Por la noche, cuando llueve, Duan Ling y Wu Du duermen juntos en la cabina, escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre el río. Al mirar afuera, solo ve millones de gotas salpicando el agua.
Cuando el viento arrecia y barre las nubes de lluvia, se tumban en la cubierta rodeados por mil leguas de agua en calma, la superficie tan reflectante como un espejo, mientras un brillante río de estrellas resplandece ante sus ojos.
Y así pasan dos días. Al tercer día, mientras Duan Ling despierta bostezando, Wu Du ya está empujando la barca hacia la orilla. Han llegado a un rincón remoto entre montañas, con un sendero de piedra caliza que conduce hacia el final de la cordillera.
—¿Qué lugar es este? —pregunta Duan Ling.
Wu Du mira a lo lejos. Tras un breve silencio, dice:
—Te llevaré a cuestas.
—Caminemos juntos. ¿Vamos a rezar a un templo budista?
—Ya lo verás cuando lleguemos. —Al decirle esto a Duan Ling, Wu Du parece un poco nervioso.
Suben por los escalones de piedra, cubiertos de líquenes tras largos años de abandono. Al llegar al acantilado, hay un sendero de tablas que serpentea por la cara del precipicio, dando vueltas y más vueltas, adentrándose en la naturaleza salvaje. Cuando Duan Ling ve la primera puerta del monasterio, finalmente comprende por qué Wu Du lo ha traído aquí.
Ante ellos se alza un gigantesco tigre blanco tallado en piedra, tan realista como si fuera de carne y hueso, mirando hacia el gran río y las tierras bajas de la planicie central, rodeado por capas y capas de nubes.
