Pero para su sorpresa, Qin Long no sólo no responde, sino que le devuelve la pregunta:
—¿Y usted, señor Wang? ¿Desea volver a la capital?
Duan Ling reflexiona en silencio; de pronto tiene la impresión de que Qin Long oculta algo entre líneas. Tal vez este sujeto no sea tan fácil de manejar como había pensado.
—El periodo de servicio de un funcionario de la capital es de tres años —dice Duan Ling—. Tarde o temprano tendré que marcharme.
—Pero también puede elegir no regresar —responde Qin Long, tomando una taza de té con ambas manos y colocándola con cortesía frente a Duan Ling—. Esa regla de los tres años no es más que un pedazo de papel. Todo el mundo quiere ir a donde hay prosperidad y riqueza; nadie desea quedarse en la lejana y empobrecida provincia. Además, Ye forma parte de la frontera, y los puestos fronterizos siempre han sido flexibles: no están sujetos a la rotación de cargos cada tres años.
Duan Ling no puede hacer otra cosa que admitir que no tiene forma de refutar lo que Qin Long acaba de decir.
—Cuando el señor Lu era gobernador, suspiraba por volver a la capital todos los días. Tampoco tenía intención de asentarse aquí. Ahora que usted ha llegado, señor Wang, si estuviera dispuesto a quedarse a largo plazo, no sería en absoluto algo malo. En cuanto lo vi, supe que era un hombre pragmático.
Duan Ling entiende bien lo que Qin Long intenta decirle: «Tarde o temprano, tú también te irás». Todos vienen a asumir cargos de gobierno mientras piensan en cómo regresar a la capital. Y tarde o temprano, acaban regresando.
Ni siquiera pueden comprometerse a quedarse en las buenas y en las malas; sólo ven este lugar como un trampolín hacia promociones y riquezas. ¿Cómo podrían, entonces, desempeñar bien su labor como gobernadores?
—Tienes toda la razón —responde Duan Ling, juntando las manos en un saludo y haciendo una elegante reverencia desde la cintura—. Recordaré siempre tus palabras.
Y ahora es Qin Long quien se muestra verdaderamente sorprendido; después de todo, él está subordinado a Duan Ling, y lo que dijo no era más que una formalidad vacía, una cortesía sin verdadero peso, pensada apenas para halagar un poco al interlocutor. «Aunque sólo esté aquí tres años, todos deseamos que se quede»; quien lo dice no lo piensa en serio, y quien lo escucha no lo toma en serio. Se recibe con una sonrisa y pronto se olvida. Nunca imaginó que el gobernador más joven de la historia lograría extraer un significado distinto de esas palabras.
—Mi señor, aún es usted muy joven —dice Qin Long con una sonrisa—. Estoy seguro de que tiene un futuro brillante por delante.
Wu Du se pone de pie y le dice:
—Ya que el señor Lin no ha regresado, transmítale nuestro mensaje. Nos marchamos por ahora. De momento, siga como hasta el momento. En unos días los mongoles vendrán a sitiar la ciudad, y ya tengo planes para eso cuando volvamos. Hablaremos después, cuando unamos fuerzas para superar esta crisis.
Qin Long, sorprendido, pregunta:
—¿Los mongoles van a atacar la ciudad? ¿Cómo lo saben?
Wu Du ha escuchado de labios de Duan Ling la jactancia de Batú de que tomará Ye en diez días, y también lo ha interrogado detalladamente sobre la personalidad de Batú. Gracias a él, Wu Du ha aprendido que Batú siempre cumple su palabra, y que siempre ha sido así. Ya han pasado cuatro días. Les quedan cinco días y medio.
—Mañana llegará una carta. —Wu Du no da más explicaciones—. Tendremos que apresurarnos.
Qin Long habría querido que Duan Ling pasara al menos una noche en la ciudad, pero Wu Du descarta la idea con un gesto de la mano, indicándole que no es necesario.
—Hay una fuente termal en las montañas detrás de Hejian, ideal para quitarse el cansancio de encima —añade Qin Long.
