Al cabo de un cuarto de hora, uno de los tenientes sale volando de espaldas desde la oficina, derriba el macetero que hay afuera y hace añicos la cerámica contra el suelo.
El otro teniente se queda allí, mirando a Wu Du, jadeando sin poder recuperar el aliento. Wu Du dice:
—Te dije que me golpearas.
—No me atrevo a alzar la mano contra usted, general.
—Si no alzas la mano, ¿cómo se supone que voy a saber de qué eres capaz? Bloquéame tres movimientos y puedes quedarte con el cargo de comandante.
—Está bromeando, general… —pero antes de que siquiera termine la frase, Wu Du ya ha lanzado una patada. Ese teniente también sale disparado de la oficina, estrellándose contra el muro de sombra. La sangre le brota de la boca al instante.
Wu Du se planta en la entrada del salón principal, su silueta bloqueando la luz del sol.
—¡Les dije que íbamos a salir con las tropas para rescatarlo, y ustedes lo único que hicieron fue quedarse atrás mirando! Al no encontrar al gobernador, simplemente dieron la vuelta y regresaron. ¿¡Es porque la vez pasada, cuando un funcionario de la corte cayó en manos enemigas y no los ejecuté por huir del campo de batalla que pensaron que podían volver a hacerlo y echar por la borda la vida del nuevo gobernador?!
Dentro, Duan Ling escucha en silencio, sin interrumpirlo. «Wu Du, al parecer, tiene muy claro lo que en realidad está ocurriendo», piensa.
Esos dos movimientos que hizo Wu Du fueron sumamente despiadados: a pesar de llevar armadura, ambos tenientes recibieron de lleno el impacto del qi interno de Wu Du, que atravesó el metal y sacudió sus órganos internos, golpeándolos con tanta fuerza que acabaron escupiendo sangre.
Todos los guardias observan con miedo en los ojos. Espada en mano, Wu Du da un paso al frente.
—¡General! ¡General, tenga piedad! —exclama Sun Ting de inmediato.
Wu Du obliga a uno de los tenientes a levantar la vista alzándole el mentón con la punta de la espada.
—La única razón por la que la corte imperial no ha hecho responsable a nadie por la pérdida del gobernador Lu es porque el nuevo gobernador se aseguró de que siguieran con vida. ¿De verdad creían que Ye no puede seguir adelante sin ustedes?
—General —interviene Duan Ling con firmeza—, ¡le ruego que tenga piedad!
En ese instante, Duan Ling siente con claridad que Wu Du en verdad tiene intención de matar. Aunque están separados por varios pasos, puede percibir el aura asesina que emana de Wu Du. También adivina que Wu Du quiere matar a alguien en ese momento para intimidar al ejército de Ye. A veces, matar puede resolver un problema, pero no matar también.
La espada de Wu Du ya ha atravesado el hueco entre el yelmo y la armadura del teniente; con un solo giro de muñeca, podría clavarle la hoja en la garganta. El soldado está parado a las puertas del infierno, temblando sin control al encontrarse con los ojos oscuros y fríos de Wu Du. Entonces comprende que este nuevo comandante suyo realmente es capaz de desenvainar la espada y matar a alguien.
Pero tiene la boca llena de sangre y ya no puede pronunciar una sola palabra; lo único que le queda es seguir temblando y suplicar con la mirada.
—Te dejaré vivir… por ahora. —Wu Du envaina la espada—. Cuando tengas tiempo, más te vale averiguar quién soy. Aunque nos vendas a los dos, con mis habilidades marciales no voy a morir tan fácilmente. Y cuando sobreviva a lo que sea que me envíes, me aseguraré de que cualquiera que se atreva a traicionarme –y toda su familia– no conozca un solo día de paz. Tarde o temprano, ni siquiera un pollo de su casa quedará con vida para contarlo.
Al terminar de hablar, Wu Du se da la vuelta, entra en la habitación y vuelve a ocupar su lugar en el diván, dejándose caer en él con pereza.
—Sun Ting, tráelos aquí —ordena Duan Ling.
Sun Ting intenta levantar a uno de los tenientes, pero no puede hacerlo solo, así que no le queda más opción que pedir ayuda a uno de los guardias para que le asista con el primero.
—Dame tu mano —dice Duan Ling.
El teniente tose varias veces; tiene las fosas nasales llenas de espuma sanguinolenta. Duan Ling le toma el pulso.
—Traigan también al otro.
