Duan Ling había pensado que, una vez que Wu Du lo encontrara, le daría una buena reprimenda, ya que realmente había sido demasiado imprudente; tanto, que Wu Du terminó herido por su culpa.
—Lo siento —dice Duan Ling—. Fui muy descuidado.
—Sólo ten más cuidado la próxima vez. Fue culpa mía por no estar pendiente de ti. Lo importante es que estás bien.
Escuchar eso de Wu Du hace que Duan Ling se sienta aún más culpable; tras un momento de silencio, se inclina hacia él y le da otro beso. Wu Du, por su parte, simplemente sonríe, le da una palmadita en la cabeza y le entrega un cuenco de gruel. En ese instante, Duan Ling piensa que, a veces, Wu Du se parece tanto a su padre que resulta inquietante.
—Ibas montando a Benxiao —dice Duan Ling—. Aunque solo sea por mi…
—Shh. —Wu Du le indica que baje la voz.
Duan Ling toma un sorbo de sus gachas y susurra:
—¿No te ayudaron a salvarme por tratarse del caballo favorito del difunto emperador?
—Cuando entré por primera vez a la ciudad, casi me apuñalan. Me preguntaron de dónde me había robado el caballo.
Duan Ling se cubre el rostro con la mano, sin palabras.
Wu Du se ríe de sí mismo.
—Los rumores de antes decían que yo había sido el responsable de la muerte del difunto emperador. Se podría decir que mi reputación está por los suelos.
—Lo siento —dice Duan Ling.
En el corazón de Duan Ling, la Comandancia del Norte es el antiguo ejército de su padre; en cierto sentido, también son sus propios subordinados, así que le parece una falta de respeto imperdonable que hayan tratado así a Wu Du. Por supuesto, Wu Du no se dejaría ofender por un montón de soldados ordinarios, y con un gesto de la mano le da a entender a Duan Ling que no le dé importancia.
—¿Y eso qué tiene que ver contigo? —dice Wu Du—. Solo tendré que enseñarles disciplina a golpes.
Después de todo, monta el caballo del difunto emperador y también al hijo del emperador. Así que, naturalmente, no va a tener en mucha estima a un grupo de soldados de segunda.
Duan Ling se termina tres grandes cuencos de gachas con jengibre viejo y pollo tierno, y de inmediato se siente mucho mejor.
—¿Quedaste lleno? ¿Quieres más? Hice que mataran un pollo. Todo es caro aquí, así que por ahora lo único que podemos permitirnos es pollo. Cada familia cría los suyos.
—Ya estoy bien —responde Duan Ling, notando que Wu Du ha mejorado muchísimo en la cocina.
Wu Du le sonríe.
—Zheng Yan me enseñó.
—La renovación de esta residencia del gobernador está bastante bien hecha —dice Duan Ling—. Todos en la ciudad son tan pobres, y sin embargo aquí usan madera de tan buena calidad.
—Hubo un motín —explica Wu Du—. Después de que los mongoles se llevaran al gobernador, los tenientes lideraron una revuelta y los soldados saquearon todo lo valioso de la residencia. La mayoría de las cosas fueron desmontadas y vendidas para pagar al ejército.
Duan Ling lo mira en silencio, atónito, pensando para sí que Huang Jian tenía toda la razón: Ye es, en verdad, una guarida de lobos.
—¿Y ahora que ya comiste, qué te apetece hacer? —le pregunta Wu Du, fijando la mirada en él.
—Quiero darme un baño. Me empapé con la lluvia y me siento asqueroso.
—Tu señor te ayudará a bañarte —le dice Wu Du, acercándose para rodearlo con los brazos, mientras se inclina a besarle el cuello.
Duan Ling se sonroja de inmediato; no necesita pensarlo mucho para saber qué clase de «baño» tiene en mente Wu Du, así que se apresura a decir:
—¡Todavía estás herido! ¡Deja de decir tonterías!
»Date prisa y come algo —añade.