Wu Du parece tentado por la sugerencia, pero Duan Ling anda tan ocupado como un trompo que en verdad no deberían quedarse. Tira de Wu Du mientras le dice con una sonrisa:
—Volveremos en otra ocasión.
Duan Ling empieza a sentir cierta simpatía por aquél hombre astuto, aunque lo que sentirá por él en el futuro todavía está por verse.
—¿No te cae bien? —Duan Ling cabalga junto a Wu Du sobre Benxiao, al frente del grupo.
—No mucho, la verdad —responde Wu Du—. Demasiado astuto. Siempre que habla está insinuando otra cosa.
Sus ojos no dejan de moverse, echando vistazos constantes a ambos lados del camino a Hejian, observando a la gente a su alrededor. Hejian está mejor mantenida que Ye, pero los plebeyos parecen aún más pobres en comparación. Uno tras otro, vestidos con harapos, los observan desde los márgenes del camino.
De vez en cuando, incluso ve a algunos hombres sentados junto a la carretera, disfrutando con pereza de la brisa. A pesar de estar en la flor de la vida, en sus treinta o cuarenta años, no están trabajando en los campos.
—Demasiado flojos —dice Duan Ling—. ¿Notaste algo?
—Huele a bandidaje. Mira dentro de esa taberna.
Pasan junto a una taberna. Los hombres en su interior son fornidos: no parecen soldados, pero tampoco plebeyos mal alimentados; están sentados en círculo, bebiendo juntos. Duan Ling percibe con claridad que quien realmente tiene el poder en Hejian es Qin Long, y que durante todos estos años al mando ha estado protegiendo a un buen número de ociosos en la ciudad. Es muy probable que esté coludido con los bandidos locales,o incluso podría decirse que el propio Qin Long es el cabecilla de los bandidos en la región.
—Nos encargaremos de ellos en otro momento —dice Wu Du—. Regresemos y vayamos a ver a Yan Di. ¡Vamos!
Benxiao se lanza al galope, dejando atrás al séquito personal de Duan Ling. Cruzan campos de hierba ondulante y rodean senderos cubiertos de zarzas. Apenas les toma medio día volver a Ye, justo al anochecer.
—Llamen a Yan Di —ordena Wu Du—. Empezamos la construcción de las torres de señales de inmediato.
Wu Du va marcando uno por uno los puntos sobre el mapa mientras le da instrucciones a Yan Di. Este, al echarle un vistazo, se echa a reír y levanta el pulgar.
—Mi señor, usted sí que entiende.
Yan Di todavía huele a licor. Dice:
—Pero no tenemos suficiente gente.
—Envía soldados. ¿Puedes tenerlo todo listo en tres días?
—¿Cómo va a ser posible eso? —dice Yan Di.
—Sólo necesitamos una base provisional —responde Wu Du—. Los mongoles vendrán en unos días. Basta con que puedan transmitir una señal.
—Entonces es fácil —replica Yan Di.
—Te asignaré a algunas personas. Empieza de inmediato. Asegúrate de que todos los obreros sean de Ye. Manda una carta a Hejian y dile a Qin Long que vigile la última torre de señales en la cadena.
Wu Du anota una lista de nombres y le encarga a Sun Ting que acompañe a Yan Di para coordinar el traslado del personal. Duan Ling añade:
—Tienes que ir tú en persona.
Wu Du señala el cielo afuera, dando a entender que ya es muy tarde y no es seguro moverse a solas.
—No puedo alejarme de ti ni medio paso —dice Wu Du.
—Es sólo por un rato. Estará bien. ¿Qué es más importante, la ciudad o este rato?
—Por supuesto que tu seguridad es lo más importante —responde Wu Du.
Duan Ling ya no sabe qué hacer; piensa que tendrá que buscar otra forma de manejar esto, porque si Wu Du sigue pegado a él, sin apartarse ni un instante, no va a poder ocuparse de nada. Una vez que terminen con esto, tendrán que pasar a la ofensiva para eliminar a los asesinos de la Guardia Sombra, porque así no pueden seguir trabajando.