Wu Du los golpeó a ambos en el mismo lugar, y los dos tienen las costillas rotas, con fracturas que les perforaron los pulmones. Duan Ling les acomoda los huesos uno a uno y luego escribe una receta para que puedan regresar a casa a recuperarse.
—Reúnan a nuestros centuriones, de diez en diez —ordena él—. Los llamaremos por nombre para que rindan informe de sus tareas.
Lo más importante en Ye es el ejército. La ciudad misma fue construida, desde un inicio, como bastión defensivo en la frontera. En otras regiones, el poder recae principalmente en los gobernadores, con el respaldo de los oficiales militares; pero en esta zona de guerra perpetua, la función de Wu Du parece aún más crucial. Duan Ling, por su parte, se ha convertido en el encargado de la logística que sostiene al ejército.
—Siéntense. No vamos a golpearlos.
Solo entonces todos toman asiento. Los dos comandantes tenientes, de apellido Bai y Zhu, tienen a su cargo mil hombres cada uno, y quienes han entrado ahora son los diez subordinados del teniente Bai.
—Sea cual sea el problema, cómo quieren vivir sus días, cómo van las cosas al mando de las tropas… —dice Duan Ling— dígannos.
Todos se miran unos a otros, inseguros. Con la lista de soldados en mano, Duan Ling llama a uno por su nombre.
—Empecemos contigo. El general tiene mal genio, así que no lo hagas esperar.
Wu Du sonríe y toma un sorbo de té. El primer centurión se detiene a pensar un momento antes de decir:
—Mi señor gobernador, no tenemos dinero. Los hombres no tienen suficiente comida. No pueden pelear con el estómago vacío.
—Eso ya está resuelto —dice Duan Ling—. Recibirán su paga en cuanto regresen. ¿Qué más?
—Los bandidos de las montañas son cada vez más descarados —comenta otro centurión.
Wu Du hojea distraídamente el libro que tiene entre manos mientras escucha a los centuriones detallar su labor, pero Duan Ling sabe que no se le escapa nada. Habla con los primeros diez, los despacha, y hace pasar al siguiente grupo de diez para escucharlos también. No se levanta de su asiento hasta que llega la hora del almuerzo, y para entonces se frota las sienes con cansancio.
—¿Qué estás leyendo? —le pregunta Duan Ling.
Wu Du alza la mano y agita el libro para mostrárselo. Es un ejemplar del Libro de la comida. Justo en ese momento, entra el mayordomo de Lin Yunqi a preguntar qué desean para el almuerzo. Duan Ling ordena que sea todo sencillo; son tan pobres que puede oír el tintinear de las últimas monedas de plata, así que mejor no desperdiciarlas en lujos.
—Tendremos que ganar algo de dinero de algún modo. —Duan Ling luce abatido. Desde que Lang Junxia lo llevó a Shangjing, aunque no vivía en el lujo, jamás tuvieron que preocuparse por el dinero. Cuando su padre estaba vivo, su comida y su ropa quizá no eran nada extraordinario, pero lo que comían, el té que bebían, los recipientes en que se servían… todo estaba elegido con esmero y pensando en la calidad.
Y una vez que empezó a quedarse con Wu Du, solo pasaron unos seis meses de verdadera pobreza antes de que las cosas empezaran a mejorar poco a poco.
—Ya se me ocurrirá algo —dice Wu Du.
Duan Ling piensa que, ahora que están en Ye, Wu Du tendrá que salir y hacer lo que sea necesario. Dejarlo solo en la residencia no debería ser un problema: lleva veneno encima, está protegido por la Armadura Plateada del Tigre Blanco, y hasta sabe algo de artes marciales. ¿Qué podría pasarle? Pero si Wu Du insiste en quedarse a su lado todo el tiempo, ¿cómo se supone que va a hacer dinero?
Comen en silencio. Duan Ling dice:
—Tendré que escribir una carta, enviarla con un mensajero a Liao para el Mestro Fei y pedirle que nos ayude a conseguir algo de grano prestado.
—¿No se supone que hay muchos bandidos en las montañas? —dice Wu Du—. Seguro que tienen bastante dinero. En unos días, cuando ya me haya curado, les robamos.
Duan Ling imagina que, con lo difícil que ha sido ganarse la vida en la ciudad durante estos años, mucha gente debió de huir para convertirse en bandido, y sabe que tienen que deshacerse de ellos lo antes posible. Pero ¿cuánto pueden realmente recuperar matando bandidos?