Riéndose, Wu Du se aparta para servirse un poco de gachas. Duan Ling lo observa desde cerca, y cuando Wu Du lo sorprende mirándolo sin querer, le dice:
—Gobernador, pareces un cachorrito. Ni siquiera ha amanecido aún. Faltará un buen rato para que haya alguien que pueda hervir agua.
—Bah, olvídalo, no voy a hacer que se molesten por eso —dice Duan Ling, tomando una toalla húmeda para limpiarse. Entonces Wu Du deja su cuenco a un lado, le quita la ropa a Duan Ling y, mientras lo limpia, recorre su cuerpo con las manos. Los dos se abandonan a un beso íntimo y prolongado. Pasa un buen rato así, y sólo por la insistencia constante de Duan Ling, Wu Du acepta aguantarse y esperar a estar mejor.
Amanece, pero Duan Ling aún no logra poner en orden sus pensamientos. Wu Du sigue herido, y ya los espera una montaña de problemas.
Hoy asume su cargo, y cada asunto que se le presenta está fuera de sus capacidades, cada uno más absurdo que el anterior.
Lo primero que debe hacer es compensar a los campesinos por ciento veinte cabezas de ganado.
En segundo lugar, debe estar alerta ante la posibilidad de que Batú y los mongoles regresen en cualquier momento para derribar las murallas, masacrar a su gente, llevarse a sus mujeres y quemar sus aldeas.
En tercer lugar, tiene que reunir dieciocho mil taeles de plata para pagarle el salario a los antiguos subordinados de su padre. De lo contrario, podrían derrocarlo, arrasar la residencia del gobernador, desmontar las vigas del techo, cargar con los pilares y usar la madera para encender sus fogatas –incluso podrían llevárselo a él para que sirva de consuelo a los soldados–.
Por último, tiene que preparar cincuenta mil shi de grano, o no lograrán sobrevivir al invierno. En cuanto empiecen a llegar refugiados del norte, todos se morirán de hambre bajo el viento helado.
Claro que Duan Ling no va a morir de hambre; Wu Du robaría comida para él, y si algún día ya no queda nada que robar, pues… siempre podría comerse a Wu Du.
Todas las miradas están puestas en su nuevo gobernador y comandante: el responsable de los asuntos internos y el encargado de los conflictos externos, preguntándose cómo demonios resolverían la situación.
El tesoro está completamente vacío, las murallas de la ciudad requieren reparaciones urgentes, y los mongoles, tras abandonar su campamento, desaparecieron sin dejar rastro. Lo más probable es que estén saqueando por los alrededores.
Duan Ling no puede evitar sentirse intrigado por el hecho de que Wu Du no haya hecho ninguna pregunta sobre Batú. Pero en esto, Wu Du es bastante astuto: no suele mencionar a personas que no vienen al caso. Quizá sea precisamente porque Duan Ling rara vez hablaba de Batú que Wu Du aún no ha empezado a mostrarse inquieto al respecto.
«Ojalá Batú no regrese». Duan Ling suspira para sus adentros. ¿Cómo fue que todo terminó así?
Lin Yunqi y Sun Ting se sientan a cada lado de él, mientras que el resto –Wang Zheng, Yan Di y otros que vinieron con él desde Jiangzhou– son hombres de confianza.
Wu Du, en tanto, está recostado con languidez en el diván junto a Duan Ling, tal como solía hacerlo en la residencia del canciller, vistiendo una túnica azul, abierta en el pecho. Observa la lluvia tras la ventana, pensativo. Tal vez esté considerando cómo va a castigar al ejército de Ye.
Sentado junto a ellos, Sun Ting mira a Wu Du, luego dirige la mirada a Duan Ling, y abre la boca como si estuviera a punto de decir algo, pero no parece saber por dónde empezar. Sus ojos reflejan una preocupación evidente.
