Es pleno verano, el séptimo mes del año, y el calor es tan intenso que resulta insoportable.
Chang Pin llega a Jiangzhou empapado en sudor, sofocado al punto de no poder más, abanicándose con desesperación.
Mu Kuangda está sentado en la veranda, bebiendo una sopa fría de ciruela agria. Al verlo regresar, da una orden:
—Traigan un cuenco para el maestro Chang Pin.
Chang Pin se queda allí, bebiendo a grandes tragos. Mu Kuangda no le exige explicaciones de inmediato; espera a que recupere el aliento antes de hablar.
—¿Cómo fue tu viaje? —le pregunta Mu Kuangda.
—Por poco me da una insolación —responde Chang Pin, sentándose a la sombra.
—Te envié una carta con un mensajero, pero como él iba hacia allá y tú ya venías de regreso, debieron haberse cruzado sin verse.
—Nunca lo vi —dice Chang Pin, sorprendido.
—No importa. Solo pensaba que, ya que te quedaba de paso en tu regreso a Jiangzhou, podrías hacer una parada en Ye. Wang Shan acaba de asumir un cargo allí, así que seguramente se encontrará con más de un problema. Quería que le echaras una mano y regresaras una vez que las cosas en Ye se hubieran calmado un poco.
Chang Pin asiente. Se saca de un bolsillo una querella, enrollada, y se la entrega a Mu Kuangda. Este la desenrolla con el ceño fruncido.
—Hace ocho años —dice Chang Pin—, el mismo día que Wuluohou Mu llegó a Xunyang, la casa donde vivían los padres de Duan Xiaowan se incendió en plena noche. Todo quedó reducido a cenizas. Vivían cuarenta y siete personas en esa casa. No sobrevivió ni una sola.
—¿Ah, sí? ¿Todos murieron?
Chang Pin vuelve a asentir.
—Hace cinco años hubo una hambruna en la ciudad, y luego llegó la guerra. Los mongoles saquearon la ciudad varias veces, y con el paso del tiempo, la gente de Xunyang o bien se fue al sur o murió. Muchos niños murieron de hambre durante la hambruna; busqué por todas partes chicos de la misma edad, pero casi no quedaban. Hoy en día, Xunyang está casi deshabitada, parece un pueblo fantasma.
—Eso realmente complica las cosas —dice Mu Kuangda, frunciendo el ceño.
—Y aun así, el cielo no me cerró todas las puertas —responde Chang Pin—. Encontré a un anciano en la ciudad de Xunyang. Sabe cosas sobre los Duan.
—¿Dónde está?
—Estamos en pleno verano y el viaje es duro. No me atreví a traerlo. Si enfermara, podríamos perder incluso esta última pista.
—Hablemos arriba. —Mu Kuangda se pone de pie y se dirige a la biblioteca del segundo piso. Chang Pin lo sigue, y justo después de entrar, se vuelve para cerrar la puerta tras de sí.
Duan Ling tiene un sueño largo, muy largo. En él, ha regresado al cobertizo de leña en la mansión de los Duan, donde sus pequeños amigos le gritan desde cerca: «Duan Ling, Duan Ling».
—¡Oye, despierta! —le dice la voz de Batú—. ¡Ya deja de dormir!
A Duan Ling le duele la cabeza como si se la hubieran partido en dos. Al darse la vuelta, percibe que su nariz está llena del olor a hierba y tierra. Está tendido sobre un pedazo de pasto y un amplio lago azul está muy cerca. Al tomar conciencia de su situación, abre los ojos de golpe.
No sabe muy bien qué pensar.
Batú lo está registrando con una mano, y Duan Ling empieza a forcejear de inmediato, por lo que el otro lo sujeta con firmeza. Su muñeca es gruesa y fuerte; por algún motivo, Duan Ling no puede zafarse, y el peso de Batú lo mantiene inmovilizado.
—¡Pero qué… Batú! ¡Suéltame! ¿¡Qué intentas hacer!?
Batú es de complexión robusta; apenas han pasado tres años y ya se ha vuelto tan fuerte: sus hombros son anchos, su cintura ceñida, y su cuerpo ágil y musculoso como el de un leopardo. Le sujeta ambas muñecas con una sola mano, y con una rodilla metida entre sus piernas, lo observa con atención. Se ha inclinado peligrosamente cerca, tan cerca que su aliento casi le roza la cara.
Duan Ling da un respingo, intentando escapar, pero Batú lo tiene completamente inmovilizado. Una mano le sube desde la cintura, quitándole con destreza la camiseta interior junto con la Armadura de Plata del Tigre Blanco que lleva por encima. Descamisado de la nada, Duan Ling grita:
—¡¿Qué estás intentando hacer?!