—Si tú crees que vendrá, entonces vendrá —le dice Wu Du a Duan Ling—. Los toros en llamas pudieron parecer algo grandioso el otro día, pero en realidad solo sirvieron para romper el campamento mongol. No mataron a tantos. Esos cinco mil hombres acabarán cargando hacia aquí tarde o temprano.
Wu Du alza la vista hacia el mapa colgado en la pared.
—El ejército de Ye ya fue a explorar esa zona una vez. Abandonaron su campamento temporal, así que no tenemos idea de dónde se esconden ahora. Si tan solo pudiéramos atacarlos primero, no tendríamos que lidiar con todos estos problemas.
—Dividir nuestras fuerzas no es buena idea ahora mismo —dice Duan Ling—. Esperar a que el enemigo ataque es la mejor opción.
Es una noche despejada, sin una sola nube. Duan Ling respira el aire fresco de Ye mientras sube al segundo piso para contemplar las luces que brillan desde todas las ventanas de la ciudad. Empieza a sentir que este lugar es su hogar.
Rara vez ha tenido esta sensación; el aislamiento en la naturaleza es demasiado solitario, y el encierro en la ciudad, demasiado bullicioso. Ahora que ha llegado hasta aquí con Wu Du, guiado únicamente por la pasión, le sorprende descubrir que empieza a abrazar la idea de que esta ciudad les pertenece a los dos.
—¿Y si Qin Long no viene a salvarnos cuando los mongoles ataquen Ye? —A veces, incluso Duan Ling siente que todo su plan pende de un hilo.
—Vendrá —responde Wu Du—. Le di una buena paliza el otro día. Ese bribón es listo: sabe que, aunque caiga la ciudad, nosotros dos podremos escapar. Y si Ye se pierde, sus días se le van a volver muy difíciles.
Poniéndose en los zapatos de Qin Long, no querría que Duan Ling se entrometiera demasiado en sus asuntos, pero tampoco querría perder Ye; después de todo, una vez que Ye caiga, el siguiente será él. Y además, ya ha matado a un funcionario de la corte imperial. Si este nuevo también muere, en Jiangzhou no se lo van a perdonar.
—Duerme —dice Wu Du—. Cuando ganemos esta batalla, te llevaré a las aguas termales.
Duan Ling sonríe y baja con Wu Du, regresando a su habitación.
Llevan días con demasiadas cosas por hacer: se acerca la fecha de la cosecha de otoño, aún no ha recibido noticias del mensajero que envió a Liao, el grano almacenado en Ye apenas alcanza para sobrevivir hasta el undécimo mes, y ni siquiera tienen doscientas mil jin de carbón. Cómo pasarán el invierno se ha vuelto su preocupación más urgente.
—¿Por qué siempre tienes el ceño fruncido?
En la oscuridad, Wu Du está encima de Duan Ling, sujetándolo. Hay una arruga de preocupación entre las cejas de Duan Ling, y Wu Du también frunce el ceño. Sus miradas se encuentran, y Wu Du le roza la nariz, lo besa en los labios.
—Demasiadas cosas me agobian —susurra Duan Ling, mientras alza la mano para desatar el nudo que cierra la ropa interior de Wu Du.
—Tu señor y maestro puede permitirse mantenerte bien alimentado —Wu Du lo envuelve en un abrazo, lo besa con cuidado. Luego lo mira a los ojos y añade—: Y también a tus súbditos.
Duan Ling sonríe; puede que los días por venir sean muy duros, pero al menos en este instante, entregarse a ese ardor corporal le brinda una paz inigualable.
A la mañana siguiente, aún duermen profundamente, sin llevar nada puesto; Duan Ling tiene la cabeza recostada sobre el hombro de Wu Du, cuyo pecho sube y baja con cada respiración, la mano descansando sobre el hombro de Duan Ling.