Aunque no haya pedido expresamente a este gobernador, este gobernador vino aquí por su causa. ¿Podrá hacerlo bien? Duan Ling puede adivinar lo que inquieta a Sun Ting: nada más que la sospecha de que es demasiado joven, y que no hay forma de que pueda hacerse cargo de todos los problemas de Ye. Y sin embargo, gobernar una ciudad como funcionario es, en muchos sentidos, como aprender y entrenarse en las artes marciales: cada cosa requiere su propia formación, cada una exige su propio conjunto de habilidades. Un funcionario debe tener muy claro qué es lo primero que debe hacer, y qué debe hacer después.
Duan Ling comienza con su primera tarea.
—Wang Zheng, irás al Yamen[1] y te harás cargo de los juicios y sentencias. Envía al resto de los nuestros a trabajar allí. Lleva el certificado de nombramiento. Ve ahora.
Aunque Lin Yunqi es su encargado de mano de obra, en lo que respecta a la asignación de tareas debe seguir las instrucciones de Duan Ling, así que toma nota de lo dicho. Wang Zheng acata las órdenes y se dirige a su nuevo puesto.
—Nuestro contable aún no ha llegado —dice Duan Ling—. Yunqi, encárgate del tesoro por ahora y haz un inventario. Revisa los déficits y los excedentes de los últimos años.
Lin Yunqi recibe la orden y también se retira.
Duan Ling le dice a Sun Ting:
—Sun Ting, tú y yo fuimos unidos por el destino, así que dejaré esta residencia en tus manos. Ve y escoge a diez hombres para que actúen como guardias del lugar.
Duan Ling le lanza una mirada a Wu Du. Este sigue absorto, contemplando la lluvia, pero Duan Ling sabe que lo ha oído; la verdad es que, mientras Wu Du esté presente, cuántos guardias haya en la residencia realmente no le preocupa.
Sun Ting dice:
—Mi señor, usted no sabe cómo son esos soldados veteranos. Si los trae aquí así como así, y llegan a ofenderlo…
—Estará bien. Ve. Hay un salario mensual adicional de dos shi para quien acepte trabajar en la residencia.
Y así, Sun Ting también acata la orden y se retira.
—Yan Di. —Tras meditar un momento, Duan Ling dice—: Te doy tres días para que inspecciones las murallas. Tendremos que reforzarlas antes de que llegue el otoño. También habrá que renovar las trincheras y las estacas contra caballería. Además de eso, las torres de arquería, las zonas fuera de las puertas de la ciudad, las empalizadas, las torres de vigilancia… haz una lista con todo lo que hay que reparar, cuánto dinero necesitarás, cuánta gente hará falta, y entrégasela a Yunqi. En cuanto a cuántos trabajadores habrá que contratar para las obras y cuántos días los necesitarás, haz otra lista y dásela a Wu Du.
—Entendido —responde Yan Di.
Duan Ling añade:
—Ve con Yunqi y pídele diez taeles de plata. Puedes invitar a los soldados de la ciudad a una ronda de vino.
Yan Di también se retira a cumplir su tarea, dejando a Duan Ling y Wu Du solos. Durante un rato, ninguno de los dos dice nada, mientras Duan Ling hojea el diario oficial que dejó el gobernador anterior. Las entradas fueron escritas por el propio gobernador o por el asesor legal, anotando día a día lo que hacía, cómo iban los asuntos administrativos, y demás. Duan Ling lo hojea un buen rato, hasta que de pronto algo se le ocurre.
—¿Este gobernador no tenía familia?
—Ni idea —dice Wu Du—. «Un matrimonio no es más que una pareja de aves que vuelan juntas. Cuando llega la catástrofe, cada una vuela por su lado», supongo.
Duan Ling se queda un momento sin palabras. Wu Du vuelve de sus pensamientos y comenta:
—¿Para qué estás formando un equipo de guardaespaldas? Y encima les vas a pagar dos shi extra de arroz.
—Somos recién nombrados y acabamos de asumir el cargo —responde Duan Ling—. Nadie fuera de la residencia sabrá qué hacemos ni qué decimos en el día a día. Si reunimos a diez guardias que anden todo el día por aquí, terminarán conociéndome. Y cuando eso pase, hablarán de mí allá afuera. Las noticias corren rápido en un campamento militar, sobre todo entre soldados rudos. Seguro que chismorrean. Así no tendrán que andar adivinando.