Batú le da a Duan Ling una palmadita despreocupada en la cara y le lanza de vuelta la camiseta interior.
—¿Quién te dio esta prenda?
—¡Devuélvela! ¡Es mía!
—Ahora es mía. Todavía me debes una prueba simbólica.
Batú se ha quitado la armadura y ha abierto su camisa, dejando al descubierto unos brazos firmes y músculos delgados pero marcados. Se pone la camiseta acorazada del Tigre Blanco y camina hacia el lago para mirar su reflejo.
Batú gira la cabeza.
—Hasta tú me perteneces ahora. Me ahorraste dos mil cuatrocientos taeles de oro. Salí ganando. —Dicho esto, le lanza una cantimplora a Duan Ling—. Bebe un poco.
Duan Ling da unos tragos y se pregunta si Wu Du ya habrá notado su ausencia. Si estará viniendo a buscarlo con sus hombres. Se queda mirando el horizonte, preguntándose dónde estará en este momento.
—Deja de pensar en eso —dice Batú, como si pudiera leerle la mente—. Los perdí hace mucho tiempo. Nadie va a venir a rescatarte.
—Déjame ir.
—¿Tú crees que eso es posible? —Batú se echa a reír en lugar de responder.
Duan Ling, en lo que respecta a Batú, no tiene alternativas. Se bebe toda el agua de la cantimplora de un solo trago y se la lanza de vuelta, sabiendo que ahora tendrá que volver a llenarla. Como esperaba, Batú se da la vuelta y se agacha para llenar la cantimplora con agua del lago. Para cuando se da cuenta, Duan Ling ya ha salido corriendo hacia el caballo que pastaba cerca y de un salto monta sobre su lomo. Sin dudarlo, lo insta a galopar.
—¡Jía…!
El caballo da media vuelta y comienza a galopar con fuerza. Batú se incorpora con el ceño fruncido, sin saber muy bien qué decir.
Jadeando, Duan Ling no puede evitar volver la vista atrás para mirar a Batú. De pronto, siente un nudo en el pecho al tener que dejarlo así. Le duele admitir que, tras reencontrarse, se encuentran ahora en bandos opuestos, y que, antes de poder siquiera hablar como es debido, le toca huir de esta forma.
Sin embargo, Batú se inclina hacia adelante y, como una flecha lanzada al viento, se lanza a toda velocidad por la llanura ¡directo hacia Duan Ling.
—¡Jía! —grita Duan Ling.
Mientras cabalga a toda prisa por la llanura, Batú gira de pronto su brazo y una roca vuela como un meteoro en dirección a Duan Ling y golpea al caballo en las ancas. El corcel de guerra relincha, sorprendido, y Duan Ling, tomado por sorpresa, sale despedido del lomo del animal. Al instante, Batú se lanza de un salto por los aires y lo envuelve con los brazos. Ambos ruedan por la hierba tras una aparatosa caída.
—¡Jajaja! —Batú estalla en carcajadas—. No tienes… ¡No tienes ninguna oportunidad contra mí!
—¡Vete al infierno! —gruñe Duan Ling, furioso.
Duan Ling se sube sobre Batú y lanza un puñetazo hacia su rostro, pero Batú simplemente levanta una mano, le atrapa el puño y le retuerce el brazo hacia la espalda para inmovilizarlo. Luego lo empuja hacia adelante.
—¡Muévete!
Duan Ling está al límite; no puede vencer a Batú en una pelea, y tampoco puede correr lo bastante rápido para escapar. Está a punto de perder la cabeza.
—Casi se me olvida cómo hablar en han. Ha pasado demasiado tiempo. Súbete al caballo.
—¡Déjame ir! —espeta Duan Ling, furioso.
—¿Te vas a subir o no? —Batú le saca una cabeza de altura a Duan Ling—. No me obligues a ponerme violento. Estoy de muy buen humor hoy. No tengo ganas de atarte.
—¿A dónde vamos?
—A correr a caballo.
—¡Vete al diablo! —le suelta Duan Ling con fiereza.
Lo que los mongoles llaman «correr a caballo» consiste en capturar a una mujer, llevársela montada a la fuerza y galopar por las praderas hasta llegar a algún lugar desierto. Allí, con el cielo por techo y la hierba por lecho, consuman la relación. Algunos mongoles también llaman «casarse» a este ritual de correr a caballo.
Batú, ya impaciente, lo empuja con fuerza para subirlo al caballo. Duan Ling tampoco quiere que lo aten, así que no le queda más remedio que quedarse quieto.