—¿De qué vivía la ciudad de Ye antes? —Según recuerda Duan Ling, Ye nunca tuvo un producto local destacado, así que no podía depender de eso para comerciar con otras regiones. Tampoco podía intercambiar recursos con las ciudades de las llanuras centrales.
—Carbón vegetal —responde Wu Du mientras come—. Solían producirlo y venderlo al sur. Con el tiempo, talaron casi todos los árboles de las montañas.
—No tenemos mucha tierra donde cultivar alimentos.
Duan Ling recordaba haber leído en algún libro sobre la pérdida de agua y suelo en el norte; Shangzi y Xunyang, al contar con ríos y praderas, ya podían considerarse las tierras fértiles de las llanuras centrales. Pero Ye estaba rodeada de montañas y bosques escarpados, y la única pradera disponible se encontraba en la frontera entre Chen y Liao.
—No debemos talar más árboles —dice Duan Ling—. Tendremos que encontrar otra forma de ganarnos la vida.
Afuera sigue lloviendo. Esta lluvia, persistente como pocas, apenas ha dado tregua, cayendo sin cesar con un repiqueteo monótono que aturde, mientras la humedad se adhiere al cuerpo como una película pegajosa. Lo primero que hace Duan Ling es escribir la carta y enviarla cuanto antes; luego se dedica a buscar mapas y documentos históricos del condado. Así descubre que las tierras entre Hejian y Ye son aptas para el cultivo, pero siempre han sido saqueadas, antes por los kitán, ahora por los mongoles.
El antiguo gobernador jamás se había molestado en mantener el orden allí, dejando que los campesinos de la zona se las arreglaran por su cuenta. Aunque, pensándolo bien, eso no era raro: cualquiera que fuera enviado a este lugar solo quería que lo trasladaran lo antes posible. Al final del día, seguía siendo el imperio de otro. Matar el tiempo, sobrevivir con lo justo y guardarse algo de dinero de bolsillo era más que suficiente.
Duan Ling pasa tres días enteros estudiando la ciudad a través de mapas y crónicas locales. Mientras tanto, Wu Du también va conociendo poco a poco a su ejército. Siempre que la lluvia da un respiro, ambos salen a pasear por la ciudad. Desde que castigaron a los dos tenientes, el resto de los soldados también ha aprendido a comportarse.
Aunque no tienen idea de si el ejército realmente ha aprendido a comportarse o solo está fingiendo, al menos por ahora no parece que nada vaya a salirse de control, ya que ambos bandos se encuentran en modo de observación, vigilándose mutuamente. Wu Du asigna turnos a todos los soldados para que se mantengan en constante movimiento, patrullando sin cesar. Una vez que Duan Ling termina de inspeccionar Ye, comienza a revisar el caos que es Hejian. La sede del gobierno de Hebei solía estar en Shangzi; tras la firma del tratado de paz con el emperador de Liao, primero fue trasladada a Hejian, y luego, como el comandante de Hejian debía vigilar la frontera, se movió finalmente a Ye.
Hejian está bajo la defensa del teniente Qin, quien salió de la ciudad el otro día para repeler a los mongoles, junto con el teniente Qi. Entre ambas ciudades hay un total de cuatro mil soldados, dos mil acuartelados en cada una, bajo el mando de Wu Du. Las separan doscientas ochenta millas, y cabalgando a todo galope, se puede llegar de una a otra en medio día.
Durante los últimos días también han estado llegando noticias sin parar desde Hejian, con reportes diarios enviados por el magistrado del condado. Duan Ling aún no lo ha convocado para que rinda cuentas en detalle, y por ahora deja que las cosas sigan como están. Incluso la correspondencia ocasional la responde con una simple anotación: «leído».
La ciudad de Chang, mucho más al sureste, está aún más empobrecida, tanto que ni siquiera los mongoles se molestan en saquearla, y está ocupada por toda clase de bandidos. Se encuentra a casi cuatrocientas millas de Ye, y al notar lo duro que es para el mensajero, Duan Ling le indica que basta con que venga una vez cada diez días.
Lo primero que deben hacer es establecer un sistema de alerta temprana entre las tres ciudades, y al mismo tiempo, restablecer una línea de comunicación.
—¿Tu herida ha mejorado un poco? —pregunta Duan Ling, una vez que ha dejado casi todo en orden.
Wu Du rota los hombros y los brazos.
—¿A dónde quieres ir a divertirte?
Wu Du adivina que Duan Ling quiere salir a dar una vuelta, y este le responde:
—Hagamos un viaje de ida y vuelta entre Hejian y Ye. Echemos un vistazo a nuestras tierras.