Duan Ling sabe que, si quiere ganarse la confianza de la gente de Ye, lo primero que debe hacer es dejarse ver. Solo cuando la gente sepa lo que está haciendo podrán sentirse tranquilos.
—Sí, pero en cuanto haya guardias por aquí, ya no podré manosearte.
Duan Ling lo molesta:
—Si de verdad quieres manosearme delante de los guardias, bueno, primero que nada, yo no soy rival para ti en una pelea. Segundo, ninguno de mis guardias lo es tampoco; en esta ciudad no hay una sola persona que pueda contigo. Así que, si te da por manosearme frente a cualquiera, ¿no es cosa tuya al fin y al cabo?
Wu Du estaba bebiendo té, y al oír eso lo escupe de golpe, sonrojándose. Él era quien pretendía molestar un poco a Duan Ling, pero al final ha sido él quien ha salido burlado.
No pasa mucho tiempo antes de que Sun Ting entre con diez hombres. Todo le hacen una reverencia a Duan Ling y Wu Du, aunque esté último apenas les lanza una mirada, sin decir palabra. Sun Ting organiza turnos diurnos y nocturnos, cinco hombres por turno: dos vigilan en el exterior, dos patrullan, y uno permanece junto a la puerta por si hace falta mandarlo a hacer algún recado. Duan Ling queda satisfecho con la disposición y le dice a Sun Ting que llame a Lin Yunqi para ponerlos en la nómina.
Lin Yunqi regresa tras hacer el inventario del tesoro, y es tal como Wu Du se lo imaginaba: no queda ni un solo cobre en la tesorería, y el gobierno local incluso le debe bastante dinero al pueblo. Todos los objetos de valor en la residencia ya han sido vendidos, aunque aún quedan un par de tazas de té.
—¿El gobernador era soltero? —pregunta Duan Ling, aunque no le parece probable.
—El gobernador tenía cuatro concubinas —responde Lin Yunqi—. Tres se fugaron con soldados, y una se llevó sus pertenencias y se marchó con un bandido. Su esposa principal era de Qiongzhou, y cuando se enteró de que el gobernador había desaparecido en territorio enemigo, agarró a su hijo y regresó escoltada a casa de sus padres. Nunca volvió a enviar noticias, así que no sabemos qué fue de ella.
Duan Ling piensa: «Vaya, realmente fue como cuando cae un árbol en el bosque y los macacos huyen en desbandada».
—Parece que el señor Lu exprimió bien a su gente mientras fue gobernador, ¿eh?
Lin Yunqi no esperaba que Duan Ling hablara con tanta franqueza, y se muestra algo incómodo al decir:
—Eh… señor Wang… aquí hay bastantes recibos. Son préstamos que la gente común pidió mientras el señor Lu… vivía… es decir, mientras aún estaba en el cargo.
—Parece que así funcionaba la cosa —dice Duan Ling—: pedía dinero prestado al pueblo y luego lo prestaba de vuelta como usurero, cobrando intereses altísimos. Tsk, tsk. Todo un negociante, ¿eh?
Lin Yunqi es un hombre comedido, así que Duan Ling no añade más y toma el inventario de sus manos. Está lleno de caracteres rojos escritos con bermellón, además de un fajo de pagarés.
—Hay más préstamos otorgados que deudas contraídas —dice Lin Yunqi—, así que seguramente con esto alcance para saldar lo que se debe.
Duan Ling lo medita un momento.
—El dinero y el grano que trajimos de Jiangzhou… Si contamos el salario oficial en grano, eso supera los dos mil shi, ¿no?
—En el camino no gastamos mucho —responde Lin Yunqi—. Usted y el comandante tienen rango oficial de cuarto grado pleno, así que son dos mil doscientos ochenta shi. Convertido a plata, eso son mil cien taeles.