—Tengo que orinar. —A Duan Ling se le ocurre de pronto que tal vez así pueda ganar algo de tiempo. Wu Du debe estar buscándolo por todas partes.
—No intentes nada raro —advierte Batú, y acto seguido toma una cuerda y le ata las manos. Luego se sube al caballo y se acomoda firmemente detrás de él. Poniendo las manos a ambos lados de su cintura, toma las riendas, las azota y grita:
—¡Jía!
El corcel de guerra avanza una vez más, adentrándose en la vasta naturaleza. El cielo es azul y la extensión salvaje parece no tener fin; es mediodía, y las montañas se extienden hasta donde alcanza la vista. Duan Ling sabe que, aunque logre escapar, de cualquier forma se perderá, así que decide que es mejor no intentarlo.
—No intentes huir. Te perderás, y no quiero que mueras de hambre en las montañas.
—Si fuera tan fácil morir de hambre, ¿¡sabes cuántas veces ya habría muerto!? ¿¡Y para qué demonios me atrapaste!?
—Te extrañaba, eso es todo —responde Batú distraídamente—. Has matado a la mayoría de mis guardias personales. Duan Ling, ¿cuándo te volviste tan despiadado?
—¡Ustedes los mongoles invadieron Shangjing y mataron a mi padre! Y andan matando a los han por todas partes. Ojalá pudiera matar a todos los tuyos. Yo solo maté a algunos de tus guardias personales, ¿y ya me llamas «despiadado»?
—¿Me odias entonces?
—No te odio.
—Entonces está bien.
Duan Ling se queda sin palabras.
El corcel de guerra desacelera al pasar junto a una extensión de pantanos. La luz del sol desciende desde lo alto, filtrándose entre las hojas en parches. La luz moteada del sol se proyecta sobre ellos a medida que avanzan.
—Te he extrañado durante tantos años, ¿sabes? Casi no te reconocí. Solo lo logré cuando llamaste mi nombre.
—Yo te reconocí con una sola mirada. Solo una mirada. Pero una vez que me atrapaste, ya no sé quién eres. Batú, has cambiado mucho. Justo ahora, casi pensé que me había equivocado de persona.
—Oh. —Batú observa casualmente el interior del bosque, vigilante ante una posible emboscada. Con solo este sencillo gesto, Duan Ling sabe que no tiene forma de escapar. Batú es impresionante; a veces entrecierra los ojos para pensar, otras veces gira la cabeza para escuchar, a veces se mueve rápido y otras lento mientras atraviesan los pantanos y el bosque.
—El truco que hiciste ayer fue impresionante —dice Batú—. Hace mucho que nadie me vencía de esa manera. ¿Qué fue esa artimaña que usaste? ¿Humo envenenado?
Duan Ling no le responde, manteniéndose a la defensiva ante el intento de Batú de sonsacarle información.
—¿A dónde demonios me llevas? —pregunta.
—De vuelta a mi campamento, por supuesto. ¿A dónde más podríamos ir? ¿Cuándo te volviste tan tonto?
—Solo déjame ir…
—¡Imposible! ¡Te he estado buscando durante dos años! ¿Cómo podría dejarte ir?
Tras atravesar los pantanos y rodear una pared de acantilado, el espacio se abre ante ellos y revela un campamento mongol. A juzgar por el número de personas, hay al menos cuatro mil. Batú, sujetando la cuerda atada a la muñeca de Duan Ling, lo ayuda a bajar del caballo y lo conduce hacia el interior. En el camino, algunas personas lo saludan, y Batú parece molesto mientras les devuelve el saludo.
Los soldados mongoles que pasan solo le echan un vistazo a Duan Ling mientras se cruzan con él, como si no les sorprendiera en lo más mínimo. Sin detenerse, Batú lleva a Duan Ling hasta una de las tiendas y, agachándose, lo empuja hacia adentro.
¿Este es el campamento de un comandante de batallón? ¿Al hijo de Borjigin solo se le ha dado el bajo rango de comandante de batallón? Con las manos atadas, Duan Ling se sienta sobre la alfombra. Batú ata la cuerda a una estaca de madera y le dice:
—No intentes huir. Espérame, volveré enseguida.
Y tan pronto como termina de decir esto, se da la vuelta y sale.
Aunque Duan Ling quisiera huir, no tiene manera de hacerlo. Batú le ha quitado su armadura del Tigre Blanco, y está rodeado de soldados mongoles. Si intenta escapar a plena luz del día, lo matarán en cuanto ponga un pie afuera. A los mongoles no les importa de quién seas cautivo.