De pronto, la puerta se abre de una patada con un estruendo. Wu Du rueda fuera de la cama en el acto, desenvaina su espada y fija la vista en el umbral. Mientras tanto, Duan Ling ni siquiera se ha despertado; se da la vuelta y sigue durmiendo.
—Dicen que cada segundo de una noche de pasión vale mil taeles de oro —se escucha una voz—, pero espero que me perdonen por recordarles que los mongoles están prácticamente a las puertas.
—¡¿Zheng Yan?! —Los ojos de Duan Ling se abren de golpe al oír esa voz. Se incorpora de inmediato y, ocultándose detrás de Wu Du, asoma la cabeza para mirar a Zheng Yan, los ojos brillando de alegría.
Wu Du toma su túnica y se la lanza a Duan Ling mientras le dice a Zheng Yan, con impaciencia:
—Fuera, fuera, fuera. ¡Apúrate ya!
Zheng Yan ha estado viajando por casi mes y medio, y está cubierto de mugre de pies a cabeza. Con un machete al hombro y una espada en la mano, avanza con aires de grandeza hacia el salón principal.
Los dos se levantan de la cama y se asean. Duan Ling está radiante de alegría ¡Zheng Yan realmente ha llegado! Ahora todo está bajo control.
Zheng Yan está sentado en el salón, rascándose. La ropa de campesino que lleva puesta está tan sucia que ya ni se distingue, y junto a él hay otra persona, igual de desaliñada.
—Ay —dice Zheng Yan—, ¿tan feliz estás de verme? ¿Quieres probar algo diferente?
—¡Piérdete! —Entre risas, Duan Ling se acerca a él para darle una patada.
—Saludos, señor Wang —saluda la otra persona, inclinándose ante Duan Ling.
Duan Ling asiente y, al notar que se trata de alguien que Zheng Yan ha traído con él, pregunta:
—¿Nos lo presentas?
—¿No se conocen ya? —responde Zheng Yan, desconcertado—. Me lo encontré en el camino, justo cuando casi lo capturan unos bandidos, y pensé en rescatarlo. Dijo que venía para asumir un puesto aquí. ¿Cómo era tu apellido?
—Mi… mi apellido es Shi —responde el joven.
Es extremadamente joven, y por sus facciones parece incluso menor que Zheng Yan y Wu Du, apenas un poco mayor que el propio Duan Ling.
—¡Shi Qi! —Duan Ling lo recuerda de inmediato y, disculpándose al instante, da un paso al frente para estrecharle la mano con familiaridad—. Al fin llegas. Debió de ser un viaje duro. ¿Al menos fue tranquilo el camino?
—Si no lo hubiera salvado, esos bandidos de las montañas ya se lo habrían llevado para hacerlo una de sus esposas —interviene Zheng Yan.
—Eh… —Shi Qi está visiblemente avergonzado.
A veces, Duan Ling realmente no puede soportar a Zheng Yan, así que dejando de lado esa conversación, dice:
—Todo esto ha sido culpa mía. Por suerte cuentas con tan buena fortuna.
Shi Qi se apresura a responder:
—El gran canciller dijo que su señoría había dejado instrucciones para que unos guardias me escoltaran hasta aquí, pero como fui un criminal desde el principio, pensé que sería inapropiado causarle molestias. Así que, considerando eso, decidí venir por mi cuenta.
Duan Ling asiente. El crimen de Shi Qi no es exactamente grave, pero tampoco insignificante; ocurrió que, tras la caída en desgracia de Zhao Kui, el sistema judicial comenzó a investigar cada nivel de su organización y descubrieron que Shi Qi había malversado un poco de plata. Por eso fue encarcelado, a la espera de una sentencia de muerte. Un crimen así podría ser anulado fácilmente por Li Yanqiu con tan solo una palabra, así que no hubo ningún problema en solicitar su liberación ante la corte imperial.
Pero para este joven delicado, esa palabra fue, en esencia, lo que le salvó la vida: un favor comparable a haberle concedido una nueva oportunidad de vivir.