Tanto el gobernador como el comandante ostentan cargos de cuarto rango oficial, y Duan Ling recibe un salario anual de mil cien shi de arroz. Por su parte, como Wu Du es comandante general, se le asignan ochenta shi adicionales para cubrir la reparación y reposición de armas y armaduras; en total, esto se convierte en mil cien taeles de plata.
—Saca mil taeles de la oficina —dice Duan Ling—. Por ahora, paguemos todas las deudas del señor Lu. En cuanto a las letras de esos préstamos…
Duan Ling mira a Wu Du, y Wu Du le devuelve la mirada. Confundido, pregunta:
—¿Y tú por qué me miras a mí?
Duan Ling se queda sin palabras; no le queda más que decir:
—Denos un momento.
Apenas ha conseguido guardaespaldas y ya les está pidiendo que salgan. Aunque había decidido mantener la relación con su gente en términos abiertos, tiene que hablar a puertas cerradas por un instante. Al cabo de un rato, cuando Duan Ling termina la conversación, todos vuelven a entrar.
—Sun Ting —dice Wu Du—, toma estos títulos de crédito, ve a la calle principal donde está el mercado, reúne a los plebeyos y quema los documentos frente a ellos.
Sun Ting se queda completamente atónito, pero Lin Yunqi ya había adivinado que eso era lo que haría Duan Ling, y asiente con una sonrisa.
—¿Y entonces de qué va a vivir, mi señor? —pregunta Sun Ting.
—En esta casa, la última palabra la tiene el amo —responde Duan Ling—. No hace falta que te preocupes por él. Recuerda decirles que fue idea del comandante.
Sun Ting replica de inmediato:
—¡General, muchas gracias de parte de todos en la ciudad!
Cuando Sun Ting se ha marchado, Lin Yunqi comienza a hablar:
—Mi señor…
—Ochenta taeles al año —dice Duan Ling—. Si somos austeros, será suficiente para alimentarnos.
—No, mi señor, solo iba a recordarle que aún tenemos que encontrar la manera de devolverles los bueyes a los plebeyos.
«Casi se me había olvidado eso», piensa Duan Ling.
—Ya se me ocurrirá algo.
Un solo buey cuesta tres mil monedas de cobre, lo que equivale a dos taeles y un octavo de plata. Duan Ling siente un leve dolor de cabeza. Tendrá que pensar en otra forma de compensarlos.
—Fui yo quien pidió prestados los bueyes —interviene Wu Du—, eso no tiene nada que ver con el gobernador. Cuando llegue el momento, iré yo mismo a arar la tierra por ellos; solo tienen que llamarme cuando empiecen y pasarme el arado por el cuello.
Duan Ling no puede evitarlo: se ríe tanto que le duele el estómago. Lin Yunqi sabe que Wu Du solo está bromeando.
—Señor comandante, estoy seguro de que ya sabe cómo manejarlo. Solo quería recordárselo.
Duan Ling sabe que Wu Du está molesto con Lin Yunqi por hablar tanto y fastidiar, así que lo despacha para que descanse; seguramente ya no hará falta que lo molesten hoy.
—¿Ya terminamos aquí? —pregunta Wu Du.
—Por ahora. Tengo que pensar qué hacer.
—Entonces me toca a mí —dice Wu Du—. Oye, tú, el que se supone que hace los mandados: llama a esos dos tenientes y recuérdales que tengan a mano cataplasmas y vino medicinal para los moretones y esas cosas. Si tienen algún objeto preciado heredado de sus antepasados, como un escudo de corazón o alguna armadura, que se lo pongan todo, lo mejor que tengan. Consígueme un par de médicos de batalla, diles que traigan camillas y esperen en el patio. No me voy a andar con rodeos: voy a empezar a repartir palizas.
Duan Ling lo mira, completamente atónito.
[1] El Libro de la comida de Xie Feng proviene de la dinastía Sui, pero la mayor parte de su contenido se ha perdido. Aún así, el menú sigue existiendo y es bastante extravagante.