¿Qué es este lugar? Anoche, los mongoles habían saqueado Hejian y dejaron la ciudad al amanecer. Apenas ha pasado una mañana completa y ya están acampando, por lo que este lugar probablemente sigue dentro de las fronteras del Gran Chen.
—¡Borjigin! —Alguien más entra en la tienda, y Duan Ling retrocede de inmediato. El recién llegado es un hombre fornido, que le lanza una mirada curiosa a Duan Ling antes de cerrar la solapa de la tienda y marcharse.
Poco después, Batú regresa con carne asada y pan plano en las manos. Coloca la comida frente a Duan Ling y le entrega una cantimplora, pero no afloja sus ataduras.
El otro hombre lo persigue hasta la tienda y gruñe:
—¡Borjigin Batú!
Batú se pone de pie, alcanzando su altura completa. El techo de la tienda es bajo, así que los dos casi rozan con la cabeza el techo de la tienda mientras hablan. Duan Ling puede entender lo que dicen, pero no mira al hombre fornido. En su lugar, se gira para que este no se dé cuenta de que entiende el mongol.
—¿Dónde llevaste a tus hombres? —le dice el hombre fornido a Batú, su rostro hinchado y feroz—. ¡Zhiluo quiere que te hagas responsable! ¡No lograste tomar Hejian y mucha gente ha muerto!
—Que venga a verme —responde Batú—. Mi sable aún no ha probado sangre hoy.
—Más te vale pensarlo bien —dice el hombre fornido con maldad—. Piensa cómo vas a explicárselo al Kan cuando regreses.
—Eran mis propios hombres. Todos eran guerreros que me seguían, así que si murieron, eso es asunto mío.
—¿Y qué es esto? ¿Un han? —El hombre fornido señala a Duan Ling, que está sentado en un rincón de la tienda.
—Mi cautivo. Lo atrapé. Es mi esclavo.
—Los cautivos deben ser entregados y redistribuidos por Zhiluo. ¡Estás guardando botines de guerra para fines privados, y eso también es un crimen! ¡Y no hay mujeres! Sacrificaste a tantos guerreros, ¿y lo único que trajiste de vuelta es un hombre? ¡Tienes que entregarlo y usarlo para consolar a las tropas!
—Vete a la mierda —responde Batú con indiferencia—. ¿Quieres seguir hablando?
—¡Borjigin! —El hombre fornido se enfurece y, en un abrir y cerrar de ojos, saca su sable y se lanza hacia Batú—. ¡Eres demasiado arrogante! ¡Voy a matarte!
—¡Cuidado! —grita Duan Ling en cuanto ve el movimiento del hombre. Batú nunca habría imaginado que el hombre intentaría matarlo en serio, y retrocede de súbito, tratando de apartarse. El sable del hombre golpea la cintura de Batú, y si no hubiera sido porque impactó sobre la armadura del Tigre Blanco, ese golpe lo habría abierto de lado a lado, dejando sus entrañas esparcidas por el suelo; en cambio, el sable resbala sobre el metal, dejando la armadura completamente intacta.
Para entonces, Batú ya se ha recompuesto. Saca su daga, y con un movimiento en arco, la clava en el costado del cuello del hombre. Duan Ling estaba a punto de lanzarse hacia adelante para intentar ayudar, pero la daga de Batú ya está enterrada en el cuello del hombre fornido.
La sangre le llena la boca y la nariz al hombre y el aliento se le atasca en la garganta mientras lanza una última mirada fulminante a Batú. Sus labios tiemblan apenas una vez y, cayendo de espaldas al suelo, muere en el acto.
Duan Ling lo observa en silencio.
Batú se da unas palmaditas en la armadura del Tigre Blanco que lleva puesta y mira a Duan Ling con incredulidad.
—¿Qué clase de… tesoro es este? —pregunta Batú.
—Eh… ¿¡Quién era ese hombre!? ¿Era uno de los tuyos? ¿¡Y lo mataste así sin más!?
—Ni idea —responde Batú, aún con el ceño fruncido, como desconcertado—. No lo había mirado a los ojos desde que salimos de campaña.
—¿Cómo se llama?
—Se me olvidó.
Duan Ling le lanza una mirada de puro fastidio.
—Haré que alguien venga a limpiar esto —dice Batú.
Una vez más, sale de la tienda. En toda su vida, es la primera vez que Duan Ling presencia con sus propios ojos la brutalidad de los mongoles: ¡son poco más que bestias!
Esta vez, Batú tarda mucho en regresar. Al cabo de un rato, entra otro desconocido, que le dice a Duan Ling:
—Ven conmigo. El inspector del ejército quiere verte.