Wu Du asigna un escuadrón de soldados, prepara los suministros para el viaje, y parten de Ye ese mismo día. Duan Ling cabalga sobre Benxiao, mientras Wu Du escoge el mejor caballo que encuentra y va montado detrás de él.
Es finales del verano y el umbral del otoño; tras varias lluvias, el clima se ha enfriado de inmediato.
—¿Qué día es hoy? —pregunta Duan Ling.
—Es el veintiuno del sexto mes —responde Wu Du—. Ya se acerca el Séptimo del Séptimo.
Jamás imaginó que este año pasaría el Séptimo del Séptimo en Hebei. Duan Ling tira de las riendas y detiene el caballo frente a las montañas, contemplando la tierra lejana al otro lado del río. Ahí está Xunyang, donde solía estar su hogar.
—Territorio kitano —dice Wu Du—, ahora está en manos de los mongoles.
Los dos permanecen sentados a caballo, uno junto al otro, con la hierba susurrando bajo la brisa de finales de verano.
—Hace nueve años, Shangzi todavía era un lugar bastante animado —dice Duan Ling—. Ahora probablemente no sea más que ruinas.
—¿Quieres ir a ver?
Duan Ling niega con la cabeza. No siente ningún apego hacia los Duan, y rara vez ha traído a colación su infancia frente a Wu Du. En sus recuerdos, cada etapa de su vida le pertenece a una persona distinta: así como sus días actuales le pertenecen a Wu Du, sus días en Shangjing pertenecen a su padre, y los días en Shangzi, a Lang Junxia.
—Vámonos —le dice Duan Ling, tomando el sendero que corre junto a la orilla del río.
Ese gran río que atraviesa toda la prefectura de Hebei se llama Xunshui. Dicen que al sur de las montañas y al norte del agua está el yang[1], y quienes viven en Ye y Hejian hablan con un acento de Xunyang que, en el oído de Duan Ling, suena familiar. Cuando su padre fue nombrado Príncipe de Beiliang, su feudo fue toda la prefectura de Hebei. Tal vez por eso, siente que tiene una afinidad natural con esta tierra árida y primitiva.
—¿Cómo se siente? —le pregunta Wu Du a Duan Ling.
—Se siente como un legado familiar.
Wu Du sonríe, entendiendo a qué se refiere.
—¿Qué es eso? —Duan Ling se percata de una torre de vigilancia en un punto más alto a lo largo de la orilla del río.
—Señor Wang, esto fue una vez una torre de vigilancia —responde Sun Ting—. Antes también había aldeas cerca del Xunshui. Después, los mongoles empezaron a venir con frecuencia, así que todos los plebeyos se fueron.
—¿Se fueron todos? —pregunta Duan Ling, distraído.
«Se fueron todos» no es más que una manera amable de decirle que habían masacrado a toda la población de estas aldeas, y que luego les prendieron fuego hasta reducirlas a cenizas. Solo queda en pie una torre alta de ladrillos, con los muros ennegrecidos por las llamas. Duan Ling encuentra bastantes cosas entre las ruinas: fragmentos pulverizados de tejas y utensilios de hierro usados para el campo.
—Díganles que revisen bien —dice Duan Ling—. Recojan todas las azadas y palas que todavía sirvan. Los mangos de madera, tírenlos; traigan solo el hierro, ya veremos en qué lo usamos después.
Wu Du se queda a un lado, riéndose sin más; incluso Duan Ling siente que parece un chatarrero. Se rasca la cabeza, algo incómodo.
—Vivir con austeridad no está mal.
Debajo de las ruinas hay bastantes cosas enterradas. Este lugar está realmente demasiado desolado, tanto que ni siquiera los plebeyos pasan por allí con frecuencia. De pie frente a la aldea, Duan Ling alza la vista hacia la torre de vigilancia y le dice a Wu Du:
—Subamos a echar un vistazo.
—Vamos —responde Wu Du. Los dos entran en la torre. La construcción mide casi treinta pies de altura, con una sólida pared exterior de ladrillo y el interior reforzado con estacas. Está completamente vacía.
—Allá arriba debería haber un gong…
—¡Cuidado! —grita de pronto Wu Du, y con un movimiento de la mano izquierda, despliega su nudillera de dagas. Duan Ling siente la sangre helársele en las venas al instante. ¡Una emboscada! ¿Pero quién podría ser?
[1] El Yang del Yin y Yang.
